La regla Kennedy QUINCE
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QUINCE

QUINCE

Gavin

El entrenador echa del vestuario a todo el mundo, excepto al equipo y al padre de Connor, que me mira como si hubiera ganado algo.

No lo sé. Quizá sí. Como mínimo, me ha acorralado.

Pero no voy a delatar a su hijo para quitarme algo de presión.

Incluso si Connor decidiera dar un paso al frente (lo cual, por cómo se muerde el labio inferior mientras me observa desde el otro lado del vestuario, parece estar planteándose), le diría que no lo hiciera.

Esto que hay entre nosotros, por maravilloso que sea, tiene fecha de caducidad.

No hay forma de que podamos continuar con esto cuando volvamos a casa. Al menos, no públicamente. ¿Cómo iba a funcionar siendo rivales sobre la pista de hielo? Nadie lo aceptaría. Y menos aún el padre de Connor.

—Escuchad todos. —El entrenador se planta en medio de la sala, aunque todas las miradas siguen clavadas en mí—.

Creo que no hace falta decir que esto no cambia nada dentro del equipo.

Ignorad a la prensa en todo lo relacionado con este asunto.

Si alguno de vosotros acaba soltando alguna estupidez en ESPN, se quedará en el banquillo. ¿Ha quedado claro?

—¡Sí, entrenador! —gritan todos, excepto Connor y yo.

—Bien. Ahora terminad de ducharos. El autobús sale en treinta minutos. Y voy a cancelar el entrenamiento de mañana. Creo que nos hemos ganado una mañana libre.

El entrenador vuelve a entrar en su despacho y cierra la puerta de un portazo. Solo puedo imaginar la cantidad de whisky que se está sirviendo ahora mismo. Si yo bebiera, le acompañaría.

Miro a Connor. Sigue mordiéndose el labio.

Veo con claridad la guerra que se libra en su cabeza.

Tiene el ceño fruncido por la preocupación, formando un surco profundo en el centro.

Me gustaría alisárselo con el dedo y luego besarlo con los labios.

Pero ahora no es el momento. No con todos mis compañeros alrededor.

—¿Ya has mirado tu teléfono? —pregunta Bouchard, deslizándose por el banco hasta sentarse a mi lado.

—No. ¿Debería? —Ni siquiera se me había ocurrido.

Se encoge de hombros y no consigue contener una sonrisa.

—Creo que no deberías mirar las redes sociales durante un tiempo. Ni los blogs deportivos. Ni YouTube. Ni ESPN.

—En otras palabras, que no mire el móvil.

Se encoge de hombros otra vez, pero la sonrisa sigue ahí.

—Al menos revisa tus mensajes.

Con cautela, alargo la mano y cojo el móvil de la balda superior de mi taquilla. Está lleno de notificaciones. Pero las más importantes son estas dos.

Alexander Tavish

Que le jodan al cabrón que te haya vendido, pero más te vale no usarlo como excusa para largarte de la ciudad. Quiero enfrentarme a ti en la final, aunque sé que entonces estarás el doble de enfadado. Todos los equipos con los que te cruces a partir de ahora van a morir.

Entrenador Matthews

Estás jugando un hockey increíble. No dejes que esto te distraiga. Y no te preocupes, siempre tendrás un sitio en la plantilla aquí en Búfalo. Te apoyamos.

Leer esos mensajes refuerza mi determinación. Lo que ha hecho Connor padre no significa nada. Al menos, no para mí. Aunque creo que, en el fondo, lo hizo más para controlar a Connor que para herirme a mí. Joder mi existencia privada y escurridiza solo ha sido un beneficio extra.

Connor

Llevo horas deseando quedarme a solas con Gavin en nuestra habitación.

Pero la prensa sigue esperando fuera del vestuario, por supuesto, y eso impide que lleguemos al autobús con rapidez.

Con Gavin al frente, el equipo se abre paso con la cabeza alta, evitando mirar a nadie.

Una vez dentro del autobús, soltamos un suspiro de alivio colectivo.

Pero la tensión sigue ahí, pegada a todos nosotros, y el silencio se instala mientras el vehículo se aleja del estadio.

Todo el equipo se ha visto sacudido por esto.

Evidentemente, no en la misma medida que Gavin, pero todos estamos sintiendo las consecuencias de vernos envueltos en un escándalo innecesario.

Somos deportistas. Hemos venido aquí a jugar al hockey y a ganar la medalla de oro.

Ninguno de nosotros estaba preparado para lidiar con la salida del armario de un compañero gay.

Gavin está sentado a mi lado, con la mirada perdida en la ventana.

Veo su reflejo en el cristal. Parece incapaz de ver nada más allá del borrón de las calles mientras cruzamos la ciudad de vuelta a la residencia.

Sus oscuros ojos parecen agotados. Una vez más, percibo destellos del Gavin de dieciséis años que conocí hace tanto tiempo.

Deslizo la mano entre nuestros asientos y busco la suya, que descansa sobre su muslo.

Entrelazo mi meñique con el suyo y uno nuestras manos.

Él tira un poco de mi dedo y luego cambia la posición para colocar la suya sobre la mía y apretarla.

Le devuelvo el apretón, intentando recordarle que no está solo.

Afrontaré con él todo lo que venga, tan en silencio o tan ruidosamente como quiera.

