La regla Kennedy DOCE
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DOCE

DOCE

Connor

Mientras el árbitro sujeta el disco en alto, siento que todas las miradas del estadio están puestas en mí.

Es el primer saque oficial de los Juegos Olímpicos y tengo la intención de ganarlo.

Mi palo está en posición y mis reflejos, listos.

Por el rabillo del ojo, veo que Gavin está concentrado en el jugador más grande de Eslovaquia, Mrazek, que juega en Dallas.

Gavin lo mira fijamente, como un perro esperando la orden de atacar.

Típico de Gavin. Mi idea de un comienzo exitoso es ganar la primera posesión del disco.

La suya es dar el primer golpe. Me hace sonreír.

El árbitro levanta la mano izquierda. Ahí viene. Mantengo la mirada fija en el hielo, listo para cuando caiga el disco.

En ese instante, el tiempo se detiene. Me aíslo del ruido de la multitud y me concentro en el golpe del disco al caer sobre el hielo, seguido del chirrido de mi palo al chocar con él, y lo envío más allá del nudo de jugadores hacia Max Franklin.

Patino tan rápido como puedo hacia él y me coloco a unos metros para que podamos pasarnos el disco mientras avanzamos hacia la portería.

Me devuelve el disco y oigo a Mrazek cerca de mí, gritándome obscenidades en eslovaco que no entiendo. Hasta que suelta un sonido que sí reconozco.

—¡Arghhhh!

Es lo que dicen todos cuando Gavin los estrella contra el hielo.

—Cada vez que te acerques a él —gruñe Gavin—, ¡estaré ahí para dejarte fuera de combate!

Franklin me pasa el disco y yo disparo. El disco sobrevuela el hombro izquierdo del portero y entra directo en la red.

Suena la bocina y el público enloquece. El primer gol de los Juegos Olímpicos llega en menos de dieciocho segundos.

Mi equipo está eufórico. Gavin más que nadie.

Está en el hielo, rodeado de mis compañeros, que me envuelven en un fuerte abrazo.

Cuando por fin me sueltan, patino hasta el banquillo y choco los guantes con el resto del equipo, que grita y golpea sus palos contra la valla para celebrarlo.

El entrenador me dedica su habitual gesto de aprobación con la cabeza. El mismo que siempre me hace cuando marco con los Broad Wings. Como entrenador, no puede celebrarlo como nosotros. Tiene que mantenerse concentrado.

—¡Muy bien! —grita—. Ya basta. Todavía quedan cincuenta y nueve minutos por jugar. ¡Mantened la cabeza en el partido!

Gavin

El gol de Connor encendió la chispa en el equipo de Eslovaquia. Marcaron al final del primer período y ahora, en el segundo, se han dedicado a bloquear nuestro ataque. No dejan de quitarles el disco a nuestros delanteros y, cuando eso no les funciona, empiezan a golpear con más agresividad.

Por mí, perfecto. Porque el entrenador me ha dado luz verde para salir.

—Lánzalos contra el cristal —me dice mientras me empuja hacia la pista para mi siguiente turno.

Salgo disparado y patino directo hacia Mrazek justo cuando está a punto de cargar contra Connor. Mala suerte para él. Llego antes y lo estrello contra el cristal, tal y como me ha ordenado el entrenador.

—¡Creí haberte dicho que te mantuvieras alejado de él!

Pero mientras le grito a Mrazek, uno de sus defensas golpea a Connor. Cae al hielo, pero se levanta enseguida y sale tras el disco. Lo recupera y yo patino a su lado para convertirme en su sombra, derribando a los jugadores eslovacos como si fueran boyas en un puerto helado.

Connor avanza por la pista y le pasa el disco a Bradley Warren, que nos sigue el ritmo por el otro lado del hielo. Lo controla con el palo y lo envía directo a la portería, por encima de la mano enguantada del portero.

Suena la bocina, se encienden las luces y Bradley levanta el palo por encima de la cabeza para celebrarlo. Todos los que estamos en la zona nos abalanzamos sobre él y lo empujamos contra la valla, dándole palmadas en la cabeza y echándole los brazos por encima de los hombros.

—¡Buen tiro! —dice Connor, chocándole los cinco.

—¡Buena asistencia! —responde Bradley, y lo abraza.

Nunca pensé que vería este día, pero supongo que Bouchard tenía razón. Cualquier resentimiento que pudiera haber en el equipo hacia Connor se olvidó en cuanto llegamos aquí y empezamos a ganar.

Connor

Maldición. Todos cometimos el error de pensar que este partido iba a ser una victoria fácil.

Un calentamiento antes de la verdadera lucha por el oro.

Pero, cuando suena la bocina y el equipo eslovaco vuelve a marcar para empatar a mitad del tercer período, todos empezamos a echarnos la bronca a nosotros mismos.

Bouchard es quien peor lo lleva. Acaba de golpear con fuerza el travesaño de su portería con el palo.

—¡Eh! —le digo, y le doy un golpecito en el casco con el guante—. Memoria de pez. Todavía queda mucho partido por delante.

Me mira fijamente. La intensidad de su mirada dura solo un segundo, justo hasta que veo cómo se recompone.

