La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Lucifer se movía con desespero, derribando puertas hasta que, finalmente, dio con la habitación correcta.

Al ingresar, el corazón se le detuvo y el miedo lo atenazó por completo al ver a Maggie tendida en una cama, pálida y exhausta.

Corrió hacia ella de inmediato y cayó de rodillas al lado de la cama, tomándola de la mano.

—Maggie, mi amor. ¿Estás bien? ¿Qué te hicieron? —le preguntó con la voz rota.

Maggie, con los ojos empañados en lágrimas y la respiración entrecortada, lo miró con desesperación y le apretó los dedos con las pocas fuerzas que le quedaban.

—Ve por ellos, Lucifer. —La sangre se le congeló y empezó a respirar con dificultad—. Ve por nuestros hijos... por favor —le rogó, con violentas lágrimas bajando por sus mejillas—. Son dos... una niña y un niño.

Sintió una oleada de profunda alegría y amor al saber que sus hijos habían nacido, pero al mismo tiempo el terror más puro lo embargó, y dejó escapar un par de lágrimas traicioneras porque sus hijos no estaban en esa habitación, junto a su madre.

—Primero debo sacarte de este lugar, no tienes buen aspecto —susurró con culpa e intentó levantarla.

—¡No! —negó ella con vehemencia, aferrándose a las sábanas—. No me voy a mover de aquí sin ellos.

En ese preciso instante, una brutal detonación sacudió los cimientos del edificio, haciendo crujir las paredes y encendiendo todas sus alarmas.

El pánico lo asfixió al verse completamente solo en esa situación; sabía perfectamente que Maggie no podía caminar debido al postparto, y si encontraba a los bebés, tendría que cargar con ella y con los dos recién nacidos al mismo tiempo.

Le resultaba una tarea humanamente imposible elegir, porque los tres eran las personas más importantes de su vida, y entendía la determinación de su mujer.

Si no salían los cuatro, lo mejor era quedarse allí.

De un momento a otro, la puerta de la habitación se abrió de golpe y un rubio se quedó bajo el umbral de la puerta junto a Richman al verlo ahí. Lucifer reaccionó por puro instinto, levantando su arma y apuntándoles.

—¡Ve por los niños! ¡Muévete! —le gritó el rubio a Richman y antes de que la bala de Lucifer pudiera alcanzarlos, Silas cerró la puerta de golpe para usarla como escudo, esquivando el impacto, y decidió huir por el pasillo en dirección contraria a su amigo.

Lucifer rugió debido a la frustración.

—Dame unos minutos, ellos están cerca.

Maggie asintió, angustiada, y él salió tras de Richman. No podía permitir que se hiciera de sus hijos, ese hombre estaba fuera de sus cabales y no pensaba permitir que lastimara a ningún miembro de su familia.

***

Steve corrió a toda velocidad hacia la habitación del fondo, donde sabía que estaban los recién nacidos.

Empujó la puerta con violencia, decidido a todo con tal de llevarse a los hijos de ese malnacido, pero la sangre se le congeló por completo ante la escena que presenció.

De pie, de espaldas a él, un hombre de cabellera rubia y espalda ancha sostenía con extrema delicadeza a uno de los bebés en brazos.

—¡Suéltalo ahora mismo! —ordenó, encañonándolo con el pulso tembloroso.

Cuando el hombre se giró lentamente, el corazón de Steve empezó a latir sin control alguno y el aire se atoró en sus pulmones. Parpadeó varias veces, incapaz de creer lo que sus ojos veían, y bajó el arma por la conmoción.

—Hugh... —murmuró, pronunciando el nombre del hombre que había creído muerto en Bristol. La desesperación lo invadió por completo al comprender ese hecho y dio un paso al frente—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Percy?

Antes de que Hugh pudiera articular una sola palabra, una voz fría y juvenil resonó a su espalda.

—Detrás de ti.

Steve no alcanzó a reaccionar cuando recibió una brutal patada en la espalda que lo mandó directo y de bruces contra el suelo.

A pesar del golpe, no se enojó, porque reconoció de inmediato la voz de su hijo y eso no hizo más que llenar su pecho de alegría.

Sin embargo, perdió los estribos al escuchar la felicitación de Hugh hacia el muchacho y ver cómo ambos se daban la vuelta para huir a toda prisa con los hijos de Lucifer en sus brazos.

—No lo permitiré —bramó, poniéndose de pie y saliendo detrás de ellos por el pasillo.

Percy debía quedarse con él, no podía abandonarlo de nuevo.

¡Lo lloró por meses y no volvería a perderlo!

Al diablo con toda esa gente, tomaría a su hijo y se largaría con él lejos de todo aquel que los conociera.

Empezaría de nuevo, pero con Percy a su lado.

No obstante, su carrera se detuvo en seco cuando se topó de frente con el mismísimo demonio.

Lucifer apareció en el corredor, interponiendo su imponente cuerpo como un escudo humano para proteger a Hugh y a Percy, quienes llevaban a sus bebés en brazos.

Steve apretó los dientes; sabía que no tenía oportunidad contra Lucifer en un enfrentamiento directo en ese momento, por lo que su mente retorcida trabajó rápido: necesitaba a Azucena.

