La regla Kennedy DIEZ
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DIEZ

DIEZ

Gavin

Besar a Connor Kennedy ha sido el mejor error de toda mi vida. Después del impacto inicial, me lo está dando todo. Mucho más de lo que alguna vez imaginé que podría tener.

Me deja tomar el control. Abre la boca para mí en cuanto mis labios se lo piden y me permite deslizar la lengua sobre la suya. Gime cuando le atrapo el labio inferior entre los dientes y se deja tender sobre la cama con toda la fuerza que me da mi tamaño.

Me rodea el cuello con los brazos y no se resiste cuando le sujeto la pierna derecha y me la llevo hasta la cintura para acomodarme entre sus caderas y frotar mi dura polla contra la suya.

Gime dentro de mi boca en cuanto me coloco encima.

Es increíble lo fácil que le resulta soportar todo mi peso.

Son ciento diez kilos de músculo y, aun así, me atrae hacia él como si no fuera suficiente. Como si todavía necesitara más de mí.

Y tiene razón. No es suficiente. Yo también necesito más de él. Necesito sentir su piel. Necesito respirar su olor. Necesito verlo desnudo, saborear cada centímetro de su cuerpo y oírlo jadear, gemir y gritar mi nombre mientras lo hago mío.

Rompo el beso y desciendo por su cuello, hundiendo la nariz en la piel que hay bajo su mandíbula antes de lamerla. Su olor a limpio resulta embriagador. Puedo saborear la frescura de su piel y notar las sutiles notas especiadas de su jabón.

Ese aroma me recuerda que no me he duchado después del entrenamiento de esta mañana. Mientras él está aquí, tumbado debajo de mí, limpio y listo para ser devorado, aunque esa no fuera su intención. Y yo lo tengo bajo mi cuerpo, descontrolado, con el deseo empujándome a acercarme cada vez más.

Deslizo una mano entre su espalda y el colchón, creando el espacio suficiente para subirle la camiseta.

—Quítatela —murmuro, apartando apenas la boca de la suya—. Ahora.

Connor

Es imposible desobedecer a Gavin Marshal. No cuando me habla con ese tono. Es profundo, urgente, y me sube como una vibración por toda la columna.

Mientras me quito la camiseta, contengo el aliento.

Él vuelve a arrebatármelo con esos ojos oscuros, cada vez más profundos, como pozos negros que engullen todo cuanto miran.

Su mirada me recorre el cuerpo y se humedece los labios como si llevara demasiado tiempo sin probar bocado.

Con una mano vuelve a sujetarme la cara para mantenerme quieto mientras me besa.

Con la otra me empuja hacia atrás y deja caer todo su peso sobre mí.

No mueve las caderas, pero mantiene su polla, que incluso a través de la tela se adivina enorme, firmemente presionada contra la mía.

Quiero que se mueva. Quiero sentirlo frotándose contra mí.

Pero algo me dice que Gavin, a pesar de la urgencia de sus besos, es un hombre al que le gusta demorarse.

Así que lo dejo hacer. Dejo que me bese una y otra vez y disfruto del roce de su barba incipiente contra mi piel.

Dejo que su áspera mano dibuje el contorno de mi cuerpo, que se deslice bajo mi espalda y me atraiga todavía más hacia él.

Dejo que me mordisquee la clavícula, que me lama y me huela el cuello.

Dejo que su aroma me invada por completo.

Ese olor a sudor, testosterona y deseo resulta embriagador.

Demasiado. Si pudiera, lo embotellaría y me bañaría en él para oler siempre a Gavin Marshal.

Una forma nada discreta de decirle al mundo que, aunque solo fuera una vez, durante un solo día, fui suyo.

Que, en un instante de felicidad dentro de mi vida reprimida, pude tenerlo.

Salvaje y libre. Así que dejo que me haga suyo.

Detiene el asalto a mi cuello y se aparta lo justo para mirarme. Mientras me aparta un mechón de la frente, veo ternura en sus ojos.

—¿Adónde has ido? —pregunta.

No me había dado cuenta de haberme marchado a ninguna parte. A no ser que se refiera a mis pensamientos.

—A ningún sitio —respondo, y deslizo las manos entre nuestros cuerpos para meterlas bajo su sudadera. Necesito tocar su piel.

Gavin

Me inclino de nuevo y lo beso. Esta vez más despacio, para anclarlo al presente. Eso lo derrite, y siento cómo se desprende por fin de sus pensamientos. Lo premio con un pequeño empuje de caderas. Gime contra mis labios, así que repito el movimiento.

