Capítulo 23
Azucena nunca se imaginó que las cosas podrían complicarse de esa manera en tan poco tiempo.
Ya había pasado más de veinte minutos desde que sus amigos fueron llevados a Boston y quince desde que Maggie terminó entrando a labor de parto por la impresión y la preocupación.
Gardenia y Lucifer no estaban y si bien el doctor del pueblo sabía lo que hacía y Nancy parecía estar muy al tanto de cómo se efectuaba un parto, ella no podía dejar de tiritar.
¿En qué momento las cosas terminaron así?
Por todos los santos, su día empezó de una manera tan tranquila y relajada que nunca se imaginó que todo podría cambiar tan drásticamente en cuestión de minutos.
La gente del pueblo estaba nerviosa, esperando por nuevas noticias en la calle, y ella no tenía la menor idea de si debía tomar un semental e ir en busca de Lucifer.
«Quédate, algo no se siente bien» le dijo una vocecilla y tragó con fuerza.
Steve daría la cara en cualquier momento, no había duda de eso, dado que ese caos sólo podía ser provocado por alguien tan ruin como él. Sólo esperaba, de todo corazón, que Hortensia y Gardenia pudieran salir inmunes de la ley.
¡No quería que las colgaran!
Ellas eran… sus hermanas.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de regularizar su respiración, y la piel se le erizó cuando Nancy acunó una de sus manos.
—¿Por qué no sales? Nosotros nos encargaremos. —Más de cinco personas estaban en la habitación—. Yo cuidaré de ellos aquí, tú hazlo desde afuera.
La visión se le cristalizó.
—Hortensia y Gardenia…
—Volverán, este es un pequeño percance —la motivó, ella confiaba en sus pequeñas, y la instó a salir de la habitación—. Sé que las quieres, pero te necesito serena, Azucena, ahora somos tú y yo quienes cuidamos de Maggie, ¿sí?
Asintió, agradeciendo su confianza, y una vez que estuvo en el pasillo se dio unos minutos para recuperar la compostura. La situación no era tan grave, para el regreso de sus amigos la rubia ya tendría a su hijo en brazos, ¿qué tan difícil podría ser traer a un niño al mundo?
A los pocos segundos, lamentó haberse hecho esa pregunta porque sin previo aviso el ensordecedor repique de las campanas del pueblo desgarró el aire de la noche. El repique era errático y violento: era el toque de alarma por intrusos.
Una parte de ella quería quedarse inmóvil en su lugar y la otra se obligó a reaccionar.
Ingresó a la habitación más cercana para acercarse al balcón que daba a la entrada principal del pueblo.
Achicó los ojos, forzando la vista en la penumbra de la carretera, y el corazón se le detuvo.
Avanzando a gran velocidad bajo la luz de la luna, se aproximaban varios carruajes negros y, por las sombras que los escoltaban, una gran variedad de jinetes.
Esto era una emboscada en toda su regla.
Observó como todos los hombres del pueblo se ponían en su posición, aferrándose a sus respectivas armas, listos para abrir fuego en cuanto los vehículos cruzaran el límite perimetral.
Sin embargo, a medida que los caballos reducían el galope y los vehículos negros quedaban iluminados por las antorchas del lugar, Azucena notó un detalle macabro que le revolvió las entrañas.
Eran tres carruajes en total. Y sobre el techo de cada uno de ellos, erguidas de forma siniestra, se alzaban cruces que tenían a tres mujeres atadas y amordazadas, sirviendo como escudos humanos.
—¡No disparen! —gritó Azucena desde el balcón, con una fuerza que le desgarró la garganta—. ¡Alto! ¡No disparen! ¡Tienen rehenes!
Su grito alertó a Douglas abajo, quien levantó la mano frenando en seco a los tiradores justo a tiempo.
Azucena se sostuvo del barandal de madera, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
En ese instante exacto, la aterradora verdad la golpeó con fuerza: el arresto de Hortensia y Gardenia había sido una maldita trampa.
