DOCE #3
—¿Necesitas esto? —pregunta. Y luego, más bajo—: ¿O necesitas algo más?
—Más —jadeo, casi suplicando—. Te necesito.
—Me tienes —responde.
Esta vez me río, porque entre lo que me hace sentir y esas palabras, ya no puedo más. La necesidad que tengo de él, mi deseo y todo lo que siento, están peligrosamente cerca de salir a la superficie. Estoy al límite y, sinceramente, creo que ya ni me importa.
—Por favor, Gavin. Necesito más de ti. Lo necesito todo.
Me da la vuelta con ambas manos y luego se arrastra sobre mi cuerpo para besarme.
—Lo que sea por mi capitán —murmura.
Después se aparta un momento y se inclina hacia la cama. No veo lo que hace, pero oigo una cremallera y el roce de la tela. Cuando vuelve, lleva un preservativo y un bote de lubricante.
Miro el preservativo. Sé que es lo responsable, que no debería cambiar nada. El otro chico con el que estuve también lo usó. Pero él no era Gavin. Y ahora mismo lo que quiero es sentirlo del todo.
Me muerdo el labio inferior y sus ojos se suavizan. Sigue mi mirada y parece entender enseguida lo que estoy pensando.
—Soy negativo —dice—. Me hice la prueba antes de que empezara la temporada y no he estado con nadie desde entonces. No tenemos por qué usarlo. Pero es tu decisión. Yo no voy a tomarla por ti.
Cojo el preservativo de su mano y lo dejo caer al suelo.
Sus labios se curvan en una sonrisa hambrienta.
Después me sujeta por detrás de las rodillas y me empuja hacia arriba y hacia delante.
Tras dejar completamente expuesta la parte más vulnerable de mi cuerpo, vuelve a inclinarse sobre mí y se dedica a prepararme con paciencia, con una concentración casi reverente.
Cuando por fin está satisfecho y yo apenas puedo dejar de gemir contra las sábanas, se detiene, abre el lubricante y vierte una cantidad generosa en su mano.
Lo noto extendiéndose por mi piel, despertando cada terminación nerviosa con la mera anticipación.
Luego se prepara a sí mismo, despacio, sin apartar la mirada de mí.
Me mira con una ternura que me desarma.
—¿Estás listo?
Asiento y le hago un gesto para que se acerque.
Me levanta las caderas con cuidado, colocándolas sobre sus rodillas flexionadas, y guía la punta de su polla hacia mi entrada. Se detiene un instante. Después empuja despacio. Primero solo me roza. Luego presiona de verdad, abriéndose camino poco a poco.
El calor me inunda de golpe en el momento en que me penetra. El rubor me prende bajo la piel y me acelera el corazón. Su mano libre me recorre el pecho, sube por mi cuello y acaba descansando en mi mejilla.
—Precioso —gime.
Sigue avanzando hasta el fondo.
Se queda inmóvil durante un segundo, con los ojos cerrados. Respira hondo. Lo veo tragar saliva.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Sonríe y vuelve a mirarme.
—Debería preguntártelo yo.
La verdad es que estoy más que bien. Sí, su polla es grande.
Mucho más de lo que alguna vez imaginé que podría soportar.
Y sí, de algún modo duele, pero también siento que es lo correcto.
Como si encajara justo donde debe estar.
Como si siempre hubiera pertenecido a mi cuerpo. Pero no digo tal cosa.
—Estaría mejor si empezaras a moverte —respondo en su lugar.
Se ríe y da una embestida de cadera. El movimiento arranca un gemido de mi garganta. Sigo aferrado a las sábanas mientras él mantiene un ritmo todavía suave, pero cada vez más firme.
Me recoloca las piernas para que pueda rodearle el torso con los tobillos. Luego se inclina hacia delante y me besa mientras empieza a moverse con más profundidad, con más fuerza. Está sudando, gruñendo, ardiendo entero, y nunca me ha parecido tan increíble.
Mi erección, atrapada entre nuestros cuerpos, reclama atención.
Pero tengo miedo de tocarme. Sé que, si lo hago, voy a correrme demasiado rápido y todo esto se acabará antes de lo que desearía.
Así que la ignoro y concentro toda mi atención en él.
En la forma en que entra y sale. En cada embestida.
En el peso de su cuerpo. En el grosor que me llena.
Quiero memorizarlo todo. Quiero seguir sintiéndolo durante días. Quiero que me cambie para siempre.
Empieza a acelerar. Se acerca al clímax y supongo que es hora de perseguir el mío.
Pero cuando bajo la mano entre nuestros cuerpos, él me aparta con cuidado y se incorpora lo justo para agarrarme él mismo.
Coordina el movimiento de su mano con el de sus caderas. Todo se vuelve más rápido. Más intenso.
—Gavin, joder —gimo—. Voy a…
—Hazlo —dice, casi gruñendo—. Córrete para mí, Connor.
Y lo hago.
Él grita cuando me corro y da unas cuantas embestidas más antes de que sus caderas empiecen a perder fuerza, moviéndose dentro de mí a un ritmo mucho más lento mientras se abandona a su propio orgasmo.
Está bellísimo cuando se corre. Fuerte, masculino, con el sudor resbalándole por el cuello. Cuando cae sobre mí, beso esa piel húmeda y saboreo el rastro salado que deja.
—Esto ha sido… —empiezo, sin saber cómo seguir.
—Todo —dice él por mí .