Capítulo 29
El carruaje avanzaba a toda prisa, alejándose del criadero bajo la penumbra de la noche, y Hugh y Percival observaron con alivio como Lucifer y Maggie, junto a los dos recién nacidos, se dirigían a la seguridad de Gloucester.
Hugh se limpió el sudor de la frente, pero la inquietud no disminuyó en su pecho; al contrario, un frío amargo lo invadió al darse cuenta que la situación era peor de lo que se había imaginado.
—Siempre supe que Steve era déspota, pero jamás creí que sería capaz de crear algo así. —Se volvió hacia los muros que ardían en llamas y estudió la edificación que estaba cubierta por el humo.
—Tenemos que volver, aún hay mucha gente en el interior y mi madre no ha salido —dijo Percival de pronto, con inquietud, y él tragó con fuerza.
—Él te vio, muchacho —dijo aquello con verdadera preocupación—. Debiste irte con Lucifer, esto no me genera nada de tranquilidad. Steve no va a descansar hasta atraparte y posiblemente ya está fuera de sus cabales.
—Huir no es una opción, Hugh —conectó sus miradas—. Lamento mucho si te arrastré a esta guerra en contra de tu voluntad, cuando salté del bote de mi padre…
En ese momento, Hugh no pudo evitar que los recuerdos lo invadieran.
—Mi madre está viva, Hugh, no quiero que mi padre la mate, debemos hacer algo —suplicó Percival, angustiado, y él hizo una mueca de impotencia, mirando a Tatiana de reojo, la mujer que se encargó de agredir a Azucena en el barco.
—Por el momento, lo más inteligente es obedecer a tu padre, Percival.
Steve dijo que, si Percival iba con él, Azucena no moriría. Algo le decía que lo mejor era no tentar a la suerte porque él mejor que nadie conocía al hombre que alguna vez fue su amigo y lo obsesivo que podía llegar a ser.
—Pero…
—Vamos al bote —se encargó de alejarlo del peligro, dado que el barco pronto se hundiría, o posiblemente explotaría, y tragó con fuerza cuando alzó el rostro y vio la pelea que se estaba desatando ahí arriba.
—¡Hortensia! —Percival se alarmó, viendo como su padre golpeaba a la mujer y…—. ¡No!
El disparo heló las venas de Percival y todo su cuerpo tiritó cuando Sheldon cubrió a la mujer con su cuerpo, interfiriendo con el golpe del hombre que estaba decidido a odiar con cada fibra de su ser.
¿Cómo alguien podía ser tan cruel?
¿Por qué le dijo que su madre estaba muerta?
¡Lo engañó por años haciéndole creer que Azucena mató a su madre, cuando eran la misma persona!
Percival observó con angustia como una explosión partía el barco por la mitad y todos salían disparados en diferentes direcciones y sin pensarlo más, observó al pelirrojo, el hombre que lo abrazó y reconoció como sobrino —y el que más lo necesitaba— y se zambulló en el agua para ir tras de él.
—¡Percival! —El grito de Hugh se alzó a su espalda, pero incluso así, no dejó de nadar y fue por Sheldon.
Él se estaba hundiendo. Lo sujetó del brazo, moviendo sus piernas frenéticamente para sacarlo a la superficie, pero era demasiado pesado para él.
La impotencia lo carcomió por dentro, quería ayudar a los amigos de su madre, conocer a su verdadero padre y recuperar todo aquello que Steve le robó, pero aún era muy débil.
Abrió los ojos con sorpresa al sentir como el peso de Sheldon se aligeraba y no supo qué pensar al ver como Hugh le hacía una seña para que nadaran hacia arriba.
El aire regresó a sus pulmones, pero las olas los habían alejado del caos y ninguno pudo enfrentar los violentos golpes del agua, pero hicieron hasta lo imposible por mantenerse juntos.
Hugh aún creía que fue un milagro que los tres hubieran salido con vida esa noche.
Luego terminaron perdidos en medio de la nada, con un hombre herido al cual trataron con los pocos recursos que tenían, y no fue hasta dos meses después —cuando pensaron que Sheldon moriría por las fiebres— que Thomas Frensby los encontró.
Con esa gente de su lado y la atención correcta, Sheldon empezó a mejorar y estaba desesperado por viajar a Boston para reunirse con Hortensia y los demás, al igual que ellos, pero entonces, cuando estaban esperando el día de su viaje, Sean apareció en Bristol, dándole la señal de que debían esperar, que Steve estaba entre ellos y perderlos de vista sería un gran error.
Fueron semanas angustiantes, una parte de ellos quería viajar a Boston y reunirse con el grupo, pero la otra fue racional y entendió que, en tiempos de guerra, gestar las emociones era de suma importancia.
Llegaron a Boston en el mismo barco que ellos y ahí Thomas los llevó con Regina, porque debían prepararse para el primer ataque de Steve que consistía en demandar a Hortensia y Gardenia, y cuando dieron con ellos en Gloucester…
Sonrió con amargura, casi y podía recordar la desesperación de Percival.
