La redención del ranchero (Cedar Hollow nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Hadley

Iba por la mitad de las escaleras cuando sonó el teléfono.

—¿Diga?

Nada. Pero no la nada de una línea vacía, sino la nada de alguien escuchando. Oía una respiración al otro lado, cuidadosa y acompasada, como si alguien se esforzara al máximo por no hacer ningún ruido.

—¿Diga? ¿Quién es?

La respiración continuó. Un instante. Otro más. Y entonces, de forma deliberada, el chasquido seco de alguien colgando.

Me quedé plantada en la cocina durante treinta segundos largos, con el teléfono aún pegado a la oreja, escuchando el tono de línea como si de pronto pudiera cobrar sentido. Número equivocado, me dije. Número equivocado, o alguna llamada comercial.

No me lo creí.

Colgué. Me temblaban las manos y en mi cabeza se repetía el sonido de aquella respiración: demasiado cercana, demasiado deliberada.

El golpe repentino en la puerta casi me hace saltar del susto. Me acerqué como si fuera una serpiente a punto de atacar, como si la propia puerta pudiera abalanzarse sobre mí en cualquier momento.

—¿Hadley? Soy el sheriff Pryor.

Se me relajaron los hombros de alivio mientras abría la puerta.

El sheriff Pryor aún llevaba el uniforme, con el sombrero en la mano, lo que significaba que venía por asuntos oficiales. Entrecerró los ojos al verme. —¿Estás bien?

Hice un gesto desdeñoso con la mano. —Sí, es solo que…

Su expresión se tensó. —¿Qué?

—He recibido… una llamada hace unos minutos —confesé—. No había nadie… bueno, oía a alguien respirar, pero…

—¿En el móvil? —preguntó con brusquedad.

Negué con la cabeza. —No. Al fijo. Nadie llama nunca al fijo, por eso me pareció tan raro. —Acordándome de mis modales, abrí más la puerta—. Por favor, pase.

Me siguió hasta la cocina y su mirada fue directa al teléfono inalámbrico. Se acercó, lo cogió, pulsó varios botones, escuchó y frunció el ceño. —Quien te llamó conocía este número y sabía que no se puede rastrear.

Se volvió hacia mí. —Hadley. —Su voz tenía ese tono particular que adoptaba cuando estaba a punto de decirme algo que no quería oír—. Tengo que hablar contigo sobre tu padre.

—¿Mi padre? —Se me encogió el estómago. Me dejé caer en una de las sillas de la cocina, con las piernas temblándome, y señalé la de enfrente para que se sentara.

—¿Qué pasa con él? —pregunté al fin.

—Lo han visto por la zona. O al menos hemos recibido informes que sugieren que podría estar aquí. Tiene problemas con un tal Russ Tate: usura, quizá también juego. Jared pidió dinero prestado que no podía devolver, y ahora lleva unas tres semanas de retraso en el pago.

Las palabras del sheriff me helaron la sangre.

—Vale —dije, lo que no era respuesta a nada, solo una muletilla mientras mi cerebro intentaba procesar la información.

Jared.

Mi padre.

En Cedar Hollow.

Metido en líos.

Todo aquello parecía una película que hubiera visto, no mi vida real.

—Si te cuento esto —continuó el sheriff, midiendo sus palabras— es porque Russ Tate no es de los que olvidan una deuda. Seguramente averigüe enseguida que Jared tiene una hija, y que una hija es justo la clase de garantía que un hombre desesperado podría querer cobrarse.

—Jared no vendrá a buscarme —dije—. Para Jared, yo ya ni existo.

—Hadley…

—No lo sabe. —Me sorprendió lo firme que sonaba mi voz, lo fría—.

Se marchó cuando yo tenía dieciséis años.

Ha tenido ocho años para olvidarse de que tiene una hija.

No iba a… —Me callé porque en realidad no sabía lo que Jared haría o dejaría de hacer.

Jared era un concepto, no una persona. Era una ausencia en mi vida que me había moldeado de maneras que aún estaba descubriendo.

—No digo que lo vaya a hacer —dijo el sheriff Pryor con voz suave, aunque dejando claro que en realidad no se lo creía—. Solo digo que deberías saberlo. Me quedaría más tranquilo si te fueras unos días con alguna amiga. Con Maisie, quizá, o con alguien del pueblo.

—Tengo a Ridge —dije antes de pararme a pensar cómo sonaba aquello—. O sea, Maisie vive con Ridge, técnicamente. El rancho está…

—El rancho estaría bien —respondió, con un amago de sonrisa en los labios, como si le complaciera que hubiera mencionado a Ridge—. Pero solo si te sientes segura allí.

—Me siento segura allí. —Era verdad. El rancho siempre había sido un lugar seguro. Ridge siempre había sido seguro, incluso cuando se empeñaba en fingir que yo no existía—. Pero no puedo dejar a mi madre aquí sola.

