DOS
DOS
Connor
Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi a Gavin Marshal.
Teníamos dieciséis años y acabábamos de llegar a un campamento de desarrollo de la liga juvenil en Ann Arbor, Míchigan, en pleno verano.
Para la mayoría de los jugadores de hockey júnior que estábamos en aquella sala, ese era el comienzo oficial del camino hacia una posible carrera en el hockey .
Los mejores acabaríamos en equipos que nos llevarían a la selección de la liga profesional o que nos abrirían las puertas de la universidad para seguir formándonos.
Mi caso era distinto. Mi camino parecía trazado desde antes de nacer, así que ya conocía bien el proceso y también a casi todos los que estaban allí. A todos, excepto a Gavin.
Él era distinto y destacaba entre los demás, como un hombre metido por error en un grupo de chicos.
Con dieciséis años, Gavin ya imponía. Sin duda, era el jugador más grande del campamento.
Alto, ancho de hombros, con una vieja bolsa de hockey y un equipamiento de segunda mano, desprendía una cautela extraña, como si estuviera listo para echar a correr hacia la salida más cercana en cualquier momento.
Recuerdo haberme fijado en la sombra de barba que le cubría la mandíbula.
Le crecía deprisa. Le marcaba aún más los ángulos de la cara y contrastaba de una manera casi hipnótica con su piel siempre tostada y con los mechones oscuros, algo largos, que le enmarcaban el rostro.
Algunos de mis amigos del grupo, chavales con los que llevaba años cruzándome en el hockey , también se habían dado cuenta.
—¿De dónde coño ha salido ese tío?
—Creía que esto era una liga juvenil.
—Joder, parece listo para jugar en la liga de la cárcel.
—No empecéis, chicos —dije, aunque tampoco les faltaba del todo razón.
Desde el primer momento resultó evidente que él no encajaba.
Para empezar, había llegado solo, mientras que al resto nos habían acompañado nuestros padres.
Era un desconocido del que nadie había oído hablar.
Pero lo que más me atrajo fue otra cosa: había algo en sus ojos que delataba su verdadera edad.
Aquel tío que esperaba junto a la puerta, listo para largarse si hacía falta, parecía nervioso y terriblemente solo bajo toda aquella rudeza.
Me despedí de mis amigos y me acerqué a él.
—Hola. Soy Connor. ¿Es tu primera vez en el campamento?
Me saludó con un leve gesto de cabeza, luego me tendió la mano y dijo que se llamaba Gavin Marshal.
Apenas lo oí. Estaba demasiado distraído por lo que sentí al estrecharle la mano.
Era áspera, llena de callos, pero no de los callos a los que yo estaba acostumbrado como jugador de hockey .
Parecía una mano curtida por trabajar la madera, no por el hielo.
Demasiado ruda para un chico de dieciséis años.
Un detalle que mi homosexualidad, recién descubierta, recibió con un entusiasmo inmediato.
Tragué saliva al soltarle la mano y lo miré a los ojos.
—Déjame adivinar —dije con una sonrisa—. Eres un delantero polivalente, pero suelen usarte como ejecutor.
Él volvió a asentir, aunque esta vez una pequeña sonrisa le curvó los labios.
—Y tú juegas de centro.
—Oh, vamos —me reí—. No puedo ser tan fácil de leer.
—Tú eres Connor Kennedy —dijo, recorriéndome de arriba abajo con la mirada. Cuando sus ojos volvieron a los míos, llevaban una chispa burlona—. Ah. —En su cara apareció una expresión satisfecha, como si acabara de ganar algo—. No pensabas que yo supiera quién eras.
Y no lo había pensado, lo cual decía bastante de lo ingenuo y lo despistado que era. Yo conocía a todos los que estaban en esa sala menos a él, y todos ellos me conocían a mí. Aun así, me sorprendió que él supiera quién era yo, quizá porque no parecía pertenecer a aquel mundo.
Hizo un gesto abarcando la sala, luego se metió las manos en los bolsillos y se apoyó en la puerta cerrada.
—Sé quiénes sois todos —dijo—. Durante mi larguísimo vuelo desde Alaska me dio tiempo a aprenderme el nombre y la posición de cada uno.
Se me iluminaron los ojos.
—¡Alaska! —Eso explicaba muchas cosas—. Creo que nunca hemos tenido a nadie de allí en este campamento.
—No, nunca lo habíais tenido.
Miré alrededor, buscando a alguien más que no me resultara familiar.
—¿Hay alguien más aquí de tu liga juvenil?
Él soltó una risa amarga.
—Donde yo vivo no hay liga juvenil.
¿No había liga? Intrigado, lo miré entornando los ojos.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Porque la alternativa era esto o un barco pesquero.
Gavin
Cuando salgo al hielo para el primer entrenamiento del equipo, me doy cuenta de que no han cambiado tantas cosas desde la adolescencia.
