Capítulo 27
Minutos antes del ataque
Azucena caminaba de un lado a otro en una habitación completamente desconocida para ella.
Por el lujo austero y el orden, asumía que le pertenecía a Sean.
El pánico le oprimía el pecho, pero no solo por su propio encierro, sino porque hacía muchos minutos que había dejado de escuchar los desgarradores gritos de Maggie.
La incertidumbre la estaba matando, ¿por qué no la dejaron quedarse junto a ella?
Corrió hacia la puerta de madera y la golpeó con desesperación.
—¡Abran! ¡Exijo que me abran ahora mismo! —gritó, con la voz quebrada. Había intentado de todo, desde manipular la cerradura hasta derribar la puerta, pero nada sirvió.
Se sentía completamente asfixiada, inquieta y atrapada en una ratonera.
De pronto, la piel se le erizó por completo al escuchar el sonido de la llave girando en la cerradura.
Sean entró a la habitación, cerrando detrás de sí, y la miró con una fijeza que le heló la sangre. Dejó claro de inmediato a lo que venía.
—Quiero la verdad, Eleonor. —Hizo una mueca, no le gustaba que la llamaran de esa manera—. Quiero saber exactamente qué sucedió con mi hermano. Steve me dio una versión, pero al parecer pequé de iluso al creer ciegamente en sus palabras.
Azucena, intentando contener el temblor de sus manos, lo encaró.
—Yo vi a Hugh antes de la explosión del barco, Sean. Él fue quien se llevó a mi hijo hace más de cinco años. Estuvo trabajando en Londres, metido en el harem de Steve todo este tiempo.
Sean frunció el ceño, visiblemente desconcertado, y dio un paso hacia ella.
—Su amorío hizo que Steve los separara y matara a ambos —le recriminó.
—Nunca pasó nada entre nosotros, pero Hugh me ofreció que huyéramos.
Sean asintió, pensativo, y la miró con fijeza.
—¿Quién se supone que eres ahora?
—Mi nombre es Azucena.
Él se rio.
—La esposa de Steve. —De ella sí les había hablado—. Nunca nos dijo que fueras una guerrera, ¿tú eres la mujer en la que confió y lo traicionó?
No le dio una respuesta.
—¿Eres una de ellas? ¿Eres una de las hijas de Lucifer?
—Tomé ese título cuando recuperé a mis hijas —admitió, enderezando la espalda con orgullo—. Y ahora estoy decidida a salvar a Percival.
Sean abrió los ojos de par en par, verdaderamente sorprendido por sus palabras.
—¿Salvarlo? Creí que ese niño estaba muerto.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, no le sorprendía que su hijo estuviera dentro de la mentira de Steve.
—No lo está —farfulló—. Pero dime, ¿dónde está Maggie? ¿Qué han hecho con ella? ¿Su hijo ya nació? —exigió saber, dando un paso al frente.
—Mi gente es muy buena lidiando con los partos, no te preocupes por eso —respondió con frialdad—. Steve aún no ha regresado y no sabemos qué hacer exactamente con nuestras nuevas adquisiciones. —Intentó tocar su rostro, pero ella se apartó con rapidez.
Él se rio y soltó una réplica seca.
—Cuando Steve llegue, nos vamos a reunir los tres —sentenció—. Vamos a tener una conversación muy seria sobre mi hermano y lo que realmente pasó en ese barco.
—¿De verdad te importa Hugh? —frunció el ceño—. Al fingir tu muerte lo dejaste completamente solo, desamparado y a merced de alguien tan retorcido como Steve.
Sean endureció la expresión, desvío la mirada por un segundo y sentenció:
—Ese no es tu problema.
Sin decir más, se dio la vuelta, salió de la habitación y le pasó el cerrojo, dejándola nuevamente encerrada en la penumbra.
***
Después de atravesar varios pasillos, Sean se reunió con Silas, quien revisaba unas armas en el despacho.
—¿Vas a sacar a los chicos del calabozo? —le preguntó nada más entrar a la estancia.
—No —respondió Silas con severidad—. Intentaron impedir que nos lleváramos a las mujeres y a los niños.
Eso es una traición grave a nuestra organización.
—Pudo percibir la rabia en su voz, Silas odiaba castigar a Salazar—.
Los voy a castigar sin comida ni agua por semanas.
Los que logren sobrevivir a eso, serán dignos de reivindicarse ante nosotros.
