La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 32
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Capítulo 32

Salazar y Amy cruzaron el umbral de la edificación principal, tambaleándose mientras el humo asfixiante quedaba a sus espaldas y al cruzar el último muro, la muchacha divisó una silueta conocida entre la multitud. Se soltó de su agarre sin dudarlo y Salazar detuvo su marcha al oír su grito.

—¡Padre! —La dejó correr hacia el hombre que se volvió hacia el llamado con inmediatez y desde la distancia se encogió en su lugar al ver como se fundían en un fuerte abrazo y ella lloraba por lo alto por la conmoción.

Era normal que estuviera asustada, había vivido muchas cosas en poco tiempo.

Se dio unos segundos para contemplar el panorama.

Había decenas de personas por el lugar; todos asistiéndose los unos a los otros porque la batalla estaba llegando a su final.

Los enemigos se habían retirado y aunque una gran mayoría estaba herida, la satisfacción en sus rostros llenos de determinación era evidente porque, gracias a los santos, habían rescatado a todos los rehenes del criadero.

Ese lugar no volvería a ser la cárcel de nadie.

—Salazar… —El alivio se extendió por todo su cuerpo al ver a Gardenia ahí, aunque se veía bastante herida, y miró de reojo como Amy ahora hablaba frenéticamente con su padre.

¿Iba a dejarlo? ¿Su padre intentaría matarlo? No podría culpar a ninguno de los dos si decidían hacerlo.

Después de todo, ella no se embarazó por voluntad propia. Ambos fueron obligados a procrear, aunque… si era sincero, aún le hacía ilusión saber que tendría un hijo y podría darle una vida muy diferente a la que él tuvo.

—Me alegra que estés bien —musitó, un tanto inquieto por la atenta mirada del rubio que estaba junto a ella—. ¿Lograron sacar a todos? ¿Debería volver a buscar? —dio media vuelta para irse, pero ella lo sujetó del brazo.

—Quédate aquí, todos los rehenes ya están a salvo.

Esa noticia le generó un gran alivio en el pecho.

—¿Él es…? —inquirió el hombre, receloso, y Gardenia lo cubrió con su cuerpo.

—Gracias a él pudimos acceder al criadero —elevó la voz—. Salazar nos envió el mapa, así que no se te ocurra reparar en nada más, Thomas —suplicó, apenada, y él esbozó una débil sonrisa.

Eran mujeres poderosas y poseían corazones bondadosos, hizo bien al confiar en ellas.

—Salazar… —Amy regresó a su lado, envolviéndolo en un fuerte abrazo por la cintura, y con una simple mirada le preguntó si todo estaba bien, dado que pudo percibir la tensión del momento.

Ahora que la tenía entre sus brazos, asintió.

—¿Quién es él, Amy? —inquirió su padre, con voz autoritaria, y la castaña lo abrazó con fuerza, dándole la confianza para rodearla en sus brazos.

Douglas lo comprendió todo sin necesidad de palabras y esbozó una pequeña sonrisa antes de acercarse al pelinegro y darle una palmadita en el hombro.

—Muy pronto nos iremos a casa, muchacho —le aseguró con voz serena, otorgándole un perdón silencioso que Salazar no esperaba—. Hiciste un gran trabajo al rescatar a tu familia.

El aire regresó a sus pulmones y por primera vez en años, se permitió soñar con un hogar.

***

Era Percival.

Quizá Max sólo escuchó su voz en una ocasión, pero no tenía la menor idea de que fue su hijo quien llamó a Azucena.

Sin embargo, la cortina de humo era tan espesa que le resultaba imposible detectarlo a la distancia, y de más estaba decir que el disparo que escuchó hace unos segundos no le permitía sentirse nada tranquilo.

¿Por qué no salía del criadero con todos los demás?

¡Era muy peligroso que él siguiera en el interior!

—¡Percival! —lo llamó en voz alta—. ¡¿Dónde estás, hijo?! —elevó la voz, avanzando sin temor alguno, y un agudo dolor en la nuca lo hizo trastabillar y girar sobre su eje con rapidez.

—¡No es tu hijo, imbécil! —Steve Richman seguía con vida, lo que quería decir que aún podía vengarse de él por todo lo que le hizo a su familia—. ¡Maldición! ¿Por qué carajos es tan difícil deshacerse de ustedes?

