Capítulo 25
El regreso a Gloucester estuvo marcado por un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el galope de los caballos y el traqueteo del carruaje de Regina.
Sin embargo, cuando Hortensia, Gardenia y su gente cruzaron los límites del pueblo, la sangre se les heló en las venas.
Frente a su casa, una multitud permanecía de pie, estática, sumida en un silencio desolador.
¿Qué estaba pasando?
Hortensia y Gardenia no esperaron a que los caballos se detuvieran por completo; bajaron de un salto, con el corazón golpeándoles las costillas.
—¡Douglas! ¡Teodoro! —exclamó Hortensia, abriéndose paso entre la gente con la mirada desorbitada—. ¿Dónde están mi hermana y Azucena? ¿Qué pasó aquí?
Douglas se acercó a ellas con paso vacilante. Tenía la ropa manchada de tierra y, por primera vez, el imponente herrero llevaba la cabeza gacha, incapaz de sostenerles la mirada.
—No pudimos hacer nada... —confesó con aspereza—. Trajeron a mujeres y niños para escudarse tras de ellas. —La garganta se le cerró—. Se las llevaron y Maggie estaba en labor de parto, eran dos hombres y el que disparó tenía una gran cicatriz en el rostro.
Hortensia trastabilló, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies y Gardenia la sostuvo del brazo, con los ojos llenos de furia y temor.
¿Labor de parto? ¿Un disparo?
—Tenemos que ir por ellas ahora mismo —susurró Hortensia, intentando despabilarse—. No podemos perder más tiempo, Richman está fuera de sus cabales, Gardenia.
—Esperen —intervino Teodoro, dando un paso al frente con una expresión de profunda aflicción—. Sucedió algo más. Tienen que entrar.
Las hermanas lo miraron fijamente. Un miedo profundo, antiguo y espeso, se instaló en sus pechos.
Sin pedir más explicaciones, ambas empujaron la puerta de la casa y corrieron hacia las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos hasta el segundo piso.
Entraron de golpe en la habitación donde se percibía el murmullo de la actividad médica y la escena que las recibió les rompió el alma.
Frente a la cama, Lucifer se limpiaba las manos ensangrentadas con un paño tembloroso, con el rostro pálido y desencajado.
Hortensia y Gardenia se acercaron al lecho con lágrimas en los ojos.
Lo menos que esperaban era ver a su nana en ese estado.
Nancy yacía sobre las sábanas blancas, con el pecho cubierto de vendajes empapados en carmín.
—Extraje la bala —anunció Lucifer, con una voz ronca que delataba su propia frustración—. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, pero... no sé qué sucederá a partir de ahora. Está muy débil.
Hortensia soltó un sollozo y se arrodilló al lado de la cama. Al escucharla, Nancy abrió los ojos con una lentitud dolorosa. Con un esfuerzo sobrehumano, la anciana alzó una mano temblorosa y sujetó los dedos de Hortensia, atrayendo también a Gardenia.
—No... no pierdan la cabeza —les pidió, con la voz apenas más alta que un susurro—. Maggie, Azucena y el bebé... las necesitan enteras. Tienen que ser fuertes.
—Perdónanos, nana... —lloró Gardenia, ocultando el rostro cerca de sus sábanas—. Perdónanos, nosotras te involucramos en todo esto. Esto es nuestra culpa.
Nancy esbozó una sonrisa débil, pero cargada de un amor infinito. Sus ojos brillaron con orgullo filial al mirarlas.
—No digan eso... Estoy tan feliz. Se convirtieron en mujeres fuertes, valientes y estoy segura de que, pase lo que pase, encontrarán la felicidad que merecen.
Las hermanas no pudieron responder; el nudo en sus gargantas las asfixiaba al ver cómo el brillo de la vida se le escapaba por segundos.
—Siempre serás nuestra madre, nana —susurró Hortensia entre lágrimas—. Tienes que curarte, te amamos, no nos dejes.
—Por favor... organícense —insistió Nancy, usando sus últimas fuerzas para presionar sus manos—. Vayan por Maggie. Aún pueden entrar al criadero de Salem... usen el mapa que llegó a nuestras manos.
Las dos hermanas dudaron por un instante, abrumadas por el dolor y la incertidumbre de cómo dividirse para el ataque, pero Nancy no les dio tiempo de titubear. Clavó su última mirada en ellas, pacífica y eterna.
—Fueron las mejores hijas que la vida pudo darme —susurró.
Y exhaló su último aliento.
La mano de Nancy quedó laxa entre los dedos de Hortensia.
En la habitación se instaló un silencio sepulcral, roto únicamente por los lamentos contenidos de las hermanas Gardener.
