ONCE #2
—Seguiremos intentándolo —dice, como si traer a mi padre hasta aquí fuera un problema de los dos y no solo mío.
Eso hace que me caiga todavía mejor.
Cierra la puerta y se apoya en ella mientras contemplamos nuestro nuevo hogar para las próximas dos semanas. Es diminuto. Ridículamente pequeño. Y está organizado en torno a dos camas individuales.
Me acerco a ellas.
—Esto no vale —digo.
Luego me agacho y empujo una cama hacia la otra. Las observo un instante.
—Mucho mejor.
—¡Gracias! —dice Connor—. Ahora, ¿dónde piensas dormir tú?
Suelto una estridente carcajada y me dirijo de nuevo a él con dos grandes zancadas. Grita cuando lo levanto y me lo echo al hombro. Lo llevo hasta la cama y lo dejo caer sobre ella.
—¡Oh, no! Estás muy equivocado. Esta es mi cama y tengo la intención de deshonrarte en ella —le digo, mirándolo con descaro desde arriba.
Se incorpora apoyándose en los codos y me devuelve una mirada cargada de deseo.
—¿Eso cuenta como descanso?
—Sí —respondo mientras me desato la corbata.
Connor
—Vamos a tener que tomárnoslo con calma en la cama —digo mientras vuelvo a meterme en ella con Gavin, después de asearme en nuestro cuarto de baño, que es poco más que un armario—. Creo que he oído crujir la madera.
Me rodea con los brazos y me acerca a él, saciado y satisfecho tras unas rápidas mamadas.
—No hay trato. Contigo no puedo contenerme —me susurra al oído.
—Ya me he dado cuenta —respondo riendo.
Me abraza con más fuerza.
—No. En serio, Connor. No puedo parar.
—¿Te parece que te lo estoy pidiendo? —vuelvo a reír, aunque empiezo a ponerme nervioso.
Todavía no hemos dado el siguiente paso. Todavía no hemos cruzado el verdadero punto de no retorno: el sexo con penetración. Él dentro de mí. Es lo que quiero. Es lo que necesito. Y también resulta aterrador. Porque, en algún momento, no solo él, sino nosotros, tendremos que parar.
Y eso es lo último que quiero.
Pero me temo que no voy a tener elección. ¿Cómo va a funcionar esto cuando volvamos al mundo real?
—No —dice, riéndose con sueño contra mi cuello—. Para mí eres una completa zorra.
—Lo dices como si no fueras tú quien no podía esperar a que se cerrara la puerta para meterse mi polla en la boca.
Vuelve a gemir.
—Es una buena polla.
—Apuesto a que se lo dices a todos —lo provoco.
Él responde abrazándome con más fuerza y besándome en el cuello.
—No. Solo a ti.
—Mentiroso. —Me río—. Eres tan gay como yo. Todas las pollas son buenas pollas.
Su risa perezosa hace vibrar la cama.
—Algunas pollas son malas. Pero la tuya es la mejor.
—¿Estás diciendo que mi polla es mejor que la tuya?
—Sí.
Me acaricia el cuello con la nariz e inspira profundamente.
Siento que su respiración se vuelve más lenta a mi espalda.
Está a punto de quedarse dormido, y no le culpo.
Las últimas veinticuatro horas han sido un torbellino, y eso sin contar el viaje alrededor del mundo.
Así que cierro los ojos y hago lo mismo.
Me relajo y disfruto del momento. Quién sabe cuántos días más podré disfrutarlo así.
Gavin
Sé que se supone que debemos tomarnos en serio la ceremonia inaugural, pero a nadie debería sorprenderle que no lo hagamos. Sobre todo a mí.
No me malinterpretes. Lo entiendo. Sé por qué a la gente que forma parte de la multitud, o que lo ve desde casa, le gusta tanto esto.
Para la mayoría es inspirador. Para mí es una pérdida de tiempo.
Prefiero jugar al hockey. O, mejor aún, volver a mi habitación con Connor y reventarlo con mis manos, mi boca y mi polla.
Eso sí suena divertido. Esto, en cambio, parece el desfile de egos más aburrido del mundo.
Los jugadores de hockey , en general, no estamos hechos para la pompa y la solemnidad.
Estamos hechos para ser unos gamberros, más aptos para una pelea multitudinaria que para presentaciones ordenadas y saludos corteses.
Nuestra rudeza, con codazos, empujones y golpes bajos esquivados por los pelos, nos gana miradas de desaprobación por parte de todo el mundo.
Hay otros que se toman a sí mismos demasiado en serio. Por suerte, nadie ha visto la petaca que algunos jugadores se pasan discretamente entre ellos. Aunque quizá sea porque yo estoy haciendo de bloqueador.
