OCHO
OCHO
Gavin
Gracias a Dios, mañana tenemos el día libre.
Ha sido una semana de entrenamientos largos y muy exigentes, y al equipo le vendrá bien parar un poco y recuperarse antes de viajar a Milán dentro de dos días.
Connor es quien más lo necesita. Nunca lo reconocerá, pero está agotado, y no tiene nada que ver con el esfuerzo que hace sobre el hielo.
Desde que vi aquel moratón hace unas noches, no he dejado de echarle miradas furtivas al final de cada entrenamiento, antes de que se meta en las duchas.
Ese ya empieza a desaparecer, pero otros han ido ocupando su lugar.
Es jodido verlo tan machacado por sus propios compañeros.
Como si todos estuvieran apretando un poco más de la cuenta con él y supieran exactamente cómo esconder los golpes sucios.
Creía que estábamos mejorando como equipo. Creía que éramos mejores que esto.
Puede que solo estén siendo competitivos, pero da la sensación de que hay algo más. Y la cosa no ha hecho más que empeorar ahora que los entrenamientos están abiertos a la prensa… y también al padre de Connor.
¡Dios! Ese tío es un imbécil. Sinceramente, me sorprende que su presencia no haya conseguido que los demás aflojen un poco con Connor.
Ha tenido el efecto contrario, quizá porque todos hemos visto a padres como él en las ligas juveniles: tíos autoritarios que gritaban a sus hijos a través del cristal.
Había un chico con el que jugaba en Alaska que apenas lograba disimular los ataques de pánico en el vestuario después de un mal entrenamiento.
Dejó el hockey antes de cumplir los trece años.
Yo tuve suerte. Puede que no tuviéramos un céntimo y que casi todo mi equipo fuera de segunda mano o donado, pero al menos mi padre nunca me jodió con la manera en que yo jugaba.
Iba a todos los partidos y entrenamientos que podía cuando no estaba pescando, y siempre se sentaba en el mismo sitio: en el centro de la fila más alta, desde donde podía ver toda la pista.
Si era día de partido, se daba el lujo de comprarse un perrito caliente malísimo y acompañarlo con un café todavía peor, rebajado con crema en polvo.
Claro que tenía puestas todas sus esperanzas en mí.
Quería que yo escapara de lo que Alaska podía hacerle a alguien.
Pero, por encima de todo, le encantaba verme jugar.
Eso no es lo que transmite el padre de Connor.
Se queda detrás del cristal, con los brazos cruzados, criticándolo cada vez que puede.
Desautoriza al entrenador Chris, y no dejo de preguntarme cómo no le partió la cara ya en Chicago, si lleva aguantando esto desde que Connor llegó a los Broad Wings.
Tampoco se molesta en ocultar el desprecio que siente por el resto del equipo.
Se burla de todos y deja claro que, en su opinión, ninguno de nosotros debería compartir el disco con su hijo. Sobre todo yo.
Así que, cuando el entrenador pita el descanso, le lanzo un tiro de bofetada directo en su dirección.
Tiene suerte de que el cristal esté ahí, porque el disco impacta con un golpe seco a apenas unos centímetros de su cara.
Da un respingo y yo le guiño un ojo al pasar patinando junto a él. Le habría dejado un moratón precioso.
—Ese tío es un auténtico gilipollas —dice Bouchard desde la portería, a unos metros de mí.
—Te has dado cuenta, ¿eh?
—Nos hemos dado cuenta todos. —Levanta la botella de agua que deja encima de la red durante los entrenamientos y me la ofrece, como hace en Búfalo.
Abro la boca.
—Gracias. —Trago, me limpio la boca y el sudor de la frente con el dorso del guante, me acerco y me apoyo en su portería—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Puedes, pero igual no te gusta la respuesta.
Suelto el aire.
—¿Van a por él?
Se echa el casco hacia atrás, hasta que la rejilla deja de cubrirle la cara, y me mira a los ojos.
—No creo que quieran lesionarlo de verdad, pero están frustrados.
Ya sabes cómo va esto. —Me da un leve codazo con el acolchado del brazo y luego bebe un trago—.
Todos saben que no están a la altura del niño bonito de la liga.
Y tener aquí a su padre recordándoselo a cada minuto no ayuda precisamente.
Frunzo el ceño. Sé lo que es eso. Yo mismo soy culpable de haber ido a por Connor en temporada regular. Pero ahora es mi compañero. Y yo nunca ataco a un compañero si no se lo ha ganado. Va contra el código.
—Y ya te digo que esto solo va a empeorar cuando lleguemos a Milán. Connor tiene rivales repartidos por todos los equipos. Quitarlo de en medio en los Juegos sería como marcar un triplete —añade Bouchard.
Aspiro hondo y dejo que eso me cale.
—Aumentarían sus posibilidades de llevarse el oro… y también las de meterse en las eliminatorias de sus ligas.
—Y luego está la Stanley Cup —dice Bouchard—. Suponiendo, claro, que no tengan que cruzarse con nosotros. —Me enseña el antebrazo y yo lo golpeo suavemente con el mío.
—¿Alguna idea de cómo arreglarlo?
—Sacar a su padre de aquí sería un buen comienzo.
