La regla Kennedy QUINCE #2
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QUINCE #2

—No tiene por qué ser así —insisto, porque lo creo de verdad—. Podemos hacer que funcione. Podemos tener una relación a distancia y pasar los veranos juntos.

—Y luego volver a separarnos en otoño. —Hace una pausa e inspira hondo—. Connor, créeme cuando te digo que es tentador. Mucho. Pero no es suficiente. Y en nuestro caso sería imposible. ¿Cómo íbamos a soportar jugar el uno contra el otro?

—¿Y cómo vamos a soportarlo de todos modos? —pregunto, perdiendo la batalla contra las lágrimas acumuladas. Me seco deprisa con el dorso de las manos—. ¿De verdad crees que importará que hayamos roto o no?

Él suelta una risa triste y entrecortada, y luego sorbe por la nariz.

—Puede que no.

—Entonces nos debemos a nosotros mismos intentarlo.

—Me vuelvo hacia él y me subo a sus piernas para sentarme a horcajadas en su regazo.

Le sujeto la cara con ambas manos y aprovecho que así puedo mirarlo desde arriba—.

Prométeme que no te rendirás. Dime que lo intentarás. Podemos hacer que funcione.

Él sonríe y noto que me arden las mejillas. Me acaricia la piel. Me recorre el pómulo con el pulgar y luego me pasa el nudillo por debajo de los ojos.

—Podemos intentarlo —dice, rodeándome la cintura con los brazos. Me atrae hacia él y me besa.

Sonrío cuando nos separamos, pero sigo sin sentirme tranquilo. No se equivoca. Todo se va a volver mucho más difícil cuando regresemos al mundo real. La distancia. Los viajes. Los problemas dentro del equipo. Las eliminatorias. Mi padre. Las consecuencias de que Gavin haya salido del armario.

Es como si me leyera el pensamiento.

—Prométeme una cosa —dice.

—Lo que sea.

—No se lo digas a nadie. Al menos, no por ahora. Mantengamos esto entre nosotros hasta el final de la temporada. Démonos una oportunidad de hacer que funcione antes de que la prensa lo descubra.

Asiento. No me gusta, pero sé que tiene razón.

Si yo resultara ser el hombre misterioso del que todo el mundo habla, estaríamos cavando nuestra propia tumba.

La prensa se daría un festín y el estrés, sumado al hecho de vivir bajo un microscopio todavía más grande, nos condenaría incluso antes de empezar.

Por muy bien que jugáramos, aunque ganáramos el oro, esta sería la única historia que le importaría a todo el mundo.

No tendríamos un período de adaptación tranquilo para encontrar nuestro camino.

Y eso sin contar la tormenta de mierda que se nos vendría encima con respecto a mi padre.

Los ojos vuelven a escocerme por la frustración. Gavin me pasa otra vez los nudillos por la piel de debajo.

—No tiene por qué ser para siempre —dice—. Podemos hacer un plan para que salgas del armario como mi novio cuando estés listo.

Oírle llamarme «su novio» me arranca una tímida sonrisa.

Me acaricia la mejilla con un dedo.

—Eres adorable —dice, sonriendo con la misma timidez que yo—. Sabes que no puedo resistirme cuando te sonrojas.

Pongo los ojos en blanco.

—No juegas limpio.

—¿Ah, no?

—Sabías lo que iba a pasar en cuanto me llamaras «tu novio».

Gavin

—Quizá. —Me encojo de hombros y le dedico una sonrisa culpable—. Y volveré a hacerlo.

Lo atraigo hacia mí para besarlo otra vez.

Esta vez despacio, durante mucho tiempo, saboreando el gusto de la fruta prohibida que representa.

Es una pésima idea. Debería haber dicho que no.

Pero no he podido. No con la forma en que me miraba, con toda esa esperanza y todo ese fuego en los ojos.

Me he derretido. Igual que él se derrite en este beso.

Le rodeo la espalda con una mano y uso la otra para impulsarnos y levantarnos del suelo.

Lo tumbo sobre la cama, acomodándole la cabeza en las almohadas, y me coloco encima de él.

Busco la única parte de su cuerpo que ahora mismo está dura.

Su polla. Froto la mía contra la suya e intento no frustrarme por todas las capas de ropa que nos separan y me impiden sentir su piel contra la mía.

—¿Sabes lo perfecto que eres? —pregunto.

—No soy perfecto —responde.

—Lo eres —repito, antes de inclinarme para besarle el cuello.

Tendría que serlo para que yo estuviera dispuesto a arriesgarlo todo. Lo he pensado bien. Esto no va a terminar bien para ninguno de los dos. Lo más probable es que acabemos rompiéndonos el corazón.

—Podemos hacer que esto funcione —dice Connor—. Quiero hacerlo por nosotros.

Me pone una mano en el hombro y me empuja para apartarme de él. Luego hace palanca y nos da la vuelta. La verdad es que me dejo hacer, en lugar de usar mi fuerza para mantenerlo atrapado debajo de mí.

—Quiero hacer esto por ti —dice.

Empieza a deslizarse por mi cuerpo. Cuando llega a la hebilla de mi cinturón, la desabrocha y luego hace lo mismo con el botón de mis pantalones.

Levanto una ceja.

—¿Seguimos hablando de darle una oportunidad a esta relación?

—Sí. —Sigue concentrado en sacar mi polla de su encierro.

Me apiado un poco y levanto las caderas para facilitarle la tarea de bajarme los pantalones. Cuando mi erección queda al descubierto, la rodea de inmediato con la mano y baja la cabeza para lamer la punta.

—Joder —gimo—. Si hubiera sabido que esto era lo que pasaría por llamarte «novio», lo habría hecho en Las Vegas.

Su piel se sonroja y me mira con mi polla todavía en su boca. Se me corta la respiración. El poder que tiene sobre mí en este instante, mientras parece tan vulnerable, es digno de análisis. Es casi insoportable.

Le acerco una mano a la cara y deslizo el pulgar por su piel. Siento mi polla dura contra su mejilla.

—Eres tan bueno —digo cuando recupero algo de aire—. Demasiado bueno.