La regla Kennedy CATORCE #2
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CATORCE #2

No es del todo cierto. Lo que más miedo me da es que me echen de la liga. Aun así, asiento.

—También creo que esa fuente espera que esto te haga apartarte del hombre con el que te has estado acostando —añade antes de darle un sorbo al whisky .

—Te aseguro que eso no va a pasar.

—Gracias a Dios —dice el entrenador con un suspiro hondo—. No puedo permitirme perder a Connor ahí fuera. Si perdemos o, peor aún, si se lesiona y se pierde lo que queda de temporada, me quedo sin trabajo cuando volvamos al mundo real.

—¿En serio? —pregunto, arqueando las cejas.

Chris lleva más de una década entrenando, y antes fue jugador. Entre una cosa y otra ha ganado cuatro Stanley Cup y una plata olímpica. Es una leyenda de la NHL, igual que el padre de Connor. Supongo que ni siquiera él está a salvo del alcance de Connor Kennedy padre. No sé por qué me sorprende.

Me mira y vuelve a beber de la taza.

—Trabajo bajo el mando de Connor padre desde que el hijo entró en la liga. Mi puesto siempre está en peligro.

—Eso es ridículo. Eres un entrenador excelente.

—Gracias. —Alza la taza hacia mí en una especie de brindis y da otro sorbo.

Luego se queda mirándome un momento y añade—: Si te soy sincero, puede que ya haya perdido el trabajo solo por haberte avisado.

—Lanza una mirada hacia la puerta. Del vestuario nos llegan muchas voces, aunque ninguna se entiende con claridad.

—Quizá le hayas hecho un favor —digo—. Tenderme una emboscada con la prensa no habría sido una buena idea.

Se ríe otra vez, pero es una risa hueca.

—Pagaría por verte noquearlo.

—Serían los mejores cinco minutos de banquillo de mi vida.

Se termina el whisky y vuelve a servirse.

—Si tuviera otra puerta, te sacaría por ahí ahora mismo. —Suspira largamente—. Pero, por desgracia, no la tengo. Y la prensa no va a marcharse hasta que te vea.

—¿Puedo tener un minuto para pensar cómo voy a lidiar con esto?

—Marshal, puedes tomarte todo el tiempo que necesites —dice.

Luego se bebe el whisky de un trago, deja la taza sobre la mesa, se levanta, rodea el escritorio y me da una palmada en el hombro antes de dirigirse a la puerta.

Connor

Cuando se abre la puerta del despacho del entrenador, contengo la respiración esperando ver salir a Gavin. Por la expectación que muestran los ojos de mi padre, sé que él también lo espera. Una fugaz decepción cruza su rostro al ver que quien sale es el entrenador Chris y no Gavin.

Mi padre ha estado aguardando este momento a mi lado, disfrutando de cómo la prensa desplegada en la sala va preguntando a todo el equipo qué opina sobre los rumores relacionados con Gavin Marshal.

Bouchard está mirando a mi padre con un odio palpable cuando el entrenador se mete en medio del caos.

—¡Entrenador Chris! —grita uno de los periodistas, plantándole una cámara delante de la cara—. ¿Sabía lo de Gavin Marshal?

Chris permanece erguido y sereno, con las manos en los bolsillos, y responde con un fastidio nada disimulado.

—Yo no suelo controlar con quién se acuestan mis jugadores. No es asunto mío ni vuestro.

—Pero esto es una gran noticia —insiste otro periodista.

—¿De verdad? —lo corta el entrenador—. Creo que todos vosotros estáis buscando una historia donde no la hay. —Señala a su alrededor—. Estos chicos casi han destrozado a Finlandia esta noche. De eso deberíais estar informando, no perdiendo el tiempo con algo que no afecta a los partidos.

Trago saliva. En cierto modo sí que les afecta. Pero no de una forma negativa. Desde que Gavin y yo estamos juntos, jugamos el mejor hockey de nuestras carreras. No puede ser casualidad. Sacamos lo mejor el uno del otro, dentro y fuera del hielo.

Miro a mi padre y hago un gesto con las manos hacia la tormenta mediática que ha desatado.

—¿Por qué has hecho algo así? —le pregunto, procurando que solo él me oiga.

Se inclina hacia mí.

—Para doblegarte —dice.

Y en sus ojos y en su voz percibo una oscuridad inconfundible.

Aprieto los puños a los lados del cuerpo. De eso va todo esto. De controlarme. Como si ya no lo hubiera hecho bastante.

