La regla Kennedy TRECE
63%

TRECE

TRECE

Gavin

Un pequeño dato sobre mí que no sorprendería a nadie es que, antes de Connor, nunca había compartido la cama con nadie.

Ni una sola vez. Jamás. Claro, me he acostado con bastantes hombres, pero siempre he salido corriendo cinco minutos después de quitarme el condón.

Y, desde luego, nunca le he pedido a ninguno que se quedara en mi casa.

Demonios, ni siquiera he invitado a nadie a entrar en ella.

Por varias razones. Una, no soy tan idiota como para ligar en mi propia ciudad. Y dos, la idea de invitar a alguien a ver cómo vivo me parece una pesadilla. Me harían demasiadas preguntas. Y mi vida se reduce a lo estrictamente necesario.

Pero aquí, tumbado con Connor, abrazando su cuerpo y con el pecho pegado a su espalda, nunca me he sentido más feliz.

Y nunca he estado más jodido, porque sé que jamás encontraré a nadie que pueda sustituirlo.

El cuerpo de otro hombre no encajaría aquí.

El olor de otro hombre no sería tan relajante.

Y que otro hombre murmurara «Buenos días» mientras se estira, tensando la espalda y el trasero contra mí, me parecería un crimen.

—Buenos días —respondo. Mis labios le rozan la nuca—. ¿Tienes hambre?

—Me muero de hambre.

—Puedo bajar a la cafetería a por algo y traértelo si quieres.

—Mmm —murmura, y relaja los brazos y las piernas, fundiendo todavía más su cuerpo con el mío—. ¿Qué hora es?

Le cojo la muñeca y miro su reloj, lo que le arranca una risa.

—Supongo que podría haberlo hecho yo.

—Son poco más de las siete. Tenemos tiempo para relajarnos antes del entrenamiento.

Bosteza.

—¿Querías hacer ejercicio?

—No. Ahora mismo tenemos una agenda muy apretada. Quizá le dé un descanso a mi cuerpo y deje las pesas por unos días —respondo.

Es una buena idea. Entre los entrenamientos diarios y los partidos por la noche, y sin un solo día libre a menos que perdamos, no tengo tiempo para hacer mis propios ejercicios sin sacrificar otra cosa.

Otra cosa como quedarme en la cama con Connor.

Solo me quedan unos pocos días así antes de que tengamos que parar y volver a nuestras respectivas ciudades y equipos.

Además, el sexo diario con él ya es ejercicio suficiente. Y no me canso.

—Puedo acompañarte a desayunar —dice.

—No. Quédate aquí. —Le beso el cuello y le acaricio el cuerpo desnudo con la mano—. Así está bien. Quiero que seas mi postre.

—¿Desde cuándo se sirve postre con el desayuno?

—Desde ti. —Le doy una pequeña palmada en el costado derecho—. Prepara el siguiente episodio de Sierra Six en el portátil. Lo veremos cuando vuelva.

Connor

Su lado de la cama todavía está caliente y yo lo estoy disfrutando. Su aroma lo impregna todo y empiezo a entender su obsesión por olerme. Es cálido y embriagador. ¿Quién iba a decir que algo así podía ser tan maravilloso?

Supongo que yo. Siempre he querido algo así, pero esta vida, esta carrera, mi padre…

ninguno me ha permitido disfrutar de este placer tan simple.

Compartir la cama con un hombre. Quizá debería sugerirle a Gavin que nos quedemos aquí para siempre, en esta cama doble improvisada, con la separación en medio que intentamos evitar para no caernos dentro.

Sonrío al oír sus pasos acercándose a la puerta. Ha sido rápido, y me alegro. Estoy hambriento. Hambriento tanto de comida como de él.

Me sorprende oír que llaman.

—Debería estar abierta —digo, sin ganas de levantarme de la cama y abandonar la comodidad en la que me he derretido.

Además, estoy desnudo y estas habitaciones están heladas. No debieron de invertir demasiado en calefacción cuando reformaron este edificio a toda prisa para convertirlo en una residencia.

Él abre la puerta y yo me incorporo para saludarlo. Mi expresión se ensombrece al instante cuando veo entrar a mi padre. El pánico me invade mientras tiro de las sábanas para cubrir mejor mi cuerpo desnudo.

—¿Qué haces aquí?

Pero enseguida el pánico se transforma en ira.

—¿Y cómo has subido? Estos dormitorios son solo para deportistas.

Me lanza una mirada de disgusto.

—Estas residencias son para alojar a deportistas como tú, no para excluir a gente como yo.

La sangre se me hiela bajo la piel y me deja pálido como un cadáver. ¿Cómo he podido ser tan estúpido como para bajar la guardia?

—Más vale que esto no sea lo que parece —dice señalando la cama.

