DIECISÉIS
DIECISÉIS
Gavin
—Papá, ya está todo arreglado, y así es más fácil —le digo por teléfono desde mi asiento en el vestuario—.
Sí, sé que lo odias, pero, por el amor de Dios, súbete al maldito coche.
—Me froto la frente—. Él tiene tu entrada…
No, no están en primera fila. Te he conseguido unos asientos baratos.
Lo más probable es que haya una viga delante de ti…
Lo único que tienes que hacer es venir… Está bien. Nos vemos después del partido.
Connor se ríe entre dientes al otro lado del vestuario y niega con la cabeza.
—¿Se ha subido ya al coche?
—Más le vale —refunfuño.
Mi padre debe de ser el único hombre del planeta que se resiste a que un coche de lujo lo recoja gratis en el aeropuerto y lo lleve directamente al partido de hockey de su hijo en unos Juegos Olímpicos.
—Vendrá —dice Connor mientras se pone las hombreras.
—Lo sé. —Y así lo creo. Le di al conductor instrucciones muy claras de que lo metiera en el coche y lo trajera al estadio atado con bridas si hacía falta.
Sacudo la cabeza, sonriendo para mis adentros, guardo el teléfono y vuelvo a concentrarme en atarme los patines. Solo quedan quince minutos para que salgamos a la pista a calentar. Con un poco de suerte, mi padre llegará antes del primer saque.
Ahora que he colgado, no puedo evitar fijarme en lo silencioso que está el vestuario.
Miro a mi alrededor. Todos tienen ya esa cara de guerra que aparece justo antes de saltar al hielo, y la mayoría parecen listos para arrasarlo todo.
Letonia está a punto de ser destrozada ahí fuera.
Han sido veinticuatro horas larguísimas, no solo para mí, sino para todo el equipo.
Creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que a todos nos encantaría darle al mundo del deporte algo de lo que hablar que no tenga nada que ver con quién me llevo a la cama.
No solo necesitamos una victoria. Necesitamos cambiar el relato.
Porque el actual, repetido una y otra vez en todos los canales deportivos, es una auténtica mierda.
«¿Toda la rabia que he mostrado en la pista se debía a que no había salido del armario?».
No.
«¿Mi presencia en el vestuario arruinará la dinámica de los Blizzards?».
No.
«¿Revelar mi orientación sexual empaña los Juegos Olímpicos?».
Lo más probable es que sí, pero no me importa. No soy ni mucho menos el primer deportista gay que pisa una pista de hielo en unos Juegos. Es como si todo el mundo se hubiera olvidado de que existe el patinaje artístico masculino.
Al final, Bouchard rompe el silencio.
—Sabes lo que necesitamos, ¿no? A un esquiador loco que se marque un cuádruple salto mortal hacia atrás o alguna barbaridad así.
Me giro en mi asiento para mirarlo.
—Lo dices como si tu loco trasero no se ganara la vida recibiendo discos a ciento treinta kilómetros por hora.
Me dedica una sonrisa.
—Lo dice el tío que se gana la vida patinando a toda velocidad contra hombres adultos. Lo cual… —se encoge de hombros y una expresión curiosa le cruza la cara— ahora que lo pienso, quizá te guste más de lo que creía.
—Vete a la mierda. —Me río y le lanzo un rollo de cinta de hockey . Lo atrapa al vuelo y me lo devuelve.
Max Franklin levanta la mano desde donde está sentado al otro lado del pasillo.
—Como víctima de los placajes de Gavin, puedo confirmar que el loco no es Bouchard. El año pasado me hizo plantearme la jubilación.
—Estoy de acuerdo —dice Nichols—. Después de que mi equipo jugara contra los Blizzards en Navidad, fui incapaz de recordar mi cumpleaños durante una semana.
—Estáis exagerando —digo—. No pego tan fuerte.
Connor me mira y arquea una ceja.
—No te hagas el inocente, rey de las sanciones.
Le sonrío con sorna. En eso no le falta razón.
—¡Eh, eh! —interviene el entrenador Chris.
Levanto la mirada y me lo encuentro mirándome fijamente.
—No te preocupes. Tengo una botella de agua ahí con tu nombre. Solo asegúrate de que cada minuto que pases esta noche en el banquillo le cueste más a Letonia que a nosotros.
