CUATRO
CUATRO
Connor
Resulta que Gavin Marshal duerme como un tronco.
No sé por qué me sorprende. Quizá porque yo no he dormido bien una sola noche en toda mi vida.
Sea cual sea la razón, envidio la calma que transmite, tumbado boca arriba, con un brazo musculoso extendido con descuido por encima de la cabeza.
No consigo apartar la mirada del movimiento lento y constante de su pecho al subir y bajar, apenas cubierto y salpicado por la cantidad exacta de vello oscuro como para resultar tentador.
Ni demasiado, ni demasiado poco. Justo la medida perfecta para ese Ricitos de Oro gay que vive en mi cabeza y siempre anda buscando el equilibrio ideal entre lo que le gustaría acariciar con los dedos.
También me doy cuenta de que he terminado acompasando mi respiración con la suya. No ronca, lo cual es un alivio, pero también una sorpresa. Supongo que había dado por hecho que un hombre de ese tamaño tenía que roncar como un trueno.
Pues no. Me equivoco. Otra vez. Parece que con Gavin siempre me equivoco.
¿O no?
Hay algunas cosas en las que creo haber acertado.
Como en que se siente solo. Aunque tampoco es que lo esconda demasiado bien.
Basta con mirar más allá de toda esa coraza áspera para encontrar ese destello de aislamiento en sus ojos.
Casi parece algo que lo persigue. Me pregunto qué habrá visto.
Dónde habrá estado. Qué clase de vida ha llevado.
Una vez me dijo que tenía que elegir entre la NHL y un barco pesquero, y da la impresión de haber escogido el hockey como quien patina con todas sus fuerzas para huir de un destino ya escrito.
Me pregunto cuándo fue la última vez que volvió a casa.
Me pregunto si tiene familia y, si la tiene, si vendrán a animarlo a Milán.
También me pregunto cómo debe de sentirse al ser, en cierto modo, un desconocido.
No es que no sea famoso. Cualquiera que siga el hockey sabe quién es.
Pero eso es prácticamente todo lo que se sabe.
No hay pistas sobre dónde vive; supongo que en Búfalo, pero vete a saber.
No hay rastro de familia, y puedo asegurar que nunca he visto una foto suya en un blog de cotilleos ni una publicación en redes donde aparezca en una cita.
Nunca. Y eso es absurdo. Todos los demás jugadores superestrella de la liga (dejándome a mí fuera, por razones obvias) se han hecho virales alguna vez por una foto borrosa en la que besan a una mujer cualquiera en un rincón oscuro.
Mi padre mataría por una foto así de mí. De hecho, ha intentado organizarla más de una vez, aunque siempre he conseguido frustrarle el plan.
Ayuda que no soy especialmente sociable.
Claro que salgo a celebrar las grandes victorias con mis compañeros, pero casi siempre soy el primero en marcharme a casa o al hotel cuando estamos de gira.
Me gusta la paz. Me gusta el silencio. Me gusta no sentirme obligado a desplegar encanto ni a montar un espectáculo para nadie.
Solo puedo hacerlo cuando estoy solo. O, al parecer, cuando estoy en esta habitación con Gavin, que no me hace sentir como si tuviera que ser perfecto en todos los sentidos.
Quizá porque él tampoco tiene ningún problema en mostrarse imperfecto.
Tiene tanta seguridad que le da igual que todos lo vean como ese tío duro e inaccesible que creen que es.
Esa actitud, y su forma de estar en el mundo en general, le regalan algo muy valioso: privacidad.
Parece capaz de ocultarse a plena vista.
Podría ser incluso un asesino en serie y nadie lo sabría.
No. No vayas por ahí, Connor. Todavía tienes que compartir habitación con este tío.
Un tío que, de pronto, se da la vuelta y se orienta hacia mí en la cama del otro lado de la habitación.
Cierro los ojos de golpe para que no se dé cuenta de que lo estaba mirando.
Sigo con los ojos cerrados y escucho cómo se levanta. Abre la cremallera de la bolsa, rebusca algo dentro, vuelve a cerrarla y cruza la habitación hasta el cuarto de baño, cerrando la puerta tras él.
Mientras está dentro, vuelvo a abrir los ojos y alcanzo el teléfono. Son las cinco de la mañana. Mierda. Aún es muy temprano. Todavía podríamos dormir un par de horas antes de reunirnos para el desayuno del equipo y después ir a entrenar.
Dejo el teléfono en la mesilla justo cuando él sale del baño.
—Hola —dice con un gesto de cabeza.
—Hola —respondo, esperando que vuelva a la cama.
Pero se ha puesto unos pantalones cortos que, aunque holgados y largos, dejan adivinar el volumen de unos muslos que tensan la tela, y una camiseta negra ajustada que se le pega a los pectorales y a los abdominales.
Tiene pinta de irse directo al gimnasio. Interesante.
Gavin se pone los auriculares y coge el teléfono.
—¿Te vas? —le pregunto.
—Sí —gruñe—. Voy al gimnasio.
—Pero hoy tenemos entrenamiento.
—¿Y?
—Bueno… —No sé cómo seguir. Él me mira, esperando.
