SEIS
SEIS
Gavin
Al despertarme a la mañana siguiente, me concedo unos minutos para observar a Connor mientras duerme.
Me parece un lujo. Algo que no debería convertir en costumbre, aunque ya sé que será exactamente eso mientras sigamos compartiendo habitación.
Si tuviera un poco de juicio, pediría que me cambiaran de compañero en Milán.
Por desgracia, a estas alturas ya puedo admitir que no lo tengo.
Y también me inquieta la idea de que él termine compartiendo habitación con otra persona.
Es un pensamiento extraño, y no se me habría pasado por la cabeza antes de la conversación de anoche.
Pero estaría mintiendo si dijera que no me preocupa lo que algunos de nuestros compañeros podrían decir o hacer si descubrieran que Connor no es heterosexual.
A mí no me importa lo que digan de mí. Los que siempre me han preocupado son los peces gordos de la liga.
Los que pueden cargarse mi carrera. Gente como Kennedy padre, que lleva años buscando una excusa para deshacerse de mí.
¿Pero el acoso dentro del equipo? ¡Bah! Eso no me quita el sueño.
Hasta podría ser divertido ver cómo lo intentan.
Les enseñaría enseguida lo que significa eso de «El que busca, encuentra».
Eso no quiere decir que fueran a llevarse la misma lección si se metieran con Connor. Y, además, la parte del «encuentra» que les tocaría a ellos sería un castigo bastante desproporcionado.
Ese siempre ha sido mi problema. Tengo el instinto de venganza demasiado desarrollado.
Una necesidad enfermiza de corregir agravios que no sé controlar.
Me hierve la sangre. Pero también es lo que me convierte en el jugador más agresivo de la liga.
Me gusta defender a mi equipo. Me llena de orgullo.
No es el título de rey de los minutos de penalización lo que me hace sentir así, sino lo que esos minutos significan para mí: el tiempo que paso protegiendo a mis compañeros, haciendo cumplir el código del hockey.
Y, de paso, soltando un poco de toda la rabia que llevo dentro.
Connor ha despertado ese instinto en mí. Lo siento con una intensidad enorme, lo que todavía no me ha pasado con el resto del equipo. Ellos aún no se lo han ganado. Excepto Bouchard, que recibe trato preferente por ser de los Blizzards.
—Sé que me estás mirando —dice Connor desde el otro lado de la habitación, con los ojos todavía cerrados.
Me doy la vuelta y me froto los ojos.
—No, no lo sabes —respondo con una sonrisa.
—¿Vas al gimnasio? —pregunta con esa voz baja y somnolienta.
—Sí.
—¿Te importa si te acompaño?
Mi sonrisa se ensancha sin que pueda evitarlo. Giro la cabeza para mirarlo. Ahora es él quien me observa, aunque con los ojos entrecerrados, aún pesados de sueño.
—No me importa. Pero que sepas que ser guapo no va a hacer que te tenga compasión.
La penumbra de la habitación no basta para ocultar el rojo que le sube a las mejillas.
—No seas capullo.
—Te he hecho un cumplido. —Me río—. ¿Eso me convierte en un capullo?
—No deberías meterte conmigo tan temprano —dice, aunque esa sonrisa lenta que se le forma en la boca me dice otra cosa. Me dice que quizá le guste que lo provoquen por la mañana. Y no solo por la mañana.
—No te estoy provocando —me defiendo, incorporándome y dejando que las sábanas resbalen por mi pecho hasta caer sobre mi regazo.
—Ahora sí que me estás provocando. —Ni siquiera intenta disimular que me está mirando el pecho.
Repito las palabras de la primera noche que compartimos esta habitación.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sabes que sí.
—¿Ah, sí? —pregunto—. Aún no hemos hablado de qué tipo de hombres nos gustan. Igual prefieres osos, twinks o chicos muy femeninos. Puede que hasta veas Reinas del drag.
—¡No, por Dios! —exclama, y parece ofendido de verdad.
Me río de él. ¿Por qué es tan fácil burlarme de Connor? Y peor aún, ¿por qué es tan divertido?
—Capullo —repite, riéndose.
—Vamos —le digo, poniéndome en pie. Le tiendo la mano—. Anda.
Él me la coge, y yo tiro de él para sacarlo de la cama.
Connor
Puede que entrenar con Gavin esta mañana haya sido un error.
Para empezar, está tan fuerte que me distrae.
Cada vez que me enseña un ejercicio nuevo para hacerlo juntos, dejo de escuchar lo que dice porque me quedo embobado mirando cómo la tela de los pantalones cortos y la camiseta se le pega al cuerpo cuando se le tensan los músculos.
Lo cual es ridículo. No necesito que nadie me enseñe a levantar pesas.
Tengo mi propio entrenador en Chicago. A estas alturas, estoy convencido de que lo hace para torturarme.
Para que lo mire mientras se le marcan los muslos con cada sentadilla, mientras el pecho se le ensancha y se le contrae cada vez que levanta peso, mientras los bíceps se le ponen duros como piedras con cada repetición. Y yo se lo permito. Una y otra vez.
—¿Cuánto pesas? —me pregunta, arrancándome de mi estupor mientras lo veo cargar una barra con discos de diez kilos.
—¿Qué?
—¿Cuánto pesas? ¿Unos ochenta kilos? —pregunta, señalándome.
Buena estimación. Asiento.
—Más o menos.