Solo teniendo a la mujer bajo su control lograría que Percy accediera a someterse.

Sin decir más, dio media vuelta y salió huyendo hacia los calabozos, odiando que en el exterior siguieran atacando su criadero.

¡¿Es que esos bombardeos nunca cesarían?!

«Concéntrate en Azucena» le dijo una voz y aceleró su marcha. Sean la tenía y sólo era cuestión de minutos para que su esposa e hijo volvieran a su lado.

***

Lucifer gruñó e hizo el ademán de seguirlo, pero la voz de Percival lo hizo volver en sí.

—Debemos sacar a su esposa y a los niños del criadero.

—Su corazón se encogió y se volvió hacia el hijo de Azucena, quien estaba junto a Hugh —ambos acababan de salvar a sus hijos de Richman—.

No tenía la menor idea de cómo hicieron para llegar hasta ahí, pero el misterio de los chalecos robados de Maggie acababa de resolverse.

Ellos tenían dos, pero… ¿dónde estaban los otros dos?

«Eso es lo de menos, saca a tu familia de ahí».

—Vamos por mi mujer —susurró y les hizo una seña para que lo siguieran.

Las cosas habían cambiado.

Antes pensaba que lo más importante era la misión y atrapar a Richman y su gente, pero ahora… él sólo podía pensar en su familia, por lo que confiaría en sus chicas y dejaría todo en sus manos.

«Yo debo llevar a mi familia a Gloucester y atender a Maggie».

***

Cuando Max y Regina, seguidos de su gente, llegaron a los cuneros, se encontraron con una horda de guardias dispuestos a proteger a sus rehenes más jóvenes, por lo que la pelea se desató sin reparo alguno.

No le sorprendió que la mujer fuera tan habilidosa como sus amigas, pero sí le generó algo de inquietud ver como herían a los suyos.

Ya no estaban lidiando con simples mercenarios, era una batalla de verdad y ahora estaban en desventaja.

—¡No podemos sacar a los niños así! —siseó Regina, clavando su daga en el pecho de un hombre, y Max tragó con fuerza.

Debió suponer que esa área estaría muy bien protegida.

Vio como nuevos hombres corrían por el pasillo para unirse a la pelea y lejos de sentir preocupación, frunció el ceño al ver como empezaban a caer uno encima de otro.

¿Se habían tropezado?

Buscó al responsable, pero el grito de Douglas lo obligó a volver en sí.

—¡Al suelo!

Tanto él, Regina, como la gente que quedaba se lanzó al piso y sonrió con satisfacción al oír como su amigo activaba el cañón de órgano.

Los quince fusibles encontraron a sus víctimas y Max se incorporó con rapidez, agradeciendo en silencio que Douglas no se hubiera quedado junto al cañón que se le asignó.

—¡Saquemos a los niños! —siseó Regina, incorporándose con rapidez, y Max derribó la primera puerta—. Necesito una de esas —añadió la rubia, mirando de reojo como Douglas cargaba nuevamente su cañón.

Sin embargo, Douglas no estaba solo, varias mujeres entraron una vez que él despejó el área para cargar a los bebés y guiar a los más pequeños hacia la salida.

Max recordó a los hombres que fueron derribados segundos atrás y los buscó con la mirada, quedando como piedra al ver a dos personas arrancando sus armas de las espaldas de los sujetos.

—No puede ser —susurró, avanzando hacia ellos con la incredulidad a flor de piel, y los ojos le ardieron cuando Sheldon lo abrazó con fuerza—. ¿Cómo…?

—Thomas lo encontró —musitó Hortensia, claramente contenta, pero aún concentrada en la misión.

—¿Dónde está? —Quería ver a su hermano.

—Fue por su esposa, él nunca dejará de cobrarme el haber provocado su separación —espetó el pelirrojo, sonriente, y el momento se vio interrumpido por la pregunta de Regina.

—¿Dónde están Hugh y Percival?

La mención de su hijo hizo que su corazón empezara a latir sin control alguno y buscó a su amigo con la mirada. Hortensia frunció el ceño, sin lograr entender por qué su amiga preguntó por esas dos personas.

—Lo explicaremos después —respondió Sheldon, serio—. Por ahora debemos dividirnos y evacuar a toda la gente del lugar, aún hay más víctimas.

Max asintió, recordando a Azucena, y Douglas se encargó de escoltar a todas las mujeres y niños hacia un lugar seguro junto a los demás hombres.

—Esta área está limpia —susurró finalmente—. Debo ir por Azucena. —Los dejó atrás, evaluando los posibles lugares donde habrían llevado a su mujer.

Conociendo a Richman, quizá estaría en el área de las habitaciones principales. Recordó el mapa que estudió por más de un mes y, agradeciendo a quien sea que les hubiera dado esa información, aceleró su marcha.

***

Gardenia agradeció que Clover cargara a una de las muchachas en su espalda, dado que la mujer apenas y podía mantenerse de pie, y le pidió que emprendieran camino de regreso.

—No quiero dejarte sola, Hortensia me matará —espetó su amigo, ese que las protegió hace más de siete años, y ella negó con la cabeza—. Estaré bien.

Clover miró a Salazar y los otros jóvenes que seguían sacando a las mujeres de las celdas.