Capítulo 26
Hortensia permanecía en su posición junto a Lucifer, vigilando la imponente estructura que se alzaba frente a ellos.
Cada coordenada del plan ya estaba instalada y protegida por los hombres de Gloucester; todo el perímetro estaba cubierto.
Sabía que, por otra parte, Gardenia no iría sola por el túnel subterráneo, ya que diez hombres armados la acompañaban para asegurar un escape exitoso.
Sin embargo, Hortensia no podía evitar sorprenderse ante el descomunal tamaño del criadero; era una edificación enorme y le revolvía el estómago saber que allí dentro se encontraban tantas víctimas inocentes.
Afortunadamente, el mapa que les llegó hace más de un mes tenía razón: los barrotes bajos del muro presentaban una falla en su anclaje.
—Iré primero —le susurró Lucifer en voz baja—. Debemos arrastrarnos por un breve tramo y debo asegurar que nadie nos sorprenda del otro lado antes de que pases.
Hortensia asintió, manteniéndose alerta.
Tras unos tensos segundos, Lucifer le hizo una seña desde el interior del conducto indicándole que el camino estaba despejado.
Ella se deslizó con agilidad, pero justo cuando estaba ingresando, la alarma la sacudió por completo al sentir cómo una mano enorme y rústica tiraba con fuerza de su tobillo hacia atrás, arrastrándola de vuelta al exterior.
Maldición, esto se complicaría un poco.
Se trataba de un hombre alto, robusto y con mirada sanguinaria; por su porte, asumió de inmediato que era uno de los lugartenientes del criadero. Sin pensarlo dos veces ni darle tiempo a reaccionar, Hortensia lanzó una patada seca y certera directo al mentón del agresor, obligándolo a retroceder.
Adentro, Lucifer escuchó el forcejeo.
—¡Hortensia! ¡Voy de vuelta! —exclamó dispuesto a salir.
—¡No! ¡Sigue adelante! —le gritó con firmeza, incorporándose con agilidad para enfrentar al lugarteniente, que aún aullaba de dolor y enterraba parte del rostro en sus manos—. ¡Ve por Maggie ahora mismo, yo me encargo de esto!
El hombre se enderezó, limpiando un hilo de sangre de su boca, y soltó una carcajada ronca llena de desprecio al asimilar la situación: una simple mujer lo estaba retando.
—Eres una estúpida si crees que podrás conmigo. Te voy a matar aquí mismo. —Acto seguido, soltó un silbido agudo que resonó en la arboleda.
En respuesta, más de cinco mercenarios armados corrieron en su dirección emergiendo de la penumbra del bosque.
Hortensia, lejos de amedrentarse, soltó una risa fría.
Con un movimiento rápido de sus dedos, se sacó la peineta que su hermana diseñó y activó el mecanismo, dejando al descubierto las garras de metal.
El lugarteniente dudó un segundo al ver el arma, pero inmediatamente volvió a subestimarla, haciendo un gesto a sus hombres.
—Esto será divertido —sonrió con malicia—. ¡Atáquenla!
Los mercenarios se abalanzaron sobre ella al unísono, pero Hortensia era una mujer extremadamente rápida y letal.
Se movió con una gracia casi felina entre los árboles, esquivando los cortes y devolviendo ataques calculados.
Las garras envenenadas hicieron su trabajo de inmediato: con cada rasguño y estocada precisa, los hombres del lugarteniente comenzaron a desplomarse uno a uno sobre la tierra, convulsionando por el efecto del veneno letal, hasta que el suelo quedó sembrado de cuerpos.
Al ver a toda su guardia derribada en cuestión de minutos, el lugarteniente entró en desesperación.
Con las manos temblorosas, sacó su arma de fuego y apuntó directo al pecho de Hortensia.
Ella se tensó; sabía perfectamente que, si el hombre disparaba, el estruendo arruinaría todos sus planes al dar una alerta temprana a la gente del criadero.
Se preparó para esquivar el impacto, pero antes de que el cañón del arma se accionara, el silbido limpio de una flecha rasgó el aire de la noche.
El proyectil se clavó con una fuerza descomunal directo en el corazón del lugarteniente, helándole las venas de golpe.
