QUINCE #3
Le paso la mano por el pelo y entrelazo los dedos entre sus sedosos mechones mientras vuelve a ocuparse de mí con la mano y la boca.
Siempre he sido un hombre con control sobre su cuerpo, pero ahora mismo, si sigue así, voy a correrme antes de estar listo siquiera.
Antes de haber tenido ocasión de devolverle el favor.
—Quítate la ropa —ordeno.
Aparta los labios de mi polla, aunque sigue acariciándome con la mano.
—No. Esto es para ti.
Me río mientras una ola de placer me recorre el cuerpo.
—Si esto fuera de verdad para mí, te bajarías los pantalones y te subirías aquí para sentarte a horcajadas sobre mi cara.
Sus ojos se abren de golpe, como si esa posibilidad no se le hubiera ocurrido. Con la mano libre, empieza a liberarse torpemente de los pantalones.
Cuando su polla queda al descubierto, se me hace la boca agua.
Eso es exactamente lo que quiero. Le hago un gesto para que se acerque y lo ayudo a colocarse hasta que sus piernas quedan a ambos lados de mi cabeza y su erección, suspendida sobre mi boca.
Lamo la punta, recogiendo con la lengua la gota de líquido preseminal que se ha acumulado en la hendidura.
Connor jadea.
—No es justo.
—¿Qué es lo que no es justo? —pregunto, y vuelvo a lamerle la punta.
—Quería hacer esto por ti. Quería que supieras que estamos juntos en esto.
—¿Crees que no lo sé?
Está loco si cree lo contrario. Por la forma en que me ha mirado desde que salí del despacho del entrenador Chris, sé que está dispuesto a todo por mí. Solo tendría que darle luz verde y él se lanzaría de cabeza a las llamas que ha encendido su padre.
Pero no quiero que lo haga. Quiero que se proteja. Todavía no es demasiado tarde para él. No necesita meterse en este lío. Al menos, no públicamente.
—Connor. —Le coloco las manos en la cintura y lo inclino hacia delante para que sus labios rocen mi polla, que está dura como una piedra. Vuelve a rodearla con la mano y empieza a moverla—. No tienes que demostrarme nada.
Deslizo las manos por su cuerpo hasta sus caderas y luego uso mi fuerza para bajarlo, guiando su polla hasta mi boca abierta y expectante.
La tomo por completo, aspirando el olor del suave vello de la cara interna de sus muslos.
Lo mantengo ahí con las manos mientras hago girar la lengua alrededor de su duro miembro.
Al final él vuelve a meterse mi polla en la boca. Esta vez no puedo contenerme. Mis caderas empiezan a moverse. La forma en que desliza la mano arriba y abajo por toda mi extensión y el calor húmedo de su boca son una locura. No hay nada tan bueno como esto.
Saco su polla de mi boca para gemir.
—Joder, Connor. Qué bien se te da esto. Así. Justo así.
Él hace vibrar los labios alrededor de mi polla.
Yo empujo más fuerte y más rápido, persiguiendo el orgasmo.
Estoy cerca. Pero antes tengo que llevarlo a él también hasta el límite.
Así que vuelvo a meterle la polla en la boca y me concentro.
Con cada giro de mi lengua sobre la punta de su miembro, gime.
Y, finalmente, sus caderas también empiezan a moverse, frotándose contra mi cara.
Con una mano, lo animo a ir más deprisa.
Él obedece y se deja llevar. No tarda en llenar mi lengua con el sabor salado de su líquido preseminal, y en cuanto lo trago, se corre en mi boca.
Caliente, espeso y delicioso. La piel se me enciende mientras me lo trago hasta el final y, en cuanto termina, gimo en su polla, que ya está menos dura, y me corro en su boca hambrienta.
Connor
Lo único que puedo pensar mientras trago su semen es que sabe increíble. Empiezo a entender por qué está tan obsesionado con lamerme hasta dejarme limpio.
Me sujeta por las caderas y me da la vuelta para dejarme boca arriba. Después se coloca encima de mí. Desde aquí veo cómo la lujuria se le va apagando tras el orgasmo y deja paso a un afecto profundo que vuelve pesados sus ojos.
—¿Qué me has hecho? —pregunta, y luego me besa con pasión.
Me recorre un escalofrío al imaginar que los restos de nuestras eyaculaciones se mezclan en nuestras lenguas.
—¿Que qué te he hecho? —pregunto—. ¿Qué me has hecho tú a mí? Estoy jodido.
—No —dice con severidad—. Eres lo mejor que me ha pasado nunca.
Sonrío y vuelvo a mirarlo a los ojos, esperando encontrar en ellos su felicidad. En cambio, veo tristeza. Levanto la mano y le acaricio la mejilla con la palma. Él cierra los ojos y se inclina hacia mi caricia. Cuando vuelve a abrirlos, la tristeza ha desaparecido y me sonríe con ternura.
En algún lugar de la cama, a nuestro lado, suena su teléfono. A tientas, lo busca y lo encuentra cerca de mis rodillas.
—Lo más probable es que sea el repartidor de pizza —dice en cuanto lo coge.
Me da otro beso y luego mira la pantalla. Me agarra con el otro brazo, nos levanta a los dos de la cama y nos pone en pie con un movimiento rápido.
—¡Mierda!
—¿Qué? —pregunto, sintiendo cómo el pánico vuelve a invadirme. ¿Y si es otro rumor sobre él? ¿Y si mi padre ha vuelto a decir algo? ¿Y si alguien que conocemos me ha delatado? Acabamos de prometer que lo intentaríamos y sería una crueldad que ahora pasara algo así—. Gavin, ¿qué ocurre?
Me sonríe.
—Mi padre. Está de camino .