La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 31
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Capítulo 31

Salazar corría por los pasillos con el corazón en la garganta.

Amy solía estar en su habitación, pero esa tarde Silas cambió todo el orden de las cosas y ahora no tenía la menor idea de dónde podía encontrarse o si sus hermanos ya habían dado con ella.

El bullicio en el exterior le informaba que la guerra se había desatado en Salem, incluso en la construcción podía escuchar los quejidos, los puños y disparos.

La construcción se sacudía a cada nuevo ataque, aunque estos habían disminuido ahora que los muros cayeron abajo.

No le importaba el humo que empezaba a colarse por las rendijas, ni los gritos distantes; su único objetivo era encontrar a Amy.

Giró de golpe en una esquina del pasillo principal y paró en seco, sintiendo como el mundo temblaba a sus pies.

A unos metros de distancia, Silas sostenía a Amy con violencia, usándola como un escudo humano mientras le encajaba el cañón de un arma directamente en la sien.

La muchacha tenía los ojos desorbitados por el pánico, pero guardaba un silencio tenso, indicándole que mantuviera la compostura.

—¡Suéltala, Silas! —suplicó Salazar, alzando las manos en un gesto desesperado, dando un paso al frente—. ¡Por favor, déjala ir! No ganarás nada lastimándola —la voz se le quebró, no quería perder lo único bueno que tenía en la vida—. Estamos rodeados, el criadero caerá en cuestión de minutos.

Silas apretó los dientes, mirándolo con un odio cargado de despecho profundo.

—¡Malagradecido! —le reclamó, con la voz rota por la furia—. ¡Te atreviste a traicionarme! Yo fui como un padre para ti cuando Steve ni siquiera se dignaba a mirarte. Te di un lugar, te di un propósito... ¡y nunca supiste valorarlo!

Porque él nunca quiso ser como ellos.

—Silas, te lo ruego... —el terror se materializó en sus ojos, que miraban el dedo del hombre crispado sobre el gatillo—. Déjala ir y desquítate conmigo, la culpa es sólo mía.

Silas emitió un gruñido sordo y, perdiendo la paciencia, ajustó el agarre dispuesto a disparar.

Salazar se preparó para abalanzarse, incluso sabiendo que no llegaría a tiempo.

Sin embargo, antes de que el gatillo cediera, una silueta irrumpió desde la penumbra a espaldas de Silas.

Con una velocidad implacable, la figura golpeó la muñeca del hombre con un impacto seco y metálico.

El arma salió disparada hacia atrás, perdiéndose en el suelo.

Salazar parpadeó, estupefacto al reconocer a la imponente mujer que acababa de salvarlos y logró tumbar a Silas con un simple golpe.

—¡Salazar! —Amy corrió hacia él al saberse libre y la rodeó en sus brazos, viendo con asombro y alivio como Hortensia forcejeaba con el rubio en medio del pasillo.

—¡Saca a la chica de aquí! —le rugió la castaña, plantándose firmemente entre Silas y ellos.

Al igual que su hermana, ella no estaba reparando en su aspecto: sabía que no era un mal hombre y quizá escuchó su intercambio de palabras con Silas.

A lo lejos vio como un enorme pelirrojo reducía a los hombres del rubio y no lo pensó dos veces.

Aprovechando el desconcierto de Silas y entendiendo que lo primordial era poner a Amy a salvo, ambos salieron corriendo a toda prisa hacia las escaleras de escape.

Silas, furioso al perder su escudo humano, intentó avanzar, pero la castaña le cerró el paso.

Como era un hombre acostumbrado a someter a los demás por la fuerza, soltó un insulto cargado de desprecio y se abalanzó sobre ella.

Para su sorpresa, la mujer de la cuál desconocía su nombre no retrocedió; al contrario, adoptó una postura extrañamente pasiva, permitiendo que él ganara terreno.

—Eres una inútil —escupió y rodeó el cuello femenino con brutalidad, para estamparla contra la pared de piedra.

—¡Hortensia! —gritó un hombre a su espalda, y Silas se rio con malicia.

—Creen que ya ganaron, ¿verdad? —farfulló, acortando la distancia, con el rostro desencajado—.

Quizá tu gente ya tenga a esa maldita mujer y sus hijos.

.. pero da igual, de aquí no va a salir nadie más con vida.

—Presionó su agarre y no le gustó la serenidad con la que ella estaba afrontando la situación—. Los mataremos a todos.

Al escuchar esas palabras, Hortensia experimentó una oleada de alivio que le relajó los músculos del rostro. Una sonrisa fría y letal apareció en sus labios. Su hermana estaba a salvo y al parecer tuvo dos hermosos hijos.

—Claramente, Steve no es el más idiota de tu grupo —soltó Hortensia a centímetros de su cara, con una calma espeluznante.

Silas parpadeó, desconcertado por el insulto, pero antes de que pudiera apretar más su agarre contra el delicado cuello femenino, un sonido mecánico, como el engranaje de una trampa de oso cerrándose, vibró entre ambos.

Emitió un gruñido bajo y ahogado, y un terrible dolor atravesó su cuerpo y muy lentamente bajó la mirada.

El horror se plasmó en su rostro.

Del corsé femenino se había desplegado una hoja de metal oculta, un mecanismo de resorte acoplado a la prenda y que ahora estaba clavado de lleno en mitad de su torso, atravesándole las costillas.

La sorpresa lo dejó completamente paralizado y la sangre empezó a brotar por su pecho y boca sin control alguno.

