La regla Kennedy OCHO #3
43%

OCHO #3

—¡Igual que en el hielo! —Bouchard alza su vaso hacia él, y Gavin le lanza la botella de agua.

—¿Me das un sorbo? —le pido.

Le quita el tapón y me la pasa. Doy un trago largo. Después de horas de cerveza y chupitos de whisky , el agua me sienta como una bendición. Tendría que haberme tomado una hace una hora.

—Esta fiesta es increíble —dice Calhoun. Es joven, está en su primer año, y en Minnesota ya apuntan alto con él—. ¿Sabes? Yo crecí idolatrando a tu padre.

Me río, intentando que no se note el sabor amargo que me deja eso, y doy otro trago al agua de Gavin.

—Le encantaría oírte decir eso.

—Creo que paso. Me da miedo.

«A mí también», me gustaría decirle. En lugar de eso, opto por algo más neutro.

—Puedo presentártelo, si quieres.

—No, gracias. —Niega deprisa—. Pero tengo que preguntarlo. ¿Cómo fue crecer con él?

—Exactamente como está siendo esta semana —respondo—. Agotador.

—No te envidio nada. Antes de venir sí, pero ahora… joder. Es intensísimo.

—Ya te digo. —Y esta vez sí me río de verdad.

Él choca su lata de cerveza contra mi botella de agua.

—Pero tú molas, tío —dice—. Me hace ilusión compartir el hielo contigo.

—Gracias. —Sonrío—. Me alegra oírlo.

Y, después de escuchar lo mismo en boca de otros tres compañeros a lo largo de la noche, por fin entiendo lo que ha hecho Gavin. Ha conseguido hacerme más humano frente al equipo.

—¿Qué hacemos aquí parados? —pregunta Nichols, acercándose para empujarnos a Calhoun y a mí hacia la pista—. ¡Está lleno de chicas deseando bailar!

Me río de lo ridículo de la frase. Bailar con mujeres no me interesa en absoluto. Pero cuando veo que Bouchard arrastra también a Gavin, descubro que bailar con él sí me interesa. Muchísimo.

Gavin

Vale. Puede que Connor vaya bastante borracho.

Porque, por mucho que lo intento, no consigo evitar que siga intentando bailar conmigo.

Y cada vez que mueve las caderas cerca de las mías me cuesta más no agarrarlo y pegarlo a mi cuerpo.

Daría lo que fuera por girarlo, dejar que se frotara contra mí, sujetarlo con una mano en la cadera y la otra en el pecho, apretándolo con fuerza.

Pero no puedo. Y lo sé. Así que, para frustración suya y mía, lo que hago en su lugar es seguir desviando hacia él a cualquier chica nueva que se cruza por nuestro camino y observar cuánto tarda en fruncir el ceño y escabullirse de sus garras.

Se está volviendo bastante bueno en ello.

—Eres un capullo —me dice, divertido, la siguiente vez que consigue acercarse.

—Y tú un provocador —le respondo, apartándome y colocando a otra mujer entre los dos.

Me fulmina con la mirada, aunque debajo de ese enfado veo el desafío. Esto se ha convertido en un juego para él. El problema es que no puedo darle el premio que quiere: a mí.

Puedo admitirlo ya: estoy metido en un buen lío.

Aquí hay hombres guapos de sobra. Y a mí nadie me está reconociendo tanto como a otros del equipo.

Si quisiera, podría ligar sin que nadie se enterase.

Pero cada vez que miro a Connor intentando abrirse camino de vuelta hacia mí, ni se me pasa por la cabeza hacerlo.

Tampoco puedo ceder a lo que deseo. Ni siquiera besarlo, porque probar el sabor de su boca no quedaría sin consecuencias.

Sería la primera ficha de dominó cayendo.

Y yo sé perfectamente lo que vendría después.

Sé cómo soy. Puedo tener una aventura de una noche, sí.

Pero Connor no encaja en eso. Nunca podría hacerlo.

Lo conozco. Y, peor todavía, me está importando de verdad.

Más allá de que sea mi compañero de equipo.

Todo el odio que una vez sentí por él ha desaparecido.

Ha prendido algo dentro de mí, y no solo cuando compartimos el hielo y me incita a jugar el mejor hockey de toda mi vida.

Lo siento en todas partes. Todo el tiempo. Y cada día me cuesta más contenerlo.

