OCHO #2
Respiro hondo antes de salir del vestuario.
Sé perfectamente quién me espera al otro lado de la puerta y, por un momento, desearía haberme quedado más rato bajo la ducha.
Pero Gavin no ha dejado de mirarme ahí dentro, y no de una forma sexy.
Bueno. No solo de una forma sexy. Me ha estado repasando con la mirada de arriba abajo, como lleva haciendo toda la semana, buscando señales de nuevas lesiones que me gustaría que me lamiera y me curara.
Vale. Quizá eso último sí tenga bastante de sexy.
Precisamente por eso necesitaba salir de las duchas cuanto antes.
Nadie, y mucho menos el gay del equipo, quiere que lo pillen con una erección delante de un vestuario lleno de compañeros desnudos.
Todavía me pregunto cómo lo hace Gavin. Mi sistema es sencillo: entrar primero y salir primero.
Y, cuando no puedo, prefiero asearme en la habitación.
Pero Gavin ha perfeccionado el arte de ducharse con calma y bromear con los demás mientras se enjabona, como si no estuviera a un paso de revelar su secreto. Es exasperante.
Por eso me sobresalto cuando noto sus enormes manos posándose sobre mis hombros por detrás. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya había salido de las duchas y se había vestido. Así de experto soy en mantener baja la mirada en el vestuario.
Me aprieta los hombros y casi se me doblan las rodillas. Tengo que contenerme para no dejarme caer hacia atrás, contra su pecho, aunque es exactamente lo que quiero hacer. La idea de que me rodee con los brazos y me sostenga resulta demasiado tentadora.
—Te acompaño —dice, y su voz grave me envuelve como una manta caliente.
—Quizá deberías pensártelo mejor —murmuro, tragándome el suspiro que amenaza con escapárseme.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que envíe a tu padre a la mierda y le diga que se busque otra víctima?
No puedo evitar soltar una risa.
—La verdad es que estaría bastante bien.
—Perfecto. —Me da una palmada en el hombro, luego me apoya una mano firme en la espalda baja y me empuja hacia delante—. Porque eso es exactamente lo que pienso hacer.
—No —digo, pero ya es tarde.
La puerta se abre de golpe y nos encontramos con la mirada expectante de mi padre y un pequeño enjambre de cámaras y periodistas.
—¡Connor, por aquí! —grita mi padre por encima del ruido.
—Lo siento, papá —dice Gavin, recargando de veneno esa última palabra—. Pero Connor esta noche está ocupado.
—Gavin, por favor —le digo en voz baja, mientras veo cómo a mi padre se le dilatan las fosas nasales.
Gavin me aprieta el hombro con una mano y me empuja por la espalda con la otra mientras me aleja de allí.
—¡La cena de los jugadores corre por mi cuenta! —grita, guiándome por delante de mi padre y por el pasillo hacia la salida de los jugadores.
Los flashes empiezan a saltar. Se oyen gritos, vítores, el estruendo de la prensa al otro lado de la puerta del vestuario, mientras el resto del equipo sale detrás de nosotros.
Sonriendo, miro por encima del hombro y veo que Bouchard es el último en salir. Al pasar junto a mi padre, le dedica un saludo de dos dedos y, acto seguido, cruza una mirada con Gavin y le hace una seña con la cabeza.
¿Pero qué demonios traman esos dos?
Gavin
Montar una cena improvisada con pizza y cerveza fue una gran idea. Es impresionante lo rápido que un restaurante de Las Vegas puede encontrar sitio para treinta hombres hambrientos con tan poca antelación.
En cuanto salimos de la pista y pude echar mano del móvil, llamé a la famosa pizzería y les advertí de nuestra llegada inminente. Ni se inmutaron. Me dijeron que nos montarían una mesa larga y que harían todo lo posible por darnos cierta privacidad.
Bueno. Tan privada como puede ser una cosa así.
No voy a mentir: elegí este sitio sabiendo perfectamente que no podríamos escondernos de verdad.
La gente suele fijarse en un grupo de hombres que, con suerte, parecen recién salidos de un barco vikingo y, con menos suerte, de un taller mecánico.
El restaurante es mundialmente famoso por su chef, sí, pero también está lleno de familias de vacaciones.
Y pocas cosas unen más a un equipo de hockey que un enjambre de aficionados a su alrededor. Sobre todo si son niños.
Saco un puñado de discos que me llevé de la pista y se los lanzo a los chicos para que los repartan entre los críos, y luego le pido al anfitrión todos los bolígrafos que pueda prestarme.
Cuando por fin llegamos a las mesas que han unido para nosotros, el ambiente ya ha cambiado.
Todo el mundo está más suelto. Incluso Connor parece respirar de verdad por primera vez en todo el día.
—Gracias por esto —me dice, inclinándose hacia mí.
Le revuelvo el pelo y luego dejo que mis manos bajen hasta sus hombros para empujarlo con suavidad, a modo de broma.
—No me lo agradezcas todavía. —Le sonrío—. Nos queda una noche muy larga.
Él niega despacio con la cabeza.
—No. No lo será.
Sonriendo, le devuelvo el gesto.
—Sí que lo será. —Y, para subrayarlo, le lleno un vaso de cerveza con una de las jarras desperdigadas entre las bandejas de pizza.
—Es una pésima idea —dice.
Choco mi botella de zarzaparrilla contra su vaso.
