NUEVE
NUEVE
Connor
A la mañana siguiente me siento como si Gavin me hubiera arrollado, y no precisamente de la forma en que me gustaría.
El dolor de cabeza y las náuseas me recuerdan las veces que me ha golpeado y dejado inconsciente en mitad de un partido.
Aunque, la verdad, ahora casi preferiría sentirme así por eso y no por la resaca.
Al menos significaría que he tenido algún tipo de contacto físico con él, que es lo que de verdad deseo.
Daría cualquier cosa por saber qué se siente al tenerlo pegado a mi cuerpo durante más tiempo que un simple choque en el hielo.
Cómo se vería sobre mí, con los dos sudando entre las sábanas en vez de dentro de nuestras camisetas.
Quiero saber cómo se sienten sus labios sobre los míos.
¿Serán suaves o firmes? Ya sé cómo es su polla.
Le he echado un par de miradas furtivas en el vestuario.
Es perfecta, por supuesto. Tentadora, incluso cuando está blanda.
Todavía no la he visto dura, pero sé que no me decepcionaría.
Me pregunto si él habrá mirado la mía. ¿Se habrá quedado despierto pensando en chupármela igual que yo lo he hecho con él?
Lanzo un vistazo rápido a su cama. Está vacía. Lo oí levantarse temprano para ir al gimnasio. También lo oí volver anoche a la habitación. En ambas ocasiones fingí que estaba dormido, porque soy un cobarde y ahora mismo no puedo enfrentarme a él.
Anoche, cuando volvió, intentó llamar mi atención. Yo estaba tumbado con los ojos cerrados, escuchándolo decir que le gustaría poder hacerlo, pero que era mejor para mí que no lo hiciera.
No me lo creo. Durante la última semana él ha mejorado mi vida muchísimo, y ni siquiera nos hemos besado todavía.
Me aferro a ese «todavía». Lo necesito para poder seguir adelante.
Necesito saber que existe la posibilidad de un solo beso para no volverme loco por la frustración de no poder explorar esta conexión que estamos creando.
Nuestra química sobre el hielo es perfecta.
Tiene sentido pensar que también lo sería en la cama.
Miro el reloj que llevo en la muñeca. Fue la primera cosa bonita que me compré con mi propio dinero.
Un Heritage Grand Seiko con una esfera de color azul hielo.
Son las ocho y media. Tengo que reunirme con mis padres para desayunar a las nueve en su suite .
No me han dado alternativa. Papá me envió un mensaje con la hora y las instrucciones para estar allí antes de que ayer saliera el autobús del equipo desde la pista de entrenamiento.
Incluso en ese mensaje se notaba que estaba furioso porque Gavin había arruinado sus planes para cenar conmigo. Esta mañana me lo hará pagar.
Cuando me levanto de la cama, me enfrento a una decisión: ducharme y llegar tarde, o arreglarme tal y como estoy y llegar puntual, que para mi padre significa presentarme al menos cinco minutos antes.
Siempre ha sido así. Incluso cuando era pequeño y me metía en una sesión de disco, tiros y patinaje antes de ir al colegio.
Si el entrenamiento sobre hielo empezaba a las seis, más me valía estar allí a las cinco y cincuenta y cinco, con los patines ya atados y esperando con impaciencia junto a las vallas a que terminaran de repavimentar la pista.
Tampoco es que tuviera otra opción. Él diseñaba mi horario y me lo imponía.
Cuando yo era adolescente y se retiró, me encendía la luz del dormitorio a las cuatro y media de la mañana, me decía que levantara mi perezoso trasero de la cama y me daba un batido de proteínas que sabía a tiza.
Como ya no tenía que preocuparse por su propia carrera, se dedicó por completo a vigilar la mía como un halcón.
En cuanto estuvo disponible cada día, mi régimen de entrenamiento se volvió todavía más exigente.
Cuando salgo de la habitación del hotel que comparto con Gavin, espero verle aparecer por el ascensor.
Sé que dice que no podemos dar el siguiente paso, y respetaré sus deseos.
Sin embargo, si pudiera verlo aunque solo fuera un momento, quizá podría soportar mejor este desayuno.
Suena ridículo, y sé que parezco un niño en vez de un hombre de veinticuatro años cuando se trata de lidiar con mi padre, pero me ha tenido bajo su control durante tanto tiempo que me resulta imposible liberarme.
Gavin es la primera persona que conozco que no tiene ningún problema en decirle que no.
Cuando lo hace, me hace sentir como si yo también pudiera hacerlo.
Algún día. Aunque no creo que ese día sea hoy.
Llamo a la puerta de la suite de mis padres y dejo escapar un suspiro largo y sonoro. Mi madre abre, vestida con ropa deportiva carísima, como si estuviera a punto de irse a una clase de yoga en vez de desayunar. Muy propio de ella.
Me besa en la mejilla.
—Tengo que irme, cariño —dice—. He encontrado un profesor privado de yoga estupendo. Es una maravilla.
«Seguro que sí».
—Diviértete, cariño —dice mi padre con tono mecánico, sin levantar la mirada de la tableta que tiene entre las manos.
