La regla Kennedy TRES #2
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TRES #2

Intento apartar ese recuerdo, pero el miedo a que se repita nunca termina de irse.

El corazón se me acelera y las manos empiezan a sudarme.

Las seco deprisa con la servilleta, bajo la mesa.

No sé por qué estoy entrando en pánico. No he estado con otro hombre desde aquello, así que no imagino que mi padre vaya por ahí.

Pero después de cómo reaccionó al vídeo que le enviaron a su despacho con exigencias de pago, y del modo en que se empeñó en aplastar cualquier rumor sobre mi sexualidad, no puedo evitar ponerme paranoico cada vez que me mira así, con las fosas nasales dilatadas y la rabia contenida.

Doy otro sorbo de agua y trago saliva para deshacer el nudo de la garganta.

—¿A qué te refieres?

—A Gavin Marshal —escupe entre dientes, con todo el desprecio del mundo—. ¿Por qué demonios te ofreciste voluntario para compartir habitación con él? Ya sabes lo que yo… lo que la liga piensa de él.

Ah, claro. Eso. Debería haberlo supuesto.

Me muerdo la lengua para no poner los ojos en blanco.

En vez de eso, me termino el vaso de agua de un trago.

Me calma un poco, pero no demasiado. En realidad, dudo que alguna vez deje de estar tenso cuando estoy con mi padre.

Nunca ha sido un hombre ante el que pueda bajar la guardia.

—Toma, bebe un poco de vino —dice mi madre, y me acerca una copa que acaba de servirse de la botella de la mesa.

Mi padre me la quita antes de que llegue a rozarla.

—Está trabajando —gruñe.

—Por favor —replica mi madre—. Cuando tú jugabas, bebías como un cosaco. Deja que el chico se tome una copa si piensas someterlo a tu versión particular de la Inquisición.

De pronto, agradezco muchísimo que mi madre esté aquí y le dedico una sonrisa de gratitud. En el fondo sé que ese comentario tiene más que ver con llevarle la contraria a mi padre que con defenderme a mí, pero aun así me reconforta. Llevan toda la vida relacionándose así.

—Está bien. —Mi padre me devuelve la copa—. Puede tomarse una.

«Dos», estoy a punto de decir. Pero no lo hago. Ya estoy deseando abrir el minibar cuando vuelva a la habitación para aplacar los nervios.

—Ahora, volviendo a Gavin Marshal —dice mi padre—. Nunca deberían haber permitido que entrara en el equipo.

—Lo eligieron igual que a mí —respondo. Y eso basta para que me lance una mirada furiosa que me hace empezar a atropellarme con las palabras—.

Y además crea mucho juego. El mejor de la liga, si quieres que sea sincero.

Deberías haberlo visto hoy sobre el hielo.

Nos ha pasado por encima a todos. Va a ser un activo importantísimo en los partidos.

—¿Un activo? —se burla mi padre—. Los Juegos Olímpicos consisten en enviar el orgullo de un país a representar a su nación, no a sus matones. Y mucho menos a su basura.

Aprieto los labios. La sangre empieza a hervirme.

—No es basura, papá. Es tan millonario como cualquiera de nosotros.

—Me cuesta creerlo —dice mientras llama al camarero. Levanta el menú, señala con el dedo y hace el pedido—. El solomillo para mi esposa, y un filete de lomo para mi hijo y para mí.

Lo miro, atónito. Ni siquiera me ha dado tiempo a abrir la carta.

Y, para colmo, esta noche no me apetece carne.

Preferiría pescado. Salmón, por ejemplo.

Pero el camarero ya se ha ido. Típico de Connor padre.

En cuanto siente que algo se le escapa de las manos, aprieta con más fuerza todo lo que todavía puede tocar y controlar. A mí. Siempre a mí.

—Hablaré con el entrenador Chris —dice—. Conseguiré que te cambie de compañero de habitación.

—¡No quiero otro compañero! —salto, alzando demasiado la voz y sonando como un niño malcriado. O, a juzgar por la expresión de mi padre, como un maricón. Que para él viene a ser bastante peor. El tono me ha salido demasiado afeminado para su gusto en este restaurante lleno de gente.