—Porque aquí nadie morirá hasta que te vayas al infierno —escupió y sin perder un solo segundo, arremetió contra él, logrando que soltara su arma, y su pelea fuera netamente a los puños.

Steve era fuerte y su necesidad de encontrar a Percival lo estaba llevando a ser un digno rival, pero al igual que él, Max no pensaba darse por vencido y planeaba luchar hasta el final.

—¿Por qué no los dejas atrás? ¿Acaso no puedes formar otra familia? —farfulló Steve, esquivando sus puños y propinándole nuevos golpes, y Max gruñó.

—Ellos son mi familia y no hay manera de que haga algo así.

—¡Ella tiene cuatro hijas! Tú…

—¡También son mis hijas! —estampó un puño en su rostro, enviándolo hacia atrás con fiereza—. ¡¿Te sientes orgulloso de tus acciones?! ¡Torturaste a tu propia familia por años, Steve!

—¡¿Tú qué sabes?! —se abalanzó sobre él y ambos rodaron por la tierra ardiente—.

Nunca me interesó ser una buena persona, ni mucho menos un buen esposo o padre —confesó, entre gruñidos—.

Siempre vi a las mujeres y a los niños como mercancía, Azucena debería sentirse contenta de que ella y Percival sigan vivos —se subió a horcajadas sobre él y cuando intentó golpearlo, Max logró patearlo en el pecho y enviarlo hacia atrás.

—¿Y por qué no los mataste? —preguntó, jadeante, y Steve gruñó.

—¡¿Crees que lo sé?! —bramó con impotencia—. Percy… él… Es el único hijo que he amado y pienso reconocer.

Y, curiosamente, ni siquiera tenía su sangre. El amor era algo que a veces no tenía explicación, pensó para sí mismo.

—Ya se acabó, Steve —lo llamó por su nombre de pila—. Tu criadero caerá, posiblemente tus amigos ya estén muertos, lo mejor es que te rindas.

—¡Primero te mato a ti y a Azucena! —gritó, fuera de sus cabales, y Max se preparó para su ataque, pero nunca esperó que él sacara una cuchilla de la cinturilla de su pantalón.

Se movió con prisa para esquivar el golpe, pero lastimosamente la hoja metálica logró cortar un gran tajo de su brazo.

—Mierda —siseó, furioso por su descuido, y dejó de centrarse en su rival para mirar su herida.

—¡No lo hagas, Steve! —gritó Azucena, obligándolo a barrer el lugar con la mirada, y la vio corriendo en su dirección.

Al detectar la amenaza, Steve se volvió hacia él, angustiado.

—¡Hoy te mueres, cabrón! —Alzó su cuchilla con toda la intención de clavarla en su cuello antes de que la rubia los alcanzara, pero lo siguiente que sucedió hizo que ambos hombres retuvieran el aire en sus pulmones.

—¡Para!

La garganta se le cerró cuando vio a su hijo ahí, caminando hacia ellos con una calma gélida y absoluta que terminó de prender todas sus alarmas, pero al mismo tiempo trajo una oleada de alivio indescriptible a las tres personas que aún seguían en el patio del criadero.

Percival estaba vivo.

Steve empujó a Max con desprecio, haciéndolo caer de espaldas sobre la tierra, y llevó la mano libre a la cinturilla de su pantalón para desenfundar una segunda pistola.

—Te enviaré directo al infierno, Maximiliano Frensby —siseó, apuntándole a la cabeza—. Nadie volverá a quitarme a mi hijo.

—¡Déjalo, padre! —intervino Percival, dando un paso al frente de manera firme, atrayendo la atención del demente, y él lamentó que aún viera a ese monstruo como a un padre—.

Déjalos a él y a Azucena... y vámonos juntos.

Olvídate de ellos. —La oferta fue tan tentadora que Steve bajó sutilmente el arma, mirando a Percival con una chispa de triunfo enfermo.

—¡Prefiero morir antes de que te lleves a mi hijo! —rugió Max desde el suelo.

—¡Percy es mi hijo! —bramó Steve, fuera de sí—. Y ¿sabes qué? Yo también te prefiero muerto porque pienso llevarme a mi mujer e hijo.

