TRES #3
Eso es algo que jamás entenderé de los heteros.
A un grupo de tíos les incomoda ver a dos hombres besarse, pero están encantados de ir en manada a un club de striptease y empujarse entre ellos, hombro con hombro, mientras se ponen cachondos.
Hay algo muy homoerótico en todo ese ritual, y esta noche no estoy para soportarlo.
—Seguro que encuentras a alguien más del equipo que quiera ir contigo —digo mientras corto otro trozo de salmón.
—Puede ser —responde Bouchard con la boca llena. Lo acompaña con otro trago de cerveza—. Aunque la mayoría de estos tíos están casados. ¿Lo sabías?
—¿En serio? —No me lo había planteado. Pero, para ser justos, las únicas vidas que me interesan de verdad son las de mis compañeros en los Blizzards.
Y sí, muchos de ellos están casados, aunque eso nunca me ha parecido raro.
Los jugadores de hockey suelen acabar con la novia de la universidad o incluso con la del instituto.
La mayoría tiene hijos antes de los veinticinco y está encantada con ello.
Yo siempre he temido que alguien se pregunte por qué no voy por ese camino.
Y, más aún, por qué no tengo una cadena infinita de novias como algunos de nuestros compañeros solteros.
—Sí —dice Bouchard—. Este equipo está lleno de padres de familia. Tendrías que haber visto a Olsen en nuestra habitación, hablando por FaceTime con su mujer y con su hijo de dos años. Da miedo verlo tan empalagoso con esa charla de bebé.
Le sonrío con picardía.
—¿Con su mujer o con el niño?
Bouchard se echa a reír.
—Con los dos. —Se termina la cerveza de un trago y le pide otra al camarero con un gesto. El camarero me mira a mí también, pero niego con la cabeza.
—Aunque, siendo sincero —continúa Bouchard—, parecía feliz.
—Vaya. ¿Eso que oigo es envidia?
—Vete a la mierda —responde entre risas—. Pero, hablando en serio, quizá ya va siendo hora de que encuentre a alguien con quien sentar la cabeza.
—Sí. —Le señalo con la barbilla—. Después de todos los golpes que te has llevado, más vale que tengas a alguien que te cuide cuando seas viejo.
—¿Eso se lo dices a todos los que dejas inconscientes?
—¡Eh, a ti nunca te he dejado inconsciente!
—No. —Vuelve a reírse y le da un trago a la cerveza recién servida—. Y gracias a Dios. He visto cómo aplastas a la gente. Prefiero que me disparen varios discos a ciento cuarenta y cinco por hora a la cabeza antes que recibir un empujón tuyo, animal.
Le hago un gesto con la mano para que se calle.
—Con toda esa armadura que llevas encima, ni lo notarías.
—Puede que no —dice, y vuelve a su comida.
Aprovecho para mirar otra vez hacia Connor. Parece a punto de echar a correr mientras juguetea con la comida en el plato. Frunzo el ceño.
—¿Y esa cara? —pregunta Bouchard.
Mierda. Otra vez me ha pillado. Asiento con la cabeza hacia la mesa de Connor.
Bouchard se gira para mirar.
—¿Qué le pasa?
—Parece triste.
—A saber por qué. Ese niño mimado no tiene ninguna razón para estar triste.
Se me seca la boca, y ahora ojalá le hubiera dicho al camarero que me trajera otra zarzaparrilla.
—El cabrón es el padre.
—Pues entonces será algo aprendido.
—Quizá. —Me encojo de hombros, aunque en el fondo no me lo creo—. ¿Nunca te has preguntado si eso de ser un padre obsesionado con el hockey igual no es la mejor idea del mundo?
—¿Lo dices en serio? —Bouchard se endereza un poco y sonríe—. Creo que una de mis razones para casarme sería poder tener una versión en miniatura de mí mismo con la que patinar. Un crío vestido de portero, dando vueltas en una noche familiar.
—No le digas eso a tu futura mujer. —Me río.
—Venga ya. No me dirás que nunca lo has pensado. Estoy seguro de que hay un montón de mujeres por ahí que estarían encantadas de casarse contigo y criar a un equipo entero de leñadores-jugadores de hockey .
Lo miro como si fuera idiota.
—Nadie quiere eso. Ni siquiera yo.
Y es verdad. No tengo ningún plan de tener hijos, por demasiadas razones. La menos importante es que soy gay y nunca voy a tener uno de forma natural. La más importante es que este mundo no necesita a otro como yo. Ya le cuesta bastante soportar al que tiene delante.
—Atención —dice Bouchard—. Tu compañero de habitación se mueve. —Me dedica una sonrisa traviesa—. ¿Invitamos a él y a su viejo a tomar algo?
Casi me atraganto. Estoy a punto de decirle que es una idea de mierda cuando Bouchard ya está gritándoles y haciéndoles señas para que se acerquen.
A Connor padre parece que vaya a salirle humo por las orejas cuando se vuelve a mirarnos.
El hijo, en cambio, tiene cara de querer estar en cualquier otro lugar del planeta.
Aun así, es él quien cede primero y se acerca.
Su lado amable gana la partida entre la mala educación y la cortesía con los compañeros de equipo.
—Connor —dice su padre, poniéndole una mano en el hombro cuando se aproxima a nosotros—. No tenemos tiempo para esto.
Bouchard se ríe y les dedica una peineta, pero yo no soy capaz de seguirle el juego. Sobre el hielo, sí. Ahí participaría encantado en las provocaciones e intentaría sacar de quicio a Connor si nuestros equipos estuvieran enfrentándose. Pero aquí no. Ahora no. Este no es el momento.
—Déjalos en paz —le digo a Bouchard mientras le aparto la mano—. Resérvalo para la pista .