—¿No te preocupa que Salazar muera? —preguntó por lo único que a él podría importarle y el rubio gruñó.
—Mataré a esa mocosa, jamás creí que ella lo pondría en mi contra.
Sean se cruzó de brazos.
—Te dije que no estaba listo, él tiene un corazón muy blando y le entregaste una joven interesante. —Su amigo farfulló un juramento—. Ni siquiera a tus hijos los tratas tan bien como a Salazar.
—Porque él siempre obedece, siempre es servicial y es uno de nuestros mejores guerreros.
—Y es el hijo de tu mejor amigo —lo miró significativamente y Silas apartó el rostro, molesto.
Para ellos, las preferencias de Silas nunca fueron un problema; sin embargo, Sean era el único que conocía su retorcido amor por Steve y lo mucho que le gustaba el parecido que Salazar tenía con él.
Silas decidió desviar el tema mientras limpiaba un rifle:
—Ya hablé con el lugarteniente para que vigilen todo el perímetro. Quiero a nuestra gente atenta a cualquier posible ataque o movimiento extraño en los alrededores.
Sean soltó una carcajada limpia, burlándose abiertamente de la precaución del rubio.
—Por favor, Silas. Ellos no vendrán hasta aquí. Son unos cobardes e inútiles, ¿viste cómo se amedrentaron en su tierra?
En ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió de golpe. Steve estaba cubierto de polvo, sudor y con una furia ciega reflejada en el rostro. Sean y Silas lo miraron con profunda preocupación al ver su estado.
—¿Qué pasó? —preguntó Silas.
—¡Esas malditas escaparon! —bramó Steve, arrojando su chaqué al suelo—. Se dieron cuenta de la trampa en el camino y acabaron con todos mis hombres.
Sean no pudo evitar soltar una risa burlona, disfrutando del fracaso de su socio.
—Vaya, Steve. Nunca te sale nada bien cuando se trata de esas mujeres, ¿verdad? —El pelinegro gruñó—. Pero no te preocupes, porque nosotros sí tuvimos éxito.
Steve abrió los ojos con sorpresa.
—¿Dónde está Azucena? ¿Está aquí?
Sean y Silas intercambiaron una mirada rápida, llena de dudas. Sean dio un paso al frente, confrontándolo:
—Sobre eso, veo que nos dijiste muchas mentiras, Steve.
Steve gruñó, pasando una mano por su rostro con frustración.
—Omití información por su propio bien. Esa mujer es una amenaza para los planes de todos.
—¿Y qué pasa con Hugh? —preguntó Sean, perdiendo la paciencia—. Exijo saber la verdad sobre mi hermano.
Steve soltó un suspiro rabioso y le clavó la mirada.
—Lastimosamente, Hugh murió en la explosión que esas mujeres provocaron en Bristol —arrastró sus palabras, perdiendo la altanería y sus hombros cedieron—. Murió por ir en busca de Percy y saltar al mar. Ellas los mataron.
Y él no pudo hacer nada por su hijo. Por eso quería vengarse, por eso quería arrebatarles todo y matarlas vilmente, porque ellas le arrebataron lo único que él llegó a amar de verdad.
Al escuchar aquello, la furia cegó a Sean.
Sintió unas ganas incontenibles de subir y matar a Azucena y a Maggie con sus propias manos para vengar a su hermano.
Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso hacia las escaleras, una tremenda detonación sacudió la estructura.
El suelo tembló con violencia, haciendo que el polvo del techo cayera sobre ellos y los cristales vibraran peligrosamente.
El estruendo exterior les advirtió, de la manera más brutal posible, que acababan de subestimar por completo a las hijas de Lucifer.
—¡Mierda! —bramó Steve, aferrándose a la mesa para no perder el equilibrio. Miró a Silas de inmediato—. ¡Ve por Maggie ahora mismo! ¿Dónde está el hijo de Lucifer?
—Sígueme, están en el pasillo del fondo —respondió Silas, corriendo hacia el ala médica.
Sean, con los ojos encendidos de odio y adrenalina, miró a los dos hombres con determinación.
—Yo iré por Azucena y luego me aseguraré de que nadie haya usado el ingreso subterráneo. Tengo la sospecha de que esas malditas intentarán entrar por ahí para salvar a los prisioneros.
Sin embargo, si sus sospechas eran ciertas, eso quería decir que alguien los había traicionado, revelando información del criadero.