—¡Connor Kennedy! —grita un periodista, enfocándome con la cámara—. ¿Crees que es bueno para el equipo que Marshal siga siendo capitán alterno? ¿No sería mejor que el entrenador Chris eligiera a otro jugador, como Warren o Franklin?

—No —respondo, aflojando la mandíbula, aunque no los puños—. Gavin hace bien su trabajo. Se podría decir que incluso mejor que yo. Él unió a este equipo durante la concentración y va a seguir haciéndolo ahora.

—¡Bouchard! —grita otro—. Tú juegas con Gavin Marshal en Búfalo. ¿Ya sabías algo sobre sus inclinaciones?

—Como ha dicho el entrenador Chris, no es asunto mío con quién se acuesta nadie en este vestuario.

—Se desabrocha las hombreras, se las quita y las deja caer al suelo con un estruendo seco—.

Gavin Marshal siempre ha tenido mi respeto y va a seguir teniéndolo.

¿Por qué no os largáis, buitres, y buscáis una historia en otra parte?

Esto son los Juegos Olímpicos. No debería costaros tanto encontrar una.

Si no estuviera tan pendiente de Gavin y de todos los periodistas y cámaras que lo acechan, cruzaría la sala ahora mismo para abrazar a Bouchard.

Pero no es el único. El resto del equipo también empieza a cerrar filas a su alrededor.

La mayoría repite que a nadie le importa que Gavin Marshal sea gay.

Está funcionando. Los periodistas parecen perder fuerza.

Pero no soy tan ingenuo como para creer que esto termina aquí.

Gavin aún no ha salido. Y mentiría si dijera que no estoy aterrorizado por lo que pueda pasar cuando lo haga.

Ojalá pudiera hablar con él. Ojalá pudiera ayudarlo a trazar un plan.

Al fin y al cabo, esto es culpa mía. Si me hubiera enfrentado a mi padre hace años, nada de esto estaría ocurriendo.

La sexualidad de Gavin seguiría siendo un asunto privado y nosotros podríamos estar juntos tranquilamente.

Podríamos estar buscando la manera de hacer que nuestra relación funcionara más allá de los Juegos Olímpicos, en el mundo real, en lugar de intentar contener el incendio aquí.

Gavin no es ningún idiota. Tiene que saber que ha sido mi padre, y que lo ha hecho tras medir muy bien los pros y los contras de revelar la identidad de mi amante, pero no la mía.

La sala se queda en silencio y, por un segundo, soy lo bastante ingenuo como para pensar que los periodistas por fin han decidido marcharse al darse cuenta de que aquí no encontrarán la historia que buscan. Pero entonces veo a Gavin salir del despacho del entrenador.

Todavía lleva los patines puestos, aunque desatados y colgándole flojos de los tobillos. Se ha quitado la camiseta y las hombreras, pero sigue con la parte inferior del uniforme. La Dry Fit que lleva debajo está empapada de sudor. Debe de estar deseando darse una ducha.

Los periodistas se abalanzan sobre él como tiburones. Él se planta delante de ellos con ese aire aburrido e indiferente que, por desgracia para mí, me parece endemoniadamente sexy .

—Gavin Marshal, ¿tienes algo que decir sobre las acusaciones de que metiste a un hombre a escondidas en tu habitación?

Él dirige una sonrisa burlona a mi padre.

—¿Quién ha dicho que lo metiera a escondidas?

Trago saliva. No va a delatarme, ¿verdad? No haría eso. Lo más probable es que solo le esté dejando claro a mi padre que sabe perfectamente que ha sido él. Pero ¿es justo que deje que cargue solo con todo esto?

—¿Estás diciendo que se trataba de otro deportista?

—Lo que digo es que, si yo fuera heterosexual, esto no sería ningún problema, y deberíais tratarlo del mismo modo.

Se sienta y empieza a quitarse los patines.

—¿Crees que esto va a afectar a tu rendimiento? —pregunta otro periodista.

Gavin niega con la cabeza y se ríe. Mira directamente a la cámara.

—Llevo bastante tiempo acostándome con hombres y nunca ha afectado a mi forma de jugar.

La sala vuelve a quedarse en silencio. Sé que le caerá una buena multa por hablar así delante de la prensa, pero no parece importarle.

Se quita el otro patín y los coloca en la taquilla junto con el resto de su equipo. Después levanta la mirada hacia la multitud de periodistas que lo rodea.

—¿Alguien más tiene alguna pregunta ridícula?

—Solo una. —Una periodista da un paso al frente—. ¿De verdad merece la pena arriesgar tu carrera por él?

Gavin la mira fijamente.

—Sí —responde—. Merece la pena .