Hay una razón por la que tiene ese cuerpo.
Una razón por la que es tan sólido como un árbol con patines y parece una pared de ladrillo cada vez que choca contigo.
Trago saliva—. Que tengas un buen entrenamiento. El desayuno del equipo es a las ocho.
Me hace el saludo militar.
—Sí, capitán. —Alarga la última palabra, sonríe con esa burla suya destinada a pincharme y se marcha.
Esa forma de decirlo me deja incómodo. Soy el capitán del equipo, como él mismo acaba de recordarme con tanta puntería, y aquí sigo, metido en la cama, mientras él ya está levantado y camino del gimnasio.
Aprieto los labios, preguntándome si nombrarme capitán no habrá sido un error.
Gavin
Lo mejor de los hoteles de Las Vegas es que, a las cinco y media de la mañana, el gimnasio siempre está vacío.
Y mejor aún: casi siempre tienen máquinas de última generación que apenas nadie ha tocado, lo que me permite mantener mi rutina intacta.
Y eso, para mí, es fundamental. A veces pienso que esa es una de las razones por las que nunca me he acomodado del todo en Búfalo y por las que mantengo mi apartamento con lo mínimo indispensable.
Me resulta más fácil mantener la cabeza en orden cuando no me quedo quieto.
Es haciendo ejercicio, pasando horas en el gimnasio y sobre el hielo, cuando más tranquilo estoy.
También ayuda que la rutina sea tan exigente, porque así puedo caer rendido por la noche y dormir sin que la vida que tenía antes del hockey se me cuele en la cabeza.
El hockey nos salvó a mi padre y a mí. No quiero ni pensar qué habría sido de nosotros si no me hubiera metido en este deporte cuando era pequeño.
Lo más probable es que ahora fuera un chaval de veinticinco años enganchado a las pastillas, con la espalda hecha polvo y saltando de un barco a otro por Alaska, y que mi padre quizá ni siquiera siguiera vivo.
Pero aquí estoy, a punto de representar a mi país en el escenario más grande del mundo.
Quiero aprovechar esta oportunidad al máximo.
Y para hacerlo necesito disciplina, rutinas estrictas, control.
Recordando el aspecto que tenía Connor cuando volví anoche, me pregunto si a él no le vendría bien algo parecido.
Parecía necesitar despejarse. Pero no quise invitarlo a venir conmigo esta mañana.
Ese sería el primer paso para empezar a preocuparme por él, y eso es exactamente lo que no debería hacer.
Anoche me dormí pensando en la cara que puso cuando regresé a la habitación, hacia las once. Después de dar unas vueltas y de ver a Bouchard perder hasta la camisa en el casino, nos despedimos y subí, esperando que Connor hubiera cumplido su promesa de no esperarme despierto.
Pues no. Seguía muy despierto cuando entré. Aunque «despierto» quizá no sea la palabra más precisa. Tenía los ojos abiertos y miraba la pantalla del televisor, donde ESPN repetía los mejores momentos del día, pero estaba claro que no estaba viendo nada.
Se sobresaltó cuando la puerta se cerró sola detrás de mí. En cuanto me vio, abrió mucho los ojos, como si le sorprendiera encontrarme allí.
—Lo siento —se disculpó, sin motivo alguno, y apartó la mirada. Esta vez la clavó en la ventana, en las luces brillantes de Las Vegas, en vez de en la televisión.
Me quité los zapatos.
—¿Estás bien?
— ¡Sip! —Una sonrisa falsa le apareció en la mitad de la cara que yo alcanzaba a ver.
Fruncí el ceño y me froté la nuca. Estaba claro que le pasaba algo, pero tenía que decidir hasta qué punto me importaba.
Y, para mi desgracia, me importaba más de lo que me convenía.
Es una idea que sigue rondándome por la cabeza mientras levanto peso.
Sobre todo después de ver cómo se comportaba en el restaurante, durante la cena con su padre.
—¿Estás seguro?
Seguía sin mirarme, pero asintió.
—Sí, estoy seguro.
Como no me lo creía, insistí.
—Siento lo de Bouchard. No siempre sabe cuándo retirarse.
Connor terminó por girarse hacia mí y me sostuvo la mirada. Me estudió el rostro como si intentara adivinar mis intenciones. Pero no había ninguna.
—De verdad, Gavin. Estoy bien. Solo ha sido un día largo.
Asentí y lo dejé correr. Después fui a lavarme los dientes y me quedé en calzoncillos para acostarme.
Cuando salí del baño, el televisor y la lámpara de su mesilla ya estaban apagados.
También se había girado, dándome la espalda, pero supe que seguía despierto.
No dije nada más. Me metí en la cama y cerré los ojos.
Me costó dormirme más de lo normal. En los viajes con los Blizzards suelo compartir habitación con Tavish, que ronca y habla dormido.
Uno pensaría que eso sería bastante peor.
Pero el silencio del lado de Connor me inquietaba.
Era una quietud incómoda. De esas que llegan entre tormenta y tormenta, cuando una acaba de pasar y otra se anuncia a lo lejos con el rumor apagado de los truenos.