La regla Kennedy DOS #2
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DOS #2

Los entrenamientos son muy exigentes. Incluso más de lo que ya me tiene acostumbrado el entrenador Chris.

Pensé que aquí tendría cierta ventaja, porque conozco su sistema y los ejercicios que le gusta hacer, pero me equivocaba.

Está probando combinaciones nuevas, formaciones distintas y todas las variantes posibles de jugadores.

Y luego, sin apenas dejarnos recuperar el aliento, vuelve a pitar y nos reúne para hacer series de velocidad que nos dejan reventados.

Todos estamos empapados en sudor. Incluso nuestros dos porteros tienen la cara roja.

Aunque no me extraña: entre todos les hemos tirado, como mínimo, un centenar de discos a puerta en estos últimos noventa minutos.

Y, aun así, me lo estoy pasando bien. Muy bien.

Incluso sonrío mientras espero junto a la valla a que el entrenador vuelva a pitar y le indique a mi grupo que toca cruzar la pista a toda velocidad en otra carrera infernal.

Porque, por primera vez en mi vida, nadie salvo mi entrenador y mis compañeros me está viendo patinar.

Estoy seguro de que mi padre debe de estar echando humo porque Chris insistió en que la sesión fuera a puerta cerrada.

Y hizo bien. Como dijo en su discurso, no tenemos demasiado tiempo para convertirnos en un auténtico equipo antes de irnos a Milán.

Tener público solo dificultaría aún más las cosas.

Así que, por ahora, pienso disfrutar de esta libertad sobre el hielo.

Y también pienso disfrutar viendo a Gavin patinar como si toda su carrera dependiera de ello, dejando atrás a todos en su grupo en los ejercicios de velocidad.

Es como volver a aquel campamento de hockey juvenil.

Gavin, el loco de Alaska, patinando con la furia de alguien que siempre ha tenido algo que demostrar.

El típico marginado que compensa con fuerza, hambre y violencia todo lo que le falta en ventajas.

Parece que soy el único que disfruta viéndolo jugar.

Bueno, yo y Bouchard, que siempre está ahí para chocarle la mano cuando se detiene cerca de la portería, levantando una nube de hielo sobre la línea roja y hacia las vallas, con ese chirrido seco de la cuchilla.

Las miradas de frustración en los rostros de los demás me dicen que todos sienten lo mismo.

No hay un solo hombre en esta pista al que Gavin no haya tirado al suelo alguna vez cargando contra él a toda velocidad.

Yo incluido. De hecho, el moratón que me dejó en la cadera la última vez que nos enfrentamos no ha desaparecido hasta esta misma mañana.

Pero mereció la pena. Aquel partido se lo devolvimos a los Blizzards y lo ganamos.

El entrenador hace sonar el silbato dos veces. Hemos terminado, y todos patinamos hacia el banquillo para dar un trago al agua.

—Buen trabajo, chicos. —Pasea la mirada por los veinticuatro—. Sé que el entrenamiento de hoy no ha sido ninguna broma, pero necesitaba ver de qué estáis hechos.

—¿Ya has decidido quién será nuestro capitán alterno? —pregunta Bouchard, dándole a Gavin una palmada sonora en el hombro con el guante.

—No —responde el entrenador con una sonrisa ladeada—. Pero tu chico me ha impresionado.

Bouchard agarra a Gavin por los hombros y le da una sacudida juguetona. Y, joder, ¿eso es un rubor en sus mejillas sudorosas? A falta de una palabra mejor, diría que está orgulloso. Pero no orgulloso de una forma arrogante. Más bien con una humildad que no esperaba en él.

Vaya. Eso no me lo había visto venir. Sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que te provoca cuando juegas contra él.

—Bueno, la velocidad no sirve de mucho si te pasas el partido entero en el banquillo —suelta Bradley Warren, uno de nuestros defensas, antes de escupir sobre el hielo.