Cuando el autobús se detiene frente a nuestro edificio, Gavin me da un último apretón antes de soltarme la mano.

—Joder —murmura, sin apartar la mirada de la ventana.

Hay más prensa y cientos de aficionados esperando fuera para verlo.

Aunque quizá «aficionados» no sea la palabra adecuada. Es cierto que algunos lo animan y que podemos oírlos a través del cristal. Pero bajo ese mar de vítores corre un murmullo de abucheos, constante y desagradable.

Bradley Warren se gira en el asiento de delante y mira directamente a Gavin.

—No les hagas caso —dice, y luego extiende el puño para que Gavin lo choque.

Gavin lo hace. Después se levanta, hace girar el cuello y echa los hombros hacia atrás.

Me aparto para dejarle paso. Ha dejado muy claro que no piensa quedarse atrás ni en medio del grupo.

Va a ir al frente, en el centro, y no le va a dar a nadie lo que quiere, que es verlo perder los nervios.

Erguido y orgulloso, baja del autobús, se abre paso entre la multitud y entra directamente en el edificio con la cabeza alta y la mirada vacía.

No se relaja hasta que entramos en el ascensor. Los hombros se le hunden un poco y la espalda deja de estar rígida.

Bouchard se acerca, se coloca frente a él y apoya su frente contra la de Gavin. Como jugador de hockey , estoy acostumbrado a ver esta muestra de afecto, pero suele hacerse con los cascos puestos. Sin ellos resulta mucho más íntima. Sin moverse, sin apartar la mirada, Bouchard le habla en voz baja.

—¿Estás bien?

Gavin asiente.

—Estoy bien.

Bouchard le da dos golpes con el puño en el pecho y luego se vuelve justo cuando las puertas del ascensor se abren en la octava planta.

Salimos todos y dejamos que el ascensor vuelva a bajar a por el resto del equipo, que ha tenido la delicadeza de dejar subir primero a Gavin mientras ellos hacían guardia en silencio.

El trayecto por el pasillo se me hace eterno.

El corazón me late con fuerza en la garganta.

Lo oigo en los oídos. Lo único que hará que se calme será quedarme a solas con Gavin y hacer lo único que llevo queriendo hacer desde que empezó esta pesadilla.

Besarlo y decirle que él también merece la pena para mí.

—¿Tienes hambre? —me pregunta mientras busca algo en el teléfono en cuanto cerramos la puerta.

Me sobresalto. Es lo último que esperaba oír.

—La verdad es que no —respondo—. Pero puede que sea porque mi estómago sigue tirado en el suelo del vestuario, donde lo dejé hace una hora.

—Entonces, más para mí —dice con una risa breve. Pulsa varios botones y se lleva el teléfono a la oreja—. Voy a pedir una pizza para los dos. ¿Te parece bien?

—Supongo que sí. —Levanto las manos y lo miro fijamente mientras espera a que alguien responda al otro lado de la línea.

Me estoy comiendo con los ojos ese rostro tan escandalosamente atractivo—.

¿Cómo puedes estar tan tranquilo ahora mismo?

¿Por qué no estás furioso? ¿Por qué no estás gritando? Yo lo estaría.

Cuando termina el pedido, arroja el teléfono sobre la cama y me mira.

—¿Qué?

—¡¿No vamos a hablar de lo que acaba de pasar?! —grito, exasperado, no con él, sino con el mundo. Con mi padre.

—Ven aquí —dice, acercándose a mí y rodeándome con los brazos. Aspira hondo el olor de mi pelo.

—Esto no es hablar —le susurro al oído.

—Lo sé. Es grabarte en mi memoria.

El pánico se apodera de mí.

—¿Memoria? ¿Por qué?

Me aprieta más fuerte y vuelve a inhalar.

—Cuando esto empezó, sabíamos que no podía continuar después de los Juegos Olímpicos.

—No, no lo sabíamos —digo con la voz quebrada.

Última hora: mi estómago perdido ha aparecido y ahora se ha instalado en mi garganta.

—Sí, lo sabíamos. —Se aparta un poco, retira una mano de mi espalda y la desliza por mi hombro hasta llegar a mi cara.

Me la sostiene con firmeza para obligarme a mirarlo a los ojos.

Sus ojos marrones vuelven a mostrarse tristes, solitarios y, sobre todo, heridos.

No esconden nada—. Nos quedan diez días más así —dice, acariciándome el labio con el pulgar—.

Y pienso aprovecharlos al máximo. Espero que tú también.

Me aparto de él.

—Pero dijiste que yo valía la pena.

—Y la vales —dice, agarrándome del brazo para atraerme de nuevo hacia él—. Pero yo no.

Me dejo caer en el suelo, al lado de nuestra improvisada cama.

Él se sienta conmigo y me rodea los hombros con un brazo, acercándome a su costado. Apoyamos la espalda en el horrible armazón de madera de la cama.

—Eso no es verdad —le digo.

—Sí lo es, Connor. Tú tienes mucho más que perder que yo.

—Pero no puedo perderte. —De pronto agradezco que ya no estemos mirándonos, porque los ojos empiezan a escocerme. Los cierro con fuerza, intentando contener las lágrimas.

—Cariño —dice con una risa suave, más tierna de lo que ahora mismo puedo soportar—, vamos a perdernos de todos modos.