CINCO #2
—Sé que nunca quieres que te dé dinero, pero déjame invitarte a esto… Está bien. Dime al menos que te lo pensarás.
Vale. Así que hay alguien en su vida. Alguien a quien quiere llevar a los Juegos Olímpicos para que nos anime.
Lo cierto es que nunca he oído que tenga a nadie.
Incluso lo he buscado, aunque puede que Gavin sea lo único que no aparece en Google.
Frunzo otra vez el ceño. Vale, quizá lleve enamorado del rey de las sanciones desde hace tiempo. ¡Que me parta un rayo!
—Lo siento —dice Gavin, esta vez dirigiéndose a mí cuando sale del baño. Se quita las zapatillas y se sienta en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero—. ¿Has hecho el pedido?
Lo miro y asiento.
—Sí. No debería tardar —digo.
—Gracias —responde con un leve gesto de cabeza, mientras cruza los tobillos y levanta los brazos para colocarlos detrás de la nuca.
El movimiento le sube un poco la camiseta y deja a la vista unos centímetros de abdomen, junto con un rastro de vello oscuro que me entran ganas de seguir hasta encontrar el premio.
Me mira con una ceja arqueada.
—¿Necesitas algo, Connor?
Joder. Me arden el pecho y las mejillas. Me ha pillado mirándolo fijamente. Y ahora me mira como si supiera perfectamente que me gusta lo que veo. Capullo engreído.
Por suerte, un golpe en la puerta me salva. Salto de la cama y corro a abrir para que el botones entre con la comida.
Gavin
Me hace gracia lo fácil que resulta poner nervioso a Connor.
Parece un flan mientras se apresura hacia la puerta.
Me pregunto si ese rubor se le extiende por todo el cuerpo o si se le queda atrapado solo en las mejillas.
Yo apostaría a que le prende en todas partes.
A que el pecho se le tiñe de rosa y se le pone caliente.
Si no fuera mi compañero de equipo, me tentaría averiguar hasta dónde le sube el color cuando está a punto de correrse.
Si fuera temporada baja, si lo hubiera conocido en un lugar que no tuviera nada que ver con el hockey y fuéramos dos desconocidos, haría todo lo posible por descubrirlo.
Dudo que me costara demasiado. Como ya he dicho, siempre me ha lanzado señales directas a mi radar gay.
Me pregunto si ocultarlo es cosa suya o de su padre.
Lo más probable es que sea de su padre. Aunque, claro, también podría ser una decisión propia.
Al fin y al cabo, quién soy yo para juzgar.
Yo tampoco voy por ahí proclamando que soy gay.
Pero, en mi caso, no se trata tanto de esconderlo como de dejar que la gente saque sus propias conclusiones y no molestarme en corregirlas.
Así mantengo el asunto fuera de foco. Y, sinceramente, no quiero ese tipo de atención.
No es asunto de nadie hasta que yo decida que lo sea.
Con los demás funciono igual. Si Connor quiere convertirlo en asunto mío y confirmar lo que sospecho, es cosa suya.
Yo no voy a presionarlo. Además, no es que satisfacer mi curiosidad sobre el color que le toma la piel cuando alguien se lo folla vaya a ayudar mucho a preparar al equipo para los Juegos Olímpicos.
Meter ese nivel de tensión en nuestra dinámica solo serviría para complicarlo todo cuando toque volver a la temporada regular.
Siempre acabo encariñándome con mis compañeros, incluso con los que apenas aguanto, y adoptando ese papel de protector del grupo que algunos dicen que me tomo demasiado en serio.
Añadir deseo sexual a la mezcla solo puede acabar en desastre.
Pero, joder, la tentación está ahí. La idea de conseguir que un chico bueno haga cosas malas (siendo yo esa cosa mala) me pone muchísimo.
Así que, en vez de pensar demasiado en ello, me dedico a observar cómo el chico bueno en cuestión coloca la comida sobre la mesita redonda junto a las ventanas, con vistas a la avenida.
Lleva la sudadera con capucha y el pantalón de chándal del equipo de Estados Unidos, igual que yo, aunque a él le quedan mejor.
Ese pelo dorado, demasiado oscuro para ser rubio y demasiado claro para ser castaño, y esos ojos azules son exactamente lo que todo el mundo imagina cuando piensa en un atleta olímpico estadounidense.
Desde luego, no imaginan a alguien como yo: alto, corpulento, de pelo oscuro y ojos todavía más oscuros, cargados de melancolía.
Connor parece amable, accesible. Yo parezco el portero menos querido de la discoteca a la que todo el mundo quiere entrar y a la que a nadie dejan pasar.
—La comida está lista —dice Connor, sentándose y volviéndose hacia la televisión, donde vuelven a mostrar la furia de su padre al enterarse de que me han nombrado capitán alterno.
Si el entrenamiento no hubiera sido a puerta cerrada, sospecharía que fue él mismo quien filtró la noticia de la pelea.
Ese hombre siempre me ha odiado. Un altercado dentro del equipo es justo el tipo de cosa que le encantaría usar en mi contra.
—Gracias, cariño —le digo, guiñándole un ojo.
Mi burla obtiene su recompensa con otro rubor en sus mejillas. Y eso ha sido un error, porque ahora me entran ganas de besarlo y sentir el calor de su piel encendida bajo mis labios.
