La regla Kennedy UNO
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La regla Kennedy

La regla Kennedy

Por K.C. Carmichael

© inepub.com

UNO

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Gavin Marshal

Veinte minutos. Eso es todo lo que tengo para recordarle a Connor Kennedy que, por mucho que lo hayan nombrado Jugador Más Valioso durante las tres últimas temporadas, que ganara el premio al Novato del Año hace seis o que el equipo lo eligiera antes que a mí el año pasado, yo sigo siendo mejor.

Vale. Es más rápido que yo. Lo noto en cuanto el árbitro deja caer el disco para arrancar el tercer período y Connor gana el saque.

Una vez más, me veo persiguiendo su musculado trasero por la pista de hielo.

Y vale, también mete en una sola temporada tantos goles como yo en toda mi carrera.

Pero yo no estoy aquí para marcar. Estoy aquí para impedir que ricachones como él le metan discos a mi portero.

¡Zas! Y también para estamparlos contra las vallas con un buen golpe de cadera.

—¡Ya no te veo bailar con el disco! —le suelto, mientras el árbitro me agarra por las hombreras y me arrastra lejos de un Connor Kennedy furioso que está tendido sobre el hielo.

—Disfruta de tu asiento en primera fila durante los próximos dos minutos, Marshal —dice Connor mientras se incorpora.

Me mira con esos malditos ojos de un azul glacial y todavía tiene el descaro de sonreír mientras se sacude el hielo de las caderas y los hombros.

A mí, mientras tanto, me llevan de vuelta a mi hogar. Al banquillo de las sanciones.

No, en serio. Este es mi hogar. Aquí me espera una botella de agua con mi nombre.

La agarro, me echo un trago y me acomodo en el banco al que el entrenador Matthews ha bautizado como «el trono».

¿Por qué? Porque aquí, en Búfalo Nueva York, hogar de los Blizzards, mando yo.

Mando en el único aspecto del hockey en el que Connor Kennedy jamás podrá superarme: los minutos de penalización.

De hecho, ni siquiera creo que el niño bonito de la liga haya visto nunca el interior de un banquillo de castigo.

Dudo que haya oído a su propia afición corear su nombre mientras lo sacan de la pista para que se «calme», como lleva haciendo la nuestra conmigo desde que lo envié al suelo con ese golpe de cadera.

Los hombres guapos como Connor solo saben lo que es que se enamoren de ellos.

¿Cómo llevaría que, en lugar de admirarlo, le tuvieran miedo?

¿Seguirían brillando igual esos rizos castaños con destellos dorados que asoman bajo el casco?

¿Verían las multitudes sus ojos azules como los veo yo?

Fríos y altivos como el hielo sobre el que patinamos.

¿Soportaría que lo odiaran en todas las ciudades salvo en la suya?

Yo diría que no demasiado bien.

Connor Kennedy

—Eso debería hacer que se callaran —le digo a mi compañero James Bryant cuando se enciende la luz roja detrás de la portería.

He empatado el partido. Apostaría a que Gavin Marshal ya no está tan contento, ahora que he sabido aprovechar tan bien su ausencia en la pista mientras cumple en el banquillo de castigo por una brusquedad completamente innecesaria.

Su trono. Pongo los ojos en blanco. Hay que tener valor para llamarte a ti mismo «el rey de los minutos de penalización».

—¡Bien hecho, Connor! —oigo gritar al entrenador Chris desde el banquillo—. ¡Ahora trae aquí tu trasero! Lars, entras tú por Kennedy.

—No necesito descansar, entrenador. Puedo jugar otro turno —digo mientras patino junto al banquillo, bloqueando a Lars para que no salte la valla.

—Quizá —responde el entrenador, señalando con la barbilla al otro lado de la pista.

Gavin Marshal espera junto al banquillo de castigo, clavándome la mirada, listo para que lo suelten en cuanto se reanude el juego, como un oso furioso—.

Pero no voy a dejarte ahí fuera como si fueras carne de cañón. Ahora siéntate.

—Está bien —cedo, y cambio el sitio con Lars.

Ya sentado, miro de reojo el marcador. Quedan dieciséis minutos y vamos uno a uno.

Debería estar ahí fuera. Soy el mejor centro del equipo y nuestra mejor opción de marcar el gol que nos dé la victoria en este partido agotador.

Más agotador todavía aquí, en Búfalo, donde la pista está llena de jugadores sucios y las gradas, de aficionados rabiosos y sedientos de sangre.

Estoy convencido de que muchos vienen solo para ver a Gavin Marshal repartir golpes y destrozar rivales.

Vuelvo a mirar el reloj. Cinco… cuatro… tres…

dos… uno. El árbitro deja caer el disco.

Ganamos el saque y Marshal lo despeja como un misil.

O, más exactamente, se lo envía directo a James, uno de nuestros extremos derechos, que avanza con él a pocos metros de la portería de los Blizzards.

