La regla Kennedy CUATRO #2
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CUATRO #2

Sabía, por supuesto, que no tenía nada que ver conmigo. Pero incluso ahora, mientras cargo en la máquina otra serie de discos de veintitrés kilos para hacer sentadillas, me pregunto si debería haber insistido un poco más. O si, directamente, habría sido mejor no volver a la habitación.

Lo cual es absurdo. Además, no tenía alternativa. Tengo que dormir en alguna parte y, por mucho que todos crean saber quién soy, sigo prefiriendo una cama a cualquier suelo. Ya no soy aquel crío salvaje de Alaska. Ahora soy un hombre civilizado, al fin y al cabo.

Connor

Soy el primero en llegar a la sala de conferencias que el equipo ha reservado para desayunar, reunirse y ver vídeos.

No es el lugar ideal, pero han hecho un buen trabajo para volverlo funcional.

Hay tres filas de mesas rectangulares con sillas, aunque apostaría lo que fuera a que, a lo largo de la semana, acabaremos rompiendo la mayoría.

Los jugadores de hockey no destacamos precisamente por ser delicados con lo que nos rodea.

Por suerte, el hotel sí supo entender qué hacía falta con la comida.

Hay de todo para el desayuno: beicon, huevos, galletas, patatas con ajo y romero, fruta fresca, zumo de naranja y café a raudales, además de cajitas individuales de cereales y algunos bocadillos para llevar.

Estoy tentado de empezar a comer ya mismo, pero prefiero esperar a que lleguen los demás, que van apareciendo poco a poco.

La mayoría tiene pinta de haber pasado una noche terrible.

O, más exactamente, una mañana terrible después de una noche muy divertida en Las Vegas.

No voy a fingir que me sorprende. Cuando anunciaron que el campamento sería aquí, me temí exactamente esto.

Era lo lógico. Somos un grupo de hombres, la mayoría por debajo de los treinta, el perfil perfecto para desmadrarse en Las Vegas.

Incluso el entrenador Chris parece haber abusado anoche de Dios sabe qué.

¿Comida? ¿Bebida? ¿Juego? Las opciones para pecar son infinitas.

Supongo que cenar miserablemente con mi padre tuvo al menos alguna ventaja. Y además, como capitán del equipo, me toca dar el ejemplo. Eso es justo lo que intento hacer mientras los saludo a todos.

—¡Que te jodan, Skipper * ! —me gruñe Bradley Warren cuando le doy los buenos días. Entra arrastrando los pies, apestando a cerveza y con unas gafas de sol que ni siquiera consiguen ocultar la purpurina que lleva pegada a la cara, sobre todo alrededor de la boca.

—Ni caso —dice Bouchard, que no tiene mucho mejor aspecto, aunque al menos hoy está siendo amable conmigo… por una vez. Me pregunto si Gavin tendrá algo que ver con eso—. Hace unas horas lo encontré tirado en el Strip’s Strip.

Eso explica la purpurina.

—No te hagas el santo. —Bradley le pasa un brazo por los hombros a Bouchard y le revuelve el pelo mojado con los nudillos. Al menos uno de los dos se ha duchado—. Si Franklin no nos hubiera metido en un taxi, seguiríamos allí.

Max Franklin, un extremo izquierdo de Seattle, niega con la cabeza. El simple movimiento lo deja verde.

—No vuelvo a salir con vosotros dos, degenerados.

—Créenos —dice Bouchard—. Nosotros tampoco queremos volver a salir contigo. —Mira a Bradley y los dos, al unísono y con dramatismo, imitan lo que parece ser la voz de Max—: Mi mujer va a matarme.

Max les dedica una peineta y luego se sirve una taza de café, negro y sin azúcar.

—Vaya, vaya, vaya. Mira a quién ha traído el gato —dice Bouchard.

Me giro para comprobar a quién se refiere, aunque ya lo sé. Gavin.

—Y tanto —responde Gavin, repasando a Bouchard de arriba abajo—. ¿De qué caja de arena te han sacado?

—Del Strip’s Strip —aclara Bradley mientras se deja caer en una mesa con un plato de comida. Se quita las gafas de sol y se masajea las sienes.

—Deberías venir con nosotros la próxima vez —dice Bouchard.

—No, no debería —replica Bradley, empezando a comer—. Si viene él, no liga nadie. Asustará a todas las chicas.

Frunzo el ceño y me aparto de la conversación para servirme el desayuno.

Lo entiendo. Las fiestas, los clubes de striptease y todo lo demás forman parte del ambiente.

Sé perfectamente cómo funciona. Siempre hay un grupo en cada equipo incapaz de resistirse a ese tipo de diversión.

Pero, por alguna razón, me molesta imaginar a Gavin entre ellos. No encaja en ese cuadro.

—No —dice Gavin, colocándose a mi lado en la fila para servirse. Irradia calor y huele a sudor—. No quiero meterme entre vosotros dos. Todos sabemos lo desesperados que estáis por follar. —La sala estalla en carcajadas y noto cómo se me aflojan los hombros. Quizá me he equivocado con él.

—Pero en serio —insiste Bouchard—. ¿Dónde acabaste anoche?

—No te gustaría saberlo —responde Gavin, metiéndose una uva en la boca.