—Llévatela. Ridge tiene sitio de sobra.

Hice una mueca. —Mi madre está fuera de combate. Llamaré a Maisie y la dejaré allí por la mañana, de camino al trabajo… si es que mi madre acepta. Ya sabes cómo se pone.

El sheriff torció la boca en una sonrisa irónica. Claro que lo sabía. Mi madre era terca, y más aún cuando iba bebida. La idea de exponer a Ridge y Maisie a sus cambios de humor y su lengua viperina me revolvía el estómago. Pero era cuestión de seguridad, y…

—Hadley —el sheriff me sacó de mis pensamientos—, si recibes alguna otra llamada extraña, o si ves algo que no te cuadre, me llamas a mí primero. No llames a Ridge. Me llamas a mí.

—¿Por qué no puedo...?

—Porque Ridge Calloway es de los que se toman la justicia por su cuenta, y prefiero ocuparme de esto como sheriff en lugar de tener que recoger los destrozos que Ridge deje a su paso —el sheriff Pryor se levantó y se caló el sombrero—. Llámame a mí primero. ¿De acuerdo?

Lo seguí hasta el porche. Las polillas no habían aprendido la lección; seguían lanzándose contra la luz, buscando algo que esta no podía darles.

—Entra, Hadley. Echa la llave —el sheriff Pryor parecía agotado—. Pasaré a echar un vistazo al final de mi turno para asegurarme de que todo va bien.

Me rodeé el cuerpo con los brazos y asentí.

—Gracias, sheriff. Por todo.

Se tocó el ala del sombrero, bajó los escalones del porche y subió a su coche patrulla.

Entré y eché la llave a todas las puertas, intentando convencerme de que una puerta cerrada significaba estar a salvo.

Volví a la cocina y me senté a la mesa durante un buen rato, pensando en Jared y en la llamada que probablemente había sido suya, en cómo había sonado, como si estuviera calculando cuánto valía yo.

El móvil vibró.

Ridge: ¿Cómo está tu madre?

Me quedé mirándolo un minuto entero antes de contestar. Durmiendo la mona.

La pregunta implícita en el mensaje de Ridge flotaba en el aire —¿Cómo estás tú?

— y me descubrí escribiendo una docena de respuestas distintas, solo para borrarlas una y otra vez.

Me había pasado un semestre entero en la universidad escribiendo ensayos sobre cómo las mujeres no deberían esperar a que los hombres dieran el primer paso, y sin embargo ahí estaba, sin contestarle a Ridge, convencida de que escribirle confirmaría de algún modo todos mis miedos sobre ser demasiado y no ser suficiente al mismo tiempo.

Quería contarle lo de la llamada. Quería compartir la advertencia del sheriff Pryor. Quería admitir que tenía un miedo irracional; algo en mí había tomado conciencia de repente de lo fácil que era hacerme daño y de lo rápido que podían arrebatarme la pequeña vida segura que me había construido.

Pero ¿y si contárselo le hacía pensar que era demasiado frágil? ¿Y si me había besado solo por lástima, por lo rota que estaba? ¿Y si, en cuanto comprendiera lo profundas que eran las grietas, decidía que no merecía la pena?

Eso era lo que no se mencionaba sobre la confianza en las novelas románticas que escondía bajo el colchón. La confianza no consistía solo en amar a alguien; consistía en admitir que podían hacerte daño, que podían romperte, que podían dejarte atrás.

Ya me habían dejado atrás antes, y se me había dado bastante bien evitar que volviera a pasar.

En algún lugar en la oscuridad, había un hombre llamado Russ Tate al que mi padre le debía dinero, y que probablemente estaba pensando en la hija que de repente podría valerle algo.

La casa crujió a mi alrededor, latiendo con el silencio de estar sola con mi ansiedad y sin ningún lugar adonde huir.

Borré todas las versiones de esas palabras y no le contesté a Ridge. Se lo contaría, pero no esa noche.

Luego fui a ver a mi madre, que estaba despatarrada en la cama con la boca abierta, roncando tan fuerte que casi arrancaba las cortinas de la pared.

Me metí en la cama e intenté dormir. Mi cerebro tenía otros planes: prefería reproducir una y otra vez la inquietante llamada y recordarme cómo podían perseguirte por algo que ni siquiera habías hecho.

A medianoche, me había convencido de que las puertas cerradas probablemente no eran la protección mágica que había creído.

A la una de la madrugada, había pasado de las puertas cerradas a la actividad mucho más productiva de quedarme tumbada en la cama calculando todas las formas en que mi vida podría desmoronarse si no andaba con muchísimo cuidado.

A las dos, había vuelto a escribirle mensajes a Ridge mentalmente.

Observé cómo cambiaban las sombras en el techo y esperé a que volviera el sol a fingir que la luz del día hacía las cosas más seguras de lo que en realidad eran.