La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 30
86%

Capítulo 30

En uno de los pasillos intermedios, un grupo de jóvenes estaba luchando cuerpo a cuerpo contra varios guardias del criadero en un intento desesperado por evacuar a un grupo de muchachas aterradas. Los mercenarios los superaban en fuerza y experiencia, pero incluso así ellos no se rendían.

—Ve por tu madre, Percival —le ordenó Hugh, deteniéndose en seco y desenfundando sus armas—. Yo me quedo aquí a abrirles paso.

—Pero…

—¡Muévete!

Percival dudó, mirando a los jóvenes superados, pero al cruzar una mirada firme con Hugh, asintió y salió corriendo con agilidad hacia las escaleras que conectaban con los pisos superiores.

Hugh se unió al combate como un torbellino, demostrando que no por nada era el hermano de Sean. Interceptó al primer guardia, derribándolo con un golpe seco. Al ver a varios muchachos heridos en el suelo, rugió con autoridad:

—¡Retrocedan! ¡Salgan de aquí, yo me encargo!

Los jóvenes, exhaustos, retrocedieron protegiendo a las mujeres y ellas, con lágrimas y dudas en los ojos, decidieron ser un soporte para los hombres heridos, a la espera de la oportunidad perfecta para huir por el pasillo.

Hugh esquivó un corte de espada y devolvió un impacto letal, pero en medio de la adrenalina, el sonido metálico de un arma siendo encañonada a sus espaldas encendió todas sus alarmas.

Se tensó, sabiendo que no llegaría a girarse a tiempo.

El estallido retumbó por el lugar, pero el disparo limpio y ensordecedor no vino del enemigo.

El mercenario que apuntaba a Hugh cayó de bruces con un agujero en la nuca, seguido de una ráfaga inmediata de impactos que liquidó al resto de la guardia en cuestión de segundos.

Hugh exhaló un suspiro de alivio y se giró, encontrándose con una silueta familiar.

Regina estaba de pie al final del pasillo, sosteniendo su arma humeante con una sonrisa ladina, escoltada por varios hombres armados de Gloucester.

—Parece que ahora las damas están a salvo... incluyéndote, Hugh —se burló la rubia con una risa ligera, y él gruñó con disgusto, acomodándose la ropa, pero con una leve muestra de gratitud en los ojos.

No estaba acostumbrado a ver mujeres tan fuertes, ni mucho menos a que estas lo salvaran. Era… demasiado incómodo.

Regina se volvió hacia los hombres de Gloucester.

—Escolten a estas mujeres y a los jóvenes hacia la salida —ordenó. Luego, miró a los muchachos rescatados—. ¿Hay más gente atrapada en esta sección?

Uno de los jóvenes, recuperando el aire, asintió con frenesí.

—En las cocinas... ahí tienen encerradas a las mujeres más grandes. Siempre están bajo llave. Posiblemente el guardia de la puerta ya huyó por el caos de los cañonazos.

Regina y Hugh intercambiaron una mirada severa.

—Pueden irse con ellos —Regina miró a sus hombres, cargando su arma—. Nosotros nos encargamos del resto.

¿Era normal que fuera tan mandona?

***

Mientras tanto, en la penumbra asfixiante del calabozo, el ambiente se había vuelto un nido de tensión pura, y Gardenia vio con impotencia cómo Steve arrastraba con violencia a Azucena escaleras arriba, apuntándola con su arma.

Quiso avanzar detrás de ellos, pero Salazar la sujetó firmemente del hombro, obligándola a retroceder un paso.

—No te confíes —le advirtió el chico con la voz temblorosa, pero firme—. Sean se quedó y es peligroso. Él es un monstruo.

«Un monstruo que acaba de encontrar a su peor pesadilla» pensó con determinación.

Lejos de amedrentarse, se soltó de su agarre con un movimiento brusco. El odio le quemaba las venas. Con una agilidad felina, deslizó sus manos hacia sus muslos y sacó sus dos cuchillas gemelas, reflejando la escasa luz de las antorchas en el metal afilado.

—Escúchame bien, Salazar —siseó sin quitarle los ojos de encima a Sean, que avanzaba hacia ellos—. Una vez que la pelea empiece, te vas a olvidar de mí. Tu única tarea es ir por Amy y sacarla de aquí. ¿Entendido?

