UNO #3
Después de ducharme, me acerco a la cabina que tiene mi apellido encima. No. Espera. La que tiene el apellido de mi padre encima. A veces me pregunto si simplemente siguen usando su antigua placa. A veces también me pregunto si yo estaría siquiera aquí de no ser porque compartimos apellido.
No. No vayas por ahí.
Puede que entrara en los Broad Wings por unas circunstancias concretas, pero no me cabe la menor duda de que me he ganado mi sitio en la NHL.
No hay un solo equipo en esta liga que no aceptara ficharme encantado si surgiera la oportunidad de un traspaso.
Aunque mi padre no me traspasaría ni en un millón de temporadas.
Pero, joder, a veces deseo con toda mi alma que lo hiciera.
Aunque solo fuera para no tener que verlo y vivir bajo su sombra cada segundo de mi carrera.
Esa es la verdadera razón por la que quiero un puesto en el equipo olímpico.
Está claro que viajaría a Milán para ver los partidos, pero no podría estar encima de nosotros.
No tendría acceso a la Villa Olímpica. Ni podría asistir a los entrenamientos.
Tendría que mirar desde la grada, como cualquier otro aficionado, y yo, por primera vez en mi vida, podría jugar unos cuantos partidos en paz, sin tener que enfrentarme a él cada vez que salgo del hielo.
—¡Atención todos! —grita mi padre, cruzando el vestuario a grandes zancadas—.
¡Escuchad! —Le hace una seña al entrenador Chris para que suba el volumen de los televisores, que están emitiendo repeticiones de nuestro partido en ESPN mientras los comentaristas diseccionan nuestra derrota jugada a jugada.
Entonces me mira y sonríe—. Van a anunciar el equipo.
Gavin
—Connor Kennedy —dice el locutor de la televisión, mientras una foto de Connor y su sonrisa de niño bonito tan típicamente estadounidense ilumina la pantalla.
—Como si eso sorprendiera a alguien —dice Tavish, arrancando las risas de medio vestuario.
—Más te vale quitarle el disco cada vez que se te ponga a tiro —agrega Ander Bouchard, nuestro portero titular.
—¡Puedes apostar lo que quieras! —grita Tavish, justo antes de que el televisor anuncie el nombre de Bouchard.
—¡Sí! —El vestuario estalla en vítores y la mitad del equipo se lanza sobre Bouchard y lo tira al suelo. Menos mal que todavía lleva puesto casi todo el equipamiento de portero.
Cuando consigue liberarse del montón de cuerpos, señala a Tavish con el dedo.
—¡Nos vemos en la pista!
—¡Más te vale no ablandarte conmigo! —le responde Tavish, sonriendo como un crío la mañana de Navidad.
Ojalá pudiera devolverle esa sonrisa. No me malinterpretes: me alegro por ellos.
De verdad. Pero, por mucho que haya soltado comentarios despectivos delante de los periodistas, yo también quiero estar en ese equipo.
No sé muy bien por qué. Tal vez para demostrarme algo a mí mismo.
O a la liga. O a los aficionados que me odian por destrozar a sus estrellas favoritas.
O a los entrenadores y directores generales que siempre están intentando cambiar las reglas para que me suspendan.
Aunque, si soy sincero, me gustaría hacerlo por mi padre.
Yo no estaría aquí si él no se hubiera dejado la piel criándome solo.
No fue fácil, y quiero que sepa que todo ha merecido la pena.
Por desgracia, ahora parece menos probable que eso ocurra.
Es rarísimo que elijan a más de dos jugadores del mismo equipo.
Incluso aunque uno vaya con Canadá y otro con Estados Unidos, mis opciones de estar en Milán acaban de reducirse bastante.
Supongo que no todo son malas noticias. Solo Dios sabe cómo funcionaría un equipo que tuviera a Connor Kennedy y a mí juntos.
Nos odiamos. O, al menos, él me odia a mí.
Yo odio la idea que tengo de él. Odio lo que representa: el elitismo de ser hijo de una leyenda, de haber tenido el camino despejado desde que nació.
Pero no puedo decir que lo odie de verdad.
Apenas lo conozco. De hecho, una vez estuvimos a punto de hacernos amigos.
Fue hace muchísimo, cuando coincidimos en un campamento juvenil de hockey.
Pero aquello duró menos que un disco deslizándose sobre hielo recién pulido.
El padre de Connor, un jugador al que admiré desde el día en que ganó el oro olímpico para nuestro país, resultó ser un cabrón de primera.
En cuanto descubrió que yo estaba en ese campamento gracias a una recaudación de fondos organizada por mi pista de hielo, en Alaska.
Querían enviarme a los cuarenta y ocho estados continentales y darme una oportunidad en la mejor liga juvenil del país.
Connor Kennedy padre me caló en el acto y vio exactamente lo que yo era. Y lo que sigo siendo. Un chico blanco, pobre, de un pueblucho pesquero, que no tenía ningún derecho a jugar al lado de su hijo, el niño bonito.
Él elige personalmente a los jugadores de los Broad Wings. Sería de idiotas pensar que no tiene nada que ver con la decisión de quién entra en el equipo olímpico de Estados Unidos.
O quizá sí. Porque, justo en ese instante, oigo mi nombre salir de la boca del locutor.
—Joder —digo, y me dejo caer de espaldas en el banco frente a mi taquilla mientras el vestuario entero estalla a mi alrededor .