La regla Kennedy TRES
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TRES

TRES

Gavin

Esto es raro. No. Esto es exasperante.

¿Por qué tiene que caerme tan bien? Sería muchísimo más fácil odiarlo si fuera un gilipollas, como su padre.

Y también sería menos atractivo. Si fuéramos dos desconocidos en un sitio donde nadie supiera quiénes somos, intentaría ligármelo.

Es exactamente el tipo de hombre que me vuelve loco: atlético, fuerte, en forma.

Y además tiene ese punto competitivo que haría que conquistarlo en la cama fuera todavía más divertido.

Pero hay algo más en él. Algo que late bajo la superficie, escondido detrás de esa fachada de niño bonito.

Una vulnerabilidad que no suelo ver en los hombres con los que comparto el hielo.

A algunos eso podría parecerles debilidad.

A mí, en cambio, me despierta algo mucho más primitivo.

Ese instinto que dice: «No dejes que le hagan daño».

Una idea absurda, si se piensa bien. Porque, hasta que llegamos al campamento, hacerle daño a Connor Kennedy formaba parte de mi trabajo.

Solo que esa orden ya no cuenta ahora que somos compañeros de equipo.

Mi trabajo oficial consiste en mantenerlo a salvo sobre el hielo para que pueda jugar y marcar, mientras yo atropello a cualquiera que intente joderlo.

Un momento. ¿Está silbando?

Claro que sí. Ahora que ha cerrado el agua de la ducha en nuestra habitación de hotel, ya no hay nada que tape ese silbido inconfundible. No me extrañaría ni un poco que hubiera salido del baño acompañado por un par de criaturas del bosque para que le anudaran la toalla a la cintura.

Me paso las manos por el pelo y tiro de él con frustración. Llevamos quince minutos en esta habitación y ya roza la tortura.

No. Qué coño. Es una tortura en toda regla. Deja de silbar y la puerta del baño se abre, revelando a un Connor Kennedy casi desnudo entre nubes de vapor. Joder. Está el doble de bueno con solo una toalla puesta.

Siempre he sabido que era guapo. Lo sabe todo el mundo, con ese pelo rubio tan clásico y esos ojos azules brillantes de chico estadounidense perfecto.

Pero aquí, de pie, con apenas una toalla cubriéndole el trasero, parece que uno de esos malditos modelos de Abercrombie unas en los cajones, otras colgadas en el armario. De vez en cuando alza una prenda como si la examinara con atención y luego la combina con otra, hasta dejar un conjunto completo extendido sobre la cama.

—¿Tienes una cita importante? —le pregunto mientras saco de la bolsa el cepillo de dientes, la pasta, el desodorante y el champú dos en uno.

—Ojalá. —Suspira y mira el reloj que lleva en la muñeca. Debe de costar una fortuna, y veo que tiene un estuche pequeño con varios más. Nunca me ha llamado la atención ese tipo de cosas, pero entiendo el atractivo: en su muñeca queda de fábula.

—En realidad, llego tarde —dice—. Mi padre ha reservado mesa en el asador con vistas al casino.

No conozco en persona a Connor Kennedy padre, pero la opinión que tengo de él hace que prefiera una cirugía sin anestesia después de recibir un disco en la cara antes que sentarme a cenar con ese hombre.

Connor hijo parece pensar algo parecido.

Se le han tensado los labios mientras se metía por dentro la camisa azul claro y se ajustaba los pantalones grises, que se ciñen a sus muslos y a su trasero de una forma obscenamente tentadora.

Verle esa expresión seria mientras termina de vestirse me hace sentir como si estuviera invadiendo algo que no me corresponde, así que me coloco las cosas del baño bajo el brazo.

Antes de entrar, le dedico una última mirada de arriba abajo.

Va elegantísimo, pese al miedo que se le adivina en los ojos.

—No te ofendas si no estoy aquí cuando vuelvas —le digo. Tengo pensado salir a cenar con Bouchard, pero Connor no necesita saberlo.

Él me mira por encima del hombro, con una ceja arqueada, y una chispa juguetona sustituye la tristeza que llevaba un momento antes en la cara.

—Solo si prometes no ofenderte tú si no te espero despierto.

Connor

Llego diez minutos tarde al restaurante después de salir de nuestra habitación y cruzar el casino.

Este sitio es enorme, y ni siquiera la luz tenue consigue suavizar la decepción en el rostro de mi padre ni la indiferencia con la que mi madre bebe de su copa de vino.

Curioso: con todo el miedo que me daba cenar con mi padre, me había olvidado por completo de que mi madre había decidido acompañarlo en este viaje.

Seguramente lo haya usado como excusa para llenarse la agenda de tratamientos de spa y algún que otro retoque discreto.

—Siento el retraso —digo mientras me siento—.

El entrenamiento se alargó, luego tuve que ducharme y, además, este hotel es gigantesco.

Debo de haber caminado tres kilómetros para llegar hasta aquí.

—Mierda. Estoy desvariando. Siempre lo hago cuando estoy nervioso.

Para obligarme a callar, doy un sorbo al agua.

—Dime que lo que he oído no es verdad —dice mi padre.

Hay tantas cosas a las que podría referirse que no sé ni por dónde empezar a negarlas.

Solo espero que, otra vez no, no me hayan pillado haciendo algo que no debía con alguien con quien no debía estar.

No estoy seguro de soportar otra ronda de pagos y acuerdos de confidencialidad porque algún imbécil con el que me acosté decidiera grabarlo y luego chantajearme con ello, como ocurrió durante mi temporada de novato.