SEIS #2
Es una estupidez. Por experiencia propia, puedo decir que no hay nada más masculino que dos hombres follando.
Es lo más masculino que puede hacer un hombre, esté en el lado que esté.
Y aquí estoy yo, de pie junto a Connor Kennedy, pensando en cuánto me gustaría agarrarlo, doblarlo sobre un banco y follármelo hasta dejarlo sin sentido.
Gruñendo y gimiendo con él hasta el éxtasis.
Lo irónico es que Connor podría salir del armario y los aficionados seguirían adorándolo.
Tengo la sensación de que incluso le gustaría hacerlo, si no fuera porque su padre, que lo controla hasta extremos enfermizos, jamás se lo permitiría.
En cambio, el Departamento de Relaciones Públicas de la NHL lo abrazaría encantado.
Connor, con su encanto y su pinta de chico bueno, sería aceptado por los aficionados sin demasiado esfuerzo.
Y eso, a su vez, haría que los peces gordos de la liga también lo aceptaran.
Para ellos, todo vale si aumenta los beneficios.
Aun así, no significa que yo le recomendara hacerlo.
Los vestuarios de toda la liga se convertirían en un infierno para él.
Y los abucheos que recibiría sobre el hielo serían horribles.
En resumen, si esto saliera mal, él y yo nos enfrentaríamos a dos clases de infierno opuestas. Al menos, en su caso, todo el mundo lo quiere lo suficiente como para que siga cobrando.
Sí: estamos jugando con fuego, y este coqueteo en el que nos hemos metido es una idea pésima. Por desgracia, la manera en que me mira con esos ojos enormes cuando lo ayudo (sin que lo necesite en absoluto) a incorporarse del banco confirma que estoy condenado a seguir equivocándome.
El hechizo se rompe cuando se abren las puertas del gimnasio. Nos soltamos en cuanto entran dos chicas de nuestra edad, perfectamente peinadas y maquilladas. Connor da un paso atrás y se aparta de mí, entreteniéndose en quitar los discos de la barra.
—¿Hemos terminado? —pregunta al volverse hacia mí. La esperanza sigue ahí, pero habla más de las ganas de poner distancia con lo que estaba a punto de pasar que del deseo de que cedamos a ello.
—Sí. —Le lanzo una toalla para que se seque el sudor—. Hemos terminado.
—¡Molly! ¡Mira! —dice una de las chicas. La falsa sorpresa en su voz se nota a kilómetros—. ¡Es Connor Kennedy!
Connor me mira y me lanza una mirada que dice: tenemos que salir de aquí. No podría estar más de acuerdo.
Las dos se acercan despacio. La que ha hablado no aparta los ojos de Connor.
La otra me mira a mí, evaluándome, como si intentara decidir si merezco la pena.
Este tipo de chicas nunca sabe quién soy porque están demasiado obsesionadas con jugadores como Connor.
La verdad es que me resulta bastante gracioso.
Connor es el premio gordo de la liga para cualquiera de ellas que quiera echarle el guante.
Marca goles, juega siempre el All-Star y sale en los programas deportivos cada dos por tres.
Es fama y dinero instantáneos, que es, siendo sinceros, lo que este tipo de mujeres suele ir buscando.
La triste realidad es que, por lo general, les funciona.
Siempre que el jugador estrella al que persiguen no sea gay.
«Hoy no, chicas. Habéis venido a por los dos hombres más equivocados de toda la liga».
La que tiene los ojos clavados en Connor le desliza un dedo por el pecho.
—No sabíamos que estabais aquí.
—Venga ya —suelto yo, y Connor se sonroja.
Ella me ignora y da por hecho que el rubor es culpa suya.
—Soy una gran admiradora tuya —le dice—. Veo todos tus partidos.
—Gracias —responde Connor. Usa la toalla que le he dado para secarse el cuello, que vuelve a estar perlado de sudor. ¿Le ponen nervioso estas chicas? Sonrío. Es adorable.
—También tengo tu camiseta. Duermo con ella —le susurra al oído, sin el menor pudor, al ponerse de puntillas.
Casi me atraganto de la risa. Su amiga se da cuenta y me lanza una mirada asesina.
—¿Y tú quién eres? —me pregunta.
Connor da un paso atrás para poner distancia entre él y la chica que intenta echarle el guante. Luego me pone una mano en el hombro.
—Este es Gavin Marshal. Delantero de primera línea y capitán alterno de los Buffalo Blizzards.
—¡Oh! —dice la otra, iluminándose de pronto—. No me había dado cuenta.
—Entonces supongo que no duermes con mi camiseta —le digo con una sonrisa.
Esta vez es Connor quien apenas consigue contener la risa. La disimula mirando el reloj.
—Ha sido un placer conoceros, señoritas —dice—. Pero tenemos que irnos. Como podéis imaginar, tendremos una agenda bastante apretada mientras estemos aquí.
—Por supuesto —dice la chica interesada en Connor. Y, sin pestañear, añade—: Quizá podamos vernos luego. Podrías subir a mi habitación y firmarme la camiseta.
—Sí, Connor. ¿Por qué no vas a firmarle la camiseta? —le digo, dándole un codazo.
Me lanza una mirada, y al dilatarse sus fosas nasales se le arruga el puente de la nariz.
—Muy tentador —le dice a ella—, pero tengo que mantenerme concentrado.
Si quieres que te firme la camiseta, puedo hacerlo en el vestíbulo del hotel esta tarde, cuando volvamos del entrenamiento.
—Le sonríe—. Incluso podría firmárosla todo el equipo.
—Me da una palmada en la espalda y luego me empuja con tanta fuerza que, si yo fuera un hombre más pequeño, me habría estampado contra el suelo—.
Vamos, Marshal. O llegaremos tarde al desayuno.
Agito una mano hacia las chicas y les guiño un ojo.
—Adiós, chicas.
—Eres un capullo —dice Connor, ahogando una risa cuando llegamos a la puerta.
—Y a ti te gusta —respondo, poniéndole las manos en los hombros para empujarlo hacia fuera.
—Tienes razón. —Se sonroja otra vez—. Me gusta.
Y sí, como no consiga controlarme, voy a meterme en un problema muy serio .