UNO #2
Mientras Alexander sigue bromeando con los periodistas y me mantiene atrapado a su lado, alzo los ojos y me cruzo con la mirada de nuestro director de relaciones públicas al otro extremo del vestuario.
Él me hace una seña con la cabeza para indicarme que ya puedo largarme.
Seguramente considera que una parte importante de su trabajo consiste en evitar que yo abra demasiado la boca delante de una cámara.
Así que murmuro una disculpa, me escurro del brazo de Alex y salgo corriendo hacia las duchas.
Mientras cruzo el vestuario, me llueven gritos, vítores, palmadas en la espalda y, al pasar junto al entrenador Matthews, un gesto de reconocimiento.
—Buen partido —me dice—. Te estás ganando esa «A» de la camiseta.
Los labios se me tensan en algo parecido a una sonrisa.
Golpeo dos veces la insignia con el pulgar del puño derecho.
Capitán alterno. Es la primera temporada que la llevo, y me sorprendió verla cosida a mi camiseta el primer día del campamento de entrenamiento de otoño.
No es habitual que el ejecutor del equipo lleve esa letra.
«Dádsela a alguien menos violento», dicen los detractores.
«A alguien a quien los niños puedan admirar».
Como si todos esos chavales que entrenan en la pista no estuvieran ya practicando cómo quitarse los guantes y agarrar al rival de la camiseta el día que tengan que recordarle que ellos también están ahí para ganar.
Diga lo que diga la gente (o precisamente por eso), estoy orgulloso de esa «A».
Puede que incluso más que de mi título de rey de los minutos de penalización.
No me malinterpretes: me gusta proteger a mis compañeros.
Me gusta asegurarme de que estén a salvo para hacer su trabajo.
Me gusta hacer cumplir las normas no escritas del hielo y recordarles a los otros treinta y un equipos de la liga que los Blizzards son el último rival con el que conviene buscarse problemas.
Y además, si peleo lo suficiente, si demuestro ahí fuera mi fuerza y mi resistencia, quizá, si algún día sale a la luz el secreto de que soy gay, la gente tenga demasiado miedo como para meterse conmigo por ello.
El hockey es todo lo que tengo. No puedo perderlo por algo tan trivial e inofensivo como con quién me gusta acostarme.
Connor
—Ha sido una derrota dura, pero hemos peleado hasta el final —digo a los periodistas que se agolpan a mi alrededor en el vestuario después del partido—. Buffalo siempre es un rival complicado.
—¿El equipo o el estadio? —pregunta uno de ellos.
—Ambos —respondo con una risa—. Tú estabas allí. Este es uno de los estadios más ruidosos de la liga, con unos aficionados especialmente… entregados.
Ha sido una forma amable de decirlo. ¿No?
Puede que no. Mi padre, que además es el director general del equipo, me observa con los brazos cruzados desde detrás del enjambre de periodistas y compañeros.
Trago saliva.
—Pero estaremos preparados para tomarnos la revancha el mes que viene, cuando volvamos a enfrentarnos a ellos en casa.
—¿Y qué me dices del anuncio del equipo olímpico de esta noche? ¿Estás preparado para ver a algún jugador de los Blizzards en esa lista?
Lanzo una mirada fugaz a mi padre. Ha dedicado gran parte de su tiempo libre a intentar influir en esa convocatoria.
Como antiguo medallista olímpico y exjugador de la NHL, su opinión siempre cuenta.
Aunque todos los que aspiran a uno de esos puestos codiciadísimos consideren que su influencia tiene bastante de corrupta.
Y no los culpo. Debería haberse retirado como director general de los Chicago Broad Wings en el momento en que yo pasé a ser elegible para el equipo.
Que tu padre pronuncie tu nombre por el micrófono cuando eres la primera elección no es tan emocionante como la gente cree. Es presión con un toque de nepotismo.
Vuelvo a tragar saliva y centro de nuevo toda mi atención en el periodista.
—Tanto si me seleccionan como si no, me sentiré feliz y orgulloso por todos los jugadores que entren en la lista, sin importar en qué equipo jueguen.
—¿Incluso Gavin Marshal?
Maldigo por dentro. ¿De verdad tenía que ir por ahí?
Más micrófonos se abalanzan hacia mí y el vestuario entero se sume en el silencio.
Se supone que debo odiar a Gavin. Ese ha sido el relato que mi padre y, por extensión, la prensa han alimentado desde la noche previa a la selección, hace ya siete años.
Sonrío a la cámara, preparándome para darles justo lo que esperan, aunque se me revuelva el estómago.
—Creía que estábamos hablando de hockey , no de artes marciales mixtas. —Mi padre asiente, satisfecho, y eso me da vía libre para dar media vuelta—. Ahora, si me disculpan, voy a cambiarme.
Ya en las duchas, apoyo la espalda contra la pared de azulejos y exhalo mientras dejo que el agua caliente me caiga encima.
—La próxima vez les ganaremos —dice James, dándome un puñetazo amistoso en el hombro.
—¡Sí! —añade Lars, saliendo de debajo del agua y ciñéndose una toalla a la cintura.
—Claro que sí —respondo, porque es lo que toca decir. Pero no es el partido lo que me tiene de mal humor. En hockey se pierden encuentros. La temporada es larga, y nadie los gana todos.
—Gavin Marshal es un gilipollas integral —suelta Johnson al pasar junto a mí.
—Y tanto —dice James, dándole una palmada para dejar claro que está de acuerdo.
Yo no digo nada. Porque tampoco es Gavin lo que me hace sentir así.
Sí, es una amenaza en la pista y, sin duda, el delantero-ejecutor más desesperante de toda la liga, pero solo está haciendo su trabajo.
Y lo hace muy bien. Se deja el alma sobre el hielo.
Lo único es que, en él, todo se ve distinto.