Habían usado la fachada de la ley para sacar a Max y a Lucifer de Gloucester, desarmar sus defensas principales y dejarlas vulnerables.
Estaban en desventaja y ellos lo sabían porque esa artimaña de usar a inocentes para conseguir lo que querían sólo podía ocurrírsele a un hombre.
Steve Richman acababa de dar su primer ataque.
Mientras los carruajes terminaban de avanzar por la calle principal —y su gente se encargaba de esconder su armamento—, la luz de las antorchas le permitió a Azucena ver con claridad la crueldad de la escena.
Conforme los vehículos se acercaban más, pudo notar que la primera rehén era una mujer bastante joven; la segunda se encontraba en un estado de gestación avanzado, con el vientre abultado expuesto al frío de la noche; y la tercera era una mujer más adulta.
Abrir fuego sería imposible.
***
Silas ingresó a Gloucester con una sonrisa ladeada, saboreando el triunfo antes de tiempo.
Desde su perspectiva, el plan que Steve había diseñado desde el barco era, sencillamente, perfecto.
El bastardo era un maldito genio retorcido.
Solo habían necesitado que los hombres del pueblo vieran a las tres mujeres atadas a las cruces de los techos para que abordaran cualquier ataque por completo.
El pánico los había congelado en el acto y todo porque eran débiles y estúpidos.
Y lo mejor de todo era que esa horda de pueblerinos ignorantes aún no se había percatado del cargamento principal: los bebés y niños del criadero que llevaban ocultos en el interior de los carruajes como señuelos definitivos.
Ladeó la cabeza para mirar a Sean, quien permanecía a su lado sobre la montura con una expresión malditamente aburrida, como si todo ese despliegue militar fuera un trámite tedioso.
—¿Qué tanto vamos a tomar de este basurero? —le preguntó Silas en un susurro, ansioso por saquear el campamento.
Sean ni siquiera le devolvió la mirada. Su voz sonó plana, desprovista de cualquier emoción.
—Venimos por la embarazada —sentenció de forma tajante—. Steve no quiere a nadie más por el momento. Dijo que no causemos problemas.
Silas asintió, enderezando la espalda sobre la silla de montar. Clavó su mirada en la multitud de Gloucester, que los rodeaba con profundo resentimiento.
—¡Si no quieren una masacre esta noche, entréguennos a la mujer de Lucifer ahora mismo! —rugió, haciendo que su voz retumbara en toda la plaza—. Hay bebés y niños dentro de los carruajes.
Un jadeo colectivo le informó que su victoria era definitiva. Los hombres del pueblo comenzaron a asomarse, pálidos y desorientados. De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio.
—¡Amy! —bramó un lugareño, desesperado, dando un paso al frente al reconocer a la mujer más joven atada encima del primer carruaje.
Silas respingó sutilmente ante el arrebato del hombre, pero reaccionó de inmediato sacando su arma y apuntando a la joven que suficientes problemas ya le había causado en Salem.
Ella miró al sujeto y negó rápidamente con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
Seguramente era su padre.
—¡Si un solo hombre se mueve o intenta atacarnos, las iré matando una a una en sus propias narices y quemaré los carruajes con todos los niños dentro! —amenazó, con malicia.
La tensión alcanzó su punto de quiebre cuando la puerta de una de las casas se abrió y una mujer rubia salió al frente, plantándose ante ellos con una postura firme. Al verla, tanto Silas como Sean se quedaron completamente atónitos, petrificados sobre sus caballos.
¿Cómo era esto posible?
¡Eleonor murió hace muchos años!
Sean perdió la compostura y bajó de su montura, avanzando unos pasos hacia ella mientras la incredulidad deformaba sus facciones.
—¿Cómo es posible que estés viva? —espetó Sean, mirándola como si viera a un fantasma—. Tú moriste... Steve nos dijo que habías muerto en un accidente de carruaje junto a mi hermano cuando intentaron huir de Boston.
