SIETE #3
Tampoco es que hablemos del tema. Pero, siendo sinceros, sospecho que tampoco hablaríamos de mi vida sentimental aunque yo fuera hetero.
Así funcionan las cosas en Alaska. Allí se vive bajo la norma de «Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío».
A mi padre le da igual con quién salga (o si salgo con alguien) mientras sea feliz y no vuelva de una campaña de pesca para encontrarme muerto por culpa del alcohol.
Son expectativas bastante bajas, pero a nosotros nos bastan.
—Qué bien —dice Connor—. Me gustaría conocerlo.
—A mí también —respondo, porque es verdad.
Mi padre no se parece en nada al suyo. Le haría bien a Connor ver la diferencia. Le dedico una sonrisa torcida.
—Incluso podríamos presentárselo al tuyo.
Connor adopta una expresión grave.
—No me gustaría hacerle eso a tu padre.
—Mi viejo sabe cuidarse solo —le aseguro, mientras echo mano al pomo—. ¿Preparado? Nos quedan cinco minutos para llegar a la habitación.
Las comisuras de sus labios se levantan apenas.
—¿Hacemos una carrera?
—Cuando quieras, Kennedy.
Abro la puerta con una mano y con la otra en la espalda lo guío con suavidad.
Connor
No fue exactamente una carrera hasta la habitación. Más bien una larga serie de tropiezos. Pero Gavin hizo un trabajo excelente impidiendo que me estampase contra el suelo.
Cuando llegamos, voy medio colgado de uno de sus hombros y él lleva una de sus enormes manos apoyada con firmeza en la parte baja de mi espalda.
La ha tenido ahí durante casi todo el trayecto desde la sala del equipo hasta nuestra habitación del hotel, y mentiría si dijera que no me encanta cómo me hace sentir.
Es una mano fuerte, ancha y cálida. Tranquilizadora.
Segura. Me empuja suavemente hacia el interior cuando abre la puerta y me deja sentado en mi cama.
En cuanto me siento, se arrodilla frente a mí y empieza a desatarme los cordones antes de quitarme los zapatos. Luego se pone en pie otra vez y se queda mirándome.
—Vamos. Quítate la camiseta.
Levanto la mirada hacia su rostro anguloso y hacia la bondad tranquila de sus ojos oscuros.
—Pensé que no ibas a aprovecharte de mí. —Le guiño un ojo. O al menos eso intento.
—Voy a acostarte. —Se le escapa una risa baja—. Vamos, quítatela. Sé que te gusta dormir con pantalón de deporte.
—Y a ti te gusta dormir en calzoncillos.
—La verdad… —sonríe con una malicia casi diabólica— es que me gusta dormir desnudo.
—¿De verdad? —Abro mucho los ojos y noto cómo me sube el calor a la cara.
—No. —Se ríe otra vez y me acaricia la mejilla con un dedo—. Pero sabía que eso te haría sonrojarte.
—Capullo —murmuro, dejándome caer sobre la cama.
Me coge de la mano y me obliga a incorporarme de nuevo.
Después, con dedos cuidadosos, engancha el dobladillo de mi camiseta y empieza a subírmela.
No me resisto. Perdería esa pelea, y además no es una que quiera ganar.
Quiero que él me desnude. Quiero que haga conmigo lo que quiera.
Y, sobre todo, quiero vivir en un mundo donde eso sea posible.
—¿Qué es esto? —pregunta, mientras sus dedos recorren mis costillas. Inclina la cabeza para mirar mejor.
Levanto el brazo y sigo su mirada. Sobre la piel tengo un hematoma morado oscuro, grande y feo.
Niega despacio.
—Eso parece hecho con el mango de un palo. ¿Te han dado hoy en las costillas?
Lo miro mientras me muerdo el labio.
—Puede.
—¿Dónde más te golpearon?
—No estoy seguro.
Frunce el ceño y baja la mirada por mi torso mientras me pasa las manos por los brazos. Se detiene en el pequeño moretón que llevo en la mandíbula desde la pelea de ayer. Le sonrío, con la esperanza de aliviar la preocupación que se le dibuja en la cara.
—Ese ya lo conocías.
—No me gusta lo duros que están siendo contigo.
—Es hockey. Forma parte del juego.
—Sí. —Asiente, encogiéndose apenas de hombros, y me gira un poco para examinarme la espalda—. Pero no así.
Vuelve a ponerme de frente y señala mis pantalones.
—¿Puedo confiar en que esto te lo quites tú solo?
Me reclino sobre las manos en la cama.
—Preferiría que lo hicieras tú.
Juraría que de su pecho sale un gruñido grave mientras mira mis pantalones.
—No podemos —dice al fin, lanzándome los de chándal—. Me encantaría. Pero no podemos.
—Lo sé.
Se queda mirándome y toma aire despacio.
Cuando exhala, cierra los ojos. Y cuando vuelve a abrirlos, ahí está otra vez esa sombra de soledad que siempre le veo.
No debe de ser tan fácil para él como aparenta.
Nos estamos jugando los Juegos Olímpicos, lo que queda de temporada regular y quizá una clasificación para las eliminatorias.
Lo que pondríamos en riesgo sería todo aquello por lo que hemos trabajado desde niños.
Y aunque ceder a esto ahora mismo nos haría sentir bien, a largo plazo no nos traería más que arrepentimiento.
Eso, con suerte. En mi caso, lo más probable es que además terminara en algo peor.
En un corazón roto.
El primer pinchazo de ese dolor me alcanza justo cuando él cierra la puerta del baño detrás de sí .