—Es una idea excelente.
Me pongo en pie y carraspeo, llamando la atención de todos los que están alrededor de la mesa.
—Muy bien, chicos. Llevamos una semana encerrados. ¡Vamos a soltar un poco de presión!
Connor
Soltar presión se parece sospechosamente a irse de fiesta.
Y eso es justo lo que llevamos haciendo durante horas.
Miro el reloj mientras estoy sentado junto a Bouchard en una de las mesas exclusivas que hemos ocupado en la discoteca más de moda de Las Vegas, en la última planta del hotel.
Ya ha pasado la medianoche y, después de una semana entera encerrados por el toque de queda, parece tardísimo.
Al parecer soy el único que se ha dado cuenta, porque el resto sigue como si tuviera cuerda hasta el amanecer.
Bouchard me rodea con el brazo. Va borracho perdido y grita por encima de la música mientras le cuenta una historia al grupo de compañeros apiñados alrededor de la mesa.
—Y entonces este tío… —me atrae más hacia él y se inclina hacia delante conmigo para meterme en el corro—, en los primeros treinta segundos del partido, ¡va y me rompe la racha sin encajar ni un solo gol!
—Me da una fuerte palmada en la espalda—.
¡Y ahora tengo que jugar en el mismo equipo que él!
¡Una locura! ¡Vamos a ser el equipo a batir en los Juegos!
Todos se ponen a aporrear la mesa con los puños y luego se beben una ronda de chupitos que Gavin ha ido sirviendo. Yo también. Cuando dejo el vaso, lo busco con la mirada, pero ya ha desaparecido otra vez.
Me ha costado toda la noche seguirle el rastro. No para de aparecer y desvanecerse. Llega, deja una ronda de chupitos o unas cuantas botellas más de cerveza, y vuelve a esfumarse. Es desesperante.
Max Franklin se levanta al otro lado del reservado y se sienta a mi lado.
—Me alegro de tenerte en el equipo, tío —me dice—. Sé que algunos te lo han puesto difícil.
—No. —Niego con la cabeza, aunque llevo toda la noche apoyándome sobre el lado derecho para evitar presionar demasiado la cadera izquierda, que tengo amoratada y sensible por una caída en el entrenamiento—. Solo están de broma.
Max se ríe y señala el club a nuestro alrededor. Luces estroboscópicas. Música vibrando en el pecho. Y delante de nosotros, una marea de gente moviéndose como si fuera un océano.
—¡Esto es una broma! —grita—. ¡Lo del hielo es trabajo!
Y con esa despedida desaparece entre la multitud rumbo a la pista.
Intento localizar otra vez a Gavin y creo verlo en la barra, inclinado hacia delante mientras habla con el camarero. Estoy a punto de levantarme para ir a buscarlo cuando Bradley Warren se cruza entre nosotros.
—¿Buscas a tu papi? —pregunta, con el desprecio rezumándole en la voz.
—¿Y qué si lo hiciera? —respondo.
Obviamente no estoy buscándolo a él, pero ¿qué más le da a Bradley? Mi padre es problema mío. Yo soy el que tiene que lidiar con él.
—Es que nunca te veo sin él. Va pegado a ti como una sombra.
Doy un sorbo a mi bebida.
—No porque yo lo quiera precisamente.
Se ríe.
—Por eso nadie puede seguirte el ritmo. ¿Cómo vas a capitanear este equipo si ni siquiera sabes capitanear tu propia vida?
La verdad es que yo mismo me lo he preguntado más de una vez.
—Oye —interviene Bouchard, alargándole un chupito a Bradley—. Anímate un poco, ¿quieres? Estamos celebrando algo. —Me sonríe, me da una palmada y me pasa otro a mí—. ¡Salud!
Los tres nos los bebemos de un trago y, por fin, Gavin se acerca lo suficiente como para que pueda tocarlo. Me rodea la cintura con la mano.
—Tranquilo, capitán —dice.
Sus dedos largos se cierran sobre mi costado y se quedan ahí un segundo más de la cuenta antes de apartarse.
—¿Dónde te metes? —le pregunto—. No hay forma de seguirte.
—Por ahí. —Se encoge de hombros, como si no tuviera importancia, y luego bebe un largo trago de la botella de agua que lleva en la mano.
No puedo dejar de mirar cómo se le mueve la nuez al tragar. Tampoco ayuda la camiseta ajustada de cuello en V que lleva puesta, marcándole el torso de una manera indecente. Si no estuviéramos rodeados de nuestros compañeros, estaría tentado de lamerle cada centímetro.
Me inclino hacia él para hablarle al oído.
—¿Socializando? ¿Eso quiere decir que esperas conocer a alguien?
Me mira como si pudiera leerme de punta a punta.
—No necesito conocer a nadie —me dice al oído.
La manera en que lo dice es tan directa que me hace sonrojarme. Él sonríe y articula en silencio la palabra «adorable» antes de rozarme la mejilla con un dedo. Solo eso basta para incendiarme la piel.
Bouchard y Calhoun, uno de nuestros aleros derechos, nos interrumpen.
—¿Cómo es posible que el sobrio sea el mejor montando fiestas salvajes? —le grita Bouchard a Gavin.
—¡Porque el sobrio es el que tiene que gestionar todas vuestras estupideces! —responde Gavin por encima de la música.