Vuelvo a incorporarme, me quito la sudadera y acerco el torso al suyo, dejando que nuestra piel se encuentre mientras sigo besándolo. Está caliente, y su piel es una capa suave que recubre unos músculos firmes y definidos. No me canso de sentirlo contra mí.

Esto es un placer que nunca me permito. Para mí, el sexo suele ser casi siempre utilitario.

Una forma de llegar a un fin. Una necesidad parecida a masturbarse.

Pero con Connor, tal y como sabía que ocurriría, quiero más.

Muchísimo más. No solo de este encuentro, sino de cada momento que pueda tener con él a partir de ahora. Él no es una necesidad. Es alimento.

Bouchard tenía razón. Connor ha despertado algo en mí.

Algo primitivo que mantengo bien encerrado por mi propia supervivencia.

Por algún motivo, él tenía la llave para liberarlo.

El instinto protector que despierta en mí va mucho más allá de lo que siento por mi equipo.

Iría hasta el fin del mundo por los Blizzards.

Pero por Connor arrasaría con todo si así pudiera mantenerlo a salvo.

Si pudiera hacerlo mío. Es aterrador. Puede que me lo arrebaten y, entonces, ¿qué me quedará?

Hundirme todavía más en mí mismo y naufragar como un barco destrozado por un mar vengativo.

Pero ahora mismo es mío, y voy a saborear este instante suspendido, como si el tiempo hubiera dejado de moverse.

Interrumpo el beso y vuelvo a entregarme a su piel. Desciendo por su pecho, deteniéndome en cada pezón para encerrar entre los labios el pequeño brote rosado y tensarlo con la lengua. Gime, y yo sigo hasta la cinturilla de sus pantalones de chándal. Alzo la mirada hacia él.

Se muerde el labio inferior, hinchado por mis besos, y se ruboriza.

—Tú primero —dice con timidez.

Le sonrío. Luego me incorporo, me quito los pantalones de chándal y también los calzoncillos. Me inclino sobre la cama y le doy un beso mientras me sujeto la polla con la mano y le doy una lenta caricia.

Ojalá supiera lo que está pensando.

Connor

Sé exactamente dónde quiero que meta esa polla.

Gavin

Entreabre los labios y se le escapa un «guau» apenas audible.

—Te toca —digo.

Duda un instante y luego señala mi entrepierna.

—No me esperaba… todo eso.

—Casi nadie se lo espera.

Sonrío y uso las manos para girarlo y dejarlo boca abajo.

Vuelvo a perderme en su piel. Toda ella.

Desde la nuca hasta la parte baja de la espalda, donde tiene dos hoyuelos perfectos, uno sobre cada nalga.

Los beso ambos y luego le agarro la cintura de los pantalones de chándal para bajárselos hasta los muslos.

Me detengo al ver el gran moretón violáceo de su cadera izquierda.

Lo beso con delicadeza y lo grabo en mi memoria para recordar que debo ir con cuidado ahí si empiezo a perder el control.

Le separo las nalgas con las manos. La piel se le eriza y oigo cómo se le corta el aliento.

Deslizo una mano por su espalda y le aprieto la nuca con suavidad, en un gesto tranquilizador.

Recuerdo que apenas tiene experiencia y que la poca que tiene no ha sido buena.

Me recorre la rabia y se me instala entre las sienes, pero respiro hondo.

No voy a arruinarle esto. No quiero que salga de aquí odiándome por lo que hagamos.

Quiero que se sienta bien y que lo recuerde siempre.

Quiero que esto marque el mínimo de lo que acepte de cualquiera que venga después de mí.

Porque, por mucho que quiera reclamarlo como mío, sé que al final nunca podrá serlo.

—No te preocupes —murmuro, dejando que mi mano descienda—. Voy a cuidar de ti.

Lamo la hendidura entre sus nalgas desde los testículos hasta la base de la espalda. Se estremece y deja escapar un gemido.

Lo hago otra vez. Y otra. Después concentro la atención en su entrada, dejando que la lengua trabaje en círculos lentos y suaves para relajarlo. Funciona. Gime un poco más. Oigo sus respiraciones hondas y las palabras ahogadas que se le escapan.

—Dios mío —murmura—. Qué sucio eres.

Aparto la boca.

—Y tú estás jodidamente delicioso.

No me canso de él.

Le bajo del todo los pantalones y luego apoyo las manos detrás de sus rodillas para guiarlo con cuidado, levantándole un poco más las caderas y liberando su erección del colchón.

A partir de ahí vuelvo a trabajar con la lengua mientras lo acaricio despacio con la mano, sujetándolo con suavidad y dejando que mi palma áspera resbale sobre la piel aterciopelada de su polla.

