La redención del ranchero (Cedar Hollow nº 1) Capítulo 4
24%

Capítulo 4

Ridge

Wes llegó a las seis y le echó un vistazo a Bear. —Está muy bien. Volveré a verlo esta noche. —Miró hacia la silla. Hadley seguía dormida bajo mi Carhartt—. ¿Ha estado aquí todo el tiempo?

—Casi todo el rato.

—Esa es mi técnica veterinaria. —Lo dijo con calidez y aprobación, con el mismo afecto que muestra un hombre cuando aprecia algo bueno en una mujer con la que trabaja a diario.

Nada más. Yo conocía la diferencia, y estaba controlando mi reacción ante él, aunque no era tan maduro como me gustaba creer.

—Sí —dije—. Lo es.

Wes volvió a su despacho. Me senté en la silla junto a Hadley, observando cómo la luz de la mañana se deslizaba por la pared.

Pensé en los años que había pasado con cautela, en la mañana que aparentemente estaba a punto de pasar sin ella, y en el resto de mi vida intentando descubrir qué versión de mí mismo debía ser.

Hadley se despertó a las siete, desorientada. Miró el reloj y se dirigió hacia la sala de recuperación en piloto automático. El sol ascendía hacia la cresta de las montañas del oeste. El aparcamiento de la clínica estaba vacío salvo por nosotros.

—Deberías irte a casa —le dije, viéndola salir de un sueño que claramente no había bastado.

—Tengo que ir a casa, cambiarme y volver —respondió—. Entro a trabajar a las ocho y media.

—Hoy no vienes.

Me lanzó una mirada que dejaba claro que iba a venir sí o sí, y que podía meterme mis sugerencias sobre su horario donde me cupieran. —Bear todavía está…

—Wes ya lo ha revisado dos veces esta mañana. Necesitas dormir.

—He dormido.

Era una mentira tan transparente que se veía venir desde el condado de al lado.

—Venga —dije—. Te llevo a casa.

Abrió la boca para protestar, pero volvió a cerrarla al darse cuenta de que estaba demasiado cansada para resultar convincente.

—Vale —dijo en voz baja.

Se apoyó en la ventanilla del copiloto durante todo el trayecto, con la frente pegada al cristal, viendo pasar el pueblo. Cedar Hollow parecía más pequeño bajo la luz temprana, casi frágil.

La cabina de mi camioneta era pequeña. No me había fijado antes —o sí, pero nunca había estado a solas con ella—, en el silencio cargado que sigue a una larga noche pasada frente a frente, viendo respirar al mismo perro.

Olía a sala de recuperación: antiséptico y perro, con algo debajo, una dulzura tenue, quizá champú o simplemente ella. Se había quitado mi Carhartt al levantarse, pero su calor aún permanecía en la lana del asiento, entre nosotros.

Mantuve las dos manos en el volante.

—Gracias —dijo cuando salimos de la carretera principal hacia su casa. Tenía la voz suave y un poco ronca por la falta de sueño—. Por quedarte. Por entender que no podía…

—Lo sé.

Se volvió para mirarme.

Cometí el error de devolverle la mirada.

Sus ojos marrones estaban cansados y ojerosos. El pelo castaño se le había soltado y le caía suelto sobre el hombro de la camisa prestada. No había ninguna razón concreta para que la cabina pareciera haberse quedado sin aire, y sin embargo las había todas.

Volví la vista a la carretera.

—¿Alguna vez vas a contarme por qué siempre desapareces? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué nunca quieres hablar conmigo a menos que Maisie esté delante?

La pregunta que llevaba evitando desde que tenía memoria flotaba en el aire.

Se me tensaron las manos en el volante y me obligué a relajarlas. —Es complicado.

Era la respuesta equivocada. Lo supe en cuanto lo dije.

Pero era la única que sentía que podía dar en la cabina de una camioneta a medio metro de ella, con el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros, sus ojos marrones aterciopelados clavados en mí, y veintisiete horas sin dormir minando todas las defensas que había levantado.

—Claro —respondió. No enfadada, sino cansada de un modo que sugería que llevaba toda la vida esperando esa respuesta de distintos hombres y que poco a poco estaba aprendiendo a dejar de hacer la pregunta.

Aparqué en su entrada y apagué el motor.

La mañana estaba en calma, ese silencio que solo existe después de una larga noche y antes de un día ajetreado. La luz del porche seguía encendida, brillando inútilmente a plena luz del día.

No hizo ademán de bajarse.

Un mechón de pelo le había caído sobre la mejilla. Antes de poder convencerme de lo contrario, antes de dejar que años de cautela me frenaran, alargué la mano por encima de la consola y se lo coloqué detrás de la oreja.

Mi nudillo le rozó la mandíbula.

No se movió. No respiró.

Yo tampoco.

Por un instante, mi mano se quedó donde estaba, el pulgar a un suspiro de la comisura de su boca, los dedos apenas rozándole el pelo suave de la sien. Sentía cómo se le aceleraba el pulso donde mi nudillo descansaba contra su piel.

La cabina parecía haberse quedado sin aire.

—Ridge. —Le salió tan bajo que apenas fue una palabra.

Dejé caer la mano.

Dolió físicamente.

—Apenas has dormido. —Me salió la voz más ronca de lo que pretendía—. No voy a preguntarte nada que no puedas responder ahora mismo.

—No me estabas preguntando nada.

—Estaba a punto.

La mirada que me lanzó era, de algún modo, más vieja que los dos. La mirada de dos personas que llevaban mucho tiempo rondando algo y por fin se habían dado cuenta.

—Siempre haces esto —dijo. Sin amargura, como simple observación—. Casi me dejas entrar y luego te echas atrás.

—Lo sé.

—¿Por qué?

No tenía una buena respuesta. Tenía una respuesta larga, una respuesta verdadera —una respuesta sobre mi madre, mi padre y los cálculos de la diferencia de edad—, pero ninguna encajaba en aquella cabina, en aquella mañana, cuando ella estaba a tres frases de quedarse dormida en el asiento.

—Entra, Hadley. Duerme.

No se movió.

—Cuando hayas dormido, si todavía quieres que te conteste, lo haré.

Sus ojos escudriñaron mi rostro un largo momento, buscando la trampa, buscando el instante en que el ranchero que había desaparecido de su vida cada vez que se acercaba demasiado fuera a retirar la oferta.

—De acuerdo —dijo al fin, aún recelosa.

Hadley recogió sus cosas y abrió la puerta. Se detuvo con un pie sobre la grava.

—¿Ridge?

—¿Sí?

Abrió la boca y volvió a cerrarla, como si hubiera querido preguntar algo pero se lo hubiera pensado mejor.

—Gracias por traerme.

Cerró la puerta antes de que pudiera responder.

Me quedé en su entrada, viéndola subir los escalones del porche. Aún sentía el calor en el nudillo donde había rozado su mandíbula. El pulso me latía como no lo había hecho en años.

Había sido un cobarde durante mucho tiempo, con el vago plan de seguir siéndolo el resto de mi vida.

Ese plan acababa de toparse con un problema serio.

Salí de la entrada y enfilé la camioneta hacia el rancho, hacia el trabajo pendiente, hacia el largo y silencioso día de un hombre que acababa de rozar la mandíbula de una mujer con el nudillo y había descubierto que el límite que se había impuesto no era un límite en absoluto. Era una puerta.

Y la puerta, evidentemente, ya no estaba cerrada.