—Sí. —Hago una mueca—. Pero no creo que eso vaya a pasar. Estoy bastante seguro de que me expulsarían del equipo si lo saco en camilla.
—Aunque sería divertidísimo verlo.
Sonríe al decirlo, como si ya estuviera montándose la escena en la cabeza.
Miro hacia el resto del equipo. Todos están desperdigados junto a la valla o los banquillos, bebiendo agua de sus botellas.
Todos menos Connor, que está hablando con un periodista al lado de su padre, que se ha apartado ya de la marca negra que mi disco dejó en el cristal.
La mayoría finge que no los está observando.
Ojalá el entrenador hiciera sonar el silbato y reanudara la sesión, pero sospecho que la experiencia le ha enseñado que eso solo empeoraría las cosas.
Vuelvo a mirar a Bouchard.
—Puedo mantener a raya a nuestros rivales en los Juegos, pero solo si no tengo que estar pendiente de que mis propios compañeros no intenten sabotear la carrera de Connor.
—Creo que, una vez que estemos allí, el orgullo y las ganas de ganar van a pesar más que la antipatía.
—Sí, pero si de verdad queremos ganar, necesito conseguir que quieran jugar bien con él.
—Haz como los porteros.
—¿Cómo? —pregunto, alzando una ceja—. ¿Obligando a todo el grupo a hacer estiramientos de mariposa? No creo que eso sirva de mucho.
—No, idiota. —Se ríe—. ¿Nunca te has preguntado por qué los porteros compartimos habitación cuando viajamos?
—Porque sois todos unos frikis —le suelto—. Y nadie más quiere aguantaros.
—También —dice, encogiéndose de hombros—, pero no iba por ahí. —Me ofrece otro trago de agua y abro la boca; luego bebe él—. En cada equipo hay dos porteros frikis, según tus propias palabras, ¿no?
—Sí. Sé cómo funciona una plantilla, listo.
—Ya sabes cómo va la rotación para vosotros, los jugadores de campo. Pero con los porteros es distinto.
—Vale. —Levanto las manos—. Ilumíname.
—Funciona así —empieza—. Vosotros os vais turnando durante el partido. Acaba vuestro relevo, os sentáis en el banquillo y sale la siguiente línea. Y así una y otra vez. Al final, todos jugáis, ¿qué?, ¿dieciocho minutos más o menos?
—Más o menos. —Me encojo de hombros.
—Exacto. Todos compartís el hielo. Pero eso con nosotros no pasa. En cuanto el entrenador decide que esa noche la portería es tuya, es tuya durante todo el partido… salvo que todo se vaya al infierno.
—Sigo sin ver la lección.
—Ya voy. —Me clava la mirada y luego señala con el palo a Olsen, que está al otro lado de la pista haciendo sus estiramientos y rituales supersticiosos de siempre.
De algún modo, sus miradas se cruzan desde una punta a otra y los dos levantan una mano enguantada a modo de saludo—.
Todas las parejas de porteros de la liga tienen que encontrar la forma de competir y apoyarse a la vez.
No beneficia a ninguno de los dos ni al equipo que nos llevemos mal.
Nos jugamos esa portería cada día en los entrenamientos, pero tenemos que ser lo bastante humildes como para alegrarnos por el otro cuando el entrenador decide que esa noche será su red, no la tuya.
Si no nos llevamos bien, si no somos capaces de aparcar el ego y las chorradas, todo el equipo lo paga.
—O sea, tengo que conseguir que entiendan que no están compitiendo con Connor. Que hay hielo de sobra para todos.
—Exacto. —Da otro sorbo de agua—. Y también ayudaría que sacaras a Connor un poco de su caparazón.
Miro hacia él. Ya ha terminado con su padre y el periodista, y ahora habla animadamente con el entrenador Chris junto al banquillo.
—¿Tú crees que es tímido?
—No es tímido. —Bouchard niega con la cabeza—. Es cauto. Como tú. Solo que él no es un matón enorme que intimida a medio mundo para que le haga caso. Se esconde detrás de esa fachada de niño bonito.
—Interesante.
—Veo que no niegas lo de que eres un matón.
—Claro que no. —Me río—. Lo hago a propósito.
—Ya. —Me da otro codazo—. En el fondo eres un blandengue.
—Que te den. —Se la devuelvo y luego me giro hacia él de golpe—. Espera. ¿Cómo sabías que iba a preguntarte por Connor?
—Tío, llevo siete años jugando contigo. Y la mayor parte del tiempo te he estado viendo apalear jugadores desde mi casa en la portería. ¿Te crees que no me doy cuenta cuando se te activa el instinto protector? Persigues a Connor como si fuera un cachorro, comprobando a cada rato que sigue entero.
Joder. No me había dado cuenta de que era tan evidente. Aunque, al menos, Bouchard no parece pensar que sea nada fuera de lo normal en la forma en que trato a mis compañeros.
El entrenador hace sonar el silbato y nos llama a colocarnos.
—Disfruta persiguiéndolo —me suelta Bouchard en tono burlón mientras vuelve a bajarse el casco.
Patino hacia atrás, le hago una peineta y me uno al resto del equipo para seguir con los ejercicios.
Connor