Asiento y termino de vestirme.
Connor
Este partido habría sido una carnicería incluso aunque Gavin no hubiera acabado expulsado. Letonia juega sucio. Todos lo sabemos y, en un día normal, podría habernos ganado. Pero hoy no. Nuestro equipo está cabreado y Letonia, por pura mala suerte, se ha convertido en nuestro saco de boxeo.
Y eso les está saliendo caro.
Siguen intentando golpear a Gavin entre las piernas con las cuchillas de los palos y ya lo he visto recibir dos veces un golpe en las costillas con el mango.
Él mantiene la calma. Bueno, toda la calma que puede mantener alguien como Gavin, que en este momento está provocando a un delantero letón gigantesco mientras se abre paso por la pista.
No oigo lo que le dice el jugador letón, pero veo cómo Gavin se agacha lo justo para embestirlo con el hombro.
El golpe es brutal. El otro patinador cae al hielo y los árbitros pitan de inmediato, justo cuando Gavin y otro letón se arrancan los guantes.
Los árbitros los separan antes de que la pelea estalle de verdad y se llevan a cada uno en una dirección distinta.
—¡Repítelo! —grita Gavin desde el otro lado de la pista—. Repítelo una vez más y te dejo elegir con qué mano te reviento.
Trago saliva.
Empiezo a entender por qué a Gavin le preocupa que tengamos que jugar el uno contra el otro cuando todo esto termine.
Porque ahora mismo estoy cachondo.
El jugador letón responde con un gesto obsceno, simulando una paja con la mano.
—Sí, eso es justo lo que debería haber hecho tu padre en vez de engendrarte —le suelta Gavin desde el área.
Paso patinando junto a él y le guiño un ojo antes de colocarme para el siguiente saque.
Gavin
¡Ah, sí! Mi hogar. Qué bien se está aquí.
Este partido es exactamente lo que necesitaba para liberar el exceso de energía y la rabia que todavía llevo dentro. Me fastidia admitirlo, pero esto está funcionando mejor que el sexo que tuve anoche con Connor.
No es que el sexo no fuera bueno. Lo fue.
Increíble, incluso. Pero con Connor no puedo soltar esta furia acumulada.
Para eso está el hielo. Para eso están los giros afilados y profundos sobre una superficie lisa e impecable.
Para eso está destrozar al equipo contrario hasta borrarlo del mapa. Casi siento lástima por ellos.
Casi.
Siguen siendo Letonia y todos los tíos de ese equipo son unos capullos, pero no tenían ni idea de dónde se estaban metiendo cuando han salido a la pista.
Seguramente pensaron que sería una victoria fácil. Que nos distraería la tormenta de mierda que ha provocado mi salida del armario. Quizá contaban con que mi homosexualidad abriera una grieta en el equipo. Se equivocaban. Si acaso, nos ha unido todavía más. Nadie tiene ganas de aguantar más basura.
De hecho, tanto Max Franklin como Bradley Warren ya han recibido varios minutos de penalización por callar a sus rivales con golpes de palo y placajes demoledores.
Y Letonia no ha conseguido aprovechar ni una sola superioridad numérica.
Bouchard está centradísimo esta noche. Poseído de una forma que no le había visto nunca.
Connor
Ni siquiera es un partido ajustado. Estamos llegando al final del tercer período y ya hemos marcado seis goles.
Letonia no ha metido ni uno. Tal y como están las cosas, a Bouchard le quedan cuatro minutos para asegurarse la primera victoria por blanqueada de estos Juegos Olímpicos.
Está concentrado y bloquea tiros con la misma tenacidad con la que el resto bloqueamos los chistes homófobos de los jugadores letones.
Bouchard hace otra parada impresionante con el guante y lanza el disco al hielo. Giramos dentro de nuestra zona defensiva mientras los árbitros preparan otro saque.
Miro a Gavin, que está frente a mí en el círculo. Tiene la cara enrojecida por el esfuerzo y el pelo oscuro, empapado en sudor, se le escapa por los lados y por la nuca del casco. En el hombro de la camiseta lleva una mancha de sangre.
No es suya.
Es del delantero letón que creyó que llamar maricón a Gavin era una buena idea.
