CINCO
CINCO
Connor
Lo único que viaja más rápido que un disco de hockey sobre el hielo es el cotilleo.
Es lo que se me pasa por la cabeza mientras veo ESPN después del entrenamiento, sentado en la habitación de hotel que comparto con Gavin.
El panel de analistas deportivos está hablando de la «pelea no confirmada» que, según les ha llegado, ha estallado hoy durante la práctica.
Nadie sabe cómo se han enterado, porque el entrenamiento era a puerta cerrada y, probablemente, seguirá siéndolo hasta que aprendamos a comportarnos como un grupo de hombres civilizados.
A mí ya me va bien. Cuanto más tiempo consigamos mantener a mi padre lejos de la pista, mejor.
No es que no se haya enterado de la pelea.
Lo sabe, y no ha dejado de llamarme desde que subimos al autobús de vuelta al hotel.
Ahora mismo no me veo capaz de contestarle, y sé que más tarde me pasará factura.
Pero no confío en mi capacidad para no decirle algo que no debería, así que sigo enviando sus llamadas directamente al buzón de voz.
Sin embargo, no puedo esquivarlo del todo, porque ahora mismo está saliendo por televisión.
Aparece de pie en la sala de reuniones del equipo de este hotel, junto al entrenador Chris y su cuerpo técnico.
La noticia de la pelea ha salido justo a tiempo para el resumen vespertino de todos los canales deportivos.
Los reporteros del plató están deseando analizar hasta la última palabra de lo que Chris tenga que decir sobre el entrenamiento de hoy.
Cuando llegamos, las cámaras y los periodistas ya estaban apostados en el hotel.
—Miren —dice el entrenador Chris—, aquí hay muchas celebridades. Harán falta unos cuantos entrenamientos para que todos se acostumbren a compartir el hielo y el protagonismo. No estamos más que lidiando con la dificultad de reunir a las superestrellas de cada equipo.
—¿Y qué hay de los rumores de que anoche todos estuvieron de fiesta? —pregunta un periodista fuera de cámara.
El entrenador niega con la cabeza y se ríe.
—Estamos en Las Vegas, no en el Vaticano, y todo el mundo quiere divertirse un poco.
Pero hemos establecido un toque de queda que confiamos en que todos respeten a partir de ahora.
—Consulta su reloj y luego mira por encima de un hombro a su equipo.
Al otro lado está mi padre, de pie, con la espalda tiesa y los brazos cruzados.
Luego se vuelve otra vez hacia los periodistas fuera de cámara—.
Ahora, si me disculpan, mi equipo y yo tenemos que hablar del entrenamiento de mañana.
—¡Una pregunta más! —grita un periodista.
El entrenador se detiene y espera. De pronto me doy cuenta de que estoy tan inclinado hacia delante en la cama que estoy a punto de caerme.
Me echo un poco hacia atrás y noto cómo se me acelera el corazón.
Por algún motivo, me asusta lo que ese periodista está a punto de preguntar.
A mi padre también, por lo visto: ha entornado los ojos y mira con fijeza a quienquiera que esté hablando fuera de plano.
—¿Es cierto que ha elegido a Gavin Marshal como capitán alterno?
Me muerdo el labio inferior mientras observo cómo la ira le cruza el rostro a mi padre.
Dudo que nadie más lo perciba, pero yo sí.
A mí no se me escapa esa mínima grieta en su actitud estoica: el instante en que las aletas de la nariz se le ensanchan y la mandíbula se le tensa antes de volver a cerrar el gesto y convertir la cara en una máscara impenetrable.
Una leve sonrisa me curva los labios. En teoría, no debería alegrarme tanto de que el nombramiento de Gavin como capitán alterno lo haya enfurecido.
Sé que nada bueno va a salir de esto, pero aun así siento que he ganado algo.
Él no quería a Gavin en el equipo; que haya conseguido la «A» debe de haberle sentado como una bofetada en plena cara.
Quizá esperaba que Gavin provocara la pelea para poder usarlo como excusa y echarlo del equipo.
—Es cierto —responde el entrenador Chris, con un matiz de orgullo en la voz—. Gavin Marshal ha demostrado hoy madurez y capacidad para mantener la calma bajo presión.
—¿No ha sido él quien provocó la pelea?
—No —dice el entrenador Chris con un tono que no deja espacio para ninguna pregunta más.
La emisión vuelve al estudio, donde los analistas empiezan a destriparlo todo otra vez.
—¿De verdad cree alguno de nosotros que el rey de los minutos de penalización será capaz de mantener la calma bajo presión?
Todos se ríen en el plató.
—Ni de broma —dice uno de ellos—. Es más probable que el entrenador haya nombrado a Marshal capitán alterno para castigar al resto.
—No lo sé —dice otro—. Lleva la «A» de los Blizzards. Quizá pueda hacer el mismo trabajo aquí.
—No veo cómo —interviene un cuarto—. No hay ni un solo jugador en ese equipo al que Marshal no haya dejado estampado contra el hielo.
La pantalla cambia a un montaje con las jugadas más violentas de Gavin Marshal.