Transcurrieron varios minutos en los que el luto pareció detener el tiempo.
Finalmente, Hortensia se limpió las lágrimas con brusquedad y se puso de pie, con los ojos transformados en dos brasas de puro odio y determinación.
Gardenia hizo lo mismo, aunque su cuerpo aún temblaba ante lo acontecido.
—Volveremos pronto, nana —susurró, jurando que tendría un digno entierro.
Salieron de la habitación con paso firme junto a Lucifer, más decididos que nunca a ir a Salem y destruir el criadero de Richman.
Al bajar las escaleras, convocaron a los líderes del pueblo. El momento por el que se prepararon por meses por fin había llegado, no había marcha atrás.
***
—Quiero entrar —susurró Max, haciendo una mueca de dolor mientras Regina curaba su herida, y la rubia chasqueó la lengua.
—Mejor espera un poco más, aún no estás del todo bien.
Era verdad, se sentía mareado y adolorido, pero no por esa razón se quedaría de brazos cruzados. Esos hombres se llevaron a Azucena y Maggie, tenían mucho tiempo de ventaja y por el estado de Richman, suponía que ahora mismo lo menos que podían hacer era perder tiempo.
—¿Por qué no lo siguieron? —escupió—. Matamos a casi todos sus hombres, podían atraparlo y…
—¿Y así alterar a su gente? —lo miró con dureza, reprendiéndolo con la mirada—. Ellos tienen rehenes, Frensby, y en la guerra uno no puede ser tan emocional, ¿me escuchas?
—Ese hombre es una amenaza.
—Y estoy segura de que no es el único —siseó y él gruñó por lo bajo, viendo como alguien salía de la casa para llamar a Douglas, Teodoro, Clover e Ismael. Eran los líderes del pueblo, por lo que eso sólo significaba una cosa.
—Ya me siento bien. —Se incorporó y le hizo una seña para que lo siguiera—. Es hora de planear y ejecutar nuestro plan.
Cuando ingresó a la casa, las manos le temblaron al ver que las hermanas Gardener tenían los ojos llorosos. Lucifer se veía pálido, toda su autoridad se había ido y Max apenas y podía creer que pudiera verlo en tal estado de conmoción.
—¿Qué sucedió? —arrastró sus palabras y no supo cómo tomar el hecho de que su cuñada lo abrazara sin previo aviso.
—Mi nana se murió, Max —sollozó y él contuvo el aliento.
¿Esa gente se atrevió a matar a Nancy, una mujer que no lastimaría ni a un insecto?
La rabia lo carcomió por dentro y abrazó a la pelinegra con suavidad, deseando con creces que Thomas estuviera ahí, apoyando a su mujer.
«¿Dónde diablos te metiste, imbécil?»
Cuando Gardenia pudo recuperar la compostura, Hortensia hizo una mueca y extendió el mapa del criadero sobre la gran mesa de madera. Era evidente que ella también quería llorar y recibir un abrazo, pero era tan necia que se rehusaba a mostrarse vulnerable.
Ahora no sólo perdió a su esposo, sino que a la mujer que la cuidó por años.
—Es hora de crear una estrategia —aseveró la castaña, y todos se acercaron a la mesa.
—Yo iré por aquí —decretó Gardenia, señalando la parte baja del mapa—. Confirmemos si existe la trampilla al sur del criadero para tomar el túnel subterráneo. Si es así, yo me encargaré de liderar la incursión hacia los calabozos para liberar a los prisioneros.
—Lucifer y yo entraremos por el lateral —Hortensia señaló el muro del norte, donde la persona que dejó el mapa explicaba que los barrotes estaban rotos y podrían ingresar por ahí con facilidad—.
Recorreremos las habitaciones superiores en busca de Maggie y Azucena.
Pero aún no sabemos qué nos espera en el interior y no creo que sea prudente llevar a todos al interior del criadero.
Max señaló la zona que captó su atención.
—Aquí están los cuneros y los cuartos para niños —tragó con fuerza, era la parte trasera del criadero y según el mapa, sólo podrían ingresar si derribaban el muro—. Si despejamos este sector, podremos sacar a los rehenes por aquí.
—Pero para conseguirlo, debemos distraerlos —susurró Lucifer, mirando a Douglas—. Usemos tus cohetes.
Douglas arrugó el entrecejo con evidente preocupación.
—Esos artefactos aún no son cien por ciento seguros —advirtió—. Atacar una construcción de ese tamaño con pólvora inestable podría dejar muchos heridos, incluso de los nuestros. Yo… no quiero explotar ese lugar con tantos inocentes dentro.
Max miró al hombre con admiración.