En general, Gavin lo ha hecho bastante bien esta noche. Sí, romperle un diente a ese jugador le costó una segunda expulsión, pero, tal y como pidió el entrenador, a Letonia le salió bastante más caro que a nosotros, porque su delantero estrella no ha vuelto a pisar el hielo desde entonces.
El árbitro levanta la mano y todos nos preparamos.
Cuando deja caer el disco, gano el saque y lo saco del círculo directo hacia Max Franklin.
Salimos disparados por la pista, con Gavin detrás de mí, cubriéndome cada vez que intento avanzar con el disco.
Cuando nos acercamos a la portería de Letonia, veo la oportunidad.
Giro hacia la izquierda y le dejo espacio para moverse por mi derecha.
Lo miro. Le guiño un ojo. Luego le paso el disco.
Gavin lo coloca justo en el hueco que el portero ha dejado abierto en el lado derecho de la portería al creer que yo iba a tirar hacia la izquierda.
La luz roja se enciende. Suena la bocina.
Gavin se vuelve hacia mí con los brazos alzados por encima de la cabeza y una sonrisa enorme, brillante, de pura euforia.
Ahora mismo me muero por besarlo.
Gavin
Cuando salgo de la pista al final del partido, sigo alucinando con haber marcado ese gol. Connor me lo puso facilísimo. Era imposible fallar. Todo el mundo está como loco y yo también estoy radiante. Ha sido una noche increíble. Esta victoria es justo lo que necesitábamos.
El equipo entero está eufórico. Gritamos, nos empujamos, nos damos palmadas en la espalda, chocamos hombros y nos abrazamos en broma mientras recorremos el túnel que lleva al vestuario.
—¡Un partido menos! —grita Bradley Warren, chocando la mano con Connor al pasar.
—¡Letonia no ha tenido ninguna opción esta noche! —dice Max Franklin, revolviéndole a Bouchard el pelo sudado con la mano enguantada.
—¡No solo Letonia! —añade Connor—. ¡Podemos ganar estos Juegos!
Bradley le sonríe.
—Eso es lo que quiero oír —dice, y le golpea el casco con el suyo antes de sentarse delante de su taquilla.
—¡Así se hace, chicos! —grita el entrenador cuando entramos en el vestuario.
Una vez estamos sentados, levanta el disco del partido.
—Todos os lo merecéis, pero voy a dárselo a Bouchard. —Se lo lanza y él lo atrapa—. Ha sido una actuación increíble.
—Gracias, entrenador —responde Bouchard, inclinando la cabeza en agradecimiento por el reconocimiento y por los aplausos, vítores y gritos del resto del equipo.
Se pone en pie, levanta el disco para que todos lo vean y niega con la cabeza.
—Pero no me lo merezco.
El equipo empieza a protestar. Él alza una mano pidiendo silencio y cruza el vestuario en mi dirección.
—Esto es para ti, amigo.
Niego con la cabeza.
—Lo único que he hecho ha sido ganar un par de peleas y romperle un diente a un tío.
—Y marcar un gol. Seguro que es la primera vez que te pasa.
Sonriendo, le doy un puñetazo en el brazo.
—Sabes que eso no es verdad.
—Quédatelo —le digo antes de abrazarlo—. Es tuyo.
Los vítores de mis compañeros dejan claro que están de acuerdo.
Cada uno encuentra su manera de felicitarlo mientras vuelve a su sitio para quitarse el equipamiento.
Ese disco se lo ha ganado. Los partidos en los que el rival no marca ni un solo gol ya son raros de por sí. Uno como este, todavía más.
—Siento interrumpir la fiesta —dice el entrenador—, pero ya sabéis cómo funciona esto. La prensa estará aquí en cinco minutos. —Me mira directamente—. Marshal, ven a mi despacho.
—¿Por qué? —Me río, todavía sonriendo de oreja a oreja por la victoria—. Ya me han descubierto. ¿Qué más puede pasar?
Él me devuelve la sonrisa.
—Hay alguien ahí dentro que quiere verte.
Me levanto enseguida y voy hacia la puerta. El entrenador ya me hizo un gran favor ayudándome a conseguir unas entradas para mi padre. Debería haber imaginado que también encontraría la forma de colarlo en el vestuario después del partido.
—Buen partido, chico —dice mi padre cuando entro en el despacho. Se acerca a mí y me envuelve en un abrazo fuerte—. Joder, qué alegría verte jugar .