Cansado, acorralado y sabiendo que no existe una mentira lo bastante buena, intento reunir la poca dignidad que me queda. Lo miro a los ojos y enderezo los hombros.

—¿Y qué pasa si lo es?

—¡Maldita sea, Connor! Me niego a creer que seas tan estúpido. —Coge una camiseta que cuelga del cajón superior de la cómoda y me la lanza—. Vístete. Vas a venirte conmigo.

Me la pongo, pero solo porque es de Gavin y él no se da cuenta hasta que ve el logotipo de la Asociación de Pescadores de Cangrejos de Alaska estampado en el pecho.

Puedo ver cómo la ira se enciende dentro de él.

Y, sinceramente, también empieza a arder en mí.

Él ha controlado siempre mi vida y me ha privado de tener a alguien como Gavin.

No voy a dejar que me arruine esto ahora.

—¿Qué es lo que más te molesta? —pregunto, apretando la mandíbula—. ¿Que comparta la cama con uno de mis compañeros de equipo o que sea Gavin?

No responde a mi pregunta.

—¿Por eso jugaste tan mal anoche?

Ah. Ya veo. La verdadera razón de su visita. Encontrarme desnudo en la cama fue tan inesperado para él como para mí.

Cojo mi ropa interior del pie de la cama y me levanto para ponérmela. Si vamos a tener esta discusión, quiero que sea cara a cara, no con él mirándome desde arriba como si yo fuera un niño.

—¡No he jugado mal! ¡Hemos ganado!

—¡Has regalado dos goles que deberían haber sido tuyos! —me grita—. ¡Podrías haber marcado un triplete!

—¡Hice lo correcto al pasar! ¡No soy como tú! ¡No juego de forma egoísta!

Se me acelera el corazón. Nunca le contesto a mi padre. No así. Pero no puedo dejar que siga pisoteándome.

Se le dilatan las fosas nasales.

—¡Ser egoísta me convirtió en el mejor! —Me señala el pecho con el dedo, justo entre los ojos del cangrejo del logotipo—. ¡Tú eres demasiado débil! ¡Siempre lo has sido!

—¡No soy débil! —grito.

—¡Sí lo eres! —me grita él. Se inclina hacia mí—. Y estás distraído. —Me mira con desprecio—. No puedo creer que ese pedazo de basura de Alaska te haya convertido en una zorra.

—Eh —oigo la voz de Bouchard al otro lado de la puerta, seguida de unos golpes con los nudillos.

Asoma la cabeza. Cuando me ve, arquea una ceja y esboza una sonrisa. Casi puedo oírle preguntarme si quiero que acompañe a mi padre afuera.

—Se está armando un poco de jaleo aquí dentro —dice en su lugar.

—Métete en tus asuntos —le espeta mi padre.

Bouchard inclina la cabeza hacia él.

—En teoría, señor, yo estaba ocupándome de mis asuntos —dice, esbozando una sonrisa—.

Pero usted ha decidido tener esta conversación a gritos.

—Entra en la habitación y se queda mirando fijamente a mi padre.

Incluso sin el equipamiento de portero, Bouchard es mucho más grande que él.

Siempre ha parecido una auténtica montaña bajo la portería—.

Ahora, a menos que quiera que el resto del equipo le oiga, le sugiero que baje la voz.

Y, si es inteligente, se irá de esta planta antes de que Marshal regrese.

Me lanza una última mirada, preguntándome en silencio si estoy bien. Asiento, porque, por primera vez en mi vida, lo estoy.

Bouchard se dirige hacia la puerta. Se detiene con la mano en el pomo y mira a mi padre.

—Nos vemos, señor Kennedy.

Gavin

Cuando salgo del ascensor en nuestra planta, cargando el desayuno en ambas manos, veo a Bouchard salir de mi habitación. Me ve y señala la suya, que está justo al lado. Lo sigo hasta el interior.

—¿Qué cojones está pasando? —pregunto cuando cierra la puerta.

—Tienes visita —dice.

Durante una fracción de segundo me emociono, pensando que quizá haya venido mi padre. Pero entonces veo la gravedad en la mirada de Bouchard y sé exactamente quién está ahí dentro. Con Connor. A solas. Me entran ganas de atravesar la puñetera pared.

Bouchard me quita las bandejas de las manos y las deja sobre su cama. Entonces me doy cuenta de que no estamos solos. Olsen sale de su minúsculo cuarto de baño.

Levanta las manos.

—Hola, tío. A mí me da igual. Vosotros haced lo que queráis.

Le hago un gesto con la cabeza y vuelvo a mirar a Bouchard. Tengo el corazón desbocado.

—¿Lo sabe toda la planta?