Azucena no mostró el menor rastro de sorpresa ante la repugnante mentira de Steve y sostuvo la mirada de Sean con una frialdad demoledora.
—Lamento informarles que su amiguito les mintió —escupió, envalentonada—. Y sobre Hugh, él está más vivo que nunca y está junto a mi marido.
Sean arrugó el entrecejo, consternado, y se rehusó a desconfiar de la palabra de su amigo.
—Eso no es cierto, yo fui por Steve a Inglaterra y jamás vi a Hugh con él.
Una punzada de profunda preocupación atravesó el pecho de Azucena. Si Hugh no estaba con Steve, ¿dónde demonios estaba?
Según Max, ¡él se llevó a su hijo cuando huyeron del barco!
¿Qué diablos estaba pasando?
Silas, perdiendo por completo la poca paciencia que le quedaba, interrumpió la revelación con un grito salvaje.
—¡Basta de charlas! —bramó, haciendo una señal hacia las puertas de los carruajes—. Ella vendrá con nosotros y ya habrá tiempo para interrogarla.
Una parte de ella quería pelear y resistirse, pero si se llevarían a Maggie, lo mejor sería ir con ellos.
—¡Ahora entréguenme a la mujer de Lucifer o todas estas mujeres morirán!
Para su sorpresa, a pesar de su dolor y preocupación, nadie se atrevió a revelar dónde se encontraba Maggie.
Silas hizo un gesto con la mano y los cocheros abrieron las compuertas de los carruajes negros, enseñando a los bebés y niños pequeños que lloraban amontonados en el interior.
Un coro de gritos de horror y llanto estalló entre las mujeres de Gloucester.
Silas sonrió con crueldad, disfrutando del espectáculo de la desesperación ajena.
—Quemaré el carruaje si no me dicen donde está.
Azucena se tensó, dispuesta a resistirse y pelear con sus propias manos, hasta que un sonido desgarrador viajó desde el interior de la casa: un grito agudo e inconfundible de Maggie, cuya labor de parto se intensificaba.
Silas giró el rostro hacia la propiedad y miró a su compañero.
—Ahí está. Sean, ve por ella e impide que queme nuestra mercadería —ordenó.
La bilis trepó por su garganta, ¿cómo podía referirse a esos niños como mercadería?
¡Eran seres inocentes!
Antes de que ella pudiera reaccionar o sacar la peineta retráctil, Sean la sujetó del brazo con un agarre de hierro.
—Hablaremos de mi hermano más tarde —le musitó al oído con voz ronca, observándola con curiosidad—. Pero por ahora, preciosa, vas a ser mi escudo.
Sin el menor miramiento, Sean alzó su revólver y presionó el cañón de metal frío directamente contra la sien de Azucena. Ella clavó los talones en el suelo, negándose a avanzar, pero el tipo poseía una fuerza descomunal y la arrastró sin esfuerzo hacia el interior de la casa.
Cruzaron el pasillo a zancadas mientras Azucena forcejeaba inútilmente.
Al llegar al umbral de la alcoba de Maggie, Sean empujó la puerta de un golpe, provocando que todos —a excepción de Nancy— se alejaran de la cama.
Al encontrarse con la escena de Maggie retorciéndose sobre las sábanas, el hombre soltó una carcajada seca y burlona.
—Vaya... qué mal momento para dar a luz —soltó con sarcasmo—. Supongo que tendrás que continuar en el carruaje, duquesa —se mofó y Azucena se alarmó cuando Nancy se interpuso valientemente entre el intruso y la cama, extendiendo los brazos.
—¡Por favor, déjenla! —suplicó, angustiada— ¡Está teniendo a su bebé, tengan piedad! —sollozó.
Desde la cama, Maggie, empapada en sudor y temblando de miedo, miró a su nana con desesperación.