Está sentado a la mesa preparada para el desayuno, junto a las puertas abiertas del balcón de la suite , que dan al Strip.
A veces me pregunto por qué siguen casados.
No tienen absolutamente nada en común. El interés de mi madre por el hockey desapareció en cuanto dejé de quedar adorable en las fotos que nos hacían juntos al otro lado del cristal durante los entrenamientos.
Después volvió unos años a ser conejita de Playboy, pero ya era demasiado mayor para eso y, desde entonces, se ha dedicado a encadenar entrenadores personales y ahora, al parecer, profesores de yoga.
Mientras ella trabajaba en su «físico», nuestro chófer, Harris, era quien me llevaba casi siempre de los entrenamientos a mis propios partidos y a los de mi padre.
Seguramente pasó más tiempo en las gradas que cualquiera de mis progenitores antes de que mi padre se retirara.
—Siéntate. —Mi padre me hace un gesto para que me siente a su lado.
Obedezco y me sirvo una taza grande de café de la jarra. Delante de mí, en un plato, hay una tortilla de espinacas y pollo, acompañada de fruta en lugar de patatas y, por supuesto, ni rastro de tostadas. Es lo último que me apetece comer en este momento.
Me mira por encima de la tableta y luego la deja entre ambos, con la pantalla todavía encendida.
Bajo la mirada por puro reflejo. Es un blog deportivo.
Reconozco el logotipo sobre el titular: «El equipo de hockey de EE.
UU. arrasó en Las Vegas. ¿Lo están celebrando demasiado pronto?
» . Debajo hay una foto borrosa de mí bailando con una desconocida que Gavin plantó delante de mí cuando yo intentaba bailar con él.
Mi padre me mira y sonríe, aunque no hay nada amable en esa sonrisa. Apaga la pantalla.
—Al menos por fin hay una foto tuya con una mujer en la prensa —dice—. Es lo único bueno que puedo sacar de esto.
Doy un sorbo al café mientras noto que me empiezan a latir las sienes.
—Es un blog deportivo sin importancia que solo busca clics.
—Y vosotros, idiotas, se lo habéis servido en bandeja. Deberían estar hablando de lo bien que jugáis juntos. En cambio, tienen fotos vuestras de fiesta, como si fuerais un grupo de imbéciles de los suburbios de escapada con los colegas.
«Colegas». Qué palabra tan curiosa. Solo llevamos una semana jugando juntos, pero algunos de estos chicos ya me parecen más amigos que mis compañeros de equipo en Chicago.
Y se lo debo a Gavin. En siete días ha conseguido unirnos.
No a todos, claro. Bradley Warren y algunos otros siguen mostrándose fríos conmigo, pero con otros como Bouchard, Franklin, Calhoun y Nichols siento que podríamos llegar a ser algo más que simples compañeros.
—¿Qué tiene de malo hacer amistad con ellos?
—No estás aquí para hacer amigos. Estás aquí para jugar al hockey .
—¿Tan malo es querer hacer ambas cosas?
—Sí. No necesitas a estos chicos como amigos. En diez días, todos regresaréis a vuestros equipos y volveréis a ser rivales.
Frunzo el ceño. No quiero enemistarme con ninguno de ellos.
Y mucho menos con Gavin. ¿Será eso a lo que se refiere cuando dice que no podemos dar el siguiente paso?
¿Está pensando en el futuro, en que cuando acaben los Juegos Olímpicos volveremos a enfrentarnos sobre el hielo?
En cualquier caso, yo no tengo ninguna posibilidad real contra él.
Un golpe de cadera mío apenas le haría cosquillas.
Uno suyo, en cambio, podría acabar con mi carrera.
Aun así, descubrir aquí lo que se siente al tener amistades dentro del equipo me hace preguntarme si eso no será justo lo que nos ha faltado para ganar la Stanley Cup en Chicago desde que llegué.
Nunca conseguimos superar ese último bache ni asegurar esos dieciséis partidos que te llevan al campeonato.
—Mira —dice, más calmado que hace un momento—. Lo entiendo. Yo era como tú hace años, pero no me convertí en una leyenda de este deporte siendo el mejor amigo de todo el mundo. Tienes que dejar tus sentimientos a un lado si este año quieres ganar el oro olímpico y la Stanley Cup.
Ahí está. Espera que yo haga las dos cosas, como hizo él. Pero yo no puedo hacerlo solo. El hockey es un deporte de equipo, y un equipo funciona mejor cuando sus jugadores se soportan. O, mejor aún, cuando se caen bien.
Me obligo a sostenerle la mirada.
—No creo que los Broad Wings puedan ganar la Copa este año.
—Eso es ridículo. —Lo descarta con un gesto de la mano—. Según los análisis, somos el equipo que tiene más opciones.
—Los análisis no tienen en cuenta la dinámica del grupo —digo—. Hay divisiones importantes dentro del equipo.
Llevo tiempo sintiéndolo, aunque no tenía la experiencia necesaria para identificar el problema. No fui capaz de ver el cuadro completo hasta que llegué aquí. Y Gavin me lo dejó clarísimo.