El hombre soltó un gruñido sordo, soltó la pistola y cayó de rodillas antes de desplomarse en la tierra.
¿Qué estaba pasando?
La garganta se le cerró y empezó a buscar frenéticamente con la mirada al responsable de aquel tiro.
En el armamento de Gloucester no llevaban arcos ni flechas, así que aquello no tenía sentido.
De pronto, las rodillas comenzaron a temblarle y la respiración se le cortó por completo cuando una silueta enorme y familiar emergió lentamente de la densa arboleda.
El corazón le dio un vuelco. Empezó a agitarse, sumida en una profunda confusión, sin estar muy segura de sí acababan de matarla en la pelea y aquello era una alucinación de su mente. La realidad la golpeó con fuerza cuando una lágrima ardiente se deslizó por su mejilla.
El enorme pelirrojo, el esposo que había dado por muerto y llorado durante más de siete meses, caminó hacia ella.
Negó con la cabeza, seguramente estaba dentro de un sueño. Él estaba muerto, ¡ella misma lo vio salir disparado hacia el mar después de la explosión!
¿Cómo podía estar vivo?
¡Le dispararon en la espalda!
Sheldon se percató del ritmo errático de su respiración y la envolvió en sus brazos con una fuerza desesperada, pegándola a su pecho para buscar calmarla, mientras le susurraba al oído con la voz rota:
—Al final de todo... Thomas pudo encontrarme, mi amor. Lamento mucho haberte hecho esperar tanto tiempo.
En ese momento, sólo pudo hundirse en su abrazo y llorar en silencio. Al menos, por primera vez en años, la vida decidió devolverle aquello que amaba.
«Ahora solo queda vengar a Nancy».
***
Por otra parte, ajeno a lo que ocurría en el exterior, Lucifer terminó de colarse por el estrecho acceso.
Se incorporó con cautela y avanzó con pasos felinos por el patio hasta ingresar a la edificación.
Percibió de inmediato que los pasillos de esa ala se encontraban completamente vacíos debido a la concentración de guardias en las puertas principales.
Ajustó las armas que llevaba consigo, sintiendo el peso del metal contra su cuerpo, era evidente que la gente de Richman era algo estúpida.
¿De verdad pensaban que atacarían por la puerta principal?
No le gustó que el lugar estuviera sumido en un pulcro y abrumador silencio.
Aquello comenzó a jugarle en contra a su mente, haciéndolo cuestionarse si Maggie realmente estaba allí adentro, o si se encontraba bien, asumiendo que ya habían pasado más de tres horas desde que los hombres de Richman se la habían llevado a la fuerza de Gloucester y se suponía que ella estaba en labor de parto.
«Concéntrate» se ordenó a sí mismo, apartando los oscuros pensamientos de su cabeza. Con el rostro endurecido, inició la búsqueda habitación por habitación, esperando de todo corazón que Gardenia estuviera teniendo la misma suerte para llegar hacia el calabozo.
***
A muchos metros bajo tierra, Gardenia avanzaba a paso firme pero cauteloso por el túnel que —para sorpresa de todos— realmente existía.
Estaba acompañada por Clover, Ismael y los otros diez hombres seleccionados de Gloucester.
Recorrían el oscuro y húmedo túnel con profunda desconfianza, sosteniendo las linternas bajas para no llamar la atención.
Miró a los hombres de reojo. Todos tenían sus carabinas ajustadas a su espalda, cosa que la aliviaba mucho porque con ellas podrían protegerse y proteger a los prisioneros. Por su parte, ella eligió armas más ligeras que le permitieran moverse por el criadero con mayor libertad.
Tras unos minutos de caminata silenciosa, divisó a lo lejos una pesada puerta de madera que cortaba el paso.
—Llegamos —se adelantó, sintiendo como su corazón martilleaba sin control alguno, y utilizando un pasador comenzó a manipular la cerradura. El mecanismo cedió con bastante facilidad tras un par de movimientos expertos.
Al empujar la hoja de madera, un olor desagradable a encierro y humedad los golpeó de frente, acompañado de un silencio abrumador.
Era el sótano del criadero y frente a ellos se extendía un auténtico laberinto de celdas de hierro. Empuñó las manos, sintiendo un profundo odio hacia esa gente sin corazón, y un silbido hizo que se pusiera alerta.
