La regla Kennedy CUATRO #3
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CUATRO #3

Echo un vistazo alrededor. Nadie, ni siquiera el entrenador, parece en condiciones de reanudar el entrenamiento. Estiro el palo hasta la valla y recojo otro de los discos desperdigados.

—¿Crees que podrías repetirlo si voy detrás de ti?

Se muerde el labio inferior y lanza una mirada rápida alrededor.

Parece estar calculando si el entrenador podría echarnos la bronca por esto.

Claro que le preocupa. Apostaría a que Connor no ha desobedecido a nadie en toda su vida.

No es que esto llegue a ser una falta, pero hay algo en esa preocupación que me resulta tan irritante como enternecedor.

Patino a su alrededor, guiando el disco delante de él. Lo miro fijamente mientras muevo el palo entre las manos.

—Un auténtico capitán no dudaría en tomar el mando ahora mismo —le digo, a modo de desafío.

Me mira con fastidio, pero enseguida se le dibuja una sonrisa. Sin dejar de sostenerme la mirada, aparta el disco de mi alcance y sale disparado.

—¡Pequeño cabrón! —le grito antes de lanzarme tras él, aunque ni siquiera llego a acercarme. Envía el disco directo a la portería.

—¡Presumido! —grita Bradley, chocando las manos con varios del equipo, que bastante tienen con mantenerse en pie.

La satisfacción se borra de la cara de Connor en el acto.

Si estuviéramos en un partido de verdad, aprovecharía para empotrar a Bradley contra la valla por hablarle así a nuestro capitán.

Siempre ha sido uno de mis blancos favoritos cuando nuestros equipos se cruzan en temporada.

Es un bocazas. Se pasa los partidos enteros soltando pullas e insultos.

De ese tipo de jugador que desquicia al rival y le vacía la cabeza no por cómo juega, sino por cómo habla.

—Llegar al entrenamiento preparado para jugar no es presumir —le digo a Bradley. Él me dedica una peineta, aunque se le nota un punto de vergüenza. Recojo otro disco con el palo y se lo paso a Connor. Él me lo devuelve, y empezamos a intercambiarlo entre nosotros.

—¿Otra vez? —lo reto en cuanto lo recupero.

Él levanta el palo.

—¿Estás intentando compensar algo?

—Estoy intentando sudar un poco. —Señalo toda la pista con el palo y finjo un bostezo. Luego alzo la voz—. Está claro que aquí no hay nadie más con ganas de aceptar un reto.

—En serio, ¿cómo he acabado en un equipo con los dos mayores gilipollas de la liga? —dice Bradley.

—Oye —lo empuja Bouchard—. ¿A quién llamas gilipollas?

—¡A tu chico! ¡A él! —grita Bradley, y le devuelve el empujón.

—¡Pues yo creo que el gilipollas eres tú! —Bouchard vuelve a empujarlo, y esta vez lo envía al hielo.

Connor suelta el palo y se acerca patinando, con los brazos abiertos a ambos lados, intentando separarlos.

—¡Aparta, niño bonito! —Bradley le da un empujón. Connor logra mantener el equilibrio, pero eso basta. En un segundo, la pista entera se convierte en una pelea absurda en la que todos reparten y reciben golpes por igual.

Yo me quedo quieto, apoyado sobre el palo.

El espectáculo es digno de ver, y normalmente este tipo de broncas son de mis favoritas.

Pero hoy, con todos mis supuestos compañeros metidos en ella, me parece ridículo.

Hay algo en esta pelea, y en la violencia que se les sale por todos los poros, que me hace pensar que aquí hay algo más que una simple resaca compartida.

El ambiente está cargado de resentimiento, de viejas cuentas pendientes.

Incluso Connor está recibiendo golpes, y eso no me parece bien.

Sí, durante los partidos suelo dedicarme a bajarlo del pedestal.

Pero esto es distinto. Esto tiene algo más mezquino, y verlo así me revuelve.

Estoy a punto de patinar hacia ellos para intentar separarlos cuando, por fin, el entrenador hace sonar el silbato.

—¡Ya basta! —grita por encima del alboroto.

Aparta a Connor del tumulto con un gesto de cabeza y luego se gira hacia el resto—.

¡Se supone que sois un equipo y os estáis comportando como una panda de críos!

—Patina alrededor del grupo y se detiene a mi lado—.

¡A las duchas! ¡Se acabó por hoy! —Me da una palmada en el hombro mientras todos, Connor incluido, se alejan sobre el hielo con cara de niños regañados—.

¡Una cosa más! —añade, recuperando su atención—.

Aseguraos de felicitar a vuestro nuevo capitán alterno.

Marshal es el único adulto que hay aquí.

Nadie, salvo Bouchard, parece alegrarse de la noticia. Él se acerca a toda velocidad y me planta un abrazo sudado, levantándome unos centímetros del hielo.

—Con cuidado, amigo —le digo con sorna—. No vayas a lesionarte.

—Que te jodan —responde entre risas, y me suelta un puñetazo amistoso en el brazo con el guante.

—Por cierto, buen tiro contra Warren —le murmuro, inclinándome hacia él.

—Ese tío es un gilipollas integral. No me puedo creer lo mucho que me emborraché anoche con él.

—Deberías haberte ido a dormir cuando te lo dije.

—Y tú deberías haber salido conmigo. —Me dedica una sonrisa burlona—. Igual era nuestra última oportunidad de echar un polvo ahora que estamos enclaustrados.

—Creo que sobreviviré.

—Yo no —dice, alejándose ya patinando.

—Enhorabuena. —Connor aparece a mi lado.

Se está frotando la mandíbula, que empieza a amoratarse.

Debió de llevarse un golpe en plena cara durante la pelea.

No voy a decir que el moratón le favorezca, porque no sería verdad, pero sí le da un aire más áspero.

Hay algo extrañamente estimulante en verlo menos impecable de lo habitual.

Me da una palmada en el hombro—. Te mereces esa «A» —dice—.

Quizá incluso más de lo que yo merezco ser capitán.

—No me tientes a quitártela —le digo mientras se aleja patinando.

Y podría hacerlo. Sería fácil. Pero entonces, ¿qué sería yo? Alguien que no es mejor que su padre.