—No lo sé, tío. La cosa se puso fea, pero intervine antes de que llegara a ese punto.

Busco confirmación en Olsen.

—Lo más probable es que solo lo sepamos nosotros —dice, encogiéndose de hombros.

—Vale, entonces no es tan grave.

La verdad es que, ahora que lo tengo delante, no me importa que mis compañeros sepan que soy gay.

¿Qué van a hacer? ¿Echarme del equipo? No tienen poder para eso.

Pero Connor… Me importa mantener su secreto.

Y, desde luego, me importa protegerlo de cualquier otra reacción violenta por parte de su padre.

—Yo no diría eso —dice Bouchard, negando con la cabeza—. Después de lo que ha pasado, ese hombre no va a ganar precisamente el premio al padre del año.

—No me digas. —Suelto una risa amarga mientras la sangre me sigue hirviendo.

—En cualquier caso —dice Olsen, sentándose en su cama—, si el resto del equipo hubiera oído cómo le hablaba a Connor, habrían irrumpido en tu habitación y le habrían dado una paliza.

—Qué curioso —respondo—. Porque eso es exactamente lo que quiero hacer ahora mismo.

Bouchard me pone las manos sobre los hombros y me mira a los ojos.

—No lo hagas —dice—. Connor es un chico grande y esta no es tu pelea.

—En cierto modo sí lo es —respondo. Yo fui quien lo besó. Yo fui quien empezó todo esto—. Tengo que entrar ahí.

Me aparto de él y me dirijo hacia la puerta.

—Gavin. —La mano de Bouchard vuelve a apoyarse en mi hombro—. Si entras ahí, solo vas a empeorar las cosas.

—Al menos han dejado de gritarse —dice Olsen.

Tiene razón. Al otro lado de la pared no se oye nada.

Bouchard arquea una ceja y señala con el pulgar por encima del hombro, hacia la pared que separa nuestras habitaciones.

—Es lo más tranquilo que ha estado desde que llegamos.

Lo miro entrecerrando los ojos, con expresión plana.

—Es verdad —añade Olsen.

—¿Entonces ya lo sabías antes de esta mañana? —le pregunto.

Se encoge de hombros otra vez.

—Como ya he dicho, no es asunto mío.

Vaya con los porteros. Son los verdaderos guardianes de todos los equipos.

Oigo cerrarse la puerta de mi habitación mientras los tres permanecemos en silencio, seguida de unos pasos que resuenan por el pasillo.

—Tengo que irme —le digo a Bouchard, y recojo las bandejas de comida—. Gracias por venir esta mañana.

—No hay de qué —responde.

Mira a Olsen.

—¿Tienes hambre?

—Sí —dice él—. Podría comer algo.

Bouchard me abre la puerta y me despide mientras ellos se van a desayunar.

Equilibro las bandejas en una mano y entro en nuestra habitación.

Espero encontrar a Connor enfadado. Las discusiones con su padre suelen dejarlo hecho polvo.

Sin embargo, parece tranquilo. Está un poco sonrojado por el esfuerzo, pero tranquilo, como si acabara de sonar el silbato que marca el final de un primer tiempo especialmente tenso.

—Bonita camiseta —digo con una pequeña sonrisa. Verlo con ella puesta derrite lo poco que me quedaba de rabia.

—Gracias. —Se sonroja, tira del dobladillo mientras la mira y se ríe por lo bajo—. Deberías haber visto la cara de mi padre cuando vio el logotipo después de tirármela y ordenarme que me la pusiera.

Aparta la mirada de la camiseta y vuelve a mirarme. Tiene una sonrisa traviesa y una chispa en los ojos.

Como necesito tocarlo, dejo la comida sobre la cama y le acaricio la mejilla enrojecida con los nudillos.

—¿Estás bien?

Asiente.

—Creo que sí.

—Debería haber estado aquí. —Le acaricio la cara con la palma de la mano.

Él niega y se inclina hacia mi caricia.

—No. Eso lo habría empeorado.

—Aun así —digo—, se supone que debo protegerte.

En sus ojos brilla una batalla, pero no está dirigida hacia mí.

—Resérvala para el hielo —dice—. De él tengo que ocuparme yo solo.

Asiento. Lo entiendo. La guerra entre Connor y su padre lleva gestándose más tiempo que cualquier rivalidad entre equipos de la NHL. No puedo librar esa batalla por él.

Sin embargo, sí puedo besarlo. Así que me inclino y presiono mis labios contra los suyos. Cuando me aparto, hay palabras en mi boca que necesito tragarme. Palabras que nunca pensé que le diría a nadie. Palabras hechas para nombrar el amor.

En lugar de hablar, vuelvo a besarlo con más urgencia, para impedir que esas palabras salgan a la superficie .