La punta está húmeda de líquido preseminal. Me permito probarlo con una lenta pasada de lengua que nace en su ano, cruza el perineo, sus tensos testículos, asciende por el miembro y termina girando alrededor del glande.

—Delicioso —repito antes de tragar.

Cuando vuelvo a lamerlo, ya se ha rendido por completo. Todo su cuerpo está relajado, salvo la polla, que se yergue dura entre mis dedos.

Me mira por encima del hombro y encuentro el deseo en sus ojos. Sin apartar la mirada, le doy otra lenta y profunda lamida antes de separarme lo justo para darle la vuelta, subir por su cuerpo y besarlo. Quiero que pruebe su propio sabor en mis labios, en mi lengua.

Mientras nos besamos, nuestras pollas duras se encuentran y se deslizan una junto a la otra. Ambos gemimos al contacto, a ese roce glorioso de una erección contra otra. Es algo simple, pero pocas cosas se sienten mejor que la firmeza de otro hombre contra tu propia dureza.

Le sujeto una pierna por detrás y le acerco la rodilla al costado para que apoye el tobillo en mi espalda. Debe de pasar demasiado tiempo con el entrenador de porteros, porque se deja manejar con una facilidad increíble. Dejo de besarlo, lo miro a los ojos y empujo las caderas.

—¿Así está bien?

Sus labios se abren en otro jadeo y las pupilas se le dilatan.

—Me lo tomaré como un sí.

Vuelvo a empujar. El placer me recorre entero.

Connor

Me sostiene la mirada mientras marca el ritmo, deslizando su erección arriba y abajo contra la mía.

No puedo apartar los ojos. La intensidad con la que me mira me deja clavado en el sitio, aunque no de una forma que me haga sentir como una presa, pese a que me tiene encerrado entre sus brazos.

Su cuerpo lo abarca todo, y yo me siento completamente vulnerable debajo de él.

Debería asustarme, pero no es así. Es reconfortante.

Intenso. Y, sobre todo, me hace sentir a salvo.

Por fin puedo rendirme a mis deseos y a mis necesidades sin miedo.

—Joder, qué bien me haces sentir —digo, y apenas reconozco mi propia voz de lo ronca que sale.

Él sonríe y se inclina para besarme con voracidad.

Cuando se aparta, escupe en la palma de la mano y la desliza entre los dos para agarrar nuestras pollas, apretándolas con más firmeza.

Flexiono los dedos y echo la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello mientras empieza a moverse más deprisa.

Una sacudida me recorre todo el cuerpo. Y, aunque me preocupa no estar haciendo lo suficiente, confío en que Gavin sabrá llevarnos a los dos hasta el final.

A diferencia de mí, todo en él resulta escandalosamente seguro.

Me lame el cuello mientras, poco a poco, incrementa el ritmo. Siento que se me encienden el pecho y las mejillas. Se aparta lo suficiente para contemplarme y sonríe, satisfecho al ver mi piel enrojecida.

—Perfecto —dice.

Pasa el pulgar por las puntas de nuestras pollas, recogiendo el líquido preseminal que se ha acumulado. Eso hace que su mano resbale todavía mejor mientras sigue frotándose contra mí. Luego me mira con unos ojos cálidos y cargados de lujuria.

—Eres perfecto.

Apenas ha terminado de decirlo cuando vuelve a inclinarse para besarme, arqueando el cuerpo lo justo para dejar espacio entre nosotros y seguir moviendo la mano.

Se toma su tiempo. No hay nada precipitado en la forma en que nos acaricia a ambos.

El ritmo está pensado para alargar el placer sin romperlo.

Se mueve despacio, con firmeza, y resulta devastador.

Solo interrumpe los besos para decirme lo buen chico que estoy siendo. Sus palabras me incendian por dentro.

Él se da cuenta. Sonríe con malicia y me acaricia la mejilla con la mano libre. Yo me inclino hacia esa caricia, y entonces acelera.

Eso es todo lo que necesito. Después de unas cuantas embestidas más, deslizando nuestras pollas juntas dentro de su mano, me corro sobre mi pecho mientras gimo su nombre entre jadeos rotos.

—Joder.

La palabra le sale como un gruñido mientras baja la cabeza hacia mi pecho y pasa la lengua por mi semen. Es obsceno, y me encanta. Suelta mi polla exhausta y aprieta el puño alrededor de la suya, acelerando el ritmo mientras sigue lamiéndome. Luego alza la mirada hacia mí.

—¿Puedo correrme encima de ti?

—Por favor.

Y lo hace, con un par de gruñidos graves. Cuando su mano se detiene, se inclina sobre mí y me besa despacio, dejando que me pruebe a mí mismo en su lengua .