La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

Tres semanas después

Azucena se miró al espejo, un tanto aturdida por la imagen que tenía ante ella, dado que después de mucho tiempo podía lucir un vestido hermoso, sin tener que preocuparse de llevar pantalones debajo de la prenda y un sinfín de armas en sus bolsillos —aunque sí las tenía, porque había costumbres que nunca se perderían—, y sonrió con satisfacción.

Su rostro ya no tenía hematomas y la hinchazón de los golpes que recibió hace más de tres semanas se había ido, dejando atrás todo lo vivido.

En Gloucester, el ambiente se sentía relajado y tranquilo, aunque los arreglos y trabajos de construcción se habían suspendido únicamente por ese día, dado que era uno especial.

—Te ves hermosa —musitó Maggie, estudiando su vestido rosa con una amable sonrisa en el rostro—. Max volverá a pedirte matrimonio cuando te vea.

—Deja que se arrastre, Azucena —bromeó Hortensia, mientras Gardenia terminaba de peinarla, y ella se rio por lo alto—. Es tan agradable verlo seguirte a todas partes —añadió la castaña con malicia, agitando su abanico azul con astucia.

—¿Así como Sheldon y Thomas las siguen a ustedes? —inquirió con diversión y las hermanas Gardener la fulminaron con la mirada—. ¿Cuándo les darán la oportunidad de explicarse? —puso las manos en jarras.

—Hoy es un buen día —dijeron ambas en voz baja, inquietas.

—Es evidente que quieren perdonarlos —comentó Maggie, acercándose a sus hermanas—. ¿Por qué resistirse? Ya saben que ellos demoraron por una buena causa.

—No es eso —musitó Gardenia, cabizbaja—. Es sólo que no sé si estoy lista para este cambio, todo se siente tan tranquilo.

Azucena enarcó una ceja, pero no pudo culparla por nada. Durante años, ella vivió alerta y al pendiente de los llamados de Steve. Su vida nunca fue suya, hasta que ellas llegaron y la rescataron de ese infierno.

—Cuando tengas hijos, nada en tu vida será tranquilo —comentó ella, entretenida—. ¿Te da miedo que Thomas quiera volver a Londres?

—Sí —reconoció—, él adora al conde de Worcester y ahora que tú y Max se irán…

—Pero yo sólo iré por mis hijas y a visitar a mi madre, incluso Percival me dijo que quiere vivir aquí —se vio obligada a aclarar y Gardenia la miró con un brillo especial en los ojos—. Sin embargo, creo que no ganarás nada escondiéndote. Si Thomas desea irse, él debe saber que tú vas a quedarte.

Aunque algo le decía que Thomas estaría feliz donde quiera, siempre y cuando estuviera con Gardenia.

—¿Por qué no mudarte a Londres? —inquirió Maggie de pronto, con voz temblorosa, demandando su atención—. Yo… tengo que irme con Lucifer, ¿acaso no quieres vivir cerca de mí?

Todas esbozaron una débil sonrisa y Gardenia se sentó junto a su hermana pequeña.

—Te extrañaré mucho, Maggie, tanto a ti como a mis sobrinos. —Acunó sus manos—. Pero no hay manera que abandone a nuestra colonia. Tú sabes que ellos me necesitan y yo daría la vida por ellos.

—Yo también las necesitaré —sollozó la rubia, y Hortensia carraspeó.

—Te visitaremos, y tú también vendrás a vernos.

Azucena se cruzó de brazos, la despedida de las hermanas Gardener no sería nada sencilla.

—¿Tú también te quedarás, Hortensia? —Maggie observó a su hermana con desilusión y esta negó con la cabeza.

—No por el momento. —La noticia hizo que todos la miraran con sorpresa—. Quiero viajar, planeo conocer tanto como se me sea posible, y cuando me sienta lista: volveré a Gloucester para ayudar a Gardenia.

Así que Hortensia pensaba dejarlos por una larga temporada.

«Ella se lo merece» pensó para sí misma, orgullosa.

—No estés triste, Maggie —decidió unirse a la conversación—. Yo también iré a Londres por un tiempo y viajaré de vez en cuando, te aseguro que aquí nadie olvidará a los duques de Marlborough.

La rubia asintió, comprendiendo que era momento de que cada una tomara su camino.

—¿Sheldon lo sabe, Hortensia? —inquirió de pronto y la castaña negó lentamente con la cabeza.

—Se lo diré hoy.

Azucena asintió, no muy segura de qué responderle, y un suave golpe en la puerta les advirtió que era hora y sus hombres las esperaban en el primer piso.

Salieron de la habitación entre risas, todas contentas por el evento que las esperaba, y al bajar las escaleras se alegró al ver a Max ahí, ajustando la corbata de su hijo.

—Te ves hermosa, madre. —Percival reparó en su presencia y Azucena aceptó la mano que Max le tendió.

—Creo que a partir de ahora no te dejaré usar pantalones —bromeó el pelinegro y ella rio por lo alto, abrazándolo por el vientre.

—Trato hecho —musitó con coquetería y observó de reojo como sus amigas se iban junto a sus esposos.

—Lo solucionará —susurró Max, entendiendo su angustia—. Ellos ya perdieron la paciencia, hablarán con ellas esta misma tarde.

—Es lo mejor.

—¡Percival! —La voz de Hugh llegó a sus oídos y ambos se giraron al ver como el rubio ingresaba a la casa con paso apresurado.

