NUEVE #2
Mi padre, y por extensión los Broad Wings, siempre han dado por hecho que yo sería el elegido para hacer ganar la Copa a este equipo.
Los análisis solo miran los números. No tienen forma de detectar el resentimiento acumulado dentro del vestuario porque el centro de la primera línea se ha convertido en el ejemplo perfecto del hockey de la liga.
Los Blizzards, que ganaron la Copa el año pasado, son un ejemplo clarísimo.
Quedaron octavos en su competición y luego arrasaron en las eliminatorias, destrozando a todos los demás equipos.
Durante semanas no fui capaz de entender cómo lo habían conseguido, pero ahora creo que lo sé.
Al trabajar con Gavin y Bouchard, se me hizo evidente que en su equipo se caen bien de verdad.
—Esto sí que es nuevo para mí —dice mi padre, mientras vuelve a encender la tableta. Abre la aplicación interna del equipo—. ¿Tengo que organizar un traspaso?
—¡No! —«A menos que sea el mío», me gustaría añadir.
Aprieto los puños y luego los aflojo.
Mi padre, imperturbable ante mi reacción, sigue desplazándose por la lista.
—Tenemos tiempo. Aún faltan tres semanas para el cierre del mercado de fichajes.
Pongo la mano sobre la tableta, tapándole la pantalla.
—¿Podemos olvidar lo que acabo de decir? No es nada importante.
No quiero ser responsable de que la vida de alguien se ponga patas arriba porque me asusté y hablé más de la cuenta durante un desayuno con mi padre.
Él me mira, con las fosas nasales dilatadas de irritación.
—¿Cuál es tu problema? Si hay un problema en el equipo, yo lo arreglaré.
—No hay ningún problema.
—Acabas de decir que no podemos ganar la Copa. Yo diría que eso es un problema muy grande. —Vuelve a agarrar la tableta—. ¿Es Lars? Apostaría a que podría conseguir un buen intercambio por él. No lo necesitamos. Hace lo mismo que tú, pero ni de lejos tan bien.
—¡No es Lars! —grito—. ¿Podemos dejar ya este tema, por favor?
—¡Por Dios, Connor! —Me mira y niega con la cabeza—. Actúas como si fuera a traspasarte a ti.
Ojalá lo hiciera. Las palabras están en la punta de mi lengua. Ojalá pudiera decirlas. Ojalá pudiera decirle la verdad. Que no puedo seguir viviendo así con él.
Me da una palmada en el brazo, más fuerte de lo que se consideraría una broma en un vestuario.
—Tienes que volverte más duro. No te crie para que fueras débil.
Gavin
Después de entrenar, me dedico a vagar por las instalaciones del hotel para no tener que volver todavía a la habitación.
Necesito más tiempo para aclarar mis ideas.
Normalmente lo consigo en la sala de pesas, pero ni siquiera batir mi récord personal en sentadillas, alimentado por la frustración, ha bastado para calmar la avalancha de pensamientos que no dejan de exigirme que reconsidere mi decisión sobre Connor.
Todo esto sería mucho más fácil si él pudiera ser una simple aventura.
Pero sé que no es así. Cumple demasiadas cosas de mi lista.
Tiene un cuerpo precioso, delgado y musculoso, con un trasero que me dan ganas de morder como si fuera una manzana.
Es trabajador, orientado a objetivos y no se achanta ante los desafíos.
Es amable hasta lo absurdo y tiene una paciencia infinita.
Entiende el hockey. No solo el deporte, sino todo lo que exige a tu vida y a cualquier pareja que puedas tener: los entrenamientos, los viajes, las horas interminables, el olor del equipo.
En la habitación es tranquilo, constante y no le cuesta nada respetar el toque de queda.
Eso me hace pensar que durante la temporada debe de ser bastante parecido a mí.
Parece cómodo dentro de una rutina. La calma que proyecta en medio del caos me hace desear algo nuevo.
Un lugar tranquilo al que volver con él, lejos de todo.
Y esa, precisamente, es mi idea de futuro.
No quiero estar solo para siempre. Quiero a alguien en quien pueda confiar, alguien que siga ahí cuando abra los ojos por la mañana.
Alguien que no desaparezca cuando yo tenga que pasar media temporada fuera.
Alguien en quien pueda apoyarme tanto cuando las cosas vayan bien como cuando vayan mal.
Durante la temporada y también fuera de ella.
Pero ahí está el problema. Cuando terminen los Juegos Olímpicos, no podremos tener eso juntos.
Volveremos a nuestras ciudades y a nuestras rutinas, sin el otro.
Sé que él lo entiende porque vive exactamente lo mismo.
Igual que yo. Y eso es justo lo que hace imposible que esto funcione a largo plazo.
Vivimos en dos ciudades distintas y jugamos en dos equipos diferentes.
No podremos volver a casa después de entrenar y relajarnos juntos, como estamos haciendo ahora.
No podremos sentarnos uno al lado del otro y analizar los altibajos del partido que acabamos de jugar.
Lo que en realidad estoy haciendo, aunque no sé si él lo entiende, es ahorrarnos el dolor de regresar a nuestras vidas después de los Juegos cargando con la angustia inevitable de perder a alguien que te entiende dentro y fuera del hielo.