¿Cómo era posible? ¿Qué diablos tenían esas mujeres que estaban acabando con todo lo que sus amigos y él crearon por años?

Hortensia flexionó la pierna libre y le plantó una patada brutal en el pecho, empujándolo hacia atrás con una fuerza descomunal. Silas cayó de espaldas, presionándose la herida que manaba sangre a borbotones, con la respiración entrecortada.

—¿Cómo...? —consiguió balbucear.

—Un golpe que mi hermana menor te envía —sentenció Hortensia, mirándolo desde arriba con desprecio absoluto, recordando que esa arma la creó Maggie y acababa de matar a ese hombre gracias a ella—. Robaste a la mujer equivocada —farfulló antes de que él lanzara su último aliento.

En ese momento, Sheldon se acercó corriendo, terminando de limpiarse los nudillos tras matar al último guardia.

El pelirrojo se detuvo en seco, mirando con los ojos abiertos el mecanismo metálico del corsé de su esposa, el cual regresó a su posición original dentro de la prenda mediante el sutil movimiento de una palanca.

—¡El mío no tiene eso! Qué estafa —se quejó, indignado, señalando su propio cuerpo.

Hortensia lo miró de arriba abajo, arqueando una ceja.

—¿El tuyo?

Sheldon se desabrochó rápidamente los primeros botones de la camisa, revelando una prenda interior reforzada con placas ocultas.

—¿Ustedes se robaron los chalecos? —musitó con asombro, y él entrelazó sus manos con firmeza.

—Más tarde responderé todas tus preguntas, mi amor.

Ella se despabiló y asintió.

—Tenemos que salir de aquí, esto se derrumbará en cualquier momento y ya confirmamos que esta área está totalmente vacía.

Se retiraron, dejando el cuerpo inerte de Silas atrás, sin saber que ahora sólo faltaba una de las cabecillas. La más peligrosa y desquiciada de todas.

***

Azucena no tenía la menor idea de cómo hizo su gente para causar tantos estragos en tan poco tiempo, dado que el patio del criadero parecía más un matadero; lleno de cuerpos y humo y lenguas de fuego que empezaban a devorar la construcción principal, pero se sentía orgullosa de que, al final de todo, hubieran podido derribar la fortaleza que esos imbéciles tanto adoraban.

—¡Percy! ¡Percy! —gritó Steve, quien jalaba de ella con violencia, y cayó en cuenta de que ese idiota aún no tenía a su hijo bajo su poder—. ¡Hijo! ¿Dónde estás?

Empezó a toser por el humo y Steve se detuvo de golpe, mirándola con una mezcla espeluznante de ternura distorsionada y locura.

—Quizá cometí un error, cariño... —le dijo, acunándole el rostro con la mano libre, aunque sus dedos temblaban—.

Sí, debimos ser una familia feliz hasta el final.

Pero no importa, mira a tu alrededor, estamos limpiando el pasado.

Siempre y cuando tú colabores conmigo...

podemos volver a empezar en otro lugar. Tú, yo y nuestro hijo.

«Primero muerta».

Al mirarlo a los ojos, se dio cuenta de la terrible verdad: Steve había perdido el juicio por completo. Ya no había rastro del hombre estratégico; solo quedaba un monstruo psicótico, por lo que tenía que acabar con él antes de que siguiera haciendo más daño.

Tensó los músculos, preparándose para propinarle un golpe y quitarle el arma, pero Steve, agudizado por la paranoia, leyó sus intenciones de inmediato y antes de que ella pudiera iniciar su movimiento, alzó su arma y le asestó un golpe seco y brutal con el mango directo en la cara.

Azucena soltó un gemido adolorido y cayó sobre la tierra caliente, mareada.

—¿Pretendías luchar contra mí? —siseó, transformándose al instante.

El destello de locura amorosa se convirtió en una furia sádica—.

Recuerda que yo te convertí en esto, Azucena, conozco todo de ti.

—Carcajeó por lo alto—. ¡Me parece una completa ofensa que, después de todo lo que vivimos juntos, de todo lo que te di, quieras traicionarme y rechaces mi oferta de formar una familia juntos!

Perdiendo los estribos, Steve comenzó a golpearla sin piedad. Lanzó patadas a diestra y siniestra contra su costado. Azucena se encogió sobre sí misma, protegiéndose la cabeza con los brazos.

—¡Debí matarte desde un principio! —rugió él, fuera de sí.

Harta del imbécil que la creía de su propiedad, Azucena sujetó la pantorrilla de Steve antes del siguiente impacto y tiró de ella hacia adelante, logrando que el pelinegro perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás.

—Tienes razón, tú me convertiste en esto y ahora yo te destruiré —se incorporó con rapidez, adorando una vez más el corsé que Maggie inventó. La prenda la había protegido de todos los golpes de Steve, y el hombre la miraba con un disgusto desquiciado.

—No puedes matarme —farfulló, levantándose con rapidez—. Soy el padre de tu hijo, Percy nunca te lo perdonaría. —Sonrió con malicia al ver la duda en su rostro.

Sin embargo, Azucena no dejó que sus palabras la intimidaran. Su hijo sólo tenía un padre y ese era Maximiliano.

—Su nombre es Percival —se puso en posición de ataque— y no es tu hijo.

—¡Madre! —El grito de su hijo se alzó por el humo, poniéndolos a ambos en alerta, y Azucena logró esquivar el disparo de Steve, pero ese segundo de despiste bastó para que él saliera huyendo y desapareciera de su campo de visión.