CATORCE
CATORCE
Connor
He llevado al partido de esta noche toda la rabia que siento por la pelea con mi padre.
Me está dando fuerzas de una manera que ya conozco.
Como cuando era niño y él me gritaba durante todo el trayecto de vuelta a casa después de un partido perdido.
Entonces, en el siguiente encuentro, llevaba toda mi ira y todas las palabras que no podía decirle a la pista de hielo y patinaba como si me fuera la vida en ello.
Él, por supuesto, interpretaba aquella ferocidad como una prueba de que su particular forma de motivarme había funcionado.
Nunca se le ocurrió pensar que era mi odio hacia él lo que me empujaba a darlo todo.
El rencor es una gran fuente de motivación.
Y eso es exactamente lo que siento cuando me sacan del banquillo.
—Gracias por mantenerme el trono caliente —dice Gavin mientras se aleja patinando con una sonrisa enorme.
Salgo tras él. O, más exactamente, tras el disco que acaba de recuperar en nuestra zona ofensiva. Él sabe que voy detrás. En el poco tiempo que llevamos jugando juntos, ya hemos aprendido a entendernos sobre el hielo. A confiar el uno en el otro. A saber instintivamente dónde estará el otro.
Gira con el disco y me lo cede a ciegas. Luego bloquea el paso, tapándole la visión al portero para dejarme un tiro limpio. Aprovecho la oportunidad y lanzo. El disco pasa rozándole la oreja al portero y entra en la portería.
Suena la bocina y el equipo se me echa encima para celebrarlo entre golpes en el casco, puñetazos amistosos y abrazos.
—¡Cabrón astuto! —me dice Bradley Warren, dándome un toque en el casco. Me dedica una sonrisa amplia—. No me apetece nada cruzarme contigo en la postemporada si vas a venir con esta energía.
—Prometo tener cuidado contigo —digo guiñándole un ojo.
—Ni se te ocurra —responde, dándome otro golpecito en el casco antes de alejarse patinando.
De pronto, Gavin aparece a mi lado.
—Parece que has hecho un amigo.
—Parece que nos has convertido en un equipo —respondo con una sonrisa.
—No podría haberlo hecho sin ti, capitán —dice, golpeando la «C» de mi camiseta con el lateral del puño.
Se aleja patinando hacia atrás, sin apartar la mirada de mí, con una despreocupada sonrisa en los labios. Todo el cariño que siento por él bulle en mi interior. Ya no puedo imaginarme sin tenerlo en mi equipo y a mi lado.
Gavin
—¡Así se gana, chicos! —grita el entrenador Chris cuando regresamos al vestuario.
Sujeta el disco del partido en la mano y mira a su alrededor.
—Muchos de vosotros os lo habéis ganado hoy, pero tengo que dárselo a vuestro capitán.
El vestuario estalla en aplausos. Como era de esperar, Connor se pone rojo como un tomate e intenta hacerle gestos al entrenador para que se calle.
—Ni hablar, hijo —dice el entrenador Chris, dándole una palmada en la espalda—. Te lo has ganado, sin ninguna duda. —Nos mira al resto—. ¡Daos prisa y meteos en la ducha! La prensa está esperando a que la dejen entrar.
—¡Uf! —resoplamos todos al unísono.
—Lo sé, lo sé —dice el entrenador—. Tenéis cinco minutos antes de que lleguen.
O menos, al parecer. La puerta se abre. Pero no es la prensa quien entra. Es peor.
Connor Kennedy padre irrumpe en el vestuario y va directo hacia su hijo. Sonríe, pero su sonrisa resulta falsa, calculada, como si estuviera jugando con la mente de alguien.
—¡Eso es lo que me gusta ver en mi hijo!
Connor se echa hacia atrás cuando su padre se le acerca e intenta abrazarlo. El ambiente de la sala se vuelve tenso al instante. Su llegada ha borrado de un plumazo la alegría que todos compartíamos.
Bouchard me mira desde su sitio, donde está sentado desatándose las enormes espinilleras. Pero no es el único que ha notado la tensión. Todo el mundo parece haberse encontrado de repente con algo mucho más interesante a lo que prestar atención.
Desde el otro lado del vestuario, cruzo la mirada con Connor.
Me está mirando por encima del hombro de su padre.
Siento que el corazón se me acelera y doy un paso hacia él.
Me detiene con un leve gesto de cabeza. Me quedo junto a mi taquilla y lo observo mientras me seco el sudor del pelo con una toalla.
Podría oírse caer un alfiler en la habitación.
Ese es el grado de silencio que se ha apoderado de todos, salvo por la conversación entre Connor y su padre.
Su presencia ha cambiado por completo el ambiente.
O no se da cuenta, o le da igual. Me inclino a pensar que es lo segundo, porque no deja de felicitar efusivamente a Connor por su actuación mientras ignora a todos los demás que estamos aquí.
Y sí, Connor ha jugado como un animal. Todos lo hemos visto y todos lo sabemos.
Verlo sobre el hielo esta noche ha sido una barbaridad.
Era imparable. Y también generoso. En cada jugada, siempre que podía, colocaba a sus compañeros y soltaba el disco, creando ocasiones para que Franklin, Nichols y Calhoun marcaran sus propios goles.