—Vete a la mierda —dice, aunque luego me dedica una sonrisa burlona—. Lo has pagado tú.
—Capullo. —Me río mientras me siento y levanto la tapa de mi comida.
Tiene una pinta increíble, y las patatas fritas todavía sueltan vapor. Cojo una y me la llevo a la boca. Luego abro la cerveza que venía con el plato y se la paso a Connor antes de destapar mi zarzaparrilla.
—Gracias —dice—. ¿Seguro que no te importa?
Niego con la cabeza y doy un mordisco a mi hamburguesa. Noto que Connor me observa desde el otro lado de la mesa.
—Pregunta —le digo mientras trago—. Sé que te mueres de ganas.
Se muerde el labio inferior.
—No quiero meterme donde no me llaman.
—No vas a hacerlo. —Me encojo de hombros—.
Estamos encerrados aquí juntos. Más vale que nos conozcamos un poco.
—Además, eso funciona en las dos direcciones.
Tarde o temprano, sus secretos acabarán saliendo a la luz y pienso disfrutarlos—.
Y esa mierda de ahí va a quedarse vieja enseguida. —Señalo la televisión con la barbilla.
—Eso sí es verdad —dice con una risa, y luego da un sorbo a su cerveza. La deja sobre la mesa y me mira con el ceño levemente fruncido—. Sé que no es asunto mío, pero… ya sabes.
—Beber forma parte de la cultura del hockey.
—Por algo los aficionados que ayudan a mantener limpia la pista la llaman «liga de la cerveza».
Doy otro mordisco a mi hamburguesa y lo observo mientras mastico.
—Quizá habrían llegado a ser algo más que encargados del hielo si hubieran dejado la bebida.
— Touché. —Sonríe—. ¿Eso fue lo que hiciste tú?
—No. Yo siempre me he mantenido lejos de eso.
—¿Nunca has bebido?
—Sí. —Doy un largo trago a mi zarzaparrilla y veo cómo me sigue la nuez con la mirada mientras trago—. Pero, cuando creces donde lo hice yo, el alcohol pierde muy pronto su encanto.
—Ah —dice, mirándome como si ya se arrepintiera de haber preguntado.
Decido facilitarle la salida.
—Es algo bastante típico en Alaska. Estamos acostumbrados.
Sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.
—Yo diría que el alcoholismo no es exclusivo de Alaska.
—No. —Me río—. No lo es. Pero beber hasta morir porque tu novio o el padre de tu hijo se pasa tres semanas al mes en un barco pesquero… eso sí que es bastante específico de Alaska.
Las palabras me salen disparadas antes de que pueda detenerlas. Trago saliva y lo miro fijamente.
Él arquea las cejas y se queda tan pálido que parece un fantasma.
Me recuesto en la silla, apoyando el codo en el reposabrazos. Eso sí que le ha borrado la sonrisa de la cara. Nunca le he contado esta historia a nadie del mundo del hockey , y no sé si de verdad quiero empezar ahora. Pero Connor me está mirando como si fuera a desintegrarse si no continúo.
Me limpio la boca con la servilleta y doy otro trago al refresco.
—No todo es malo —digo al final, decidiéndome a seguir—. Si mi madre no se hubiera matado bebiendo, yo nunca habría jugado al hockey.
Connor pasa oficialmente a ser un cadáver.
Joder. Por eso no le cuento estas cosas a la gente. Siempre reaccionan como si se hubieran muerto ellos. O peor: se les pone esa expresión de compasión que me entran ganas de partirles la cara.
—Tu madre… murió… —dice con la voz quebrada.
Le lanzo una mirada seria.
—Eso es lo que acabo de decir, ¿no?
—Sí, pero… esperaba que lo dijeras en sentido figurado.
—En fin. —Respiro hondo. Ya no hay vuelta atrás—. Como te decía, se mató bebiendo mientras mi padre estaba trabajando en un pesquero. Los detalles son un poco confusos, porque yo tenía cinco años.
Se queda con la boca entreabierta, y yo tengo que contener la risa. La situación es absurda. Pero al menos no se inclina sobre la mesa para decirme cuánto lo siente.
Le señalo la cerveza con la barbilla, animándolo a que beba un poco. Va a necesitarla si pretende sobrevivir a la siguiente parte.
Cuando traga, continúo:
—Mi padre volvió un día y me encontró solo en el salón del apartamento, rodeado de cajas de cereales vacías, y a mi madre inconsciente en su dormitorio. Nadie supo decir cuánto tiempo llevaba muerta, pero calcularon que unos tres días.
Abre la boca para hablar.
Lo señalo con un dedo.
—Ni se te ocurra. Estoy bien y no quiero tu compasión.
Fue hace mucho tiempo y, al final, todo salió más o menos bien.
Mi padre y yo dejamos ese apartamento y nos fuimos a vivir con una tía abuela suya, para que pudiera cuidarme cuando él salía al mar; algo que, a partir de entonces, hizo con menos frecuencia y durante menos tiempo que cuando mi madre vivía.
Significaba menos dinero, pero nos teníamos el uno al otro.
Fue entonces cuando empezó a llevarme a la pista de hielo del pueblo, y entre él y su tía abuela me enseñaron a patinar.
Pensaron que sería bueno para mí, y tenían razón. El resto ya te lo puedes imaginar.