Sean, al escucharla, soltó una carcajada ronca y desquiciada que resonó en las paredes de piedra. Olvidándose por completo de Salazar, a quien consideraba una escoria insignificante, fijó sus ojos hambrientos en la pelinegra.

—Vaya, la princesita quiere jugar a ser soldado —se mofó, abalanzándose sobre ella con una velocidad pasmosa.

El impacto fue brutal y el choque de los cuerpos los empujó con fuerza hacia el interior de los calabozos, adentrándose en el tétrico laberinto de celdas de hierro ya vacías. Salazar dudó en su sitio, paralizado por el miedo y la lealtad.

—¡Vete! ¡Busca a Amy ahora! —le rugió Gardenia en mitad del forcejeo, esquivando un puñetazo que impactó de lleno en los barrotes.

Salazar apretó los dientes y, tragándose el pánico, corrió en dirección contraria hacia los niveles superiores.

La pelea se volvió feroz. Sean no tenía piedad; era un hombre robusto, acostumbrado a romper la voluntad de los prisioneros a base de golpes.

Lanzó un puñetazo directo al rostro de Gardenia; ella logró desviar la trayectoria con el brazo, pero el impacto colateral la hizo tambalear porque él la superaba en peso.

Aprovechando su agilidad, Gardenia giró sobre su eje y le asestó un corte limpio en el antebrazo con una de sus cuchillas.

Sean rugió de dolor al ver la línea de sangre, pero eso solo aumentó su furia salvaje.

El sádico arremetió con una patada frontal que conectó en el estómago de Gardenia, lanzándola violentamente contra una de las rejas. Él intentó golpearla de nuevo, pero ella rodó en el piso y él terminó golpeándose con los metales.

Era un idiota.

Se incorporó, odiando haber perdido una de sus cuchillas, y se limpió la sangre de su mentón.

—Estás muy equivocado si crees que me vencerás tan fácilmente.

Sean gruñó y la desafió con la mirada, obligándola a percatarse de que ahora estaba dentro de la celda, en un espacio reducido donde su agilidad ya no sería de mucha utilidad si él decidía compartirlo con ella para el combate.

—Destruirte será tan fácil, que ni siquiera necesitaré mi arma —soltó con malicia, tirando su revólver muy lejos del alcance de ambos—. Rodearé tu cuello y amaré ver tus ojos mientras te quedas sin aire en mis manos —se relamió los labios con una sonrisa retorcida.

En esta ocasión, confió en su puntería y lanzó su última cuchilla, quedando anonadada al ver la facilidad con la que logró esquivar el ataque que iba dirigido a su cuello.

—Hoy te mueres —dictó el castaño y arremetió contra ella como un toro.

—¡Arg! —se quejó cuando su espalda dio contra el muro, y cayó sobre su cadera, adolorida.

Sean cerró la reja con él dentro, acorralándola en el reducido espacio, y lo miró con desprecio.

—Se acabó el juego, perra —farfulló—. Ya no tienes tus juguetes. Te voy a matar aquí mismo, con mis propias manos, y voy a disfrutar cada maldito segundo.

Gardenia, apoyando la espalda contra la húmeda pared de piedra, se levantó con un esfuerzo sobrehumano. Le dolía cada costilla, la cabeza le daba vueltas y el labio le sangraba, pero sus ojos verdes destellaban una furia inquebrantable.

—Jamás me voy a dar por vencida, maldito infeliz —escupió la sangre al suelo, enderezando la espalda con orgullo—. Tú mataste a mi madre. Mataste a Nancy y nunca te lo perdonaré.

Sean soltó una risotada limpia, burlona y llena de sadismo, disfrutando de la revelación.

—¿Esa vieja era tu madre? Qué conmovedor, ahora entiendo por qué se puso delante de tu hermana y me rogó para que la dejara tener a su hijo en paz —se mofó, y esa información no hizo más que alimentar su determinación—.

Mira a tu alrededor. No tienes armas y tu maldito corsé no te va a servir de nada.

Te voy a estrangular hasta que tus huesos crujan, y lo mejor que puedes hacer es aceptar tu muerte de una buena vez.

Se abalanzó sobre ella, estirando sus enormes manos directo hacia su cuello.