Connor Kennedy sigue en el centro del grupo y yo sigo solo en la periferia, cerca de la portería.
Bueno, no del todo solo. Ander Bouchard está conmigo, observando al resto mientras se empujan, se ríen y felicitan a Connor por haber sido nombrado capitán.
Algunos incluso le tiran del parche de la «C» que lleva en la camiseta de entrenamiento.
Hasta desde aquí resulta evidente que todos están participando en el ritual de adorar al niño bonito.
Me pregunto a cuántos les caerá bien de verdad.
En la liga siempre han corrido rumores de que sus compañeros de Chicago están hartos del circo de padre e hijo y de lo injusto que resulta todo.
—Me encanta cómo hacen ver que esto no se sabía —dice Bouchard.
—Sí —respondo, encogiéndome de hombros como si me diera igual—. Aunque su padre no fuera el director general, tampoco es que fueran a elegir a otro.
Bouchard me da un codazo con todo el acolchado de su brazo.
—Podrían haberte elegido a ti.
—Todavía me sorprende que me eligieran para estar aquí. Hacerme capitán ya habría sido demasiado.
—Tú, que te tienes tan poca fe, eres el mejor ejecutor de la liga. Habría sido una estupidez no meterte en el equipo.
Lo miro de reojo.
—¿A ti te parece que querían elegirme?
Él sonríe.
—¿Y a ti te parece que querían elegirme a mí? Llevamos aquí diez minutos y nadie se ha enterado de que existo.
—Sí que se han enterado —digo, porque noto las miradas de reojo de nuestros nuevos compañeros mientras patinan con falsa despreocupación y se saludan entre ellos.
Bouchard sonríe otra vez.
—Están intentando decidir si les vas a arrancar algún diente por saludar.
Niego con la cabeza mientras agarro el palo con las dos manos. Me lo paso por detrás del cuello, lo apoyo sobre los hombros y estiro el pecho.
—La tentación está ahí.
Pero no es verdad. O no del todo. Por mucho que parezca un gruñón, yo quiero estar aquí.
Igual que quise estar en aquel campamento de hockey juvenil aquel verano.
Uno pensaría que en nueve años las cosas cambian.
Que cambiarían después de casi siete temporadas completas en la liga.
Pero no. Sigo siendo un forastero. Un forastero con una Stanley Cup en el historial, sí, pero un forastero al fin y al cabo.
—Oye —dice Bouchard, dándome otro codazo en las costillas—. Que les den. Sabes perfectamente que están mosqueados porque los Blizzards somos los campeones. Ya cambiarán de idea cuando se den cuenta de que nos necesitan más a nosotros de lo que nosotros los necesitamos a ellos.
—Sí. —Paso el palo por encima de la cabeza y empiezo a jugar con un disco que tengo al lado, haciéndolo girar en pequeños círculos.
El entrenador Chris, de los Chicago Broad Wings, elegido para dirigir a este equipo (vaya casualidad, me pregunto por qué), sale al hielo.
Nos hace una seña a Bouchard y a mí para que nos acerquemos al grupo, y obedecemos, patinando despacio hacia los demás.
Siendo justos, con toda la armadura que lleva encima, Bouchard no puede destacar precisamente por su velocidad.
Pero lo compensa cuando importa: delante de la portería, desviando discos.
—Muy bien, chicos. Veo que ya habéis conocido a vuestro capitán. —El entrenador Chris hace una pausa y levanta una insignia con una «A»—. Todavía me queda esta por entregar. Quien la lleve va a tener que ganársela.
—A diferencia de Kennedy —murmura Bouchard para que solo yo lo oiga. Lo miro y me aguanto la risa.
El entrenador sigue hablando.
—Tenemos una semana para acostumbrarnos a jugar juntos. No es mucho tiempo, pero este grupo está lleno de jugadores de élite y confío en que sabremos encontrar química.
—No pensaba que este campamento fuera de este tipo —susurra Bouchard de nuevo—. No estaba preparado para una paja grupal.
Esta vez no puedo contenerme y me echo a reír.
—¿Te hace gracia algo? —pregunta Connor Kennedy.
Me aclaro la garganta.
—No, en absoluto. —Me aparto un poco de Connor, clavo la mirada en Bouchard, sonrío y le dedico una peineta.
—Y eso me lleva al siguiente anuncio —continúa el entrenador—.
Para fomentar la unidad del equipo, esta noche vamos a reducir a la mitad el número de habitaciones.
Todos vais a tener compañero. Y no… —hace una pausa mientras nos mira fijamente a Bouchard y a mí—, no podéis compartir con alguien de vuestro equipo habitual.
Necesito que empecéis a trabajar juntos.
Y rápido. Así que buscad a alguien nuevo con quien pasar el tiempo.
Por todo el grupo se oyen gemidos de protesta. Al menos no soy el único al que la idea le parece una mierda.
El entrenador hace sonar el silbato.
—Ahora vamos a raspar un poco de hielo.
Connor