Pongo los ojos en blanco. Acabó en la cama a una hora decente, como debería haber hecho el resto.

—Venga, suéltalo. ¿Quién era? —sigue pinchando Bouchard—. Un hombre de tu tamaño no pasa desapercibido si anda merodeando por el casino a las cinco de la mañana.

Un momento. Yo creía que había ido al gimnasio. La incomodidad de sentirme fuera de lugar vuelve a apoderarse de mí y me deja casi sin color. ¿Se ha escapado para ver a alguien?

—Nadie. Fui al gimnasio —dice Gavin, metiéndose otra uva en la boca.

El alivio me invade de inmediato y siento cómo me vuelve el color a las mejillas.

—Mentira, Marshal —dicen Bouchard y Bradley a la vez.

—No puedes esconderte de nosotros, Gavin —continúa Bouchard—. Ya descubriremos tus secretos.

—No hay nada que descubrir. —Gavin se ríe y va a sentarse al fondo de la sala, lejos de todos. Su expresión permanece tranquila, casi indiferente, mientras se llena la boca de beicon y huevos como si las preguntas no le importaran lo más mínimo.

—¡Muy bien! —exclama el entrenador Chris antes de dar un sorbo a su café—. ¡Escuchad!

Termino de llenarme el plato y voy a sentarme delante, en el sitio que corresponde al capitán.

El asiento a mi lado sigue vacío, reservado para quien sea elegido capitán alterno.

Espero que el entrenador se decida pronto, porque empiezo a sentir que voy a necesitar toda la ayuda posible con este grupo.

Aquí hay varios capitanes de sus propios equipos que, estoy seguro, serían buenas opciones.

Jugadores a los que Bradley, al menos, no llamaría «Skipper».

El entrenador recorre la sala con la mirada, asegurándose de tener nuestra atención.

—Diría que, visto el lamentable estado en el que os encontráis, queda claro que necesitamos imponer un toque de queda.

Toda la sala protesta, salvo yo y, para mi satisfacción, Gavin.

Lo veo asentir desde el fondo mientras sigue desayunando.

Es lo correcto. Estamos aquí para trabajar, no para divertirnos.

Esto no es un descanso de mitad de temporada.

Si acaso, me atrevería a decir que las próximas semanas van a ser más exigentes de lo que cualquiera de nosotros está acostumbrado.

—Aquí tenéis vuestro nuevo horario —continúa el entrenador Chris—.

Desayuno a las nueve, entrenamiento sobre hielo a las nueve y media.

Haremos una pausa de una hora al mediodía para comer y ver vídeo, y luego más hielo de una a cuatro.

La cena corre por vuestra cuenta. Y todos tenéis que estar en vuestras habitaciones a las diez.

Así que id sacando libros de la biblioteca, chicos, y acostumbraos a leerle un cuento a vuestro compañero antes de dormir.

Si tenéis cualquier molestia, acudid enseguida a los preparadores físicos.

—Mientras habla, señala la mesa del equipo médico, y todos ellos levantan la mano a modo de saludo.

A diferencia de mis compañeros, esos hombres sí tienen pinta de haber llegado aquí a trabajar, con ropa deportiva a juego y el logotipo del equipo de Estados Unidos—. ¿Alguna pregunta? —concluye Chris.

La sala responde con silencio.

—Bien —dice, y da otro sorbo al café—. Porque me está estallando la cabeza.

Gavin

Sé que el equipo se ha pasado toda la mañana quejándose del toque de queda, pero verlos ahora intentando patinar con resaca resulta francamente deprimente.

Todos evitan el contacto como si quemara, y aunque esto sea un entrenamiento y no debamos estar estampándonos contra el hielo, sí necesitamos chocar un poco, sentirnos, convertirnos en un equipo de verdad.

Y Connor es el único capaz de meterle un gol a nuestro portero, que bastante hace con mantenerse en pie y detener algo.

El entrenador hace sonar el silbato y nos indica que paremos. Warren se dobla sobre la valla y vomita el desayuno en una papelera. En momentos como este agradezco más que nunca no beber.

Connor me mira y se acerca patinando. A diferencia del resto, tiene los ojos vivos y parece lleno de energía sobre el hielo.

Nada que ver con la imagen que daba anoche.

Yo, por mi parte, me lo estoy pasando en grande persiguiéndolo y robándole el disco.

Después del último ejercicio llega casi sin aliento, con el pelo mojado por el sudor y rizándose bajo el casco.

—Esto es un desastre —dice al detenerse—. Somos los únicos capaces de hacer algo útil.

Con el palo, arrastro el disco que le acabo de robar.

—Yo soy el único capaz de hacer algo útil —digo, dejándole que el disco se acerque a él solo para recuperarlo antes de que lo toque.

—Capullo —dice, aunque una sonrisa le arruga los ojos.

Le doy otro toque al disco y lo recupero antes de que él pueda atraparlo.

—Llamar «capullo» a un subordinado no parece muy propio de un capitán —le digo, alzando una ceja.

—Vete a la mierda —responde entre risas, y me roba el disco sin que lo vea venir.

Intento recuperarlo, pero se gira con rapidez y, con un simple golpe de muñeca, lo envía deslizándose sobre el hielo hasta colarlo en la portería vacía. Luego se vuelve hacia mí sonriendo.