Miro hacia la terraza del club y me escapo en esa dirección, esperando que nadie me vea salir.

Necesito un minuto. Solo uno. En cuanto cruzo la puerta, aspiro el aire fresco del desierto.

Aquí fuera reina un silencio extraño, roto solo por el temblor lejano de la música retumbando a través de las paredes.

Encuentro un rincón apartado y apoyo los brazos en la barandilla, contemplando el Strip de Las Vegas desde lo alto.

Esto no se parece en nada al lugar del que vengo.

Yo solía subir a las montañas detrás de las casas destartaladas de mi barrio y mirar, desde arriba, los árboles a un lado y el océano inmenso al otro.

Ahora, mire donde mire, solo hay edificios y luces.

Ambas cosas tienen su encanto, supongo, pero ahora mismo echo de menos mi casa.

Echo de menos el silencio. La intimidad.

Si Connor y yo estuviéramos en Alaska, podría hacer exactamente lo que quiero hacer y nadie tendría por qué enterarse jamás.

Lo noto acercarse antes incluso de que hable. Se apoya en la barandilla a mi lado.

—Pensaba que estabas intentando huir de mí.

Me río por lo bajo.

—No. De ti es imposible huir.

Me da un codazo y luego, con una sutileza que me desarma, deja que sus dedos rocen los míos sobre la barandilla.

—No hace falta que lo intentes.

—Yo creo que sí. —Me obligo a no mirarlo y aprieto más fuerte la barandilla—. Porque si me dejo llevar contigo, no voy a saber disimularlo.

—No lo creo. —Se ríe—. Ser gay es probablemente el secreto mejor guardado de la liga.

—Tú y yo juntos dejaríamos de guardarlo.

—No tiene por qué ser así. Los dos sabemos ocultarnos bastante bien.

—No tanto. —Al final giro la cabeza y lo miro.

Bajo el resplandor del Strip se le ve guapísimo. Fuerte y seguro de sí mismo mientras pide lo que quiere.

—Lo nuestro está justo debajo de la superficie. Y Bouchard ya se ha dado cuenta de que contigo se me ha despertado el instinto protector. Si cedo a esto, va a ser todavía más evidente. Yo no soy el tipo de hombre que se toma a la ligera lo que considera suyo.

Como era de esperar, se sonroja. Y yo estoy peligrosamente cerca de rendirme. Aun así, solo le rozo la mejilla con los nudillos.

—¿Lo ves? —murmuro—. No puedes ocultarlo. —Me humedezco los labios—. Y yo no puedo resistirme.

—Pues de momento lo estás haciendo bastante bien —dice, antes de apartarse un poco—. Pero entiendo lo que quieres decir.

Dejo que nuestros dedos se entrelacen sobre la barandilla, escondidos por lo cerca que estamos.

—Créeme, Connor. Si pudiera, ahora mismo te haría mío.

—Me encantaría —responde él.

Apoya el hombro contra el mío. Debería apartarme. No lo hago. Puedo permitirme este pequeño lujo si no voy a tener nada más.

—¡Eh! —grita Bouchard, y los dos nos separamos al instante.

Está al otro lado de la terraza, junto a las puertas del club, mirándonos con expresión sospechosa.

—¿Qué hacéis vosotros dos?

—¡Cosas de capitanes! —le grito—. ¡No lo entenderías!

Connor se echa a reír y me mira con una ceja levantada.

—¿Cosas de capitanes?

Me encojo de hombros.

—Suena mejor que la verdad. —Me aparto de la barandilla y le hago un gesto para que venga—. Vamos. Deberíamos entrar.

No se mueve.

—Creo que ya es hora de que me vaya a la cama.

La verdad es que yo también quiero hacer exactamente eso. Pero sé muy bien que, si subo con él ahora, voy a acabar cayendo en sus brazos.

—Sí —digo—. Ojalá pudiera acompañarte, pero será mejor que no.

Asiente despacio y deja escapar un suspiro. A regañadientes, me doy la vuelta y sigo a Bouchard al interior. En cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, se planta frente a mí con una expresión imposible de leer.

—¿Cosas de capitanes? ¿En serio?

—¿Qué? —pregunto.

—Nada. —Niega con la cabeza y se ríe. Luego me pasa un brazo por los hombros—. Venga. Volvamos a la pista.

Pero es justo el último lugar al que me apetece ir .