—Mi madre está bien —susurró el muchacho, mirando desde los árboles a Azucena—. Yo… quiero reunirme con ella.
—Aún no es momento, Percival —intervino Thomas, observando con anhelo como su mujer y Hortensia bromeaban entre ellas, al igual que Sheldon—. Mostrarnos alterará el plan, ellos vendrán por Hortensia y Gardenia y no deben vernos, así les haremos una emboscada.
Hugh ya se había acostumbrado a Thomas y Sheldon, ellos no lo juzgaban por haber sido uno de los hombres de Steve, pero… esa gente que parecía una familia, ¿lo vería de la misma manera?
¿Por qué no? Aceptaron a Azucena, ¿no?
—Deberíamos tomar esos chalecos —susurró Sheldon, quien estuvo sondeando junto a él todo el pueblo durante la noche y pudo ver el armamento que ellos tenían.
Hugh esbozó una sonrisa retorcida.
—Sobre eso… —sacó por debajo de su camisa las cuatro prendas, tomándolos por sorpresa—. Pensé que serían de utilidad.
—Eso podría alertarlas —siseó Thomas, aceptando la prenda y quitándose la camisa al igual que Sheldon para ponérsela.
—Atacarán en horas, no tendrán cabeza para buscarlos —se encogió de hombros y Percival y él se la pusieron por encima de sus prendas—. ¿Te sientes cómodo?
El joven asintió, viendo con cierto asombro como su madre caminaba de la mano de su padre.
—Pronto tendrás a tu familia a tu lado —acarició su brazo, y Percival lo miró con cierta inquietud.
Si bien Thomas y Sheldon llevaban meses diciéndole que Maximiliano nunca lo abandonó, Percival era el tipo de joven que prefería los hechos más que las palabras, por lo que aún no confiaba del todo en el amor de su padre.
Tal y como dedujeron, el ataque se hizo esa noche y ellos siguieron el carruaje para ayudar a las hermanas Gardener, pero nada los preparó para escuchar que Maggie había sido atrapada en Gloucester.
—Maldición, no debimos descuidar el pueblo —gruñó y Sheldon empuñó sus manos con impotencia—. Fue una trampa y sólo comprendimos la mitad del plan.
—Vamos a Salem —espetó Thomas, las mujeres estaban manejando muy bien la situación—. Lucifer volvió a Gloucester, nosotros debemos preparar el terreno para salvar a Maggie y su hijo.
—¿No quieren reunirse con sus mujeres?
—Después de todo lo que hice, la única manera en la que Gardenia me perdonará es si le devuelvo a su hermana. —En ese momento, Hugh comprendió que el rubio tenía pavor de enfrentar a su mujer, la vergüenza lo carcomía por dentro.
Antes de su retirada, presenciaron la discusión de Max y Steve, y todas sus alarmas se prendieron cuando Max cayó por la pendiente. Sujetó a Percival del brazo, él quería ir por su padre, pero no se lo permitió.
—Me necesita, se distrajo por mi culpa. —Se alegró al ver ese amor fraternal en sus ojos y negó con la cabeza.
—Te aseguro que lo menos que necesitamos es que Steve te vea y sepa que estás vivo.
Su obsesión lo llevaría a cometer un sinfín de locuras.
Llegaron al criadero primero y eso les permitió vigilar a Maggie y los gemelos, hasta que se percataron de que los demás habían llegado para atacar y era hora de actuar.
Ser parte del equipo correcto era… agradable.
—Tú no me arrastraste a ningún lugar —sujetó sus hombros con firmeza—. La única razón por la que seguí trabajando para Steve fueron ustedes, tú y tu madre —debía dejar eso muy claro—. Ustedes nunca merecieron terminar así y me alegra saber que esta pesadilla terminará pronto.
Como también el haberse alejado de su hermano y amigos a tiempo.
—Ahora dime algo, ¿estás seguro que quieres entrar y luchar? —lo miró fijamente a los ojos, él no estaba obligado a enfrentar a nadie, era solo un niño, pero era valiente y comprendía la necesidad que tenía de ir por sus padres.
—Quiero luchar hasta el final —asintió Percival y Hugh lo entendió todo.
—Entonces entremos.
Juntos ingresaron a la estructura que temblaba por los bombardeos. Cada vez eran más y más rehenes los que salían, por lo que quizá ya no faltaban muchas personas.
—Tenemos que encontrar a mi madre —espetó Percival con urgencia—. Ella entró con Sean, estoy seguro de eso.
Hugh endureció la expresión. Conocía de sobra la crueldad de su hermano y sabía que Azucena corría un peligro mortal.
Sin perder un segundo, avanzaron con cautela por los corredores sumidos en el caos.
Sin embargo, antes de llegar al ala principal, un eco de forcejeos y gritos los obligó a desviar el camino.