Pero Gardenia ya no era una víctima. Utilizando la pared de piedra a sus espaldas para tomar un impulso descomunal, se elevó en el aire y le plantó una patada seca, certera y con todo el peso de su cuerpo directo en el pecho.

El impacto fue tan imprevisto y brutal que Sean salió despedido hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la pesada reja de hierro de la celda antes de caer de bruces al suelo, completamente aturdido.

Sin darle un solo segundo para recuperarse, Gardenia se dejó caer con ferocidad sobre él, sentándose sobre su pecho y aprisionándole los brazos con sus rodillas.

Con un movimiento rápido de su mano derecha, metió los dedos en su bota y sacó el abanico que Maggie había diseñado exclusivamente para ella.

Sean, recuperando la consciencia a medias, vio el objeto y soltó un bufido sangriento, intentando removerse.

—¿Un abanico? —se rio con debilidad y desprecio—. No tengo tiempo para jugar a las princesas contigo...

Gardenia no lo dejó terminar. Con un movimiento seco de su muñeca, abrió el abanico.

Las varillas se desplegaron con un sonido metálico y letal, dejando al descubierto una hilera de cuchillas ocultas.

Antes de que Sean pudiera reaccionar o liberar una de sus manos, Gardenia clavó el abanico con una fuerza descomunal en mitad de su cuello.

Los ojos de Sean se abrieron de par en par, inundados por un terror absoluto e instantáneo, y el aire se le cortó en un gorgojeo ahogado. Gardenia se inclinó sobre él, manteniendo el peso del arma clavada, y le susurró al oído con un desprecio tan frío que congelaba las venas:

—Nunca serás apto para jugar a las princesas conmigo.

Con un movimiento limpio y despiadado, tiró del abanico hacia atrás, sacándolo del cuello de Sean.

Un chorro espeso y ardiente de sangre salpicó el suelo de la celda y parte de sus ropas.

Ella se bajó del cuerpo del hombre y retrocedió un par de pasos, observando en un silencio sepulcral como Sean se desangraba con los ojos fijos en el techo.

Estaba muerto.

La adrenalina comenzó a abandonar su cuerpo, dejando paso a un vacío abrumador.

Las piernas le flaquearon y se dejó caer de rodillas sobre la fría piedra, al lado del cadáver.

El peso de los últimos siete meses, el dolor de la pérdida de Nancy y el cansancio físico la golpearon al mismo tiempo.

Rompió a llorar en silencio, con violentas lágrimas limpiando las manchas de sangre de sus mejillas, sintiendo que la venganza estaba consumada, pero el dolor jamás se iría.

De pronto, el sonido de unos pasos apresurados resonó en la entrada de la celda. Gardenia levantó la mirada por puro instinto defensivo, pero la sorpresa la paralizó por completo.

Thomas entró a la habitación, con la respiración entrecortada y el rostro desencajado por la preocupación. Tenía el cuerpo y las manos manchadas de sangre, él también estuvo peleando en los pisos superiores.

Al ver el cuerpo de Sean en el suelo y a su esposa de rodillas, el alma le volvió al cuerpo. No dijo una sola palabra; caminó directo hacia ella, se sentó en el suelo polvoriento a su lado y la envolvió en sus brazos con una fuerza desesperada.

Gardenia se hundió en su pecho, aferrándose a su casaca mientras lloraba con más fuerza.

—Vengué a mi nana, Thomas... Maté al infeliz que le quitó la vida —susurró entre sollozos, con la voz rota—. Pero nada... nada me la va a devolver. Sigue sin estar aquí.

Thomas cerró los ojos, apretándola contra sí para transmitirle toda la seguridad que el mundo le había negado esos meses. Le plantó un beso tierno y prolongado en la coronilla, y con la voz cargada de un cariño profundo y sincero, le susurró:

—Estoy muy orgulloso de ti, mi amor. Eres la mujer más fuerte que conozco y ten por seguro que, donde sea que se encuentre, Nancy también está muy orgullosa de ti en este momento.

Gardenia quería responderle, pero las sacudidas del techo empezaron a intensificarse y se dio cuenta que no era un buen momento para hablar. Además, ¿qué diantres podría decirle al hombre que la abandonó por meses?