Su portero está preparado. James arma el disparo, y yo me preparo para el choque que viene después.

Uno que conozco demasiado bien; que Gavin Marshal te derribe es algo que experimento desde antes incluso de que entráramos en la liga.

Ya en juniors , acababan colocándonos en equipos enfrentados.

Supongo que estábamos destinados a ser rivales.

Y ahora ahí está, a punto de descargar toda esa rivalidad sobre mi compañero.

Solo que… no lo hace. En vez de tumbar a James, mete el palo, le roba el disco y se lo envía con un rápido giro de muñeca a un compañero que espera abierto en la banda.

Después pivota con rapidez y se lanza a patinar con una energía feroz, acompasado con sus compañeros mientras mueven el disco.

La facilidad con la que se entienden, la manera en que adivinan dónde estará el otro, mientras Gavin bloquea cualquier intento de defensa por nuestra parte, nos recuerda exactamente cómo levantaron la copa el año pasado.

Los Buffalo Blizzards son una tormenta desatada sobre el hielo, y Gavin es el viento, apartando a todo el mundo de su camino.

Cubre más pista que el propio disco y ni siquiera vuelve a tocarlo.

Mientras patina, no pierde de vista su objetivo.

En cuanto su centro, Alexander Tavish, se hace con el disco, Gavin planta su enorme trasero delante de nuestro portero y le tapa por completo la visión.

Funciona, y la bocina del equipo local vuelve a rugir. Los Buffalo Blizzards acaban de marcar. La grada corea el nombre de Gavin aunque no haya sido él quien ha metido el disco. El estruendo en que se convierte su nombre resulta ensordecedor.

Bajo la mirada y sonrío para mis patines. No quiero que nadie vea que me siento orgulloso del hombre al que se supone que debería odiar.

Gavin

—¡Gavin! —grita otro periodista, plantándome un micrófono delante de la cara en el vestuario.

Le dedico toda mi atención y fuerzo una sonrisa.

Odio esta parte del partido. Quiero quitarme el equipo, ducharme, vestirme.

Quiero irme a casa, apoyar los pies en el reposabrazos de mi sofá de mierda y ponerme hielo en los nudillos y en las rodillas.

Ya no quiero responder preguntas para que los analistas deportivos y todos los que me miran desde sus sillones, cerveza en mano, en cualquier sitio que no sea Búfalo puedan llamarme «matón» o «bestia»—.

Menudo golpe le has dado a Connor Kennedy…

Claro. Eso es lo que le interesa. Eso es lo que siempre les interesa. Da igual que haya sido yo quien hizo posible el gol que sentenció el partido.

—¿Crees que tratar así a tus compañeros puede dificultar tu entrada en el equipo de Estados Unidos para los Juegos Olímpicos de este año?

Me paso una mano por el pelo empapado en sudor y me lo aparto de la cara.

—La lista del equipo estadounidense aún no se ha anunciado. —Me río y le dedico a la cámara mi sonrisa más descarada—. Y dudo mucho que mi nombre vaya a estar en ella.

Y es verdad. Son los Juegos Olímpicos. Por mucho que el director general quiera ganar, querrá hacerlo con la menor polémica posible. Meterme en la plantilla sería una polémica instantánea.

—¡Más vale que tu nombre esté ahí! —Mi compañero Alexander Tavish cruza el vestuario a toda prisa desde su taquilla y me rodea con un brazo.

Canadá no tardó en reclamarlo para su selección, y con razón.

Es un delantero increíble y rara vez sale del hielo sin haber marcado un punto al menos.

Me despeina con su mano enguantada, haciendo que varios mechones de mi pelo negro, chorreando sudor, me caigan sobre los ojos, y vuelvo a apartármelos.

Tavish sonríe y me zarandea por los hombros—.

Quiero ver qué tal se le da al resto de la liga enfrentarse a este hombre durante varias semanas.

—¿Eso no te da miedo? —pregunta el periodista.

—No. —Alexander se echa a reír y me aprieta un poco más con el brazo por los hombros—. Somos jugadores de hockey. No le tenemos miedo a nada.

A casi nada. Aunque supongo que, en el caso de Alexander, eso puede ser cierto.

Cuando no está sobre el hielo, está en casa con su prometida (una relación perfectamente aceptable) y con su cachorro de golden retriever .

No como yo, que vuelvo a un apartamento pequeño y casi vacío, donde me escondo para que nadie sepa demasiado de mi vida.

Cuanto menos conozcan de mis idas y venidas, mejor, y eso incluye a mis compañeros.

Soy reservado, y he protegido mi vida y mi pasado lo mejor que he podido para no acabar convertido en protagonista de un artículo lacrimógeno sobre cómo alguien pasa de la pobreza al éxito.

O, peor, en el cartel de unas noches del orgullo gay de la liga cada vez más polémicas.