Miro a Connor, que, a diferencia del resto de nosotros, está intentando mantener la compostura.
Está increíble con la camiseta del equipo de Estados Unidos.
Lleva el pelo perfectamente peinado y una sonrisa preparada para las cámaras.
Lo cual es bueno. Porque hay cientos de cámaras apuntándolo y transmitiendo su imagen a todo el mundo.
Y, lo que es peor, a los ojos críticos de su padre.
Estoy deseando llevarlo a nuestra habitación y sacarlo de todo esto.
Pero, de momento, tengo que mantenerme alejado. No confío en mí mismo cerca de él ahora que ya he abierto la caja de Pandora. Si estuviéramos uno al lado del otro, sería demasiada tentación. Tocarlo. Susurrarle al oído. Besar esos labios carnosos.
—¡Eh! ¡Marshal! ¡Bouchard!
Una voz familiar, que no había oído en más de una semana, me llama a la espalda. Me giro y veo a Alexander Tavish. Bouchard se apresura a darle un abrazo.
—Vale, déjale respirar —digo mientras aparto a Bouchard de él.
Me alegra verlo.
Tavish me mira con los brazos abiertos.
—¡No me digas que me han sustituido!
Bouchard se ríe y yo le doy una patada en las espinillas antes de abrazar a Tavish con fuerza, levantándolo del suelo.
—¿Qué coño es esto? —me pregunta señalando mi cara cuando nos separamos—. ¿Desde cuándo sonríes?
—No te conviene saberlo —dice Bouchard.
Le doy un golpecito juguetón con el hombro y le hago perder el equilibrio. Tropieza riendo y casi choca con una patinadora artística que está cerca y que lo mira con desagrado.
Tavish nos observa a ambos.
—No han pasado ni dos semanas y ya estáis compartiendo bromitas. ¿Dónde ha quedado la lealtad?
—Oh, él es leal —dice Bouchard sin dejar de reír.
Lo fulmino con la mirada.
—Si sigues con los comentarios sarcásticos, voy a jugar la carta del capitán alterno y pedirle al entrenador que ponga a Olsen en la portería en el partido inaugural de mañana.
—No te atreverías —me desafía Bouchard.
—Mañana jugáis contra Eslovaquia, ¿verdad? —pregunta Tavish.
—Sí —respondo—. Debería ser un partido fácil.
—Solo ten cuidado con Mrazek —dice Tavish—. El resto de sus jugadores son mediocres, en el mejor de los casos.
—¿Cuándo te veremos sobre el hielo? —le pregunta Bouchard.
—Si por mí fuera, no hasta la final —responde Tavish con una sonrisa.
—Parece que eso es lo que buscan —digo—. Una final por la medalla de oro entre Canadá y Estados Unidos.
Tavish me da un empujón en el hombro.
—Eso suponiendo que tu chico de ahí —hace una pausa y señala a Connor con la barbilla— supere la prueba.
—Genial —gruño—. Así que tu equipo también lo está buscando.
—Tío, todo el mundo lo busca —dice Tavish, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Te lo dije —canturrea Bouchard.
—Las dos próximas semanas —dice Tavish— van a ser como las eliminatorias de la Stanley Cup, pero peor en lo que se refiere al juego sucio.
Bouchard se inclina hacia delante y sonríe.
—No estamos muy preocupados. Kennedy ha desbloqueado una nueva evolución de Gavin.
—¿Qué? ¿Como si fuera un Pokémon enfadado?
—La verdad es que justo lo contrario —dice Bouchard.
Le lanzo otra mirada de advertencia.
—¡Oh, no! —dice Tavish—. No me digas que Marshal nos ha dado la espalda y se ha convertido en el perro guardián de ese chico guapo.
—Es una forma de verlo —responde Bouchard.
—¡Eh! —los interrumpo antes de que esto vaya más lejos—. ¿No prometimos los tres que daríamos lo mejor de nosotros mismos? —Le doy un manotazo amistoso a Tavish en el pecho—. Si no recuerdo mal, fuiste tú quien nos dijo que no nos ablandáramos contigo.
—Es verdad —dice, sonriendo—. Estoy deseando enfrentarme a ti en el hielo. Solo asegúrate de que, cuando volvamos a la temporada regular, vuelvas a cubrirme las espaldas y a machacar a Kennedy.
—Qué atrevido por tu parte suponer que no lo está machacando ya —murmura Bouchard.
Lo ignoro y, en lugar de eso, choco la mano con Tavish.
—Trato hecho —digo en voz alta.
Volver a cubrirle las espaldas será fácil. La otra mitad del trato es la que sé que no podré cumplir. Y me preocupa lo que eso pueda significar para los dos .