Capítulo 28 #2
—¿Y si las despachamos con ellos? —siguió dudando, y entonces Salazar abrió la última celda y se acercó a Clover.
—Nosotros conocemos la distribución del lugar, nacimos y fuimos criados aquí, sabemos dónde están las mujeres por lo que seremos de más ayuda para… —La miró, no muy seguro.
—Gardenia.
Salazar asintió, pero Clover siguió dudando.
—Ustedes están armados, podrán defender a las prisioneras y nosotros no tenemos nada que perder. Su vida es mucho más valiosa.
No le gustó que él pensara así, la vida de todas las personas era igual de valiosa.
—Ve, Clover —espetó con mayor autoridad—. Guía a estas mujeres a la salida. —Mas jóvenes, aún asustadas, se acercaron a ellos—. No puede ir solo, una parte de tu grupo debe ayudarlo —se dirigió a Salazar y de los diecisiete jóvenes, seis escoltarían a Clover y las jóvenes.
Gardenia esperó que el lugar se vaciara, dejó que los jóvenes salieran en busca de más rehenes, pero sujetó a Salazar del brazo.
—¿Qué sucede? —la miró con preocupación.
—¿Tú enviaste el mapa?
El chico apretó la mandíbula, y asintió.
—¿Por qué? Tú…
—Porque me obligaron a embarazar a una joven y yo la amo, no quiero que ella y mi hijo sigan aquí, y vi en ustedes la posibilidad de acabar con este horrible lugar.
Su corazón se encogió.
—¿Es la mujer que mencionaste?
Salazar asintió y ella lo soltó.
—Vamos por ella. —Los calabozos estaban vacíos, por lo que era hora de subir al primer nivel e ir por más víctimas—. La recuperaremos, tus esfuerzos no serán en vano.
No dejaría que su gente juzgara a ese muchacho —por su aspecto— que no sólo los ayudó, sino que acababa de demostrarle que no toda la gente que vivía en ese lugar era mala.
***
No importaba cuanto forcejeara, no existía manera alguna de que Azucena pudiera liberarse del agarre de acero de Sean. A juzgar por el camino que estaban tomando, Sean la estaba guiando hacia los calabozos y no lograba entender el por qué.
¿Pensaba huir por ahí ahora que la infraestructura se sacudía con violencia?
A decir verdad, no parecía el tipo de hombre que huyera de los problemas. Las detonaciones no generaban el más mínimo atisbo de preocupación en él.
—¡Suéltame! Lo mejor es que nos dejen ir —farfulló, incapaz de quedarse callada—. Si se resisten al ataque de afuera, todos los tuyos morirán.
Sean soltó una carcajada limpia y ruidosa, burlándose de sus palabras mientras terminaban de bajar las gradas de piedra. Sin embargo, al llegar al fondo del pasillo, la risa se le cortó al encontrarse cara a cara con Gardenia y el hijo de Steve.
Azucena abrió los ojos con sorpresa.
¿Podría ser…?
—Acabo de encontrar al traidor —farfulló Sean, presionando el agarre en su brazo.
Sin embargo, una sonrisa cínica y peligrosa volvió a dibujarse en el rostro de Sean al reconocer a la pelinegra.
Gardenia le parecía una mujer exquisita, un trofeo perfecto, y de inmediato sintió el deseo enfermo de ser él mismo quien acabara con su vida.
Pero antes de que pudiera avanzar, el sonido de unos pasos apresurados y la voz de Steve lo distrajeron.
—¡Sean!
El pelinegro llegó al sótano corriendo, con el rostro desencajado.
Azucena se giró y se quedó sin aliento al ver a su esposo allí.
El hombre tenía la mitad de la cara completamente quemada, una visión espantosa que parecía una auténtica maldición y sin darle tiempo a reaccionar, la apuntó directamente con su arma y la sujetó con violencia del brazo, arrancándola del agarre de Sean.
—Suéltala, idiota. —Él ni siquiera miró a su hijo—. Yo me haré cargo de ella de ahora en adelante —siseó con un brillo desesperado en los ojos—. Porque vamos a ir por nuestro hijo... ¿verdad, Azucena?
Azucena se tensó por completo, sintiendo cómo el frío del metal le tocaba la piel. Una vez más estaba sometida a las órdenes de ese monstruo, y guardó silencio porque en el fondo su único objetivo real era llegar hasta Percival para protegerlo.
Sin embargo, Gardenia, al notar la manipulación, dio un paso al frente y alzó la voz para romper el control de Steve.
—¡No le creas, Azucena! —le gritó—. Ese maldito le dijo a Max que Percival está muerto. ¡Te está mintiendo!
El dolor y la confusión abrumaron a Azucena por un segundo, pero Steve reaccionó con furia, apuntando con el arma hacia la pelinegra.
—¡Cierra la boca! —rugió, para luego volverse hacia su mujer—. Acabo de ver a Percy ahí arriba con mis propios ojos. Lo mejor que puede hacer tu amiga es callarse y tú deberías olvidarte de Max, porque ya lo envié a una mejor vida.
Azucena analizó la situación rápidamente.
Comprendía que resistirse en ese preciso instante no era la mejor opción —Sean era un hombre muy peligroso y junto a Steve podría generar muchos problemas—, por lo que decidió jugar sus cartas con astucia.
Miró fijamente a Gardenia a los ojos, aprovechando la distancia, y soltó una revelación que heló el ambiente del calabozo:
—Gardenia... Fue Sean quien mató a Nancy.
La frase cayó como una bomba pesada. La revelación dejó una promesa implícita y una clara amenaza de muerte flotando en el aire.
Gardenia apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y sus ojos se transformaron en dos rendijas de puro odio.
No pensaba dejar pasar el asesinato de su nana por alto, y Sean acababa de firmar su sentencia de muerte.