La regla Kennedy DOCE #2
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DOCE #2

Todos estos años he vivido preocupado por que los de arriba en la liga encontraran una excusa para librarse de mí, y resulta que aquí podría estar la definitiva: enamorarme de su niño bonito.

Es irónico de cojones. Me odian por mi fuerza y agresividad, y al final sería mi lado más humano el que les daría la oportunidad de joderme.

En algún momento tendré que elegir. O Connor o mi carrera.

Connor

—¿Estás bien? —le pregunto a Gavin durante nuestra fiesta improvisada en la habitación de Bouchard y Olsen después de la victoria.

Es casi un milagro que hayamos conseguido meter aquí a todo el equipo.

El entrenador Chris nos mataría si nos viera ahora mismo.

Pero todos necesitábamos relajarnos después del partido, y Bouchard y Olsen han puesto su reserva de alcohol de contrabando y una baraja sobre la mesa para que lo celebremos en su habitación.

La fiesta ya está terminando y la gente empieza a retirarse poco a poco a sus habitaciones. Pero yo no pienso irme hasta que Gavin esté listo. Nosotros tenemos nuestra propia manera de celebrarlo.

Él me sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Estoy bien. —Deja una carta sobre la mesa cuando le toca jugar—. Solo estoy cansado.

—Podemos volver a la habitación —sugiero.

Asiente y juega otra carta.

Lo observo en silencio. La mirada que tiene ahora mismo es la del Gavin que conocí al principio.

Solitario. Encerrado en sí mismo. Preocupado por lo que sea que le esté rondando por la cabeza.

Siempre lo negará, pero sé que le da demasiadas vueltas a todo.

Tiene motivos de sobra. Su madre muerta.

Su padre. La necesidad de demostrar que no es el pobre desgraciado de Alaska que todos creen que es.

Proteger a su equipo. Guardar sus secretos mientras intenta seguir en la liga.

La lista continúa. Y estoy seguro de que incluye cosas que todavía ni siquiera conozco.

Pero este me parece un momento extraño para que vuelva a encerrarse en sí mismo. Estamos en los Juegos Olímpicos. Acabamos de ganar nuestro primer partido en la lucha por el oro. Y me tiene a mí a su lado durante todo el proceso.

Se me revuelve el estómago. Quizá ese sea justo el problema. Quizá esté replanteándose lo nuestro. Dijo que no deberíamos dar el siguiente paso. Intentó advertirme de que sería una mala idea, pero yo seguí insistiendo porque no podía resistirme a lo que me hace sentir. Seguro. Comprendido.

Me muerdo el labio inferior y lo veo tirar su última carta. Se levanta y les agradece a Bouchard y Olsen que hayan dejado al equipo usar su habitación para la celebración.

—No os olvidéis del entrenamiento de mañana —les dice a los pocos compañeros que aún quedan allí.

—El autobús sale a las nueve —añado.

Bouchard nos despide con la mano.

—Sí, sí, capitanes —dice, riéndose por lo bajo mientras recoge las cartas.

Cuando volvemos a nuestra habitación, lo que fuera que atormentaba a Gavin parece haber desaparecido.

O casi. Todavía queda un rastro en sus ojos cuando me sujeta la cara con ambas manos antes de cerrar los ojos y besarme.

Pero al menos aquí, a solas, parece tranquilo.

Centrado. A gusto en este pequeño rincón del mundo que hemos construido temporalmente para nosotros.

—He estado deseando hacer esto toda la noche —dice cuando se aparta de mi boca.

—Nadie lo habría adivinado.

Me besa otra vez.

—Casi lo hice después de que marcaras el primer gol —añade.

—Habría sido un momentazo —digo, sintiendo cómo me invade un alivio inmenso cuando vuelve a besarme.

Esta vez más a fondo. Con más urgencia. El tipo de beso que llevo esperando toda la noche. Me relajo. Estamos bien. No tengo que preocuparme por nada. Al menos, no ahora mismo.

—Quítate la ropa —me ordena.

Obedezco.

—Ahora túmbate en la cama.

Doy un paso atrás y me dejo caer sobre el colchón, mirándolo mientras se quita la sudadera. No aparta los ojos de mí mientras se desnuda. Cuando termina, se agarra el miembro y se acaricia despacio un par de veces.

—¿Quieres esto?

Me humedezco los labios y le hago una seña para que se acerque.

—Sabes que sí.

Sus ojos brillan de deseo, borrando ese resto de soledad que había visto antes.

Se sube a la cama y cae sobre mí. Está por todas partes.

Sus labios en los míos. Su mano derecha en mi mandíbula.

Su mano izquierda levantándome la pierna derecha y alineándola con su torso para acomodarse encima de mí, alineando también nuestras erecciones.

Y, aun así, sigue sin ser suficiente. Necesito tenerlo todavía más cerca.

—Joder —le susurro al oído entre largos besos.

Se queda quieto. Se aparta un poco para mirarme a los ojos. En el fondo oscuro de los suyos solo veo ternura.

—¿Estás seguro?

Se me encoge el corazón. Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida. Estoy más seguro de esto que de cualquier otra cosa, incluso del hockey. Necesito a Gavin. Todo él. Y quiero satisfacer esa necesidad de la única forma que sé imaginar.

—Estoy seguro —digo—. Por favor, Gavin.

Se inclina y me besa otra vez. Largo. Profundo. De esos besos que me hacen vibrar entero.

—Date la vuelta —dice cuando se separa.

Yo obedezco y él se coloca detrás de mí.

Una vez boca abajo, me abre las piernas con esas manos enormes y siento cómo me separan las nalgas.

Tiemblo de placer cuando me besa y recorre mi piel con la boca.

Como la primera vez, se toma su tiempo conmigo.

Todo en él es lento, generoso, deliberado.

Cada caricia hace que mi cuerpo se encienda un poco más.

Pero no me basta. Necesito más. Estoy desesperado de verdad.

—Por favor, Gavin. Necesito…

—¿Qué? —me interrumpe con la voz ronca.

Vuelve a besarme y yo gimo.

—¿Qué necesitas?

Su mano me recorre con firmeza, calmándome y volviéndome loco al mismo tiempo.