Ni siquiera ha sido un partido ajustado.
Hemos barrido a Finlandia con un seis a uno final.
Eso no significa que haya sido fácil. Finlandia tiene muchísimo talento, cuatro jugadores de su selección juegan con nosotros en la NHL, pero esta noche no han podido hacer nada contra la furia de Connor.
En otro día quizá habrían tenido más opciones. Pero Connor había salido a demostrar algo en este partido, y nada iba a frenarlo.
Vuelvo a mirarlo. Está escuchando a su padre, pero tiene la mirada dura y los labios apretados.
Me mata no poder apartarlo de él. Pero esta no es mi pelea.
Es la única batalla de la que no puedo salvarlo, aunque sea lo único que quiero hacer.
Aun así, parece que se sostiene bien por sí solo.
La confianza que le ha dado ganar este partido se nota.
Es evidente que esta noche ha patinado como si se enfrentara a su padre sobre el hielo, aunque Connor padre no fuese nuestro rival.
Y ahora está llevando esa misma energía al vestuario.
Tiene los hombros echados hacia atrás y la mandíbula tensa, listo para responder a cualquier crítica sobre su forma de jugar o sobre el equipo.
Lo entiendo. Bueno, no del todo. Yo nunca he tenido que jugar contra las expectativas de mi propio padre, pero sí contra las del padre de Connor. Ese hombre nunca quiso que yo ganara. Ni ahora ni la primera vez que me vio, cuando tenía dieciséis años.
—Marshal.
La voz del entrenador me saca de mis pensamientos. Levanto la mirada desde el banco donde me estoy desatando los patines. Tiene una expresión cansada.
—Ven a mi despacho.
Connor mira al entrenador y después a mí. Yo me encojo de hombros. Al pasar junto a su padre, atrapo su mirada. Sonríe como el matón que es, y en sus ojos solo veo desprecio. No sé qué va a decirme el entrenador, pero puedo apostar lo que sea a que Connor padre tiene algo que ver.
—Cierra la puerta y siéntate, Gavin —dice el entrenador una vez detrás de su escritorio.
—Si son malas noticias, prefiero quedarme de pie.
Se recuesta en la silla con los labios apretados mientras me observa. Luego me hace un gesto para que me siente. Lo hago.
—Para mí no son malas noticias —dice—. Pero que a mí no me importen no significa que a ti tampoco deban importarte. —Su tono rezuma cansancio y resignación.
—Ah. —Suelto el aire de golpe y me deshincho como un globo—. Así que es esto. Me han descubierto. Y no hace falta que adivine quién ha sido.
Aun así, me sorprende que Connor padre haya decidido mover ficha así.
Me descubrió con su hijo, no con cualquier desconocido.
Es una jugada demasiado arriesgada como para haberla hecho sin pensarlo.
Connor padre no mueve una pieza si no cree que va a ganar.
Mi reacción, por tanto, tiene que estar igual de calculada.
Quiere que salte. Quiere que haga una estupidez que le permita echarme del equipo y enviarme de vuelta a Alaska sin pasar siquiera por Búfalo.
Le han puesto en bandeja la excusa perfecta para sacarme no solo de este equipo, sino de la liga.
Está contando con que yo haga el movimiento imprudente.
Respiro hondo. Así que esto es lo que toca. ¿Cómo me defiendo sin perder a Connor y sin perder también todo por lo que llevo luchando toda la vida?
—No hay ninguna fuente oficial —dice el entrenador, mirando hacia la puerta cerrada. O más bien intentando atravesarla con la mirada para ver quién está al otro lado—. Hace unos minutos alguien se lo filtró a la prensa de forma anónima.
—¿Y qué dijo exactamente esa fuente anónima?
—Solo que te encontraron desnudo en la cama con otro hombre al que habías metido a escondidas en la residencia y en tu habitación.
Inclino la cabeza.
—Bueno, eso es mentira.
—Ya —dice el entrenador. Y por su tono me queda claro que sabe la verdad.
—Entonces, ¿qué consecuencias puedo esperar?
No llega a contestar enseguida, porque al otro lado de la puerta estalla un gran revuelo. Se levanta, echa la llave y, al volver al escritorio, se detiene a mi lado, me da dos palmadas en el hombro y se sienta con un suspiro profundo.
—Por mi parte, ninguna. Al menos, no dentro del equipo. Y si alguno de tus compañeros tiene algo que decirte (aunque lo dudo, porque la mayoría te tiene bastante miedo), tendrán que vérselas conmigo.
—Me da igual lo que digan mis compañeros.
Y, en realidad, solo hay un compañero cuya opinión me importa ahora mismo, y es imposible que le moleste que yo sea gay. Por razones bastante obvias.
El entrenador se ríe.
—No esperaba que te importara.
—Pero en serio, entrenador, ¿cuáles van a ser las consecuencias? Esa fuente «anónima» ha hecho esto por algo.
Saca una botella de whisky del escritorio y me ofrece un poco en silencio. Niego con la cabeza. Él asiente y se sirve en una taza de café vacía, aunque sucia.
—Creo que esa fuente espera que salgas huyendo muerto de miedo. Lo cual es una estupidez. A ti no te da miedo nada y cualquiera pensaría que él ya lo sabe a estas alturas.