—Creo que la intención de Lucifer no es atacar la construcción como tal —señaló el mapa—. Atacaremos los muros para derribarlos y distraerlos. Crearemos un alboroto, así muchos de los hombres saldrán al exterior para combatir y dejarán los pasillos vacíos.
—Nosotros debemos estar adentro antes de que se realice la primera detonación —explicó Hortensia, mirando a Gardenia y Lucifer—. El caos será tan grande que para ese momento cada uno ya debe estar en su posición, sólo Max entrará cuando el muro sea derribado.
—La edificación principal estará de pie hasta que saquemos a todos —le prometió Lucifer.
Sin embargo, Gardenia pudo captar la incertidumbre de Douglas y se acercó a él.
—Tus inventos son maravillosos, Douglas, pero si no quieres usar los cohetes, quizá puedas darnos una nueva idea.
—Dejemos los cohetes para el final —pidió—. Usemos los cañones, tienen carga retráctil, mayor precisión y causan menos daño. Podemos instalar más de diez puntos, ellos no sabrán en qué dirección atacar.
—Perfecto —susurró Max, impaciente—. Haremos que preparen los carruajes y todo el armamento, ¿a cuántos hombres llevaremos con nosotros?
En ese momento, Teodoro dio un paso al frente.
—La gente del pueblo podría oponerse si desatamos una guerra abierta en Salem y si pasa eso, nos superarán en número.
Todos intercambiaron una rápida mirada, él tenía razón.
—Debemos ir todos y protegernos entre sí —añadió Teodoro con seguridad.
—Pero no todos están listos. —Gardenia hizo una mueca—. Yo…
Sin embargo, antes de que pudiera terminar, varias personas ingresaron a la casa con una determinación aplastante.
—Para eso se nos entrenó todo este tiempo —declaró uno de los hombres del pueblo—. Atacaremos desde afuera con las armas y cuidaremos a la gente que dispare los cañones. Ahora tenemos el armamento y la capacidad para hacerlo, no estoy dispuesto a quedarme aquí mientras otros pelean por mi gente.
—Las mujeres también iremos —anunció una joven, dando un paso al frente con el rostro endurecido por la indignación—. Esos hombres se atrevieron a amenazarnos con nuestra propia gente y dejamos que se llevaran a Azucena y Maggie, aún siento vergüenza por haber sido tan cobarde.
Gardenia asintió, aceptando el apoyo de su gente con satisfacción. Ellos tenían razón, ¿para qué los entrenaron si pensaban dejarlos en el pueblo?
—Bien —suspiró Hortensia—. Quiero que todas las cuchillas y dagas sean impregnadas con veneno antes de partir. Cada ataque debe ser letal. No hay marcha atrás. Para esto nos preparamos, y la muerte de Nancy será vengada con la sangre de esos malditos.
Mientras el pueblo se transformaba en un hervidero de actividad, con hombres y mujeres armándose en silencio y preparando el armamento de Douglas en los carruajes, Hortensia caminó hacia Lucifer, quien observaba fijamente el camino con la mandíbula tensa.
Posó una mano firme y cálida en su hombro.
—Ten paciencia y fe, Lucifer —le pidió en voz baja.
El duque soltó un suspiro amargo, sin apartar la vista de la oscuridad de la noche.
—No fue fácil ver cómo Nancy se iba, Hortensia... —confesó, con la voz quebrada por la culpa—. No tengo idea de cómo voy a mirar a Maggie a la cara cuando la encuentre. Todo esto es por mi culpa, nunca debí dejarlas.
—Querías ayudarnos —se vio obligado a decirle y él negó con la cabeza.
—Tengo miedo... —Esa confesión la tomó por sorpresa—. Temo lo que Richman sea capaz de hacerle a Maggie y mi hijo en este momento.
Hortensia apretó el agarre en su hombro, obligándolo a mirarla a los ojos con una intensidad arrolladora.
—Haremos hasta lo imposible por recuperarlos a todos, Lucifer. Te lo prometo —le aseguró—. Pero para lograrlo, necesito aquí al hombre que creó a las hijas de Lucifer. Te necesito más listo y despierto que nunca para la batalla, ¿crees que eso sea posible?
—Sí —respondió después de varios segundos de silencio y ella le sonrió.
—Bien, no necesito un debilucho en mis filas —bromeó y él se rio por lo bajo.
—Yo sí necesito a la sanguinaria Hortensia que conozco.
—No te preocupes —su sonrisa tembló—. Después de lo que le hicieron a mi nana, esos malditos no escaparán del infierno al que pienso mandarlos.
Y, por su bien, esperaba que su hermana y Azucena estuvieran bien.