—Su portero —dice con tono serio. Nunca le había oído hablar de otra forma que no fuera jovial—. Llevo todo el partido observándolo. Es débil entre las piernas. Mete el disco por ahí.

Le doy un toque a su guante con el mío y patino hacia el centro de la pista, preparándome para el siguiente saque.

Cuando el disco toca el hielo, lo atrapo con el palo y salgo como una flecha directo hacia la portería.

Gavin va pegado a mí, apartándolos a todos.

Amago hacia la izquierda, como si fuera a lanzar por encima del guante del portero.

Él pica el anzuelo. Abre por completo las piernas, tal y como predijo Bouchard.

Lanzo el disco justo por ahí, donde la falta de flexibilidad de su cadera ha dejado el hueco perfecto.

Gavin

Abrazo a Connor con tanta fuerza que llego a levantarlo del hielo. Estoy tan desbordado por la alegría y el orgullo que me siento tentado de besarlo ahí mismo, en plena pista. Claro que no lo hago. Pero la tentación está ahí.

—Esta noche vas a tener el mejor polvo de tu vida —le susurro al oído a través del casco.

—Tranquilo —dice él—. Todavía quedan cinco minutos en el reloj. No empecemos a planear la celebración.

—Sí, capitán —respondo con una sonrisa.

Me empuja, sonriendo de oreja a oreja.

—Ve a darle una paliza a alguien, ¿quieres?

—Con mucho gusto —contesto, y voy a ocupar mi posición para el siguiente enfrentamiento, clavando otra vez la mirada en Mrazek.

Cuando cae el disco, salimos con todo. Los compañeros que compartimos pista estamos decididos a mantener la ventaja. Todos queremos ganar este partido. Nadie piensa rendirse.

—¡Jugad limpio, chicos! —nos grita el entrenador desde el banquillo.

Tiene razón. Si expulsaran a cualquiera de nosotros ahora mismo, nos quedaríamos en inferioridad numérica. Y eso es exactamente lo que quieren nuestros rivales.

Siguen intentando provocarme, pero no voy a darles esa satisfacción. Me mantengo justo en el límite del reglamento, lo que parece frustrarlos todavía más. Están empezando a patinar de forma descuidada.

Connor también se da cuenta y, un minuto después, le pasa el disco a Franklin, que lo lanza a la escuadra derecha. La bocina vuelve a sonar y lo celebramos.

El fuego que alimentaba a los eslovacos se ha apagado. Están acabados y lo saben. Lo único que nos queda es agotar el tiempo y mantener el disco lejos de nuestra zona.

En cuanto se acaba el partido, Bouchard sale disparado de la portería para reunirse con el resto del equipo mientras nos felicitamos unos a otros junto al banquillo.

Me lanzo sobre él, como hacíamos en Búfalo, y le doy tres puñetazos amistosos en la espalda.

Ha trabajado muchísimo esta noche, bloqueando más de treinta y ocho tiros a puerta y dejando pasar solo dos.

Pero lo conozco bien y sé que se está castigando por ello.

—Ha sido un partido duro —digo.

—Y esto solo va a ir a peor —responde.

Señala a Connor, al que todos los compañeros están empujando y zarandeando en celebración. Por fin está consiguiendo el respeto del grupo que se merece.

—Esta noche se ha dejado la piel.

—Sí, eso es verdad —coincido.

Bouchard me da un codazo.

—Tú también. Y solo has pasado cuatro minutos en el banquillo. Todo un récord para ti.

—No podía arriesgarme a dejarlo sin vigilancia.

Bouchard niega con la cabeza, pero sonríe.

—¿Y qué vamos a hacer con tu trono en Búfalo?

—Pulirlo. Volveremos a casa dentro de dos semanas listos para patear algunos traseros en nuestra propia pista.

—Ajá —dice Bouchard, como si no terminara de creérselo.

—¿Qué? —le pregunto. No entiendo ese tono.

—Me pregunto si has pensado cómo vas a volver a ser su rival en el mundo real.

Siento frío en las mejillas. Sí que lo he pensado.

Mucho. En los momentos de calma, cuando estoy solo y solo me acompañan las preocupaciones por lo que vaya a venir.

Intento imaginar cómo sería volver a jugar contra él y no puedo.

Se me revuelve el estómago. Así que, en vez de eso, me dedico a disfrutar de su presencia, a respirar su aroma y a pensar en todas las maneras posibles de retrasar lo inevitable.

Solo nos queda un partido más de temporada regular contra los Broad Wings.

Pero después de eso, lo normal es que nos crucemos con ellos en las eliminatorias.

Los Blizzards son el número uno del Este y ellos, del Oeste.

Es casi inevitable que terminemos enfrentándonos en la final de la Stanley Cup.

Puede que yo no juegue en temporada regular.

Podría apartarme un tiempo para alejarme de él y de lo que siento.

Pero en la eliminatoria no puedo hacerlo.

Y, siendo sincero, soy demasiado leal a mi equipo como para ponerlo en una situación difícil por culpa de mis sentimientos.

No puedo convertirme en un jugador inservible por no ser capaz de jugar duro contra mi novio.