Claro que habría alguien escoltando el lugar.
Les hizo una seña a sus hombres para que se quedaran atrás y con movimientos llenos de gracia, tomó el primer pasillo con sigilo, encontrando al guardia sentado junto a una celda.
El hombre se veía tan entretenido que nadie podría creer que en ese lugar torturaban y doblegaban la voluntad de inocentes.
Esa gente no tenía empatía y por ende ella tampoco mostraría la más mínima.
Giró su cuchilla en su mano con habilidad, preparando su primer tiro, y sonrió satisfecha cuando su arma se clavó justamente en el cuello del hombre, llevándolo a emitir un jadeo ahogado y tener una muerte inmediata.
—Está listo —les informó a sus hombres y todos salieron del túnel, entre ansiosos y nerviosos, con sus carabinas en mano.
Gardenia se acercó al hombre y agradeció en silencio que tuviera todas las llaves atadas a su pantalón. No obstante, eran muchas celdas como para probar llave por llave, eso podría tomar mucho tiempo.
—Tendremos que forzar los candados —se volvió hacia sus hombres—, no pierdan más tiempo, pronto lanzarán el primer ataque y…
—¡Yo sé qué llave corresponde a cada candado! —Una voz masculina y desesperada se alzó a su espalda, obligándola a girar sobre su eje con rapidez. Se relajó al ver que el dueño de esa voz estaba detrás de una celda, una que a la escasa luz del calabozo parecía repleta de jóvenes.
Frunció el ceño, estaban tan apretados que le daba la sensación de que ninguno podía respirar con normalidad. Sujetó una antorcha y se acercó a la celda para ver sus rostros, quedando como piedra al confirmar las palabras de Max y Azucena: ese joven era el vivo retrato de Steve Richman.
—¿Quién eres? —quiso saber, a pesar de que era un pésimo momento para tener una conversación.
—Mi nombre es Salazar —respondió aceleradamente—. ¿Qué sucedió en Gloucester? ¿Cómo está Amy? ¿Qué pasó con las mujeres y los niños? —Se tensó, se oía realmente preocupado y entendió mejor el por qué Azucena no pudo odiar a ese muchacho.
Salazar podría ser el vivo retrato de su despiadado padre, pero en sus ojos oscuros no habitaba el más mínimo ápice de maldad.
—Tienes que sacarnos, nosotros ayudaremos —añadió, y los otros jóvenes empezaron a hablar—.
Estamos aquí porque nos rebelamos, quisimos impedir que usaran a nuestra gente como cebo, pero ellos son más fuertes —su voz fue perdiendo fuerza a medida que hablaba, y Gardenia se vio obligada a regalarle una pequeña sonrisa.
—Necesito que se calmen. —Todos sellaron los labios en una fina línea—. Los liberaré —miró a Salazar con fijeza—, pero para esta guerra los necesito con la cabeza fría o sino prefiero que huyan con todos los prisioneros y mi gente por el túnel.
Después de todo, apenas y eran unos jovenzuelos.
—¿Puedo confiar en ustedes?
Salazar asintió y, siguiendo a su instinto, manipuló el candado.
Para su sorpresa, el joven no le mintió y fue él, junto a otro muchacho, quien se encargó de abrir celda por celda, mientras ella despachaba a las debilitadas prisioneras grupo por grupo con su gente.
Esto tomaría tiempo.
***
A las afueras del criadero, apostado en una colina estratégica, Max mantenía la vista fija en su reloj de bolsillo, calculando meticulosamente los veinte minutos exactos que Lucifer le había pedido que esperaran para darles tiempo de infiltrarse.
El tiempo se había cumplido.
—Es hora —susurró Regina, recordándole que no estaba solo.
Max guardó el reloj, se volvió hacia Douglas y hacia la gente del pueblo que aguardaba en perfecta formación, cada uno sosteniendo firmemente una carabina entre las manos.
Con la mandíbula tensa y la mirada fija en los muros de la fortaleza de Richman, Max asintió con la cabeza hacia los artilleros.
La orden estaba dada. Los hombres tiraron de las cuerdas y el primer cañón se disparó con un rugido ensordecedor, iluminando la noche y haciendo temblar la tierra bajo sus pies.