Él sonríe y sigue colocando discos en la barra.
—Peso pluma.
—Lo siento —digo, riéndome—. No todos tenemos constitución de árbol. Ni juego en una posición donde me haga falta.
—«Ni juego en una posición donde me haga falta» —repite, riéndose y adoptando un gesto altivo de cabeza y hombros que en él resulta completamente ridículo—. ¿Siempre hablas como un aristócrata?
Le doy un codazo mientras me siento en el banco.
—¿Tú sabes siquiera lo que es un aristócrata?
—Sí. —Se ríe un poco más y el brillo travieso le enciende los ojos—. Es una forma elegante de llamar a los ricos que dicen cosas como «ni juego en una posición donde me haga falta» cuando intentan ganar una discusión.
No puedo evitar sonreír.
—Perdona. Algunos hemos evolucionado más allá del lenguaje primitivo de gruñidos y gemidos.
La picardía de sus ojos se vuelve de pronto algo más oscuro. Más audaz. Y a mí se me revuelve el estómago.
—No me pongas a prueba, Connor. Puedo hacerte gruñir y gemir en un santiamén.
Siento cómo se me encienden las mejillas, y él vuelve a sonreír mientras se humedece los labios. Luego me da un golpecito en la mejilla con el dedo.
—Me refería al press de banca, pero me gusta que tu cabeza haya ido por ahí.
Entrecierro los ojos. ¿Está flirteando conmigo?
—No te hagas el inocente. Sabías perfectamente cómo sonaba eso.
—Sí. —Señala la barra con una mano—. Que vas a gruñir y gemir mientras levantas esto. Vamos, Kennedy. No perdamos el tiempo.
Me tumbo en el banco y él se coloca junto a mi cabeza, ofreciéndome una vista perfecta de su cuerpo, desde la entrepierna hasta la barbilla.
Menos mal que ahora mismo lleva ropa. Aunque eso no i mpide que imagine lo bien que podríamos pasarlo en esta postura si no la llevara.
Son pensamientos que no debería permitirme.
Debería concentrarme en levantar estas pesas y, sobre todo, en prepararme para los Juegos Olímpicos.
Para eso estamos aquí. Estoy aquí para entrenar y ganar el oro, no para babear por el matón del equipo mientras pongo en práctica mis torpes habilidades de coqueteo.
Él coloca las manos cerca de la barra, listo para ayudarme cuando levante el peso. Luego me mira y sonríe.
—¿Disfrutando de las vistas?
—Que te den —digo, agarrando la barra. ¿Cómo es posible que me conozca tan bien?—. Uf. —Gruño mientras intento sacarla de los soportes.
—Buen gruñido —dice entre risas, ayudándome a bajarla hasta el pecho—. Ahora solo me falta el gemido.
—¿Cuánto le has puesto a esta cosa? —pregunto entre dientes mientras la empujo hacia arriba.
—Ciento sesenta kilos.
—¡¿Qué?! —exclamo mientras la bajo otra vez con ayuda de sus manos, que me guían en el movimiento. Gruñendo al levantarla de nuevo, añado—: Mi entrenador me hace levantar ciento veinticinco.
Me ayuda a bajarla hasta el pecho otra vez.
—Tu entrenador se equivoca. Deberías levantar el ochenta por ciento de tu peso corporal.
Suelto el aire mientras vuelvo a empujar la barra.
—No creo que tus cálculos estén bien. Eso me parece una barbaridad.
Se encoge de hombros.
—He redondeado.
—Capullo —murmuro mientras la bajamos otra vez. Me arden los músculos y siento que la presión me sube por todo el cuerpo.
—Dame una más —dice.
Respiro hondo y empiezo a empujar por última vez.
Un gruñido me retumba en el pecho y me sube por la garganta mientras hago fuerza.
Él vuelve a dejar la barra en los soportes sin aparente esfuerzo y luego me da una palmada en el hombro.
—Ya está —dice—. Te dije que podía hacerte gruñir.
Me río de él entre jadeos.
—Tiene que haber una forma más fácil de conseguirlo.
—Sí —dice, pero entonces se le borra la sonrisa—. Pero eso es algo que no deberíamos hacer.
La decepción me cae encima de golpe porque sé que tiene razón. Y hasta anoche eso podría haberse quedado sin decir. Pero ahora que los dos sabemos que el otro es gay y que explorar ese camino existe, al menos en teoría, oírlo en voz alta lo vuelve mucho peor.
Gavin
Mientras miro a Connor descansar sobre el banco, solo puedo pensar en que estoy jugando con fuego. Llevo toda la vida en el hockey y jamás he estado tan cerca de decir en voz alta quién soy de verdad. Joder, anoche fue la primera vez que le conté a alguien cómo fue mi infancia en Alaska.
La imagen que tiene la liga (y los aficionados) de mí ya me viene bien.
Un tío bruto y gruñón. Un chico blanco, pobre y salido de Alaska, ese sitio de mierda.
Así es como me ven, como me entienden y como me necesitan.
Descubrir que soy gay haría saltar esa imagen por los aires.
Lo cual es ridículo. Ser gay no cambia el hecho de que sigo siendo, efectivamente, un bruto gruñón.
Pero eso no encaja con el estereotipo de hombre gay que la sociedad ha decidido aceptar.
Incluso quienes más dicen apoyarnos suelen imaginarnos como tíos superficiales, delicados y afeminados.