—Te ves alterado —se rio Max y su amigo asintió.

—Regina se dio cuenta de que faltan arreglos, te dije que no los olvidaría —acusó a su hijo y ambos salieron de la casa con paso apresurados, totalmente horrorizados ante lo que podría hacer la nueva esposa de su amigo si no veía esos arreglos en su sitio cuanto antes.

—Bien, es hora. —Max le tendió el brazo y ella asintió—. ¿Estás contenta?

—No negaré que muero por ver a mis hijas —admitió—, pero jamás dejaría a Douglas en un día tan especial. Es nuestro amigo y gracias a él ganamos la batalla.

—Por no mencionar que gracias al novio pudimos ingresar al criadero y salvar a todos los rehenes —añadió Max y ambos asintieron.

La boda de Salazar y Amy era un evento especial. Todos en el pueblo eran un rebosar de alegría y no era para menos. La persona que instaló la esperanza en sus corazones no sólo recuperó a su hija, sino que ahora tenía un yerno y pronto sería abuelo.

Por suerte, Salazar encontró una gran familia y estaba feliz en su nuevo hogar.

La ceremonia transcurrió de manera tranquila, la comida se sirvió a la hora esperada y la música resonó por todo el pueblo, indicando que a partir de ahora todo sería un motivo de festejo.

Antes del anochecer, Maggie y Lucifer se retiraron para poder ver a los mellizos, y posteriormente Hortensia, Gardenia, Sheldon y Thomas hicieron lo mismo.

Azucena les envió la mejor de la suerte.

***

Thomas era muy consciente de que presionar a su mujer era un acto suicida —más ahora que siempre portaba ese maldito y letal abanico en manos—, pero él no podía seguir lidiando con ese silencio y fría indiferencia, por lo que ese día no se retiró a sus aposentos como lo hizo en las últimas semanas, sino que siguió a Gardenia hasta su habitación.

—¿Podemos hablar? —inquirió ni bien ella posó una mano en el picaporte de la puerta, y lo miró por encima de su hombro—. Por favor, mi vida, ya no nos hagas más daño —suplicó y ella abrió la puerta, invitándolo a seguirla.

Thomas cerró la puerta a su espalda e inspiró profundamente cuando el olor a gardenias inundó sus fosas nasales. Si ella supiera cuanto la extrañaba, no lo ignoraría tan vilmente.

—Quiero que sepas que nunca lamenté haber vuelto por ti —soltó con voz rota, y ella se volvió en su dirección—. Lo dije en un momento de desespero, yo… acababa de perder a mi hermano y me sentí abrumado, quería encontrar un responsable y terminé diciendo puras estupideces.

—Lo sé —respondió ella, tomándolo por sorpresa.

—¿Entonces por qué me ignoras? Si eres consciente de lo mucho que te amo, ¿por qué te alejas de mí? ¿Acaso ya no sientes lo mismo por mí? —se plantó frente a ella, acunando su rostro.

—No seas tonto, Thomas —musitó finalmente, erizándole la piel—. Claro que te sigo amando y me siento culpable por haber dudado de ti.

—Gardenia…

—No pude decírtelo antes, pero gracias por encontrar al esposo de mi hermana. Le diste a Hortensia una razón para no sentirse tan miserable en medio de este luto.

Thomas la sujetó de los hombros con delicadeza.

—¿Entonces por qué me ignoras?

—Porque te dije que una vez que la misión terminara, seríamos una familia —lo miró con angustia, preocupándolo—, pero no puedo dejar a mi gente de Gloucester. Quiero quedarme con ellos, enseñarles todo lo que sé y guiarlos en todo lo que sea posible.

En ese momento, un gran alivio se extendió en su pecho.

—Eres una tonta. —La abrazó con fuerza—. Claro que no los dejaremos, este es nuestro hogar y por esa razón Sheldon ya se encargó de sacar las licencias para que los barcos operen desde este puerto.

—¿Qué? —empezó a respirar con dificultad y él se rio.

—Yo siempre supe que la gente de la colonia te importaba, y recuerda que tiempo atrás te prometí que te ayudaría a cuidarlos.

—Thomas…

—Mi lugar es a tu lado, mi amor —acarició su mejilla—. Si no quieres darme hijos ahora, no te preocupes, el tiempo decidirá cuándo será el momento perfecto.

—Yo… nunca dije que no quisiera hijos —se vio obligada a refunfuñar y él se rio por lo bajo—.

Me refería a que quizá querrías irte, regresar a Londres o…

—No la dejó terminar, en ese momento unió sus labios con un hambre voraz y le indicó sin necesidad de palabras que la necesitaba tanto como respirar.

Y, como ella estaba en la misma situación que él, lo abrazó por el cuello y dejó que su esposo la amara por horas.

Cumpliría el último deseo de su nana: ahora lucharía por su propia felicidad.

***

Cuando Sheldon siguió a Hortensia hacia su habitación, su única intención fue hablar con ella.

Puesto que, a diferencia de Thomas, su esposa sí aceptaba su cercanía y toques, aunque cuando llegaba el momento de hablar siempre huía de su lado y fingía demencia.

Sin embargo, nada lo preparó para recibir sus besos y caricias, y terminó cayendo en sus garras.

Hicieron el amor por largos minutos, perdiéndose en sus cuerpos sin reparo alguno, y ahora no tenía la menor idea de qué debía esperar.