Mi padre se inclina sobre la mesa, me agarra de la muñeca y aprieta.

—Deja de discutir conmigo. Estoy haciendo lo mejor para ti.

—No, no lo estás haciendo —respondo entre dientes, bajando la voz—. Estás haciendo lo mejor para ti y para tu imagen.

—Ahí te ha dado —dice mi madre antes de beber un sorbo de vino. Cuando traga, me tiende la copa.

No sé en qué estaba pensando. No debería haber dicho eso. Solo va a enfurecerlo más, y cuanto más enfadado esté, más controlador se volverá.

Mi padre la fulmina con la mirada, pero a ella le da exactamente igual. Se sirve el resto de la botella en la copa y luego le hace una seña al camarero para que traiga otra.

—Por favor, papá, déjalo ya —digo, soltándome de su mano. Me froto la muñeca con la otra, calmando el dolor de la piel irritada—. No te metas. No me importa compartir habitación con Gavin. De hecho, es lo mejor. Que me den un trato especial por ser tu hijo no ayuda al equipo. No te metas.

—Está bien —concluye. Tiene la mandíbula tan tensa que casi parece tallada en piedra, y me mira con dureza—. Pero, como intente alguna de sus tonterías, no tendré ningún problema en echarlo del equipo.

Gavin

Por supuesto, Bouchard ha elegido para cenar el asador del hotel. No me quejo. La comida está cocinada de maravilla y, después del entrenamiento, necesito proteína.

El problema es que, desde la barra donde estamos sentados, puedo ver a Connor.

Está al otro lado del restaurante, cenando con sus padres en lo que tiene toda la pinta de ser una velada de mierda.

Se lo ve incómodo. No para de juguetear con el reloj y apenas toca la comida.

Resulta curioso ver que alguien tan imponente sobre el hielo parezca un crío cuando se sienta frente a su padre.

La escena me aprieta la garganta y me arranca un gruñido que apenas consigo contener.

No me importa lo nuevo que sea todo esto.

Es mi compañero de equipo. Y eso significa que tengo que protegerlo, aunque solo sea durante las próximas tres semanas.

Si no estuviéramos en este restaurante lleno hasta los topes, cruzaría la sala y le reventaría la cara a Kennedy padre.

Sería una maravilla. Nunca ha sido ningún secreto que ese hombre me cae como una patada en los huevos.

Si soy sincero, tampoco me caía bien el hijo, pero casi todo lo que he sentido contra él siempre ha nacido del padre.

Él es el verdadero cabrón. Él es quien nos ha enfrentado desde que apenas éramos unos críos hasta hoy.

Qué decepción más grande acabó siendo ese hombre.

Y pensar que mi padre me llevaba al bar del pueblo, en Alaska, para ver sus partidos, porque con la antena cutre que teníamos en casa no pillábamos casi nada.

El día que pudimos permitirnos la televisión por cable y ver más hockey fue todo un acontecimiento para nosotros.

Aun así, Connor Kennedy padre y los Chicago Broad Wings siguieron siendo nuestro equipo favorito durante mucho tiempo.

Pero ya lo dicen: nunca conozcas a tus héroes.

Bouchard chasquea los dedos delante de mi cara.

—Eh, Marshal, ¿te han dado hoy un golpe en la cabeza o qué?

Niego y vuelvo a centrarme en él.

—¿Eh?

—Te has ido a otro planeta, tío. —Da un trago a la cerveza y me señala con la botella mientras termina de tragar—. Tienes esa mirada tuya de estar perdido en la niebla.

Me froto los ojos con el dorso de la mano y luego agarro mi cerveza sin alcohol para dar un sorbo.

—Supongo que estoy cansado —digo, y vuelvo a mi plato: un salmón de Alaska que está increíble.

—Entonces entiendo que esta noche no te vienes conmigo al club de striptease.

—No. —Me río por motivos que él no sospecha ni de lejos—. Claro que no. Pero tú vete y pásalo bien.

Se encoge de hombros.

—No tiene tanta gracia ir solo.