—No interfieras, Nancy —espetó Azucena aceleradamente—. Encontraremos una solución, hazte a un lado. —El pánico empezó a acrecentarse en su interior.
—Nana, por favor... Apártate... yo entiendo lo peligrosos que son —rogó la joven, conteniendo un grito de dolor.
Pero Nancy se negó a escuchar; su instinto de protección hacia las hermanas Gardener era mayor que su miedo a la muerte. Al ver que la anciana no se quitaba del camino, Sean no lo dudó un segundo: levantó el arma y le disparó a sangre fría en el pecho.
El estruendo fue ensordecedor y el cuerpo de Nancy colapsó contra el suelo de madera.
—¡¡Nooo!! —chilló Maggie, al igual que las demás mujeres de la habitación. El impacto emocional y el horror de ver caer a su nana provocaron que su estado empeorara drásticamente; se llevó las manos al vientre, arqueándose en la cama mientras su respiración se volvía errática y destructiva.
Azucena se conmocionó, con los ojos desorbitados fijos en el cuerpo ensangrentado de Nancy, sintiendo que el aire le faltaba.
«Estoy fallando, ¡no puedo protegerlas!»
Una lágrima rebelde se deslizó por su mejilla, Nancy no merecía vivir ese dolor.
—Muevan las piernas o me encargaré de que esta vieja deje de respirar por completo —amenazó Sean, rompiendo el trance de Azucena al apuntar de nuevo a la anciana.
Ambas mujeres lo miraron con un odio visceral mezclado con terror absoluto. Sean bajó la vista hacia Nancy por una fracción de segundo y luego clavó sus ojos en Azucena.
—Aún tiene signos vitales —dijo el hombre con total indiferencia—. Si nos vamos ahora mismo sin causar más problemas, sus mujeres podrán atenderla y salvarle la vida. Es su elección.
Sabiendo que cada segundo de retraso significaba la muerte de Nancy y un riesgo fatal para el bebé de Maggie, ambas cedieron y finalmente Sean se hizo del cuerpo de Maggie sin el más mínimo de los esfuerzos.
Las mujeres del pueblo se abalanzaron de inmediato sobre la anciana para presionar la herida en cuanto ellos abandonaron la habitación.
Al salir de la casa, el panorama era desolador.
Douglas y Teodoro permanecían en el mismo sitio, completamente tensos, pálidos y con la impotencia grabada en sus rostros ante la imagen de las mujeres retenidas.
Azucena barrió el lugar con la mirada, y al detenerse detalladamente en la cruz del tercer carruaje, una terrible conclusión la golpeó con fuerza en el pecho: la mujer de edad avanzada que colgaba de las maderas era la esposa de Teodoro.
Ellos eligieron a esas mujeres con sumo cuidado para adiestrarlos.
Sabiendo que Gloucester no tenía oportunidad de pelear sin causar una matanza de niños y rehenes, Azucena levantó la voz para dar las últimas órdenes antes de que fuera tarde.
—¡Douglas, Teodoro! —gritó Azucena con urgencia, tratando de mantener la compostura—. ¡Entren a la casa de inmediato y atiendan a Nancy! ¡Le dispararon! ¡Por lo que más quieran, no nos sigan! Quédense aquí.
—Cállate —siseó Sean y le hizo una seña para que subiera al carruaje. Así lo hizo—. Espero sepas traer bebés al mundo, tu amiguita necesita tu ayuda. —Dejó a Maggie en el piso del carruaje, para después cerrar la puerta con brusquedad.
—Mi nana, Azucena —lloró la rubia, apretando su vientre, y ella contuvo las lágrimas.
—Estará bien, trata de calmarte —la voz se le quebró.
—Mis hermanas…
—Ellas vendrán pronto, yo sé que lo harán.
Porque si sus sospechas eran ciertas, no existía ningún tipo de demanda.
Todo fue una vil mentira de Steve.