Gavin responde poniendo en blanco sus enormes ojos marrones y moviendo lentamente la mano como si se estuviera masturbando. Y ahora el que se ruboriza soy yo. Siento que el calor me sube por la cara porque, de pronto, no puedo evitar imaginarme a Gavin haciendo exactamente eso.

No. No vayas por ahí, Connor. Borra esa idea y métela otra vez en el agujero del que ha salido.

Joder. Trágatela. Genial, otra pésima elección de palabras.

Deja de pensar cosas sucias sobre Gavin.

Es tu rival en el hielo. Bueno, no durante las próximas tres semanas; ahora somos compañeros de equipo.

Aunque, de algún modo, eso casi lo empeora todo.

Está completamente fuera de mi alcance por demasiadas razones.

Primera: probablemente sea heterosexual.

Segunda: mi padre me mataría si se descubriera que soy gay.

Y tercera: volvería a matarme si, además, me relacionaran con Gavin Marshal, a quien odia incluso más que la idea de que yo sea gay.

—Ya basta —dice el entrenador, metiendo la mano en el bolsillo para sacar un montón de tarjetas de acceso—.

Ahora escuchad. Necesito que os emparejéis.

Recordad que no podéis elegir a alguien de vuestro equipo habitual.

Así que escoged con cabeza. Si vuestro nuevo compañero ronca, no quiero oír quejas.

Os apañáis solos. Si al cabo de esta semana no os soportáis, ya lo reconsideraremos cuando repartamos las habitaciones en Milán.

Pero tened presente una cosa: si no os lleváis bien en un resort de cinco estrellas, la cosa solo va a empeorar en la Villa Olímpica.

En los Juegos se ha mejorado mucho con los años, pero el alojamiento de los deportistas no está entre esos avances.

Así que disfrutad de vuestras camas grandes mientras aún podéis.

La mayoría del equipo se ríe y todos empiezan a moverse para formar parejas.

Todos menos Gavin. Esa mirada ya la he visto antes.

De pronto vuelvo a estar en aquel campamento de hockey juvenil, cuando teníamos que elegir compañero de habitación para las seis semanas siguientes.

No era culpa suya. Todos los demás ya se conocían.

Claro que había chicos apresurándose a emparejarse para no tener que acabar con el nuevo.

Al final no quedó nadie para Gavin y terminó solo en una individual.

Para alguien que no parece sentir más que desprecio por la gente que lo rodea, cualquiera diría que eso le habría dado igual.

Pero entonces yo pensé otra cosa: que quizá, en el fondo, lo que quería era un amigo.

Aquella mirada se me quedó clavada dentro y me ha perseguido desde entonces. Pero a los dieciséis años yo era demasiado joven, y mi padre ya se había encargado de decidir que compartiría habitación con el hijo de uno de sus antiguos compañeros de equipo.

Miro a mi alrededor, asegurándome de que mi padre no haya encontrado la forma de colarse. No lo ha hecho.

—Hola —le digo a Gavin cuando me acerco a él—. ¿Quieres compartir habitación?

—No.

—Bueno, pues nada. —Le doy un toque a la cuchilla de su palo con la mía—. Aunque no parece que te queden muchas más opciones. —Señalo con el palo a Bouchard, que tiene rodeado con un brazo al portero alterno del equipo, un jugador de los Utah Cougars—. Y él está intentando ser amable.

—Bouchard es buen tío. —Gavin se inclina hacia delante sobre el palo.

Yo se lo aparto con el mío. Él ni siquiera pierde el equilibrio.

—Mira —le digo—. Estoy intentando ser amable. ¿Te costaría mucho no comportarte como un capullo mientras cogemos una tarjeta?

—Sí —responde, sosteniéndome la mirada.

—Pues nada —digo, y me alejo patinando para buscar otra opción. Pero ya es tarde. Todos los demás se han emparejado.

Suspirando, me acerco al entrenador Chris y cojo el último juego de tarjetas.

—Buena suerte —me dice.

—Gracias. La voy a necesitar .