Capítulo 24
El silencio dentro del carruaje era tan denso que casi se podía palpar.
Max mantenía la vista fija en el suelo de madera, con una angustia creciente oprimiéndole el pecho.
Sabía que algo no andaba bien; un presentimiento amargo y persistente le recorría las venas, haciéndolo lamentar profundamente haber dejado Gloucester y, sobre todo, haber dejado atrás a Azucena.
Frente a él, un guardia asignado por el Alguacil los vigilaba de cerca, sosteniendo un arma entre las manos con actitud altanera.
Al lado del oficial, Hortensia y Gardenia permanecían inmóviles, con las muñecas unidas por las gruesas sogas.
Sin embargo, cuando Max alzó sutilmente la mirada, sus cuñadas le hicieron una seña casi imperceptible con los ojos hacia el guardia.
Max frunció el ceño, agudizando la vista en la penumbra, y una mezcla de sorpresa y expectación lo recorrió al percatarse de que ambas ya habían cortado las sogas con esa habilidad escalofriante que poseían.
Estaban libres, esperando el momento exacto para quién sabe qué.
Sin previo aviso, Max respingó en su lugar.
Lucifer, con la rapidez de un depredador, se abalanzó sobre el guardia antes de que este pudiera reaccionar.
En un parpadeo, el castaño le arrebató el arma de las manos y, con un movimiento seco y certero, lo noqueó golpeándolo con el pesado mango de metal en la sien.
El cuerpo del oficial cayó al piso, dejándolo sin palabras.
—¿Qué demonios haces, Lucifer? —se alteró en un susurro, mirando el cuerpo inconsciente—. ¿Estás loco? Estamos de camino a un juicio —farfulló.
—No vamos de camino a Boston —sentenció Lucifer, con una frialdad que helaba la sangre mientras se guardaba el arma del guardia—. He estado siguiendo el terreno. Nos están desviando por un sendero que desconozco por completo.
Y como era él, quien iba y venía de Boston, conocía muy bien el camino.
Hortensia y Gardenia terminaron de zafarse de las cuerdas inservibles con movimientos fluidos.
—Es una trampa —dedujo Gardenia, apretando los puños con rabia—. Richman se movió más rápido de lo que pensamos y si no hacemos algo, atacarán Gloucester.
—Si tus palabras son ciertas, nos emboscarán en cualquier momento —siseó Max, enderezando la espalda y sintiendo la adrenalina en el pecho—. Tenemos que pelear y regresar al pueblo cuanto antes.
—Bueno, al menos tenemos el corsé que Maggie hizo —comentó Hortensia, esbozando una sonrisa afilada bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventanilla del carruaje.
Max y Lucifer asintieron al unísono. Con un movimiento rápido, ambos bajaron el cuello de sus camisas, dejando ver las capas reforzadas del blindaje oculto que Maggie les había confeccionado con tanto esmero; sus pechos estaban protegidos contra el plomo.
—¿Algún plan? —inquirió Lucifer, mirando a la castaña.
Hortensia pateó con desdén el cuerpo laxo del guardia en el suelo y clavó sus ojos oscuros en la puerta.
—Tengo uno —afirmó con malicia.
Mientras el carruaje avanzaba dando tumbos por el sendero aislado, un golpe sordo y violento proveniente del interior puso en alerta máxima a los jinetes que escoltaban el vehículo.
Antes de que pudieran reaccionar, la puerta del mismo se abrió con una fuerza brutal y el cuerpo inconsciente del guardia salió disparado, rodando de forma aparatosa por la tierra seca.
—¡Detengan el carruaje! —gritó uno de los escoltas en la retaguardia, tirando de las riendas de su montura.
Aprovechando el desconcierto, Hortensia se sujetó con una fuerza descomunal del marco superior del vehículo y se trepó al techo con una agilidad felina, recordándole a los hombres que no estaban ante cualquier mujer.
Sacó dos cuchillas ocultas de entre sus ropajes y las clavó con precisión en los pechos de dos jinetes que se habían emparejado al carruaje.
Los hombres soltaron un ahogo de muerte y cayeron pesadamente de sus sementales, mordiendo el polvo.
De inmediato y porque el carruaje por fin se detuvo, Max, Lucifer y Gardenia salieron del interior.
Max avanzó con rapidez entre los caballos desbocados, recuperó las dos cuchillas de Hortensia con movimientos limpios y se las devolvió de un solo tiro.
Sin embargo, la euforia del primer ataque se desvaneció en un segundo.
Max sujetó su revólver con profunda inquietud al ver cómo el resto de los hombres comenzaban a rodearlos en sus sementales.
Eran demasiados. Más de quince hombres fuertemente armados formaron un círculo cerrado alrededor del carruaje en mitad del espeso bosque, apuntándoles con pistolas.
