SIETE #2
—He pedido cena para todos, pero el toque de queda sigue en pie. A las diez, en vuestras habitaciones. ¡Sin excusas!
Mis compañeros se lanzan enseguida a por las cervezas.
Gavin mete la mano en una caja y me lanza una lata.
La atrapo, la abro y doy un sorbo mientras lo veo quedar atrapado en una conversación con los demás, empujado de un lado a otro entre risas y bromas.
Max Franklin le ofrece una cerveza, pero Gavin ni siquiera se la acerca a la boca.
Poco después veo a Bouchard quitársela con total naturalidad y cambiarla por la lata vacía que acaba de terminarse.
El gesto tiene algo de ensayado, y me pregunto si soy la única persona a la que Gavin le ha contado la historia de su madre.
O quizá Bouchard simplemente lo conoce lo bastante bien por ser un Blizzard y sabe que no bebe.
Sea como sea, resulta enternecedor ver cómo hace el cambio con tanta discreción que ninguno de los dos llama la atención.
Lo raro es que, mientras bebo cerveza y picoteo la comida que ha mandado subir el entrenador, tengo demasiado tiempo para pensar.
Me apoyo en una de las mesas del fondo y observo al equipo.
Ríen, bromean, se empujan unos a otros. Por momentos parecen el tipo de grupo que de verdad podría llegar a jugar unido y, con suerte, ganar.
De vez en cuando Gavin me busca con la mirada y, cada vez que lo hace, parece más preocupado.
Se le marca ese pliegue entre las cejas.
Acaba apartándose del grupo y viene hacia mí.
—Ven con nosotros.
Niego con la cabeza.
—Si quisieran que me acercara, me lo habrían dicho.
Él frunce el ceño y se apoya en la mesa a mi lado. Nuestros brazos se rozan.
—Yo quiero que vengas.
—¿Ah, sí? —Siento que se me calientan las mejillas, y él me da un pequeño empujón con el hombro.
—Sí, claro. Muchísimo. —Frunce un poco más el ceño, se separa de la mesa, me agarra del hombro y tira de mí—. Vamos. Acércate al equipo. Se relajarán si te ven relajado a ti.
—¿Estás intentando aprovecharte de mí? —lo provoco.
—Jamás —susurra, inclinándose apenas hacia mí.
Esa palabra me recorre entero. ¿Es cosa mía o ese «jamás» suena a que ninguno de los dos se aprovechará del otro? Que siempre será algo que queramos los dos. Y vaya si yo lo quiero.
Gavin me quita la lata vacía de la mano y la tira a una papelera cercana. Está a punto de darme otra cuando Bouchard aparece y se mete entre nosotros. Contengo el aliento, sin saber qué esperar, pero me sorprende ofreciéndome una cerveza nueva. La acepto.
—Gracias.
—No me puedo creer que me hayas colado dos hoy —dice.
—No ha sido fácil —admito.
Es un gran portero, rapidísimo de reflejos incluso en sus días malos. Si no lo fuera, no estaría aquí.
—Sí, bueno, tampoco fue culpa mía. —Inclina la cabeza hacia mí—. Sé que la cosa se puso fea ahí fuera.
—No pasa nada —digo, dedicándole una sonrisa conciliadora—. Forma parte del juego, ¿no?
—Sí. —Se ríe y luego señala a Gavin con la barbilla—. Quizá deberías decírselo a tu chico, porque dejará a algunos de esos jugadores fuera de combate hasta la próxima temporada si vuelven a intentar algo parecido.
Intento ocultar el vuelco que me da el corazón al oír a Bouchard llamar a Gavin «mi chico». Ni siquiera lo ha dicho con esa intención, pero me gusta muchísimo más de lo que debería. Miro a Bouchard y abro la lata para darle un trago.
—Piensa lo mal que lo pasaríamos si no estuviera en nuestro equipo.
—Por suerte, eso es algo que nunca me ha tocado imaginar —dice con una carcajada—. Llevo toda mi carrera jugando con él y sé de primera mano que se toma muy en serio proteger a sus compañeros.
Se me encoge el estómago al recordar que eso es exactamente lo que hace Gavin. Protege a su equipo, no solo a mí.
—Es verdad —digo, levantando la cerveza en dirección a Gavin—. Tenemos suerte de tenerlo.
Gavin me guiña un ojo con discreción, y un escalofrío me recorre la espalda.
Eso no se lo hace a nadie más. Es algo que me pertenece solo a mí.
Doy otro sorbo y repaso el entrenamiento en mi cabeza.
Sé que lo que he sentido hoy no ha sido imaginación.
Gavin y yo funcionamos bien juntos. Anticipamos los movimientos del otro sobre el hielo.
Siempre estuvimos donde el otro nos necesitaba.
Y marcamos los dos únicos goles contra Bouchard.
Pero fue mucho más que eso. Aunque mis propios compañeros me estaban haciendo la vida imposible, me sentí seguro sobre el hielo cuando Gavin patinaba conmigo.
Nunca había tenido esa sensación. Soy un gran patinador.
Sé defenderme solo. Pero siempre he tenido que ser mejor que todos para mantenerme a salvo.
Con Gavin es distinto. Con alguien capaz de seguirme el ritmo y cubrirme las espaldas, siento que no hay demasiado que no pueda hacer.
Gavin me hace bien. Me da seguridad. Confianza.
Algo que, por mucho que todo el mundo en la liga piense lo contrario, necesito desesperadamente.
Juntos podemos unir al equipo. Juntos podemos ganar el oro.
Gavin
—Vamos, capitán —le digo a Connor mientras tiro de él para levantarlo de una de las sillas. Lleva varios minutos con los ojos cerrados. Deberíamos haber terminado esta fiesta hace por lo menos una hora—. Faltan diez minutos para el toque de queda.
—¿Ya se ha ido todo el mundo a dormir? —pregunta entre bostezos.
—Más o menos. —Le señalo la sala.
Solo quedan unos pocos, y Bouchard está acompañándolos hacia la puerta. Me señala y vocaliza en silencio:
—¿Estás bien?
—Estoy bien —le respondo del mismo modo, asintiendo.
Le paso un brazo por la cintura. Tengo que inclinarme un poco para hacerlo, pero Connor parece muerto de cansancio. Va a ser un trayecto largo hasta la habitación como no empiece a colaborar.
—¿Vas a llevarme a la cama? —pregunta, alzando la mirada hacia mí con esos ojos soñolientos que parecen todavía más azules de lo brillantes que están.
—No. —Niego con la cabeza al llegar a la puerta cerrada—. Más te vale caminar. Lo último que necesitas es que nos saquen una foto conmigo cargándote.
Me mira entornando los ojos.
—¿Y por qué no es eso también lo último que necesitas tú?
Lo sujeto para que no se caiga mientras intento decidir si está borracho, agotado o ambas cosas.
Se tambalea un poco hacia mí y bosteza. Sí, probablemente ambas.
Le agarro la cara con las manos y obligo a que me mire.
Una sonrisa lenta le curva los labios, y odio tener que decir lo que voy a decir, porque sé que va a borrársela.
—Porque, a diferencia de ti, yo no tengo un padre que me haría la vida imposible si me viera llevando a otro hombre a mi habitación.
Tal y como esperaba, la sonrisa desaparece. Pero sus ojos se abren, grandes y curiosos.
—¿A tu padre no le importa que seas gay?
—No.