Capítulo 33 #2
Azucena respingó en su lugar al darse cuenta que Hortensia y Gardenia estaban a su espalda, observando la escena con interés.
—Nosotros ayudaremos a los hombres. —Su hijo no sólo se llevó a Max con él, sino que Thomas y Sheldon se vieron obligados a seguirlos.
—Por fin, todo terminó —susurró Hortensia, con la vista fija en la espalda de su esposo.
—Se siente extraño. —Gardenia hizo una mueca y Azucena puso las manos en jarras, pensativa.
—Se siente extraño porque no saben qué hacer con ellos, ¿verdad? —Las encaró y las hermanas Gardener negaron con la cabeza—. Si quieren, pueden echarlos de su pueblo, pero si me permiten aconsejarles: el tiempo es muy corto como para seguir perdiéndolo.
Abrió los ojos con sorpresa cuando sus amigas la abrazaron sin previo aviso.
—Hicimos un buen trabajo —susurró Gardenia, y todas asintieron.
—¿Qué harás ahora, Azucena? —inquirió Hortensia, preocupada—. Aquí siempre habrá un lugar para ti y tu familia. Tú… eres nuestra hermana.
—Lo sé —rompieron el abrazo para conectar sus miradas—. Y les aseguro que volveré. No concibo la idea de vivir en otro lugar que no sea Gloucester.
Porque ahí estaba su nueva familia.
—Pero primero debo ir por mis hijas y visitar a mis padres.
Sus padres merecían una disculpa, y ella quería abrazar a su madre y pedirle perdón por todos los desplantes que le hizo en el pasado. Quería creer que, después de todo lo vivido, aún existía la posibilidad de que Evan y Grace la perdonaran.
***
Cuando Max terminó de escuchar la historia de su hijo, miró a sus amigos con los ojos muy abiertos. Ambos asintieron y Thomas se pasó una mano por sus rubios cabellos, abrumado.
—Sheldon estaba muy mal, los doctores no nos garantizaban nada, pero con el paso del tiempo empezó a reaccionar.
—El pelirrojo asintió, mirando hacia la calle en la que antes estaban sus mujeres y ahora se encontraba vacía—.
Mejoró notablemente y cuando quisimos volver, apareció el hermano de Hugh en Bristol.
—No podíamos perderlo de vista —acotó Sheldon—, sabíamos que su estadía ahí sólo quería decir una cosa.
—Steve estuvo todo este tiempo en Inglaterra —musitó él, confundido.
—En un principio quisimos delatarlo con la guardia real —reconoció Percival—, pero luego dimos por sentado que algo malo estaba sucediendo en Boston y decidimos vigilarlos.
—Hicieron bien —le dio una palmada en el hombro a su hermano—. Gardenia estuvo bien, nunca dejó de pensar en ti.
—El conde me prohibió escribirles —reveló—, él temía que el telegrama fuera interceptado por la gente de Steve y me vi obligado a aceptar la lejanía.
Max asintió y se centró en Sheldon, logrando así que su corazón se encogiera de nuevo.
—Me alegra tanto que estés con vida —la voz se le quebró y aprovechando su gran tamaño, el pelirrojo lo abrazó por los hombros y alborotó su cabellera—. Yo… perdón por no haber sido como Thomas, pero…
—Agradezco que no las dejaras, Max —le cortó—. Siento que fuiste un gran soporte para ellas.
—Hortensia sufrió mucho tu muerte, pero nunca se permitió llorarte —reconoció y él suspiró.
—Suena a algo que ella haría. —Todos asintieron—. Pero ahora… no sé qué pasará, antes solía aceptar mi compañía por la misión, pero ahora que todo ha acabado… es tan incierto.
Nadie se atrevió a decir nada respecto al tema.
La relación de Sheldon y Hortensia siempre fue complicada, pero Max quería creer que la castaña había cambiado y por fin entendía que la vida sólo era una y existían cosas que podían irse de tus manos en un abrir y cerrar de ojos.
Es decir, ella ya perdió a Sheldon en una ocasión, ¿por qué lo haría de nuevo?
—Por lo que pudimos ver, tú y Azucena están juntos —comentó su hermano de pronto, captando su atención, y él miró a Percival con fijeza.
Su pequeño retrato lo miraba con interés, él ansiaba la respuesta y eso lo llevó a sonreír con ternura.
—Sí, por fin seremos la familia que siempre debimos ser. —Abrazó a su hijo, importándole poco si se veía débil o vulnerable ante sus amigos—. Aunque aún debemos ir por nuestras hijas y tus hermanas, Percival.
Audrey, Harper, Kelsie y Sunny, las niñas que Steve encerró por años, por fin podrían tener el padre, la madre y el hermano que siempre merecieron.
***
A un par de millas de Gloucester, Hugh se encontraba sentado en el borde de uno de los acantilados más altos, contemplando el batir furioso de las olas contra las rocas al amanecer.
¿Qué seguía ahora?
Percival ya estaba a salvo con su familia y su amiga finalmente contaba con un hombre que la amaba de verdad y la protegería con su vida. Ya no lo necesitaban. No sabía si debía regresar a Boston, Londres o emprender rumbo hacia un lugar completamente nuevo.
El crujido de la hierba lo puso alerta y se giró sutilmente, dispuesto a defenderse, pero frunció el ceño al encontrarse con Regina, quien avanzaba hacia él con total desparpajo. Sin pedir permiso, la mujer se sentó en la roca contigua, dejando las piernas suspendidas en el aire.
—¿Qué quieres, Regina? ¿Viniste a fastidiarme de nuevo? —inquirió con tosquedad.
No tenía la menor idea del por qué, pero esa mujer amaba tomarle el pelo. Regina lo miró con una sonrisa cargada de picardía.
—No, vine a ofrecerte trabajo. —Hugh frunció el ceño—. Eres fuerte, inteligente y medianamente atractivo.
—¿Medianamente? —Enarcó una ceja con cinismo.
—De acuerdo, eres muy atractivo —reconoció entre risas y Hugh curvó los labios con diversión.
Ella era… fresca.
—Me gustaría que trabajes conmigo en mi club, creo que serías un gran socio.
—No tengo dinero —se vio obligado a decir.
—La herencia que dejó tu hermano te ayudará a salir adelante.
—El dinero se lo daré a Azucena para la gente que rescataron del criadero. —Los niños merecían una educación y suponía que tendrían que construir muchas casas para que todos puedan entrar en Gloucester—. No pienso tocar un solo centavo de ese dinero —fue sincero.
—Bueno, si no quieres ser mi socio, puedes convertirte en mi esposo.
La oferta de Regina hizo que cuadrara los hombros con rapidez y la buscara con la mirada, en esta ocasión la rubia lo observaba con seriedad.
—¿Por qué? —frunció el ceño.
—Me gustaste desde el primer momento en que te vi —admitió ella sin ningún rastro de vergüenza y Hugh guardó silencio un instante, acomodándose el cuello de la camisa.
—No te prometo nada, ni siquiera te conozco bien.
—Perfecto, porque yo no creo en las promesas de amor —replicó ella, poniéndose de pie para tenderle la mano—. ¿Regresamos? El entierro será en unas horas.
Las amigas de Azucena eran muy extrañas.
¿Por qué una mujer como Regina se casaría con un muerto de hambre como él?
Es decir, ella tenía su club, era hermosa y al parecer rica, en su posición podría tener al hombre que quisiera.
«Pues te quiere a ti» se mofó una voz en su cabeza y tragó con fuerza.
Quizá quedarse junto a ella no sería una idea tan descabellada. Después de todo, él también quería armar su propia familia.