Un estallido seco interrumpió sus palabras y Steve soltó un aullido de dolor puro y salvaje cuando el impacto de un proyectil le perforó el brazo. A pocos pasos de distancia, Azucena sostenía su revólver con ambas manos, con el humo saliendo del cañón y la respiración entrecortada.

—No te metas con mi familia —le advirtió.

—¡Maldita zorra! —rugió Steve, presionándose el brazo ensangrentado mientras se giraba hacia ella con los ojos inyectados de rabia—. ¡Siempre lo arruinas todo! Ahora te vas a morir, y de todas formas me quedaré con Percy.

Con una furia ciega, Steve dirigió la pistola con su mano útil directamente hacia la cabeza de Azucena.

Max, respondiendo al instinto puro de protección, sacó fuerza de dónde no la tenía para incorporarse y abalanzarse sobre ella para cubrirla con su cuerpo y recibir el impacto de la bala en su lugar.

—¡Steve! —el grito de Percival retumbó en el patio, cortando el aire como un látigo.

El hombre se giró con sorpresa, quedando completamente petrificado en su lugar al ver al muchacho apuntándole directamente con un arma.

—Mi nombre es Percival —sentenció el joven, con una fijeza implacable en la mirada—. No Percy.

Antes de que Steve pudiera siquiera procesar las palabras, Percival apretó el gatillo. El disparo fue limpio, certero y letal. La bala atravesó el corazón del tirano en una fracción de segundo.

Era él o sus padres, y Percival siempre supo a quienes elegiría primero.

Steve parpadeó, la fuerza se le escapó de las piernas y cayó de rodillas sobre la tierra, soltando su arma y mirando al muchacho con incredulidad absoluta mientras la vida se le extinguía.

—Pero... tú eres... mi hijo... —consiguió balbucear en un hilo de voz.

Percival no bajó el arma. Lo miró desde arriba, con un desprecio tan maduro y definitivo que lo hirió mucho más que el disparo que recibió.

—Un hijo que te robaste.

Steve se desplomó hacia el frente, quedando inerte sobre las cenizas de todo el mal que causó en las últimas décadas.

El monstruo finalmente había muerto.

Percival soltó el arma, que cayó con un eco sordo, y corrió de inmediato hacia sus padres, quienes se incorporaron con rapidez para ir a su encuentro.

—¡Percival! —gritó Azucena, recibiendo a su hijo en un fuerte abrazo, y él sollozó con alivio, agradeciendo en silencio de que la pesadilla por fin hubiera llegado a su fin—. Hiciste lo correcto, mi amor, ese hombre…

—Merecía morir, lo sé —se limitó a decir y ella besó su coronilla, ayudándolo a lidiar con los temblores de su cuerpo.

Azucena observó como Max los observaba, no muy seguro de cómo actuar, y su corazón se encogió cuando su hijo estiró la mano en su dirección—.

Ven, padre —le pidió a Max en un susurro y él no demoró mucho en unirse, envolviéndolos en un fuerte abrazo lleno de emoción, alivio y amor.

La pesadilla que los había perseguido durante años por fin había terminado. Estaban juntos, más dispuestos que nunca a ser una familia.

—Tenemos que salir de aquí, pronto respirar será imposible —susurró Max, recuperando la compostura y cada uno sujetó una mano de su hijo para iniciar su retirada.

Salieron juntos hacia el exterior y al cruzar lo que antes debió ser un gran muro, el aire fresco de la noche les limpió el rostro. Vieron a la multitud de rehenes libres, a los jóvenes rescatados y a los heridos siendo atendidos.

Max barrió el lugar con la mirada, sintiendo que el peso del mundo se le caía de los hombros al divisar a Hortensia, Gardenia, Thomas, Sheldon y al resto de sus amigos sanos y salvos entre el caos.

Con una sonrisa cansada, pero cargada de un alivio absoluto, localizó a Douglas entre la multitud.

—Douglas... —llamó al castaño, quien cuidaba de una joven que debía ser su hija, y el hombre se volvió hacia él con inmediatez—. ¿Qué tanto tenemos que alejarnos para que puedas usar tu cohete? Me gustaría que no quede ni una piedra en pie de este lugar.

Como era de esperarse, todos estuvieron de acuerdo con él.