CINCO #3
Me dejo caer contra el respaldo de la silla y me termino la zarzaparrilla.
Connor me mira como si estuviera tratando de decidir qué demonios se supone que debe decir. Tiene muchas opciones, y estoy seguro de que la mayoría son cosas que no quiero oír. Pero al final parece escoger una, porque sus labios se curvan en una sonrisa traviesa, aunque todavía teñida de tristeza.
—¿Eran varios tipos de cereales o te llegaste a zampar siete cajas de Cheerios?
Me atraganto, toso y luego me echo a reír. No era en absoluto lo que esperaba, y ya puedo decir que jamás volveré a contar esta historia, porque nadie va a mejorar esa respuesta.
Él se ríe conmigo, y la forma en que se le ilumina la cara es todo un espectáculo. Es como si esa pregunta hubiera disipado parte de la tensión que flotaba en la habitación; quizá incluso parte de la que lleva suspendida sobre Las Vegas desde que llegamos.
Me meto una patata frita en la boca y lo miro.
—Eran Froot Loops —digo—. Y su olor todavía me da ganas de vomitar.
Asiente con solemnidad.
—Tomo nota.
—Gracias. Te lo agradezco. —Sigo comiendo y, entre bocado y bocado, levanto una ceja—. Te toca.
Se limpia la boca con la servilleta.
—¿Cómo que me toca?
—Tú ya sabes algunas cosas sobre mí. Ahora cuéntame algo sobre ti.
—Oh. —Se inclina un poco hacia delante—. ¿No tienes ningún otro trauma relacionado con cereales que quieras compartir?
—Hoy no. —Me río, aunque después de todo lo que acabo de contar me siento un poco demasiado expuesto—. Pero recuérdame que algún día te explique por qué odio los Krispies. Ahora, por el amor de Dios, dime algo de ti.
Mira por la ventana mientras se lo piensa.
Aprovecho para observar cómo arruga la nariz cuando reflexiona.
Tiene una nariz bonita, perfectamente centrada en la cara.
O nunca se la han roto o tiene un cirujano plástico excelente.
He visto a su madre. Podría ser la segunda opción, aunque ella empieza a parecerse sospechosamente a un lagarto.
Vuelve a mirarme.
—Esto es mucha presión.
Le sonrío mientras sigo devorando las patatas.
—¿Por qué?
Se inclina otra vez hacia mí.
—¿Has tenido alguna vez una prueba para entrar en un equipo y que el chico que salió antes lo hiciera tan bien que te dejara completamente fuera de combate?
¿Ese momento en el que supiste que, por mucho que te esforzaras, nunca podrías compararte con el tío que acababa de clavar un gol perfecto desde la parte alta del círculo?
—¿Me estás diciendo que mi trauma infantil puede compararse con uno de tus goles milagrosos?
—Cállate —dice, riéndose—. Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Sí. A que estamos compitiendo para ver quién tiene la vida más jodida.
Me mira con los ojos entrecerrados.
—Siempre estamos compitiendo. No pongas cara de sorprendido.
Connor
Ahora es él quien me mira con los ojos entrecerrados.
—No hace falta competir por esto —dice. Luego añade, con un guiño—: Además, no tienes ninguna posibilidad.
Me recuesto en la silla y me río un poco más.
Me inquieta que sigamos soltando carcajadas incluso después de que él haya compartido algo así conmigo.
Supongo que será verdad eso de que la risa es la mejor medicina.
Pero debajo de esa risa sé que hay algo más.
Quiero saberlo todo. Y odio quererlo. Odio que haya conseguido dejarme ver algo de él que normalmente permanece oculto.
Era mucho más fácil ignorar mi atracción cuando solo éramos rivales.
Cuando no alcanzaba a ver destellos de quién es de verdad ni de lo que hace que esos ojos marrones, tan profundos, parezcan llenos de algo oscuro e insondable.
Al final, cuando por fin dejamos de reír y vuelvo a poder respirar, ladeo la cabeza y lo miro.
—Deja de pensártelo tanto —dice, dándole otro mordisco a su hamburguesa—. No vas a librarte.
No. Supongo que no. Noto cómo la sangre vuelve a subirme a las mejillas mientras intento encontrar la forma de decir lo que llevo tanto tiempo callándome. Eso que siempre he querido decir en voz alta y que mi padre me ha dejado clarísimo que debe permanecer enterrado.
—Estamos esperando.
—Oh. —Miro alrededor de la habitación—. ¿Hay público?
—Sí —insiste Gavin, mirándome fijamente—. Suéltalo.
Trago saliva. Siento como si el estómago se me hubiera desplomado hasta el suelo. Nunca he dicho esto en voz alta, y Gavin es la última persona a la que debería decírselo. ¿Cómo se supone que voy a saber si puedo confiar en él?