Una carabina de Douglas habría sido de mucha ayuda en momentos como esos.
Los cuatro se pegaron espalda contra espalda, alertas, conteniendo la respiración y esperando el inminente inicio del ataque masivo.
Fue en ese instante de máxima tensión cuando el hombre que iba en el pescante sosteniendo las riendas soltó una carcajada seca, ronca y cargada de un sadismo absoluto.
El cochero bajó del carruaje con movimientos lentos, disfrutando del panorama, y se paró frente a ellos bajo la pálida luz de la luna.
—Ya los echaba de menos —soltó la voz masculina, arrastrando las palabras con un placer sádico.
Con un gesto pausado, el hombre se quitó el sombrero de ala ancha y se despojó de la máscara de tela que le cubría la mitad de su rostro. Max ahogó una maldición y Lucifer apretó los puños hasta que los nudillos le quedaron blancos.
Richman por fin abandonó su escondite.
Sin embargo, el hombre refinado de Boston ya no existía.
El lado izquierdo de su rostro estaba cubierto por una costra rojiza y deforme de carne viva y cicatrices retorcidas, el macabro recuerdo del fuego del que apenas había logrado escapar y sus ojos brillaban con la locura de un hombre que ya no tenía nada que perder.
—¿De veras? Nosotros pensamos que te comieron los tiburones —farfulló Hortensia, provocando que el pelinegro hiciera una mueca, pero decidiera no reparar mucho en ella porque al parecer su mayor problema era con Lucifer.
—Mi idea original era llevarlos a Salem y matarlos en mi criadero —espetó Steve, acomodándose la casaca mientras sus quince hombres amartillaban las armas al unísono—. Pero veo que son demasiado impacientes. Acaban de adelantar todo el proceso.
Sin previo aviso, Lucifer lanzó una granada hacia los hombres y antes de que Steve pudiera dar cualquier orden, la explosión hizo que el caos se desatara y todos quedaran desparramados por el terreno.
Los sementales perdieron el control, algunos hombres dispararon sin poder apuntar, y protegidos por la cortina de humo, Max pudo evaluar la situación.
Steve no era nadie sin su gente.
—¡Yo que tú no me resistiría, Lucifer! —vociferó el hombre—. A estas alturas, tu esposa ya está de camino a Salem.
—Mierda —escupió Max y empezó a buscar al castaño, lo vio a pocos pasos del lugar, más tenso que una vara.
Esa noticia no le había gustado en lo absoluto.
—¡Vete, Lucifer! ¡Regresa a Gloucester! —lo hizo volver en sí, y el aullido de un hombre les avisó que una de las hermanas Gardener estaba cerca.
—¡Tienes que irte, Lucifer! —gritó Gardenia, angustiada.
Él no lo dudó más, se hizo de uno de los caballos y partió de regreso hacia Gloucester. Si bien Richman aún no los había encontrado en medio del caos, su carcajada les advirtió que estaba más loco que antes y había perdido la cordura.
—¡Ya es tarde! ¡Ese niño va a ser mío!
Sus palabras hicieron que los vellos se le pusieran de punta. Eso no sucedería, él no volvería a robarse ni un solo niño.
«Primero muerto».
Max recordó la peineta de Maggie y se la puso en los dedos, activando su mecanismo de garras para empezar a luchar. Los hombres de Richman fueron cayendo uno a uno, y él debió percibirlo porque de pronto su voz se apagó.
—¡Sal, cobarde! —bramó Max—. ¡Da la cara y pelea como hombre!
Si por un momento pensó que él no respondería, se vio obligado a reaccionar con agilidad cuando intentó arremeterlo por atrás.
¿Por qué no les sorprendía?
Los cobardes nunca atacaban de frente.
—Ustedes lo arruinaron todo. —Sus miradas se encontraron y le sorprendió que, a pesar de haberse quemado la mitad del rostro, él siguiera con vida—. Me vengaré de todos y haré que lamenten con creces el haberse metido en mi camino.
—Fuiste tú quien explotó el barco, mantuvo cautiva a Azucena y le robaste a nuestro hijo, ¿de verdad piensas que tus acciones no tienen consecuencias?
—¡Tú los rechazaste! —perdió los estribos.
—Eso no es cierto —un nudo se formó en su garganta—. Yo no sabía que ella estaba embarazada, pero eso ya no importa, pronto recuperaremos a nuestro hijo y formaremos la familia que siempre debimos ser.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando él rompió en una sonora carcajada. Estaba fuera de sus cabales, era como si la explosión lo hubiera convertido en otro hombre.
—Eso nunca pasará, ¡ustedes nunca tendrán a mi hijo! —lo miró con demencia.
—Eso lo veremos, tu criadero caerá y…
—Porque Percy murió ahogado cuando tú y tus estúpidos amigos explotaron mi barco —la voz de Richman se quebró, y Max pudo sentir como las piernas le temblaban.