Una de ellas es contra mí, cuando jugábamos el uno contra el otro el día en que se anunció la alineación de este equipo.
En otra, literalmente lanza a mi alero derecho por encima de la valla y lo devuelve a nuestro banquillo.
Oigo el pitido de la puerta al desbloquearse y, al volverme, veo a Gavin entrar. Se queda apoyado en ella cuando se cierra.
—¿Qué tal por ahí? —le pregunto.
—Un desastre —responde, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones de chándal. Ha vuelto demasiado pronto y no está sudado, así que supongo que la carrera que dijo que iba a salir a hacer nunca llegó a producirse—. Este sitio está plagado de periodistas. No podemos ir a ninguna parte.
—¿Cómo se han enterado de la pelea?
Se aparta de la puerta, cruza la habitación hasta el escritorio y se deja caer en la silla.
—Y yo qué cojones sé. —Coge el menú del servicio de habitaciones y lo sacude en el aire—. ¿Tienes hambre? Esta noche no hay forma de que podamos comer tranquilos en ningún sitio.
Asiento. Me muero de hambre. No he comido nada desde el almuerzo y salir de la habitación me da pánico.
Suena su teléfono y contesta.
—Hola —dice—. Dame un segundo. —Se aparta el teléfono de la boca, lanza el menú al borde de mi cama y señala el aparato antes de echar a andar hacia el baño—. Tengo que coger esta. ¿Puedes pedirme una hamburguesa?
—Sí —asiento—. ¿Algo de beber?
—Zarzaparrilla, si tienen.
—¿No te apetece una cerveza después del día que hemos tenido? —le pregunto con una sonrisa, porque a mí ahora mismo me parece una idea excelente.
Él niega con la cabeza.
—No bebo.
Interesante.
—Pero no dejes que eso te impida tomarte una a ti —añade, antes de cerrar la puerta del baño.
Empiezo a mirar el menú. Son todas las típicas opciones básicas del servicio de habitaciones, así que me decido por una hamburguesa, por simplificar. Estoy a punto de coger el teléfono para hacer el pedido cuando me distrae la voz de Gavin al otro lado de la puerta.
Por falta de una palabra mejor, parece una conversación amistosa. No debería escuchar a escondidas, pero no puedo evitar la curiosidad.
—Perdona por no haber llamado antes —dice Gavin—.
He estado intentando encontrar un poco de privacidad, pero con tanto periodista no hay un solo sitio decente.
—Hace una pausa—. Estoy bien —añade con una risa—.
Aunque parezca increíble, fui el único que no soltó un puñetazo…
Lo sé. Quién lo diría, ¿eh? —Su risa se aligera todavía más.
Está claro que la persona con la que habla es alguien con quien puede relajarse.
Se me tuercen los labios. El tono de esa conversación suena al que tendría alguien que habla con su novia.
Puede que no esté tan solo como yo pensaba.
Eso debería alegrarme, y en parte lo hace.
No quiero que esté solo. Pero la parte egoísta de mí, esa que ya debería saber que no sirve de nada suspirar por un chico heterosexual, se siente fatal.
Me aprieto las sienes con las palmas. Esto es una estupidez.
No necesito enamorarme de este hombre. De un hombre al que, si no fuera porque compartimos equipo olímpico, me encantaría seguir machacando el resto de la temporada y en las eliminatorias.
Volveríamos a ser rivales, no compañeros de equipo ni capitanes durante un puñado de semanas.
Y, desde luego, no compañeros de habitación.
De eso va este estúpido enamoramiento que me ha dado.
Compartimos espacio, y eso para mí es extraño.
Me descoloca. Él sigue siendo mi rival, aunque estas próximas semanas tengamos que trabajar juntos.
Y sé que, cuando termine febrero y volvamos a casa con nuestras medallas de oro colgadas al cuello, este breve destello de afecto que siento por el rey de las sanciones de la liga no habrá sido más que eso: un destello.
—¿Connor? —le oigo decir. Estoy a punto de responder, hasta que caigo en que sigue dentro del baño. Se me calientan las mejillas al comprender que está hablando de mí. Aguzo el oído.
—Es un buen chico… Agradable, la verdad. Nada que ver con el gilipollas de su padre.
¿Es una sonrisa lo que se cuela en su voz? No seas idiota, Connor. No está sonriendo. Está sentado en el váter, escondiéndose de ti con el teléfono para tener esa privacidad que tú no le estás dando.
Sacudo la cabeza para despejarme, cojo el teléfono de la habitación y pulso el botón del servicio de habitaciones. Cuando contestan, hago nuestro pedido. Después intento volver a concentrarme en ESPN en vez de seguir pendiente de la conversación de Gavin. No hay manera.
—¿Has averiguado si puedes venir a Milán?
Giro la cabeza hacia la puerta. ¿Con quién cojones está hablando?
—Me gustaría que vinieras. Creo que podría estar bien.
Fuerzo el oído, como si de pronto pudiera utilizar algún tipo de superpoder.
—No me están avergonzando. Pero entenderé que no puedas venir.
¿Vergüenza? ¿Qué cojones? Nada de esto tiene sentido, y lo único que consigue es dejarme con más preguntas.