—Vamos, Connor. Es lo justo.
No aguanto más la presión de su mirada.
—Soy gay —susurro por fin.
Se ilumina como el Luxor de Las Vegas. Me señala.
—¡Lo sabía, joder! —grita, aplaudiendo.
Me quedo boquiabierto y levanto las cejas.
—¿Qué?
—Nunca me equivoco —dice, negando con la cabeza.
Recobro la compostura y lo miro fijamente.
—¿Nunca te equivocas en qué? —pregunto, mientras el corazón me golpea el pecho como un martillo.
Porque, hasta donde yo sé, la mayoría de los hombres heterosexuales no se dedican a especular sobre esto.
Y ha habido varios momentos en los últimos dos días que me han hecho preguntarme ciertas cosas sobre él.
Momentos que se parecían muchísimo al coqueteo.
Me sostiene la mirada.
—En quién es gay y quién no.
—¿Y por qué te interesa tanto? —pregunto, arqueando una ceja.
Se encoge de hombros y se mete en la boca el último trozo de hamburguesa.
—Porque siempre ando buscando a alguien que quiera que lo empotre contra la valla, ya me entiendes.
Se me seca la boca. Porque sí, lo entiendo. Y también puede que haya fantaseado con ello.
—¿Lo has hecho? —le pregunto.
—¿Que si he hecho qué?
—¿Has empotrado a alguien de la liga contra la valla?
—Sí —dice con una risa—. A todos.
—No así, idiota. Como acabas de insinuar.
Niega con la cabeza.
—No.
—Entonces no hay nadie más como nosotros.
—Puede que sí. —Se encoge de hombros—. He notado ciertas vibraciones aquí y allá, pero nadie me ha dado un sí definitivo ni ha sido sincero al respecto.
Pongo los ojos en blanco. Me siento derrotado de una forma inexplicable.
—Entonces, nadie es tan obvio como yo.
—No eres obvio.
No le creo para nada.
—De verdad, Connor. Lo ocultas bien. Pero no puedes ocultármelo a mí.
—Genial —digo, dejándome caer contra el respaldo—. No se lo digas a mi padre, a menos que quieras sacar tajada. Al único hombre con el que he estado le pagó generosamente para que mantuviera la boca cerrada.
La expresión de Gavin se vuelve dura. Aprieta los labios y en sus ojos se enciende una rabia feroz.
—Tu padre es un auténtico cabrón.
—Siendo justos, solo le pagó porque el tipo me estaba chantajeando con un vídeo que grabó de nuestra aventura de una noche.
Gavin gruñe y niega con la cabeza.
—Retiro lo dicho. Tú ganas. Esto es mucho más jodido que mi trauma con los cereales.
Se me forma un nudo en la garganta que trato de tragar mientras le ofrezco una sonrisa triste.
—Solo porque no puedo decir que me estuviera comiendo un bol de Frosties mientras mi padre le extendía el cheque a ese imbécil.
Eso consigue suavizarle la expresión. Respira hondo.
—Supongo que no tienes a ningún novio esperándote en Chicago.
—Claro que no —respondo, soltando una risa que devuelve algo de luz a la habitación y hace que él también se relaje.
Aun así, lo que acaba de decir hace que el corazón me dé un vuelco.
Tal vez no soy el único al que se le revuelve el estómago cuando imagina que el otro tiene a alguien.
De repente, aquella llamada de antes vuelve a parecerme todavía más intrigante. Tuerzo los labios hacia un lado.
Él asiente levemente.
—¿Qué significa esa cara?
Ladeo la cabeza, sin dejar de mirarlo. Ahora tengo que saberlo. ¿A quién le estaba asegurando que no lo estaban avergonzando? ¿Era otro hombre? ¿Tiene un novio secreto al que no le da miedo reconocer? Ahora me corroe incluso más que cuando pensaba que hablaba con una mujer.
—¿Puedo preguntarte otra cosa?
—Hemos llegado demasiado lejos. Dispara.
Me seco las manos en el pantalón. Están sudorosas.
—No era mi intención escuchar antes, pero… no pude evitarlo.
Se recuesta y cruza una pierna sobre el muslo.
—Supongo que es lo que pasa cuando compartes un espacio tan pequeño. Aquí no hay mucha privacidad.
—Desde luego que no —respondo, y respiro hondo antes de lanzarme—. ¿Era tu novio a quien intentabas convencer de que fuera a Milán?
Se echa a reír.
—¡Por Dios, no! —dice—. Estaba hablando con mi padre.
—¡Oh! —Levanto las cejas y noto que las mejillas vuelven a encendérseme.
Se inclina sobre la mesa y me aprieta la mejilla derecha con el pulgar, áspero y calloso.
—Eres muy mono cuando te pones nervioso. Lo sabes, ¿verdad?
No, señor. No lo sabía .