—No es verdad —la garganta se le cerró—. No puede ser cierto, estás mintiendo.
Richman ya se había inventado muchas muertes para conseguir lo que quería. No obstante, debido a la corta distancia, pudo ver como la angustia llenaba los ojos de su rival y todo empezó a cobrar sentido.
Su hijo estaba muerto y ese hecho hizo que su corazón doliera. Nunca pudo pedirle perdón, ni siquiera pudo tener una conversación a solas con él. Max… nunca llegó a conocer a Percival.
La conmoción fue tanta, que fue el grito de Hortensia lo que lo hizo volver en sí.
—¡Cuidado, Max!
Era tarde, Richman le disparó en el pecho y le propinó un fuerte golpe con el mango de su arma en el rostro, provocando que cayera por una pendiente.
—¡No! —El grito de Gardenia le heló las venas, pero la oscuridad lo alejó del lugar, ayudándolo a escapar de la horrible noticia que Richman acababa de darle.
—Una sanguijuela menos —escupió Steve hacia el precipicio y pudo esquivar a tiempo el ataque de Hortensia, quien se veía demasiado molesta por el giro de los acontecimientos—.
No estoy seguro de querer matarte —reconoció, observándola con un deseo absoluto—, aún no te hice mía. —Se relamió los labios, ansioso.
—¿Por qué no me superas? —preguntó con sorna—. ¿Acaso no te das cuenta que tu absurda obsesión te ha llevado a la ruina?
—Lo sé —soltó con malicia, mirando de reojo hacia atrás—.
Desearte fue mi maldición, desde que te quise para mí, tu gente ha ido derrumbando mis tropas.
—Como era de esperarse, esa mujer ni se inmuto—.
Por eso, creo que lo mejor será que te mueras aquí.
—Disparó hacia su vientre, decidido a acabar con la responsable de todos sus problemas, y sonrió con suficiencia cuando uno de sus hombres se dirigió hacia ellos con una cuchilla en manos para rematar su golpe.
—¡Hortensia!
Se tensó, esa no era la voz de Gardenia.
El silbido de una cuchilla lo puso alerta y el rugido de su hombre le advirtió que ya no estaban solos, y la mayoría de su gente ya había perdido.
El sonido de los cascos de unos caballos lo instó a dar un paso hacia atrás y cuando se giró hacia la castaña para despedirse, nada lo preparó para que un puño atravesara su rostro.
—Pero ¿qué mierda? —rugió—. ¿Por qué sigues de pie? —El pánico lo invadió y observó su vientre.
No había ni una gota de sangre.
—Porque en vez de planificar escapes, nosotros creamos armaduras para protegernos de tus artimañas.
Maldición, tal vez cometió un error al darles tanto tiempo para prepararse.
Claramente, pecó de iluso al creer que sería fácil matar a esa mujer.
Sus hombres se abalanzaron sobre la castaña y él usó ese momento para huir, había pensado que sería fácil matarlos, pero al parecer olvidó lo habilidosos que ellos podían llegar a ser.
Mientras espoleaba a su animal, miró por encima de su hombro y vio como una nueva mujer se unía al grupo, seguida de varios hombres, mientras Gardenia bajaba por el precipicio para ir por su cuñado.
Bueno… al menos Maximiliano Frensby ya estaba muerto.
***
Hortensia inició una pelea cuerpo a cuerpo con dos hombres, agradeciendo que por fin Regina hiciera acto de presencia, y miró de reojo como su hermana iba por Max.
—Son los últimos —apuñaló a su rival, y Regina se encargó del segundo—. ¿Cómo hiciste para llegar tan rápido? —preguntó, jadeante, y su amiga suspiró.
—Lo vimos llegar a Boston. Él quería demandarlas, pero su gente le advirtió que muchos en Boston aman a las hijas de Lucifer, por lo que no sería muy útil seguir ese camino.
—¿Fingieron el arresto?
Regina asintió y eso le generó un gran alivio en el pecho. La justicia aún no tenía los ojos puestos en ellas.
—Tenemos que ir a Gloucester —recordó las palabras de Richman y junto a los hombres de Regina bajó por la pendiente—. ¿Cómo está?
—Bien, sólo recibió un golpe en la cabeza —musitó Gardenia, estudiando el pecho masculino—. Los chalecos de Maggie funcionan —susurró, sorprendida, y Hortensia asintió.
Incluso ella se salvó del repentino disparo de Steve.
Con ayuda de los hombres sacaron a Max del precipicio y gracias a los santos el hombre reaccionó a medio camino, alertándoles que algo no iba nada bien porque empezó a balbucear incoherencias.
Hortensia se rehusaba a creer que Percival estaba muerto.
¡Azucena merecía reunirse con su hijo!