Porque, si cruzamos la línea que he trazado, esto solo podrá acabar mal. Y eso en el mejor de los casos.
En el peor, nos descubrirán. Él conservará su carrera.
Yo no. Él está mucho más protegido que yo.
Sí, no tengo ninguna duda de que el vestuario tampoco sería especialmente amable con él y los aficionados se lo comerían vivo, pero la liga ha invertido millones en Connor.
Pase lo que pase, querrán proteger esa inversión.
A mí, en cambio, me harían pedazos. Los de arriba, tíos como Kennedy padre, por fin tendrían la excusa perfecta para echarme de su preciada liga.
Ya soy una molestia para ellos incluso creyendo que soy heterosexual.
No tengo una red de seguridad. No tengo ningún otro sitio al que ir.
Lo único que tengo es el hockey. Sin eso, no sería más que la basura de Alaska que todos insisten en ver.
Toda la estabilidad que he construido, no solo para mí sino también para mi padre, desaparecería.
—¡Eh, Marshal! —grita Bouchard a mi espalda—. ¡Espera!
Me detengo y me vuelvo hacia él. Viene corriendo hacia mí a paso torpe, como alguien que se ha pasado la noche bebiendo.
—¿Hoy te está costando?
Se detiene a mi lado y me pone una mano en el hombro para apoyarse mientras se inclina hacia delante, intentando recuperar el aliento.
—No tienes ni idea —dice—. Anoche me quedé dormido en una tumbona junto a la piscina.
—¡Dios mío! —Me río—. Supongo que debería haberme asegurado de que llegaras a tu habitación.
—No hace falta. —Se incorpora—. Hay gente más importante en el equipo de la que tienes que ocuparte.
—¡Oh, no! ¿Quién la lio anoche?
—Nadie. —Niega con la cabeza y luego me mira arqueando una ceja. Toma aire como si fuera a decir algo, pero al final pone una cara rara, como si estuviera procesando un pensamiento—. ¿Quieres desayunar?
La verdad es que sí. Desayunar me dará, como mínimo, una hora más antes de tener que volver a la habitación y enfrentarme a Connor y a esa mirada suplicante con la que me pide que ceda.
—Claro —digo—. Me vendría bien comer algo.
—Bien. Y pagas tú, porque no encuentro la cartera.
—¿En serio, tío? —Me río—. No estás haciendo mucho por convencerme de que no necesitas una niñera.
Me da un codazo mientras caminamos hacia el restaurante.
—Lo tengo todo bajo control. Ya he cancelado las tarjetas. Solo me falta encontrar el pasaporte.
—Tío, ¿qué cojones te pasa? —digo, exasperado.
Él me dedica una sonrisa.
—Es broma. El pasaporte está en mi equipaje.
En el restaurante me abre la puerta y entramos. La camarera recoge dos menús y, por suerte, nos lleva a una mesa que hay al fondo. Nos sentamos y, después de pedir café, Bouchard vuelve a sonreírme como el gato de Alicia en el país de las maravillas.
—Deja de hacer eso. Me estás dando escalofríos.
—¿Ya te lo has follado?
La pregunta me pone la piel de gallina.
—Perdona… ¿qué?
—Tío, no pasa nada si lo has hecho. A mí me da igual.
Por mucho que me choque esa confesión, se me escapa una risa seca e incómoda mientras me tiro del cuello de la sudadera del equipo olímpico de Estados Unidos. De pronto, me parece demasiado apretada.
—No sé de qué estás hablando.
—Y una mierda. —Se ríe justo cuando la camarera nos trae el café.
Aprovecho la interrupción para hacerle un par de preguntas sobre la carta. Pido un sándwich BLT con una ración de tortitas de patata crujientes.
Cuando ella se aleja, Bouchard da un sorbo ruidoso al café y me mira por encima del borde de la taza.
—No tienes que mentirme.
—¿Cómo voy a mentirte si ni siquiera sé de qué estás hablando?
—Marshal, soy portero, no árbitro. Lo último que soy es ciego. —Hace una pausa y me señala con énfasis—. Llevas una semana entera comiéndote con los ojos a Connor Kennedy. Fóllatelo de una vez.
—No me lo he comido con los ojos —susurro, inclinándome hacia delante para acercarme a él y asegurarme de que, con un poco de suerte, nadie de las mesas cercanas pueda oír esta conversación que no quiero tener.
Lo último que Connor y yo necesitamos es que nuestros secretos salgan a la luz porque Bouchard no sabe bajar la voz.
Vuelve a señalarme, pero al menos parece captar la indirecta sobre el volumen.
—Claro que sí —dice, mucho más bajo—. No sé cómo no me había dado cuenta antes.
Como sé que he perdido, dejo de negarlo.
—Bueno, tampoco es que vaya anunciándolo a los cuatro vientos.
—Mi hermano tampoco, y eso no hace que sea menos gay —dice, encogiéndose un poco de hombros.
—No sabía que tu hermano era gay.
—Nadie lo sabe. Ese es justo el punto.
—¿Y por qué no ha salido del armario?
—Por la misma razón por la que tú no lo has hecho, idiota. —Se inclina sobre la mesa y me da un golpecito en la nuca.
Le hago una peineta.
—Sí, pero tu hermano no juega en la liga.